Revista Credencial Historia


EDICIÓN 57 - SEPTIEMBRE  1994



 

RAFAEL NUÑEZ: SUS ULTIMOS DIAS, Centenario de la muerte del Regenerador
Por: Eduardo Posada Carbó

Tomado de: Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 57
Septiembre de 1994

 


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Monograma de Núñez
en su papelería personal. Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.



 

  El 18 de septiembre de 1894, el gobernador H.L. Román escribía desde Cartagena al vicepresidente Miguel Antonio Caro, encargado del poder, un lacónico telegrama: «Tócame el triste deber de comunicar a Ud. que hoy a las 9:30 a.m. dejó de existir, víctima de una fiebre y después de recibir los auxilios de la Iglesia, el Exmo. Sr. Rafael Núñez, Presidente titular de la República».

Dos días después Caro recibía en Bogotá la noticia. Sin más demoras citó en el Salón Rojo del Palacio de San Carlos a dos de sus ministros, Miguel Abadía Méndez y Marco Fidel Suárez, con el fin de hacerles portadores de un mensaje a las dos cámaras del Congreso, comunicándoles oficialmente la muerte del presidente. Vestidos de tiros largos, con levita y sombrero de copa, al filo del medio día, Suárez y Abadía leyeron ante senadores y representantes el mensaje de Caro, que concluía con una petición por la defensa de la obra de Núñez, «amenazada hoy por el embate de las pasiones». El vicepresidente Caro aprovechó la ocasión para hacer pública una carta que había recibido de Núñez días atrás, en la que éste le reiteraba su confianza: «Crea Ud. que su autoridad es omnipotente», subrayó Núñez en su carta de agosto 23, y añadió: «nadie hoy lo contrapesa, pues yo soy de Ud. hasta la muerte». Para Caro estas notas -que confirmaban la lealtad y la amistad que le unía a Núñez desde 1875- eran una «especie de testamento».

 

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Mausoleo de Rafael Núñez en la ermita del
Cabrero Cartagena. Fotografía de Héctor Prieto

 


 

Núñez, quien tal vez presagiaba su próximo fin, quiso asegurar así el poder de su sucesor político. Razones no le faltaban. Desde las elecciones de 1892, cuando se disputaron la vicepresidencia Miguel Antonio Caro y Marceliano Vélez, se habían ahondado aún más las divisiones del partido de gobierno. Encargado de la presidencia, Caro se encontró en dificultades para manejar a un Congreso hostil. Las sesiones de 1894 se caracterizaron por una extraordinaria agitación, motivada entre otras por las controvertidas medidas fiscales que quiso adelantar el ejecutivo. «Congreso no hace nada», telegrafió Caro a Núñez el 20 de agosto, cuando le advertía de los intentos de algunos de querer reducir el ejército a tres mil hombres o de las acusaciones contra el Banco Nacional, «gallina que pone huevos de oro». Francisco Groot, uno de los más vehementes opositores a Caro, propuso que se trasladase el Congreso a Cartagena. De alguna manera, la actitud de los congresistas reflejaba cierto malestar general. El 12 de septiembre de 1894, un corresponsal del South American Journal describía un preocupante escenario, donde se había perdido la confianza en el gobierno al tiempo que crecían los problemas del tesoro público. Ese año en Bucaramanga, según lo recordaría José Joaquín García, se percibía un descontento en la ciudad por los altos precios que afectaban a los artículos de primera necesidad.

 

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Casa Museo de Rafael Núñez en el barrio de El Cabrero, Cartagena.


 

 

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Autógrafo de Núñez, 1879.


 

