Revista Credencial Historia


EDICIÓN 57 - SEPTIEMBRE  1994



 

BICENTENARIO DE JUAN GARCIA DEL RIO, Gran Periodista y pensador de la América independiente
Por: Lácydes Moreno Blanco

Tomado de: Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 57
Septiembre de 1994


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Juan García del Río. Miniatura de Manuel José Paredes Alvarado.
Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.


 

 

Por muchos aspectos de su acción pública y su pensamiento, la figura del cartagenero Juan García del Río es atractiva y merece el homenaje del recuerdo cuando precisamente en este año se cumplen doscientos años de su nacimiento.

No obstante las persistentes investigaciones que hemos adelantado en tomo a la fecha exacta de su venida al mundo, así como las de otros historiadores, nada se ha podido lograr, como tampoco sobre otros momentos de su vida errabunda por Europa y América. Pero en la autobiografía que comenzó a publicar en El Mercurio de Valparaíso, en 1843, hizo esta preciosa confesión: «Acercábase a su fin un gran siglo, el siglo XVIII, que conquistara al mundo por las ideas filosóficas que propagó la literatura, y por la revolución política que experimentaron los Estados Unidos de América y la Francia, cuando ví la luz primera en Cartagena, ciudad que se gloria de haber dado el ser a muchos granadinos ilustres, como Castillo, Madrid, García de Toledo, Torices y Revollo. El año de 1802, vino a aquel puerto la fragata de guerra española Sabina con la noticia de la paz de Amiens; y, teniendo mi padre Felipe García del Río, español de nacimiento, necesidad de pasar a la península por sus muchos negocios mercantiles, me llevó consigo en aquel buque para educarme en España, cuando apenas contaba yo ocho años de edad».

Sobre la educación que recibió García del Río en Cádiz, ciudad convulsionada por aquella época con motivo de la invasión napoleónica y que tanta huella habría de dejar en su espíritu, así corno en relación con el desempeño que tuvo, muchas veces brillante, en altos cargos de gobierno, algo se ha escrito. Es el caso de Gómez Restrepo, Amunátegui Solar, Barros Arana, Eyzaguirre, Feliú Cruz, Grases, Jiménez Molinares y el profesor Guitarte, e inclusive años ha preparamos, hasta donde nos fue posible, un ensayo sobre el errante itinerario de esta vida tan singular.

 

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Grabado de G. Cooke sobre dibujo de H. Corbould y portada de
«El Repertorio Americano», 1826. Biblioteca Nacional Bogotá.


 

La experiencia y formación inglesa, como sucedería más tarde con Núñez, dieron al pensamiento político y a las formas de cierto humanismo de García del Río, precisiones conceptuales que de mucho le sirvieron al perseguir las mejores formas de gobierno para la organización social de muchos de los países en que colaboró desde cargos de altísima jerarquía, ya como ministro de Estado en Colombia, Ecuador y Bolivia, ora como diplomático o consejero. Tan cierta es esta reflexión, que él mismo diría en su nota autobiográfica: «Júzguese de la impresión que produciría en un joven de veinte años, y amante, sin embargo, del estudio y de las cosas serias, el aspecto de aquella magnífica capital de Inglaterra, que es a la vez la Babilonia, la Tiro, y la Roma de los tiempos modernos; y el sesgo que daría a mis ideas la introducción en una sociedad cuya aristocracia es tan ilustrada y tan caballerosa; cuya vida doméstica es tan pura en la clase media; donde entra el corazón en todo lo que se hace como en todo lo que se dice. Júzguese de lo que influiría en la formación de mi carácter el examen de las instituciones de esa pequeña isla [...] de aquella constitución, noble monumento de sabiduría, bajo cuyo influjo la filosofía, la poesía y todas las artes y ciencias útiles habían llegado a más alto grado que en ninguna otra comunidad de aquel imperio».

Azogado con esas vivencias y las influencias del segundo romanticismo inglés, por los avalares del destino, años después, 1817, García del Río ha de librar sus luchas en Chile, donde O'Higgins lo acoge con simpatía, designándolo para un cargo en el Ministerio de Relaciones Exteriores, pero desde donde comenzaría la tarea que sería más de su agrado: la de publicista y orientador mediante la prensa escrita, faceta que le dio precisamente el prestigio continental que se le reconoce. Así, con entusiasmo, redacta El sol de Chile, que sale semanalmente a partir del viernes 3 de julio de 1818, no limitándose al registro de las circunstancias oficiales, sino que trata de orientar la opinión pública sobre la trascendencia y el «valor social de la libertad de imprenta», que es el título que lleva la presentación del semanario. «La libre comunicación de las ideas -dice allí- la instrucción y la publicación de los descubrimientos útiles son cosas que interesan a toda sociedad, cada ciudadano debe a sus asociados sus talentos y sus luces; todo hombre que ha meditado, les debe el fruto de sus indagaciones y reflexiones; y así en un país bien gobernado tiene el hombre derecho de pensar, de hablar y de escribir. Esta libertad es un dique poderoso contra los atentados de la tiranía, contra los manejos de los facciosos, y contra los que viven de la miseria y a expensas del público». A este tema tan sensible a los colombianos y a los hispanoamericanos, dedicó García del Río varios comentarios, escritos en una prosa clara, precisa e intensa por el vigor doctrinario, que llamaron fuertemente la atención en Chile, granjeándole especial admiración. En esa oportunidad se ocupó también de la necesidad de una reforma educativa para sustituir los viejos y anquilosados patrones españoles por nuevos métodos más racionales, estudio que ampliaría luego en publicaciones de más aliento.

