Revista Credencial Historia

 

 

 

 

EDICION 225
SEPTIEMBRE DE 2008
   

MONTERÍA: VIDA ENTRE SABANAS Y CIÉNAGAS

por Antonio Vidal Ortega
Doctor en Historia, Universidad de Sevilla. Director del Departamento de Historia y Ciencias Sociales, Universidad del Norte, Barranquilla..

 





Tomado de:

Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia).
Edición 225

Septiembre de 2008



Gracias a los avances de la arqueología, hoy sabemos que la definición de un territorio que corresponde a una etnia determinada debe hacerse con cautela debido a que los límites tanto étnicos como territoriales son difusos y que los pueblos que habitan espacios geográficamente cercanos se influyen, produciéndose procesos de ó smosis cultural . Por eso es lícito reconocer cuando hablamos del pasado lejano y de los antepasados que ocuparon los diversos territorios de la geografía nacional colombiana, la dificultad que tiene la identificación de grupos étnicos determinados y la extensión de sus territorios. La tarea al mismo tiempo se complica aún más, cuando en parte la tradición indígena se excluyó por no ser reconocida como parte del proyecto civilizador dentro del proceso de construcción de la nación. Este es el caso de las llanuras del Caribe donde el cruce e intercambio entre hombres de culturas y pueblos diferentes produjeron, entre los siglo V al X después de Cristo, fuertes cambios culturales y movimientos de población continua.

En estas grandes llanuras, lo que hoy se representa en la geografía del actual departamento de Córdoba, durante varios siglos los habitantes de ese territorio adecuaron extensas zonas inundables para explotar y habitar una región especial por la fertilidad de sus suelos y las riquezas de sus recursos en flora y fauna. Estas comunidades prehispánicas llegaron a realizar unas construcciones hidráulicas que alcanzaron unas 650 mil hectáreas entre la depresión momposina y el cauce bajo del río Sinú. Allí se desplegó una civilización que por lo prodigioso de su legado debió alcanzar un alto nivel de bienestar y unas formas de organización complejas: los Zenues. Vivieron su máximo esplendor entre los año 400 y el 900 d. C. y hacia esa fecha por presiones y flujos migratorios se fueron replegando de las zonas inundables a las zonas elevadas cercanas. Pueblos del bajo Magdalena los desplazaron cambiando la balanza de poder en la región y las relaciones interétnicas. La introducción y aceptación del cultivo del maíz en el formativo medio, tuvo un fuerte impacto en estas sociedades agrícolas de las tierras bajas tropicales pues les permitió alejarse de la dependencia de los recursos lacustres y ribereños e iniciar una penetración hacia las faldas y vertientes de las serranías andinas.

A lo largo de los siglos el paisaje urbano de Bogotá ha cambiando notablemente. La ciudad que surgió de doce chozas y una iglesia en la cuarta década del siglo XVI, expandiéndose por una vasta altiplanicie, a comienzos del tercer milenio tiene poca tierra para seguir creciendo. Su aspecto, luego de 470 años, es el de una ciudad que se desborda hacia la sabana y se debate entre el orden y el caos.

A comienzos del siglo XVI, se inició la invasión española y la fama de las tierras Zenues atrajo numerosas expediciones de huestes guerreras en pos de la búsqueda del oro que los habitantes de la zona depositaban en sus tumbas, unas colinas artificiales que sobresalían en medio de las sabanas. La primera expedición al Zenú fue enviada desde el Urabá en el año de 1515 bajo la dirección de Francisco de Becerra y después no hubo otra hasta la llegada de Pedro de Heredia en 1534, ya por entonces gobernador de Cartagena, división administrativa a la que había quedado adscrito todo ese territorio por los designios de la burocracia real del emperador Carlos V. Desde ese momento todo el interés de los hombres de guerra españoles se centró en el saqueo de las tumbas de los indígenas. Como comentó la arqueóloga Ana Maria Falchetti fue la primera actividad de guaquería sistemática que se dio en el continente. De ello nos han quedado un buen número de testimonios que todavía hoy podemos consultar en la gran recopilación documental del historiador Juan Friede o incluso en los versos épicos de un cronista presencial de la época Juan de Castellanos. Lo que por otro lado, generó un sin fin de conflicto entre los propios conquistadores y alguna que otra distorsión de las leyes que la Corona promulgó para preservar parte de sus ganancias. Como siempre en estas tierras desde el inicio del proceso de occidentalización las leyes corrieron detrás de la realidad.

