NACIDO
EN 1758 en el Socorro, Andrés María
Rosillo y Meruelo fue tanto un personaje
clave en la aceleración de la revolución
en la Nueva Granada, como alguien en quien
los equívocos y las vacilaciones
de esa revolución se muestran muy
bien. En una época en que la virtud
republicana se presentaba como un imperativo,
Rosillo fue para muchos de sus contemporáneos
simplemente un “pícaro”.
Sus biógrafos tampoco han podido
omitir su carácter ambicioso, su
volatilidad, su falta de templanza. Tratando
de comprender esas flaquezas, Rosillo deber
ser restituido al escenario de grandes cambios
e incertidumbres que fue la revolución
en la América hispánica.
Hijo
de un comerciante de origen peninsular,
al momento de entrar a estudiar al Colegio
Mayor del Rosario la familia de Don Andrés
gozaba de pocos bienes de fortuna aunque
conservaba una posición distinguida
en la Provincia del Socorro. Graduado de
abogado en 1781, se hace catedrático
de su Colegio y litiga en los tribunales
en Santafé, pero su suerte no le
satisface. Confiado en sus capacidades oratorias,
opta al año siguiente por la vida
eclesiástica. "Mi lengua es
suelta y convengamos en que los clérigos
no podrán ganarme", escribe
a un amigo. Un inquieto itinerario lo llevará
entonces por diversos cargos y establecimientos
religiosos del centro del Nuevo Reino hasta
ser Magistral de la Catedral y rector del
Colegio del Rosario en 1802.
La
energía, la desenvoltura, las capacidades
de Rosillo lo han hecho sobresalir en la
capital del Virreinato, posee además
una fortuna regular. Nada permite pensar
que esté descontento con las autoridades.
Por el contrario, durante la misa celebrada
en febrero de 1805 en agradecimiento al
Monarca por la distribución de la
vacuna contra la viruela en la Nueva Granada,
Rosillo dedica el sermón al valido
del Rey, Manuel Godoy, y elogia el gobierno
de la monarquía española como
el mejor que pueda apetecer el hombre. Con
esto Rosillo no hace sino expresar la voz
general. Nadie piensa en cambios de gobierno
o en revolución. Como en la revolución
francesa o norteamericana, antes de la revolución
no hay revolucionarios. De ahí que
Rosillo nos pueda ayudar a entender una
revolución profunda que, como todas,
sobrepasa las palabras, las intenciones
y los movimientos de sus actores.
EL MOMENTO
ROSILLO EN LA REVOLUCIÓN
En
1808 la sólida arquitectura de la
monarquía española se agrieta,
y con ella, el tejido de relaciones sociales
que se instituía a partir de la autoridad
del monarca. La invasión de los ejércitos
napoleónicos hace insalvables las
disputas internas entre las facciones que
se venían disputando el poder. Cuando
en mayo de ese año los reyes, padre
e hijo, abdican en favor de Napoleón,
y este transfiere la corona a su hermano
José, la monarquía toda responde
con un impulso afirmador de la hispanidad.
El entusiasmo de la lealtad a Fernando VII
es de una magnitud proporcional al rechazo
a la dominación francesa, juzgada
como un anatema contra la religión
y el buen orden de la sociedad.
El
pánico ante un inminente sometimiento
a un orden político indeseado provoca
la creación por toda la península
de juntas conservadoras de los derechos
de Fernando VII que se proponen hacer la
resistencia y organizar las comunidades.
Una de ellas, la de la ciudad de Sevilla
pretende concentrar la autoridad de toda
la monarquía. El realismo no es menos
intenso en América, y la Junta de
Sevilla no sólo es reconocida de
manera entusiasta en el Nuevo Reino sino
que recibe una fuerte contribución
económica. También es reconocida
con entusiasmo la Junta Central, el siguiente
organismo político de la monarquía
que, tratando de afirmar la lealtad americana
hace en enero de 1809 una aseveración
que tendrá efectos turbulentos: los
dominios americanos no son "colonias,
sino parte esencial e integrante de la monarquía".
En consecuencia de esa afirmación
llamó a cada virreinato y capitanía
a elegir un Diputado a que tomara asiento
en su seno.
El
inquieto Rosillo es de los que mejor capta
en el Nuevo Reino las potencialidades de
la crisis de la autoridad monárquica.
Aunque a los americanos les resultaba evidente
lo inequitativo de la representación
que se les otorgaba respecto a los peninsulares,
la elección del Diputado fue asumida
con calor. Rosillo movilizó sus esfuerzos
para hacerse escoger por algún Cabildo,
y escribió cartas proponiendo su
candidatura, la cual justificó con
sus talentos, su rectitud, su conocimiento
del Reino y su independencia de carácter.
En este acto interesado hay un giro revolucionario
en la experiencia neo granadina de la noción
de representación: el representante
no surge de un acto de revelación
sino que fragua su propia posibilidad de
terminar coincidiendo con el representado.
El complicado mecanismo de elección
da por resultado la elección en septiembre
de 1809 de Antonio de Narváez como
Diputado del Reino.
