El 18 de
septiembre de 1894, el gobernador H.L. Román escribía desde Cartagena al vicepresidente
Miguel Antonio Caro, encargado del poder, un lacónico telegrama: «Tócame el triste
deber de comunicar a Ud. que hoy a las 9:30 a.m. dejó de existir, víctima de una fiebre
y después de recibir los auxilios de la Iglesia, el Exmo. Sr. Rafael Núñez, Presidente
titular de la República».
Dos días después Caro
recibía en Bogotá la noticia. Sin más demoras citó en el Salón Rojo del Palacio de
San Carlos a dos de sus ministros, Miguel Abadía Méndez y Marco Fidel Suárez, con el
fin de hacerles portadores de un mensaje a las dos cámaras del Congreso, comunicándoles
oficialmente la muerte del presidente. Vestidos de tiros largos, con levita y sombrero de
copa, al filo del medio día, Suárez y Abadía leyeron ante senadores y representantes el
mensaje de Caro, que concluía con una petición por la defensa de la obra de Núñez,
«amenazada hoy por el embate de las pasiones». El vicepresidente Caro aprovechó la
ocasión para hacer pública una carta que había recibido de Núñez días atrás, en la
que éste le reiteraba su confianza: «Crea Ud. que su autoridad es omnipotente», subrayó
Núñez en su carta de agosto 23, y añadió: «nadie hoy lo contrapesa, pues yo soy de
Ud. hasta la muerte». Para Caro estas notas -que confirmaban la lealtad y la
amistad que le unía a Núñez desde 1875- eran una «especie de testamento».
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Mausoleo de
Rafael Núñez en la ermita del
Cabrero Cartagena. Fotografía de Héctor Prieto
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Núñez, quien tal vez
presagiaba su próximo fin, quiso asegurar así el poder de su sucesor político. Razones
no le faltaban. Desde las elecciones de 1892, cuando se disputaron la vicepresidencia
Miguel Antonio Caro y Marceliano Vélez, se habían ahondado aún más las divisiones del
partido de gobierno. Encargado de la presidencia, Caro se encontró en dificultades para
manejar a un Congreso hostil. Las sesiones de 1894 se caracterizaron por una
extraordinaria agitación, motivada entre otras por las controvertidas medidas fiscales
que quiso adelantar el ejecutivo. «Congreso no hace nada», telegrafió Caro a Núñez el
20 de agosto, cuando le advertía de los intentos de algunos de querer reducir el
ejército a tres mil hombres o de las acusaciones contra el Banco Nacional, «gallina que
pone huevos de oro». Francisco Groot, uno de los más vehementes opositores a Caro,
propuso que se trasladase el Congreso a Cartagena. De alguna manera, la actitud de los
congresistas reflejaba cierto malestar general. El 12 de septiembre de 1894, un
corresponsal del South American Journal describía un preocupante escenario, donde
se había perdido la confianza en el gobierno al tiempo que crecían los problemas del
tesoro público. Ese año en Bucaramanga, según lo recordaría José Joaquín García, se
percibía un descontento en la ciudad por los altos precios que afectaban a los artículos
de primera necesidad.
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Casa Museo
de Rafael Núñez en el barrio de El Cabrero, Cartagena.
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Autógrafo de
Núñez, 1879.
En medio de los
acalorados debates políticos, los congresistas le pidieron a Núñez que regresara a
Bogotá a retomar el mando. Caro hacía lo mismo, aunque sus mensajes tenían cierto tono
sarcástico. «Es preciso que Ud. tome la dirección o que llame seriamente al orden a
esos amigos suyos, que están Jugando con candela», le manifestaba a Núñez aquel 20 de
agosto. Las relaciones entre ambos estadistas parecían haberse deteriorado. Por lo menos
desde septiembre de 1893, los rumores sobre las fricciones entre Núñez y Caro tuvieron
eco en la prensa internacional. El monopolio del tabaco, reintroducido por Caro, no fue de
la simpatía de Núñez. Adicionalmente, Núñez resentía la falta de comunicaciones del
vicepresidente. «Yo estoy siempre a oscuras de lo que pasa», le expresó a Carlos
Holguín, cuando éste lo visitó en El Cabrero, a comienzos de 1894. Por la misma época,
Núñez se quejaba ante doña Soledad Román de Núñez, su esposa: «¡Pobre Miguel
Antonio!... ¡Se le ha indigestado tanto el poder que más bien saldría por una ventana
que por la puerta!». Frente a las dificultades políticas que amenazaban la estabilidad
del régimen, Núñez creía que lo más conveniente era que Caro encargase temporalmente
de la presidencia al general Guillermo Quintero Calderón, quien le seguía en el mando
como designado. «Un hombre sin odios a la cabeza del gobierno podría convenir», le
escribió a Jorge Holguín el 10 de septiembre. Las noticias del posible viaje de Núñez
a Bogotá, con el fin de retomar él mismo el poder, estimularon aún más los rumores
sobre su distanciamiento con el vicepresidente. Por lo menos así lo entendía el vulgo.