Una vez se agotaron estas tumbas las tierras quedaron casi olvidadas por los castellanos que dirigieron su mira hacia las fuentes del oro e iniciaron su búsqueda ascendiendo a las zonas montañosas. En 1535 el dominico Fray Tomas de Toro, Obispo de Cartagena escribía sobre lo que equivale hoy a las tierras del departamento de Córdoba que el temprano despoblamiento de la zona se debió al pronto agotamiento del oro de las tumbas, al mal trato que inflingieron a los indígenas y a la escasez de alimentos para los españoles que debían ser transportados desde Cartagena a muy altos costos. Del mismo modo, el gobernador Heredia en su afiebrada búsqueda del oro no tuvo tiempo de hacer repartos de encomiendas distribuyendo la población indígena entre los conquistadores. En resumen la migración de los invasores se desplazó hacia las montañas.

Todo este proceso conllevó a que en la zona quedara muy marginada la presencia española, mucho mas dedicada en este periodo de la segunda mitad del siglo XVII a perseguir las riquezas metalíferas y sobretodo las minas y de abrir desde estas rutas que permitieran dar salida hacia el puerto principal de la gobernación: Cartagena.

A comienzos del siglo XVII los hombres ibéricos introdujeron el ganado mayor en las sabanas. Se necesitaba para el abasto de los puertos y de las tripulaciones de los galeones de la ruta de la plata que llegaban al complejo portuario de Cartagena y Portobello a recoger los metales preciosos provenientes del Virreinato del Perú. El ganado necesitó de grandes extensiones de pastos y espacios abiertos para su crianza y reproducción. El lugar destinado a esta labor fue “… las sabanas y dehesas de los ganados mayores que hay entre la villa de Tolú y Mompox .” aunque según se desprende de la documentación que se conserva del periodo colonial no se detecta una presencia importante de este hasta bien entrada la tercera década del siglo XVII. A pesar de estos no se cree que en este periodo hubiera una intensa explotación ganadera, pues la mayoría del ganado estaba compuesto por reses alzadas, es decir cimarronas, ganado que por las buenas condiciones naturales de las sabanas se reprodujo con facilidad.

Al mismo tiempo durante todo este periodo, es decir el resto del siglo XVII y primera mitad del siglo XVIII, las márgenes del río Sinú se convirtieron por su fertilidad en la zona agraria mas destacada de la gobernación. Un terreno fértil y propicio para el cultivo que fue el mayor lugar de la provincia en producción de maíz, que se destinó tanto a la exportación –ante la potencialidad de los mercados de Cartagena y Portobello-, como al propio sustento de indios y esclavos, que laboraban conjuntamente en las pequeñas estancias junto al río, y por último a la alimentación del ganado de cerda muy abundante en la zona. También nos ha quedado en la documentación conservada testimonios de cultivos de plátano, pues barcos cargados de este producto se registraron en el puerto de Cartagena durante todo el periodo colonial.

El siglo XVIII y sobretodo su segunda mitad, vino impulsado por las políticas para controlar mejor los territorios del imperio. Tónica general para todo el continente que se reflejó en las costas del caribe colombiano en la figura de unos funcionarios ilustrados que hicieron un gran esfuerzo por reconocer la geografía física y humana de las gobernaciones para llevar adelante una ambiciosa política control enmarcada dentro de las reformas modernizadoras del imperio de Carlos III. La agricultura y la ganadería habían permitido una notable recuperación demográfica, que corrió sobretodo por parte de la población mestiza nacida dentro de la sociedad colonial; mestizos, zambos sobretodo, cimarrones y una marginal población blanca del mundo rural. De esta forma, se impulsó la reagrupación de poblaciones, lo que dio como resultado la fundación de numerosos pueblos en general por toda la geografía del caribe colombiano y en especial por los territorios del Sinú, que habían estado por fuera del control de la administración real.

En la gobernación de Cartagena la responsabilidad de esta política pobladora recayó en manos de Antonio de la Torre y Miranda que acabó congregando 44 poblaciones donde se trató que los habitantes del mundo rural fueran reunidos y concentrados en núcleos urbanos. Así, en torno al año 1775 surgió San Jerónimo de Buenavista -actual Montería- con un número de 170 vecinos, aproximadamente entre unos 800 o 900 habitantes. Posteriormente el nombre cambió por el de San Jerónimo de Montería en recuerdo de un primer poblado levantado en un lugar donde se reunían cazadores. La solicitud de fundación fue hecha al gobernador de Cartagena por dos caciques indígenas, Ventura Molledo en 1759 y Sebastián Alequenete en 1772, que con sus peticiones abrieron la puerta a las expediciones que Antonio de la Torre realizó por todo el territorio. Se puede decir que en origen la ciudad fue fundada por cazadores, pescadores y madereros, que buscaban el respaldo de la administración real para contener los empujes de las poblaciones fronterizas del Darién y Caledonia, territorio que trataba de organizar el gobernador Andrés de Ariza.