En
todo este tiempo la extrema fragilidad de
la autoridad no ha podido ser conjurada,
mientras que los ejércitos franceses
consolidan sus posiciones. En América
la igualdad también se piensa como
posibilidad de erigir autoridades firmes
ante el peligro de dominación extranjera,
es decir francesa. Bajo este fundamento
en agosto de 1809 Quito destituye las autoridades
y crea una Suprema Junta Gubernativa que
invita a Santafé a hacer otro tanto.
Presionado, el Virrey Amar convoca una Junta
de Notables para deliberar acerca del mejor
camino a tomar ante los sucesos de Quito.
La reunión no solo tiene de novedosa
la tensión que la recorre, sino una
división entre los peninsulares,
más proclives al uso de la fuerza,
y los americanos, inclinados a la persuasión.
Estos llegan incluso a pedir la creación
de una Junta en Santafé: el Magistral
Rosillo es uno de los más elocuentes
defensores de esta propuesta. Desde mediados
de 1809 la crisis no dejará de ganar
en complejidad, alimentada no solo por el
temor a la disolución de la sociedad
sino por imprecisas esperanzas en obtener
una intervención más amplia
de los americanos en el gobierno o en una
mayor libertad. Sin embargo, no avizoran
algo distinto a una monarquía renovada.
A
finales de septiembre Rosillo visita a la
Virreina y le propone participar en un movimiento
destinado a proclamar a su marido, Antonio
Amar, como Rey. La ciudad está intranquila
con pasquines y rumores, que difunden "perniciosos
principios". Las autoridades juzgan
esta perturbación de la tranquilidad
pública como una estratagema destinada
a "corromper la lealtad y sencillez
de los buenos Vecinos", y se deciden
a cortar el mal. A mediados de Octubre el
Virrey oficia a la Real Audiencia para que
se encargue de una denuncia según
la cual en la casa del Magistral Rosillo
"se tratan cosas contrarias al buen
orden y subversivas del Gobierno actual".
Dos semanas después la Audiencia
ordena que sean arrestados y enviados a
Cartagena el Oidor Baltasar Miñano,
Antonio Nariño y Andrés Rosillo,
a quien no pueden hallar pues ha partido
hacia la Provincia del Socorro.
Sin
tener un plan definido, y ni siquiera unos
objetivos claros, algunos santafereños
se involucran en actividades subversivas.
El 10 de Noviembre de 1809 un puñado
de entusiastas inicia una tentativa de apropiarse
de las armas de un grupo de soldados que
había partido para Quito. Cuando
el proyecto es suspendido, dos sobrinos
de Rosillo que han estado involucrados comienzan
con su tío el peregrinaje hacia el
Socorro, para finalmente marchar a los llanos
a iniciar un levantamiento armado. Proclamándose
leales a Fernando VII y alertando contra
la entrega del Reino a la opresión
francesa mediante maniobras del Virrey,
los insurrectos intentan en vano consolidar
una fuerza armada, para finalmente ser desarticulados
y apresados. Sus líderes son ejecutados
sumariamente.
Rosillo, entre tanto, había sido
apresado a finales de Noviembre, luego de
haber tratado de seducir a algunos para
que juntaran "gente para alzarse contra
los españoles y su gobierno".
En la indagatoria Rosillo negó tener
intenciones subversivas, y deslizó
a otros santafereños la responsabilidad
por algunas proclamas que le hallaron, pese
a lo cual es dejado en la cárcel.
LA REVOLUCIÓN
CLERICAL
El
21 de Julio de 1810 Rosillo fue sacado de
la cárcel en hombros de una multitud,
entre la que se contaba un gran número
de curas, convertidos en entusiastas promotores
de la nueva autoridad. Tan decisiva habría
sido la participación de los curas
en esta etapa de la revolución, que
tres años después Jorge Tadeo
Lozano la definió como una "REVOLUCIÓN
CLERICAL": "Sacerdotes fueron
los que dirigían el impulso del Pueblo
en todas sus operaciones, no solo en esta
Capital, sino en el Socorro, Pamplona, y
el Reino entero", escribió Lozano.
A muchos cargos importantes fueron llevados
religiosos, y Rosillo fue uno de los más
distinguidos. Miembro de la Suprema Junta
de Santafé por aclamación
popular, fue también elegido por
la Provincia del Socorro como Diputado al
Congreso General del Reino que se instaló
en diciembre de 1810. Encarcelado por Nariño
en Enero de 1812 acusado de estar "tramando
conspiraciones contra el Estado", al
año siguiente lo encontramos en el
acto de plantación del árbol
de la libertad haciendo un discurso donde
diferenció libertinaje y libertad,
y meses más tarde formando parte
de la comisión encargada de recaudar
un empréstito forzoso para el Gobierno.
Este ámbito de intervención
política de Rosillo fue más
amplio, pero queremos detenemos en su participación
en los debates al interior de la iglesia
donde también tienen lugar las transformaciones
que sacuden toda la sociedad. Esta se ve
lanzada a una inestabilidad que proviene
de la progresiva desaparición del
monarca como figura unificadora de un orden
al parecer trascendente.