Tras El Sol de Chile, el 4 de mayo de 1819 apareció en la misma ciudad de Santiago El Telégrafo, bisemanario en el cual García del Río prosigue su labor de adoctrinamiento continental y con novedades críticas. Así, el historiador Barros Arena pudo reconocer en uno de sus estudios que esta publicación tuvo una singular importancia por la forma nueva y original como era presentada la parte literaria, en la que se daban a conocer las obras más modernas publicadas en Europa, al tiempo que defendía la política de 0'Higgins. La forma y los planes de divulgación de El Telégrafo fueron muy similares a los de El Sol, sin que García del Río olvidase las contingencias de su patria colombiana. No obstante que eran órganos de limitados espacios (cuando la prensa era levantada por chibaletes y letra por letra en moroso trabajo) abrió páginas para exaltar el sacrificio de Ricaurte en San Mateo o las acciones bélicas que libraban Bolívar, Páez y Santander.

Pero, al tiempo que su pensamiento abarcaba el proceso histórico de Europa, donde ya tanto había experimentado intelectualmente, o la evolución de Rusia, como aparece en varias entregas de esta publicación, sus glosas, ricas en noticias y penetrantes en el análisis, se refieren a la economía política o a la importancia de las estadísticas con relación al ordenamiento social de nuestros países. Como periodista, que lo fue toda su vida, lo que distinguió a este ilustre cartagenero fue la elegancia en la prosa, la agilidad con que presentaba sus conceptos, quizá a trechos con esa cierta verbosidad del romanticismo político, pero que en nada merma la altura en que se situó siempre.

 

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Cascada de Regla, México. Grabado de W.T. Fry,
«El Repertorio Americano», 1926. Biblioteca Nacional, Bogotá.


 

El Telégrafo dejo de latir el 2 de mayo de 1820, cerrando sus páginas con el artículo «De la licencia en los escritos», correspondiente al amplio ensayo que sobre la libertad escribió García del Río, y cuya filosofía aún tiene vigencia cuando dice: «No puede darse una cosa más injusta que quitar a los ciudadanos la libertad de hablar o de escribir sobre los objetos que más importan a su felicidad; en efecto, ¿con qué derecho se les ha de privar de la facultad de ocuparse en unos intereses, que son los únicos que merecen su atención? La verdad gana siempre en ser discutida; sólo la mentira y el crimen tienen interés en ocultarse en las sombras del misterio».

Ya en el Perú, a donde fue seguidamente con el general San Martín en la expedición libertadora. García del Río, al tiempo que es el colaborador más influyente y efectivo del prócer argentino, vuelve a su pasión periodística para orientar a la opinión nacional. La Biblioteca Columbiana apareció el 1° de diciembre de 1821 en Lima y, aunque fue de breve vida, por su concepción tiene especial significado, ya que sirvió de modelo para La Biblioteca Americana y El Repertorio Americano, que habrían de salir en Londres bajo la inspiración de García del Río y del sabio Andrés Bello. Mas, en cuanto a la importancia de la revista limeña, el profesor Guillermo Guitarte ha esclarecido con muy buen Juicio su novedad al comentar, en un minucioso trabajo, «que entre los periódicos chilenos de García del Río y los que comienza a redactar a partir de la Biblioteca Colombiana no hay una diferencia esencial, sino de grado: los primeros, a pesar de su declarado propósito de difundir las luces, están orientados a la misión de informar sobre la marcha de la guerra de la independencia y a defenderla: el aspecto cultural está subordinado de hecho al propósito de lograr el triunfo de la revolución».

 

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Autógrafo de Juan García del Río en carta a Estanislao Vergara,
La Popa, Cartagena, 1820. Biblioteca Nacional, Bogotá.


 

A partir de la Biblioteca Columbiana, el interés de García del Río tiende a un ejercicio más cultural del periodismo. Y cuando sale de Lima en misión diplomática, que conocería el fracaso al retirarse el general San Martín del Perú, lleva ya un plan para sacar en la capital inglesa un nuevo órgano periodístico, lo que lograría con el estímulo de muchos hispanoamericanos radicados allí, así como de emigrantes españoles distinguidos por su ilustración e ideas liberales. En 1823 funda con Bello La Biblioteca Americana ó miscelánea de literatura, artes y ciencias, que seguiría en 1826 con El Repertorio Americano, como obra más rigurosamente americana que la primera, conforme se esclarece en el prospecto, ambas en elegante formato inglés, esmerado material y lujosas ilustraciones, muchas de ellas a color.