Durante el siglo XIX, un tiempo convulso y lleno de guerras, se instalaron las primeras compañías extranjeras que, como hasta el día de hoy, comenzaron a explotar indiscriminadamente y de manera no sustentable los recursos naturales de esta hermosa región natural. La primera fue una compañía francesa que llegó con la intención de buscar oro, pero ante la falta del preciado metal se inició una intensa explotación de las maderas nobles de los bosques nativos, caoba, cedro amarillo, ceiba veteada, roble, dividivi y carreto, que fueron exportadas a los mercados europeos y norteamericanos. A finales del siglo llegaron para lo mismo compañías norteamericanas. La actividad intensificó el transporte fluvial del río Sinú, provocando de esta manera un crecimiento continuado de la todavía pequeñas ciudad de Montería, aunque esta vía de transporte quedó prácticamente abandonada con la sedimentación en la década de los años veinte del siglo pasado de la bahía de Cispatá, lo que hizo languidecer poco a poco la navegación fluvial.

Las explotaciones madereras abrieron grandes claros en los bosques y de esa manera se adecuaron amplias zonas que se dedicaron a la producción agropecuaria destacando entre ello el cultivo del algodón, que reportó bastante riqueza. Toda esta actividad trajo innumerables migraciones y entre ellas a finales del siglo XIX y principios del XX a un número considerable de inmigrantes sirios y libaneses en su gran mayoría. Comunidad que desde luego impregnó en el siglo pasado un sello distintivo a la ciudad y a todo el departamento

Poco antes de iniciarse el periodo de independencia en 1807, Montería adquirió el estatus de villa y en 1840, en plena Guerra de Supremos, la ciudad ascendió a cabecera de distrito, en un periodo convulso donde los revolucionarios de la costa se autoproclamaron soberanos con respecto al poder centralista andino, intentando conseguir una especie de autonomía política que Tomás Cipriano de Mosquera impidió. En 1923 se constituyó definitivamente como Municipio, tiempo en el que se produjo uno de los episodios mas dramáticos de la vida de esta joven ciudad: los conservadores, en un acto de intransigencia y en su enfrentamiento con los liberales, le prendieron fuego el 1 de febrero de 1931 por no estar de acuerdo con las elecciones de los cuerpos colegiados de ese año, el resultado fue más de 250 casas calcinadas y decenas de muertos y heridos. Por último, en 1952, en tiempos del régimen político del general Gustavo Rojas Pinilla, se creó el departamento de Córdoba y Montería pasó a ser designada como su capital en detrimento de Lorica, por dos razones fundamentales: la centralidad geográfica dentro del departamento y su mayor empuje económico.

A partir de este momento la construcción de nuevas infraestructuras cambió los contornos y las funciones de la ciudad, destacando los puentes sobre el río, las carreteras que las conectaban con las tierras del alto Sinú y el aeropuerto, aunque es conveniente reseñar que los hidroplanos acuatizaban en el río desde 1920. A partir de estas fechas se dio un ensanchamiento y expansión del casco urbano, aunque sin planes claros y mucha improvisación debido sobretodo a la escasa visión y poca preparación de sus dirigentes, en la mayor parte de las ocasiones mas preocupados de sus asuntos personales que del bien común y del proyecto compartido que representa las responsabilidad del gobierno de una ciudad. La instalación de la Universidad de Córdoba a mitad de los años sesenta y la actividad cultural generada desde algunos medios de comunicación destacando entre ellos el diario El meridiano , han ido poco a poco generando un sentido de pertenencia y de rescate de la memoria de la ciudad cumpliendo una labor educativa positiva y necesaria, surgiendo de ella una nueva generación de artistas e intelectuales que han dado una nueva presencia a la vida cultural urbana.

En la actualidad la principal actividad económica, aparte de un pujante sector servicios, lo componen la agricultura - algodón, arroz, maíz, sorgo y yuca-, la ganadería extensiva y la actividad minera del ferro níquel, el carbón, el gas natural y el oro. En medio de todo este proceso y a pesar del cruento conflicto político colombiano que ha desangrado su población, esta ha aumentado de manera continuada pasando de 162 mil habitantes en 1985 a cerca de 400 mil en este principio de siglo. Entre ciénagas y sabanas y un entorno natural envidiable, la vida de esta joven y pujante ciudad y sus amables gentes aguarda con ansia un futuro de armonía entre los hombres y la naturaleza.

 

 



 

 


Detalle mapa de Colombia, 1639. Archivo General de la Nación, mapoteca 4, ref. x-62.

 


Figura antropomorfa Zenú, C13108,

20,10 X 25,10 cm. 200 A.C. - 1600 D.C. Museo del Oro del Banco de la República - Clark M. Rodríguez.

 

Montería, 1959. Instituto Geográfico Agustín Codazzi.

 


Montería, 1981. Instituto Geográfico Agustín Codazzi.

 


Montería a orillas del río Sinú, foto Rudolf Schrimpff. Instituto Geográfico Agustín Codazzi..