En medio de los acalorados debates políticos, los congresistas le pidieron a Núñez que regresara a Bogotá a retomar el mando. Caro hacía lo mismo, aunque sus mensajes tenían cierto tono sarcástico. «Es preciso que Ud. tome la dirección o que llame seriamente al orden a esos amigos suyos, que están Jugando con candela», le manifestaba a Núñez aquel 20 de agosto. Las relaciones entre ambos estadistas parecían haberse deteriorado. Por lo menos desde septiembre de 1893, los rumores sobre las fricciones entre Núñez y Caro tuvieron eco en la prensa internacional. El monopolio del tabaco, reintroducido por Caro, no fue de la simpatía de Núñez. Adicionalmente, Núñez resentía la falta de comunicaciones del vicepresidente. «Yo estoy siempre a oscuras de lo que pasa», le expresó a Carlos Holguín, cuando éste lo visitó en El Cabrero, a comienzos de 1894. Por la misma época, Núñez se quejaba ante doña Soledad Román de Núñez, su esposa: «¡Pobre Miguel Antonio!... ¡Se le ha indigestado tanto el poder que más bien saldría por una ventana que por la puerta!». Frente a las dificultades políticas que amenazaban la estabilidad del régimen, Núñez creía que lo más conveniente era que Caro encargase temporalmente de la presidencia al general Guillermo Quintero Calderón, quien le seguía en el mando como designado. «Un hombre sin odios a la cabeza del gobierno podría convenir», le escribió a Jorge Holguín el 10 de septiembre. Las noticias del posible viaje de Núñez a Bogotá, con el fin de retomar él mismo el poder, estimularon aún más los rumores sobre su distanciamiento con el vicepresidente. Por lo menos así lo entendía el vulgo. Tal fue el sentido de la conversación que escuchó Carlos E. Restrepo entre dos mujeres del pueblo, cuando se divulgó la muerte del presidente:

-- ¿Por qué disparan cañonazos?
-- Es el gobierno que está celebrando la muerte del doctor Núñez.

A pesar de cierto distanciamiento, sin embargo, tanto Núñez como Caro comprendían que por encima de su amistad personal estaban otros intereses. La discrepancia sobre el monopolio del tabaco no significó rompimiento, «no es para tanto», le explicó Núñez a Julio H. Palacio, su secretario privado durante estos dos últimos años: «Caro tiene gran autoridad moral. Puede equivocarse... Pero una situación política no se perturba por asuntos fiscales». Por lo demás, Núñez elogiaba el manejo que Caro estaba dando a otros temas, como las relaciones internacionales del país. La correspondencia entre ambos, durante aquellos meses de agosto y septiembre de 1894, estuvo pues marcada por un mutuo respeto. Mientras que le insistía que regresara a Bogotá, Caro subordinaba su autoridad a la de Núñez, al tiempo que reiteraba su identificación con las doctrinas políticas del presidente. Por su parte, Núñez se cuidaba de desmentir rumores, de destacar el «patriotismo y templanza» del vicepresidente que había sido su más fiel colaborador y, por encima de todo, de garantizar la continuidad de las reformas regeneradoras, cuyo futuro veía con creciente escepticismo. Y esta comunicación entre los dos líderes del país, si bien a ratos llena de mensajes sutiles y de difícil interpretación, debía salvar la enorme distancia entre Bogotá y El Cabrero.

 

 

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Fotografía actual de Héctor Prieto y grabado de Julio E, Flórez,
Papel Periódico Ilustrado, 1885.


 


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Ediciones especiales de «El Porvenir» y «El Magdalena», esquela mortuoria, oración fúnebre y agradecimiento de Soledad Román, con motivo de la muerte de Rafael Núñez.


 

Tras su reelección en 1892, Núñez tomó posesión de la presidencia en Cartagena ante dos testigos. Ya entonces se encontraba viviendo en El Cabrero, alejado del manejo directo del gobierno. Según Joaquín Estrada Monsalve, el poder aparente era de quienes se habían encargado de la presidencia, primero Carlos Holguín y después Miguel Antonio Caro; pero el poder real siguió siendo «de ese pequeño hombre distante». A través de una activa e intensa correspondencia, que su esposa seleccionaba y clasificaba con anticipación a su lectura, Núñez se mantenía en contacto con los hilos del poder. Pero fue la prensa, sin embargo, su principal medio de comunicación. Casi a diario, Núñez hablaba por teléfono con Gabriel 0'Byme, redactor en jefe de El Porvenir. Julio H. Palacio llevaba en las mañanas los artículos de Núñez al periódico y regresaba a la hora del almuerzo con las pruebas de la imprenta. De acuerdo con Julio H., quien como su secretario privado dejó escritos unos valiosos recuerdos de esos dos últimos años, fue en 1893 y 1894 cuando Núñez escribió sus mejores páginas para El Porvenir. La lectura de la prensa, nacional e internacional, le mantenían, a su turno, informado.