La Biblioteca, en un tomo de 480 páginas, se abre con un prospecto de García del Río para orientar las inteligencias de ambos mundos sobre la perspectiva y luchas de Hispanoamérica por su total liberación. Estuvo dividida en tres secciones: humanidades y artes liberales; ciencias matemáticas y físicas con sus aplicaciones; e ideología, moral e historia. Ello explica el aprecio con que fue recibida y los estudios que ha merecido a través del tiempo. Colaboraron en la revista José Fernández Madrid, Agustín Gutiérrez Moreno, Luis López Méndez, José Joaquín Olmedo, los españoles Pablo Mendívil y Vicente Salva. Y, desde luego, el ilustrado Bello, que aquí da a conocer la «Alocución a la poesía», fragmentos de un poema inédito titulado «América», que así se anuncia.

En estas publicaciones García del Río divulga trabajos de erudita importancia, o de interpretación crítica, como «Consideraciones sobre la influencia de la literatura en la sociedad», el «Análisis del comentario sobre el espíritu de las leyes de Montesquieu», y múltiples versiones del inglés o del francés, idiomas que dominaba desde temprano. En La Biblioteca Americana aparece por primera vez, firmado junto con Bello, el estudio «Indicaciones sobre la conveniencia de simplificar la ortografía en América», mientras que en páginas seguidas García del Río inicia lo que obedecía a un plan suyo más ambicioso:

 

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Primera edición de «Meditaciones Colombianas», de Juan García del Río.
Bogotá, José Antonio Cualla, 1929. Biblioteca Nacional, Bogotá.


 

«Materiales para formar una efemérides ó fastos americanos», destinados al reconocimiento de nuestros hechos más extraordinarios y al valor de muchos hombres americanos. Implicaba este trabajo un esfuerzo de investigación y análisis muy concordante con una inteligencia tan lúcida como la del cartagenero. Y aunque el autor de las Meditaciones colombianas no estuvo en el sitio que le puso Morillo a Cartagena, en Biblioteca Americana inserta originalmente su sentida página sobre las penalidades y consecuencias que trajo tan cruel acción del gobierno peninsular.

Vida llena de luces y sombras la de este insigne cartagenero, el más universal de los nuestros en su época, por el brillo de su inteligencia nutrida por una amplia cultura humanística, la elocuencia parlamentaria, la habilidad como polemista, y por sus positivos servicios a muchos países, cuando todos se sentían, en los sueños y en la acción, ciudadanos del continente nuevo. Pero la constante de su espíritu y sensibilidad fue el ejercicio del periodismo. Tan vital en él, que todavía en 1842, distanciado de la cosa pública y un tanto de la política, en Chile es uno de los dirigentes de El Mercurio de Valparaíso y luego crea otra revista, similar a las de Londres, el Museo de Ambos Mundos. En estas fuentes hemos recogido la mayoría de sus escritos, que confiamos publicar algún día, junto con sus documentos como hombre de Estado y rica correspondencia con las principales figuras de su época.

La vida de García del Río, como más tarde la de Núñez, estuvo expuesta a la infamia y en ocasiones al riesgo de perderla. Sobre estas circunstancias, existe en el Fondo Pineda de la Biblioteca Nacional una hoja editada en la imprenta de Bruno Espinosa, que vale la pena revelar, porque es una muestra de la elegancia espiritual de García del Río y de su carácter como hombre público: «Hace más de un mes que todos los días llega a mis oídos alguna especie nueva, vertida por enemigos gratuitos míos para denigrarme. Paréceme que es poco notable el estar difamando furtivamente a quien en conciencia cree no haber ofendido a nadie [...] Juzguen a lo que deban atenerse en cuanto se diga de mí a espaldas mías. Provoco a mis detractores a que presenten cargos específicos contra mi conducta pública. Si alguno o algunos de ellos lo hicieren en los términos que el decoro prescribe, yo haré ver a mis compatriotas que no soy, según se quiere suponer, ni espía, ni canalla, ni malvado, mostraré también que no he cedido jamás a nadie en amor a la causa de la independencia, del orden y de la libertad nacional. -Firmado, García del Río- Bogotá, junio 5 de 1831».

Desengañado y filosóficamente retirado de muchos afanes, la vida de este ilustre cartagenero se apagó en la madrugada del 13 de mayo de 1856 en la ciudad de México. A la hora de su deceso tenia 62 años. Al día siguiente, el periódico El Heraldo, el de más difusión allí, registró la noticia con esta discreta nota: «A las cuatro y media de la mañana de ayer, después de una penosa enfermedad, falleció el señor don Juan García del Río, distinguido escritor neogranadino. El señor García del Río figuró como diputado al Congreso Constituyente de la República de Colombia, como ministro de Hacienda en el Perú y como encargado de negocios de la misma República cerca del gobierno de Su Majestad Británica, y en otros altos empleos que obtuvo de las otras repúblicas de la América del Sur. Su extraordinario talento, su vasta instrucción, sus trabajos en diversas materias, en los que probaba sus profundos estudios, lo hacían considerar como uno de los sabios americanos...».