Tal fue el sentido de la conversación que escuchó Carlos E. Restrepo entre dos mujeres
del pueblo, cuando se divulgó la muerte del presidente:
-- ¿Por qué disparan
cañonazos?
-- Es el gobierno que está celebrando la muerte del doctor Núñez.
A pesar de cierto
distanciamiento, sin embargo, tanto Núñez como Caro comprendían que por encima de su
amistad personal estaban otros intereses. La discrepancia sobre el monopolio del tabaco no
significó rompimiento, «no es para tanto», le explicó Núñez a Julio H. Palacio, su
secretario privado durante estos dos últimos años: «Caro tiene gran autoridad moral.
Puede equivocarse... Pero una situación política no se perturba por asuntos fiscales».
Por lo demás, Núñez elogiaba el manejo que Caro estaba dando a otros temas, como las
relaciones internacionales del país. La correspondencia entre ambos, durante aquellos
meses de agosto y septiembre de 1894, estuvo pues marcada por un mutuo respeto. Mientras
que le insistía que regresara a Bogotá, Caro subordinaba su autoridad a la de Núñez,
al tiempo que reiteraba su identificación con las doctrinas políticas del presidente.
Por su parte, Núñez se cuidaba de desmentir rumores, de destacar el «patriotismo y
templanza» del vicepresidente que había sido su más fiel colaborador y, por encima de
todo, de garantizar la continuidad de las reformas regeneradoras, cuyo futuro veía con
creciente escepticismo. Y esta comunicación entre los dos líderes del país, si bien a
ratos llena de mensajes sutiles y de difícil interpretación, debía salvar la enorme
distancia entre Bogotá y El Cabrero.
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Fotografía
actual de Héctor Prieto y grabado de Julio E, Flórez,
Papel Periódico Ilustrado, 1885.
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Ediciones
especiales de «El Porvenir» y «El Magdalena», esquela mortuoria, oración
fúnebre y agradecimiento de Soledad Román, con motivo de la muerte de Rafael Núñez.
Tras su
reelección en 1892, Núñez tomó posesión de la presidencia en Cartagena ante dos
testigos. Ya entonces se encontraba viviendo en El Cabrero, alejado del manejo directo del
gobierno. Según Joaquín Estrada Monsalve, el poder aparente era de quienes se habían
encargado de la presidencia, primero Carlos Holguín y después Miguel Antonio Caro; pero
el poder real siguió siendo «de ese pequeño hombre distante». A través de una activa
e intensa correspondencia, que su esposa seleccionaba y clasificaba con anticipación a su
lectura, Núñez se mantenía en contacto con los hilos del poder. Pero fue la prensa, sin
embargo, su principal medio de comunicación. Casi a diario, Núñez hablaba por teléfono
con Gabriel 0'Byme, redactor en jefe de El Porvenir. Julio H. Palacio llevaba en las
mañanas los artículos de Núñez al periódico y regresaba a la hora del almuerzo con
las pruebas de la imprenta. De acuerdo con Julio H., quien como su secretario privado
dejó escritos unos valiosos recuerdos de esos dos últimos años, fue en 1893 y 1894
cuando Núñez escribió sus mejores páginas para El Porvenir. La lectura de la prensa,
nacional e internacional, le mantenían, a su turno, informado.
Su retiro en El Cabrero
no significaba aislamiento. «Cuéntame lo que se dice en la Calle Real», fue una de las
primeras preguntas que Núñez le hizo a Julio H., cuando éste le visitó en agosto de
1893. La Calle Real, el centro entonces de la chismografía política bogotana, estuvo
siempre presente en el horizonte de Núñez. Con cierta frecuencia recibía visitas de
viejos colaboradores y amigos, cuando aprovechaba para enterarse de primera fuente de los
acontecimientos. En octubre de 1893, le visitaba Julio Pérez, uno de sus ex secretarios
de Estado, quien fue de los primeros en sugerirle que regresara a Bogotá. Meses más
tarde se entrevistó con José M. Goenaga quien, como comisionado del gobierno nacional,
había bajado hasta Cartagena para atender el acto de inauguración del ferrocarril a
Calamar. Pero sin lugar a dudas la visita más significativa que Núñez recibió durante
esta época fue la del patricio conservador Carlos Holguín. Núñez mismo le fue a
recibir a los muelles en La Machina, junto a otras cien personas, el 19 de febrero de
1894. Muchas de las conversaciones entre Núñez y Holguín, quien se quedó durante un
mes en Cartagena, giraron inevitablemente alrededor de la política.