Su retiro en El Cabrero no significaba aislamiento. «Cuéntame lo que se dice en la Calle Real», fue una de las primeras preguntas que Núñez le hizo a Julio H., cuando éste le visitó en agosto de 1893. La Calle Real, el centro entonces de la chismografía política bogotana, estuvo siempre presente en el horizonte de Núñez. Con cierta frecuencia recibía visitas de viejos colaboradores y amigos, cuando aprovechaba para enterarse de primera fuente de los acontecimientos. En octubre de 1893, le visitaba Julio Pérez, uno de sus ex secretarios de Estado, quien fue de los primeros en sugerirle que regresara a Bogotá. Meses más tarde se entrevistó con José M. Goenaga quien, como comisionado del gobierno nacional, había bajado hasta Cartagena para atender el acto de inauguración del ferrocarril a Calamar. Pero sin lugar a dudas la visita más significativa que Núñez recibió durante esta época fue la del patricio conservador Carlos Holguín. Núñez mismo le fue a recibir a los muelles en La Machina, junto a otras cien personas, el 19 de febrero de 1894. Muchas de las conversaciones entre Núñez y Holguín, quien se quedó durante un mes en Cartagena, giraron inevitablemente alrededor de la política.

Además de estas visitas ocasionales, El Cabrero era la cita regular de algunos contertulios, así como de los miembros más cercanos de la familia Núñez-Román. El gobernador de Bolívar, su cuñado Henrique Luis Román, se entrevistaba casi todas las tardes con Núñez. Tanto el obispo Eugenio Biffi como el empresario Carlos Vélez Daníes le visitaba también con mucha frecuencia. Con Ernesto Palacio hablaba de literatura. Con el hermano de éste, su secretario Julio H., el tema obligado era la política. Y todas las noches, entre las 7 y las 9, Núñez recibía a sus amigos: José María Pasos, Pablo J. Bustillo, Francisco C. Escobar y José Ulises Osorio. No todos los que le visitaban eran sus familiares, amigos políticos o contertulios. Rubén Darío había ido a conocerle en 1892. Más adelante recibía a José Asunción Silva. Un periodista de Le Fígaro le entrevistó a comienzos de 1893, cuando la charla tuvo también eco en el Standard, Ese año recibía así mismo la visita de Parker Tisdel, vicepresidente de la Pacific Mail Steamship Company. Había inevitablemente visitas inoportunas. Núñez no dejaba que le tocaran el tema del Canal de Panamá, ni permitía que le sorprendieran con otras preguntas indiscretas. Le fastidiaban los pedigüeños de empleos y recomendaciones. Y, por regla general, no concedía entrevista a los contratistas. Por el contrario, había otras visitas cuya ausencia podía resentir. A mediados del 1894, comisionó a Julio H. Palacio para que averiguase por qué un nuevo jefe del batallón en Barranquilla, coronel Moisés Camacho, no había pasado aún por El Cabrero.

 

 

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Cama en la que falleció Núñez, Casa Museo Rafael Núñez,
Cartagena Fotografía de Héctor Prieto


 

Quienes le visitaron durante estos años se encontraban con una persona mentalmente lúcida pero acompañada de cierta fragilidad física. «El célebre colombiano -recordó Rubén Darío, mientras observaba el retrato de Gladstone al lado de su escritorio- es delgado, de apariencia débil. Su mirada fina penetra como una sonda. Charla llanamente, como un excelente señor cualquiera». A todos recibía, como a José Asunción Silva, «sencillamente vestido de dril blanco, sentado en una silla de bambú y esparto, el antebrazo apoyado en los brazos del asiento, la cabeza inclinada sobre el pecho». Silva también observó «ojos claros y azulosos, medio cerrados, con una extraña expresión de cansancio físico y de profunda vida interior». Otros quedaban más asombrados por la figura desgastada del presidente. Carlos Calderón Reyes, quien lo visitó en 1893, describió a Núñez «dominado por una grande excitabilidad nerviosa, algo así como una exaltación del temperamento a causa de las vigilias, la fatiga intelectual y la deficiencia de nutrición». En octubre de ese año, Núñez había sufrido un «dengue» que le había dejado, en sus propias palabras «por largo tiempo abatido». Pero sus problemas de salud sólo parecen haberse agravado a mediados de 1894, cuando le reconoció a Caro que no se sentía en condiciones para trasladarse a Bogotá. El 6 de septiembre le pidió ayuda a Julio H. Palacio para ponerse el saco, al tiempo que le expresaba que tenía «el cerebro como una esponja seca a la que se aprieta y no le sale nada, casi que no puedo escribir mi telegrama». Cuatro días más tarde le escribía a José Ramón Vergara confesándole que no había podido colaborar en las últimas ediciones de El Porvenir «debido a graves atenciones y preocupaciones».