La
Suprema Junta del Socorro considerándose
depositaria de los derechos del pueblo de
su jurisdicción para darse su forma
de gobierno aprobó el 10 de diciembre
de 1810 la erección de un Obispado,
argumentando además que así
se podrían atender mejor las necesidades
espirituales de los habitantes y las demandas
de los más pobres a cuyo objeto se
destinaban parte de los ingresos por diezmos.
Al día siguiente se procedió
a la elección del Obispo, resultando
ganador fácilmente Andrés
Rosillo, quien era uno de los principales
inspiradores de esas determinaciones que
pese a dejarse sometidas a la aprobación
papal, no dejaron de escandalizar a las
autoridades eclesiásticas de Santafé.
Estas no dudaron en calificar los pasos
de los socorranos como un cisma dado que
pasaban por alto no sólo las jerarquías
eclesiásticas neogranadinas sino
al mismo Papa, único a quien competía
la creación de Obispados. Todo esto
condujo a controversias, escritos y roces
no sólo entre los eclesiásticos
sino también con los vecinos de San
Gil, que hicieron duros reproches.
Fulminados
los rebeldes por la autoridad eclesiástica,
Rosillo no pudo ejercer su dignidad sino
fugazmente, y pidió su readmisión
a los cargos de los que había sido
alejado presentándose como exento
de responsabilidad en el cisma. Reintegrado,
se ocupó con entusiasmo de la campaña
por lograr que el Gobierno de Cundinamarca
admitiera al Arzobispo Juan Bautista Sacristán,
de quien se sospechaban simpatías
con la Regencia, pero cuya ausencia, expresó
Rosillo, ahondaba las tendencias a la disolución
social. Como miembro del Cabildo Eclesiástico,
Rosillo participó igualmente desde
marzo de 1813 en el debate de la propuesta
del Congreso de las Provincias Unidas para
que se realizara un "convento eclesiástico"
con participación de las distintas
Provincias de la Nueva Granada, como medio
para regularizar las relaciones con el Vaticano
y para lograr el reconocimiento del nuevo
gobierno. Las autoridades eclesiásticas
se mostraron de acuerdo, pero vacilaron
en la manera de realizar el evento, inquietos
por una asamblea general con amplio número
de representantes, con lo que Rosillo se
mostró por el contrario de acuerdo.
En
1814 los temores de la reconquista cobraron
cuerpo, produciendo una agudización
de las tensiones sociales en medio de las
cuales se pronunciaron inusuales reproches
a los "nobles" y el clero a quienes
se aludió como eventuales enemigos
de la libertad e independencia americana.
Rasilla contribuyó a alimentar ese
estado de ánimo publicando un folleto
en el que sostuvo que tanto los Gobernadores
del Arzobispado como muchos clérigos
eran enemigos de la libertad, y hacían
de la religión un instrumento contra
los patriotas. Como el Poder Ejecutivo,
en razón de la protesta de los Gobernadores
del Arzobispado, recogiera la proclama,
Rosillo replicó con otro folleto
de título elocuente: "A mis
compatriotas en defensa de una proclama
que el Poder Ejecutivo mandó recoger,
a impulso del Eclesiástico, por antirreligiosa.
La libertad de la imprenta será vana
e ilusoria, si no se apoya en unas leyes
capaces de asegurar su existencia y preservada
de los golpes de la arbitrariedad".
Rosillo
es a la vez un defensor de la potestad de
la iglesia para administrar los diezmos,
y ese mismo año critica a quienes
sostienen que ha pasado a recaer en los
pueblos americanos el derecho de patronato
debido a que ha sido a expensas de ellos
que se han fundado iglesias y se ha sostenido
el culto. Pero en 1815 la viabilidad de
los gobiernos independientes tiene poco
sustento, y Rosillo parece cambiar de parecer.
Como lo indican unos versos burlescos que
circulan en Santafé, es percibido
como un hombre caprichoso y voluble, alguien
que de "patriota exaltado" ha
pasado a "adular al poderoso"
Morillo. En noviembre de 1815 el Tribunal
de Vigilancia ordenó el arresto de
Rosillo y una semana después su destierro
en Cali. Allí lo encuentran las autoridades
de la reconquista, quienes lo condenarán
al destierr9 en España, donde permanecerá
tres años. De regreso tendrá
una vida política no menos accidentada.
Muere en 1835.
BIBLIOGRAFÍA:
GROOT, José
Manuel, Historia eclesiástica y
civil de Nueva Granada, t. 3, Imprenta
i estereotipia Medardo Rivas, Bogotá,
1889.
LOZANO,
Jorge Tadeo, "Discurso que ha de
pronunciar en la apertura del Serenísimo
Colegio Electoral de Cundinamarca el C.
Jorge Tadeo Lozano, Brigadier de Ejército,
y representante del Distrito de Chocontá",
Santafé de Bogotá, 1813.
RODRÍGUEZ
PLATA, Horacio, Andrés María
Rosillo y Meruelo, Academia Colombiana
de Historia, Editorial Cromos, Bogotá,
1944.