Además de estas
visitas ocasionales, El Cabrero era la cita regular de algunos contertulios, así como de
los miembros más cercanos de la familia Núñez-Román. El gobernador de Bolívar, su
cuñado Henrique Luis Román, se entrevistaba casi todas las tardes con Núñez. Tanto el
obispo Eugenio Biffi como el empresario Carlos Vélez Daníes le visitaba también con
mucha frecuencia. Con Ernesto Palacio hablaba de literatura. Con el hermano de éste, su
secretario Julio H., el tema obligado era la política. Y todas las noches, entre las 7 y
las 9, Núñez recibía a sus amigos: José María Pasos, Pablo J. Bustillo, Francisco C.
Escobar y José Ulises Osorio. No todos los que le visitaban eran sus familiares, amigos
políticos o contertulios. Rubén Darío había ido a conocerle en 1892. Más adelante
recibía a José Asunción Silva. Un periodista de Le Fígaro le entrevistó a comienzos
de 1893, cuando la charla tuvo también eco en el Standard, Ese año recibía así mismo
la visita de Parker Tisdel, vicepresidente de la Pacific Mail Steamship Company. Había
inevitablemente visitas inoportunas. Núñez no dejaba que le tocaran el tema del Canal de
Panamá, ni permitía que le sorprendieran con otras preguntas indiscretas. Le fastidiaban
los pedigüeños de empleos y recomendaciones. Y, por regla general, no concedía
entrevista a los contratistas. Por el contrario, había otras visitas cuya ausencia podía
resentir. A mediados del 1894, comisionó a Julio H. Palacio para que averiguase por qué
un nuevo jefe del batallón en Barranquilla, coronel Moisés Camacho, no había pasado
aún por El Cabrero.
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Cama en
la que falleció Núñez, Casa Museo Rafael Núñez,
Cartagena Fotografía de Héctor Prieto
Quienes le
visitaron durante estos años se encontraban con una persona mentalmente lúcida pero
acompañada de cierta fragilidad física. «El célebre colombiano -recordó Rubén
Darío, mientras observaba el retrato de Gladstone al lado de su escritorio- es delgado,
de apariencia débil. Su mirada fina penetra como una sonda. Charla llanamente, como un
excelente señor cualquiera». A todos recibía, como a José Asunción Silva,
«sencillamente vestido de dril blanco, sentado en una silla de bambú y esparto, el
antebrazo apoyado en los brazos del asiento, la cabeza inclinada sobre el pecho». Silva
también observó «ojos claros y azulosos, medio cerrados, con una extraña expresión de
cansancio físico y de profunda vida interior». Otros quedaban más asombrados por la
figura desgastada del presidente. Carlos Calderón Reyes, quien lo visitó en 1893,
describió a Núñez «dominado por una grande excitabilidad nerviosa, algo así como una
exaltación del temperamento a causa de las vigilias, la fatiga intelectual y la
deficiencia de nutrición». En octubre de ese año, Núñez había sufrido un «dengue»
que le había dejado, en sus propias palabras «por largo tiempo abatido». Pero sus
problemas de salud sólo parecen haberse agravado a mediados de 1894, cuando le reconoció
a Caro que no se sentía en condiciones para trasladarse a Bogotá. El 6 de septiembre le
pidió ayuda a Julio H. Palacio para ponerse el saco, al tiempo que le expresaba que
tenía «el cerebro como una esponja seca a la que se aprieta y no le sale nada, casi que
no puedo escribir mi telegrama». Cuatro días más tarde le escribía a José Ramón
Vergara confesándole que no había podido colaborar en las últimas ediciones de El
Porvenir «debido a graves atenciones y preocupaciones».