A pesar de estos evidentes síntomas de fatiga física, Núñez permaneció activo hasta días antes de su muerte. Es cierto que en los últimos años de su vida dedicaba alguna atención a temas literarios y metafísicos. Sobre el espiritismo sostuvo una famosa conversación con monseñor Biffi. Quienes con curiosidad se acercaban a su escritorio, descubrían allí sólo tres libros: Imitación de Cristo, de Kempis, la Vida de Jesús, de Renán, y Azul, de Rubén Darío. Su biblioteca, otra señal más de su desprendimiento, la había ido regalando. Pero siguió siendo un devorador de prensa. Y por encima de sus atracciones hacia la literatura y el espiritismo, esos últimos días estuvo ante todo mortificado por el desenvolvimiento de la política nacional. Así lo evidencia su correspondencia con Caro y los preparativos para subir a Bogotá a encargarse del poder. En una de sus últimas cartas a Caro, fechada el 10 de septiembre --día en que también escribió cartas por lo menos a Jorge Holguín y a José Ramón Vergara--, Núñez manifestaba una profunda preocupación por la estabilidad del gobierno. A la mañana siguiente, ordenaba que le preparasen la casa de la Carrera. Ya había anunciado su viaje para comienzos de octubre.

El 14 de septiembre, sin embargo, Núñez le manifestó a su esposa que sentía «la cabeza como de piedra». A media noche, con una calilla de Ambalema en la boca que denotaba inquietud, se acercó a su esposa, quien estaba medio dormida. Años más tarde, doña Soledad recordaría vividamente estos momentos: «Mientras le pasaba el malestar me senté en una silla al pie de su cama. De pronto, se incorporó, se puso de pie, abrió los brazos como buscando equilibrio y cayó hacia atrás, quedando a través en el lecho. ¡Ya no habló más!». Siguieron cuatro días de angustia. Los esfuerzos de los médicos fueron inútiles. Núñez, agonizante, no perdió la conciencia. En la madrugada del 18, el obispo Biffi le daba los auxilios espirituales. Una hora más tarde, mientras se escuchaban los cañones en las murallas de Cartagena, el gobernador de Bolívar redactaba el mensaje a Miguel Antonio Caro anunciándole la muerte del presidente titular de la República.

 

 

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Ermita del Cabrero, Cartagena.
Fotografía de Héctor Prieto.


 

 

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Rafael Núñez y Soledad Román.


 

 

  El 20 de septiembre, después de que el cadáver fuese trasladado de la ermita de Las Mercedes a la capilla ardiente en San Juan de Dios, tuvo lugar el entierro de Núñez en Cartagena. En todo el país el gobierno ordenó honras fúnebres, anunciadas repetidamente por las campanas de los templos. En Bogotá, el Congreso depuso momentáneamente su ánimo opositor frente a quien se quedaba ahora con todo el poder: Miguel Antonio Caro. Los llamados a la unión nacional ganaron momento. Como concluía una hoja volante que se distribuyó tras las honras fúnebres en Bucaramanga, «Núñez tiene derecho a esperar que los buenos hijos de la patria juren ante su cadáver la más perfecta reconciliación, para con ella hacer eternas las glorias de la república cristiana».

  El clima político en la capital, sin embargo, se llenó de incertidumbre, agravado un mes más tarde por el deceso de Carlos Holguín. Según el ministro de los Estados Unidos en Colombia, la muerte de Núñez había sido recibida con beneplácito en Bogotá: no sólo ambos partidos le temían y desconfiaban de él, sino que se resentía el que muchas de las decisiones del gobierno se obstruyesen por Núñez desde Cartagena. No obstante el ministro reconocía a paso seguido que las expresiones eran fruto del ruido de algunos círculos: «Ni el peor de sus enemigos le niega sus talentos como político, hombre de letras y poeta, y yo debo decir que en general gozaba de la reputación de ser el más eminente estadista de este país que, de todas formas, a pesar de la distancia de 600 millas de la capital, logró mantener la paz por nueve años, lo que muestra al menos una gran habilidad ejecutiva». Su frustrado viaje a Bogotá, como lo expresó el South American Journal un mes después de su muerte, comenzó a ser desde entonces fuente de especulaciones sobre el distinto porvenir de la República si Núñez hubiese retomado el poder. El 3 de octubre de 1894, Marco Fidel Suárez publicaba un breve ensayo, con el que se inauguraron tal vez las interpretaciones póstumas de su vida y obra, llenas aún de enigmas y controversias. Otros eran los ánimos de los versos de Rubén Darío, dedicados también a su muerte:

 

El pensador llegó a la barca negra
y le vieron hundirse
en las brumas del lago del Misterio
los ojos de los Cisnes.