A pesar de estos
evidentes síntomas de fatiga física, Núñez permaneció activo hasta días antes de su
muerte. Es cierto que en los últimos años de su vida dedicaba alguna atención a temas
literarios y metafísicos. Sobre el espiritismo sostuvo una famosa conversación con
monseñor Biffi. Quienes con curiosidad se acercaban a su escritorio, descubrían allí
sólo tres libros: Imitación de Cristo, de Kempis, la Vida de Jesús, de Renán, y Azul,
de Rubén Darío. Su biblioteca, otra señal más de su desprendimiento, la había ido
regalando. Pero siguió siendo un devorador de prensa. Y por encima de sus atracciones
hacia la literatura y el espiritismo, esos últimos días estuvo ante todo mortificado por
el desenvolvimiento de la política nacional. Así lo evidencia su correspondencia con
Caro y los preparativos para subir a Bogotá a encargarse del poder. En una de sus
últimas cartas a Caro, fechada el 10 de septiembre --día en que también escribió
cartas por lo menos a Jorge Holguín y a José Ramón Vergara--, Núñez manifestaba una
profunda preocupación por la estabilidad del gobierno. A la mañana siguiente, ordenaba
que le preparasen la casa de la Carrera. Ya había anunciado su viaje para comienzos de
octubre.
El 14 de septiembre,
sin embargo, Núñez le manifestó a su esposa que sentía «la cabeza como de piedra». A
media noche, con una calilla de Ambalema en la boca que denotaba inquietud, se acercó a
su esposa, quien estaba medio dormida. Años más tarde, doña Soledad recordaría
vividamente estos momentos: «Mientras le pasaba el malestar me senté en una silla al pie
de su cama. De pronto, se incorporó, se puso de pie, abrió los brazos como buscando
equilibrio y cayó hacia atrás, quedando a través en el lecho. ¡Ya no habló más!».
Siguieron cuatro días de angustia. Los esfuerzos de los médicos fueron inútiles.
Núñez, agonizante, no perdió la conciencia. En la madrugada del 18, el obispo Biffi le
daba los auxilios espirituales. Una hora más tarde, mientras se escuchaban los cañones
en las murallas de Cartagena, el gobernador de Bolívar redactaba el mensaje a Miguel
Antonio Caro anunciándole la muerte del presidente titular de la República.
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Ermita
del Cabrero, Cartagena.
Fotografía de Héctor Prieto.
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El 20 de
septiembre, después de que el cadáver fuese trasladado de la ermita de Las Mercedes a la
capilla ardiente en San Juan de Dios, tuvo lugar el entierro de Núñez en Cartagena. En
todo el país el gobierno ordenó honras fúnebres, anunciadas repetidamente por las
campanas de los templos. En Bogotá, el Congreso depuso momentáneamente su ánimo
opositor frente a quien se quedaba ahora con todo el poder: Miguel Antonio Caro. Los
llamados a la unión nacional ganaron momento. Como concluía una hoja volante que se
distribuyó tras las honras fúnebres en Bucaramanga, «Núñez tiene derecho a esperar
que los buenos hijos de la patria juren ante su cadáver la más perfecta reconciliación,
para con ella hacer eternas las glorias de la república cristiana».
El clima
político en la capital, sin embargo, se llenó de incertidumbre, agravado un mes más
tarde por el deceso de Carlos Holguín. Según el ministro de los Estados Unidos en
Colombia, la muerte de Núñez había sido recibida con beneplácito en Bogotá: no sólo
ambos partidos le temían y desconfiaban de él, sino que se resentía el que muchas de
las decisiones del gobierno se obstruyesen por Núñez desde Cartagena. No obstante el
ministro reconocía a paso seguido que las expresiones eran fruto del ruido de algunos
círculos: «Ni el peor de sus enemigos le niega sus talentos como político, hombre de
letras y poeta, y yo debo decir que en general gozaba de la reputación de ser el más
eminente estadista de este país que, de todas formas, a pesar de la distancia de 600
millas de la capital, logró mantener la paz por nueve años, lo que muestra al menos una
gran habilidad ejecutiva». Su frustrado viaje a Bogotá, como lo expresó el South
American Journal un mes después de su muerte, comenzó a ser desde entonces fuente de
especulaciones sobre el distinto porvenir de la República si Núñez hubiese retomado el
poder. El 3 de octubre de 1894, Marco Fidel Suárez publicaba un breve ensayo, con el que
se inauguraron tal vez las interpretaciones póstumas de su vida y obra, llenas aún de
enigmas y controversias. Otros eran los ánimos de los versos de Rubén Darío, dedicados
también a su muerte:
El pensador llegó a
la barca negra
y le vieron hundirse
en las brumas del lago del Misterio
los ojos de los Cisnes.
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