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EDICION 153
SEPTIEMBRE DE 2002
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LA IGLESIA CATOLICA EN
COLOMBIA
Entre la tensión y el conflicto
Por: Luis Carlos Mantilla R., O.F.M.
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Tomado de:
Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 153
Septiembre de 2002
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Religiosos del período colonial. Album
del Obispo Baltasar Jaime Martínez Compañón, ca. 1791. Biblioteca del Palacio Real,
Madrid. Facsímil en la Biblioteca Nacional de Colombia, Bogotá.
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Desde los
inicios de la predicación evangélica hasta la época moderna, y por supuesto en ella, la
historia de la Iglesia católica en Colombia ha estado fuertemente marcada por el signo de
la contradicción y la discordia. Se diría que esto nada tiene de particular pues ello
hace parte de la vocación cristiana. Sin embargo, una ojeada sobre los hechos más
significativos de esa historia nos muestra no sólo la coloración tan particular de sus
conflictos, sino que éstos y las tensiones han dominado sobre su acción evangelizadora,
sin que pueda hablarse de una tregua larga o duradera de descanso.
Lo paradójico de esta situación es que las mayores dificultades y
estorbos no han procedido de sus enemigos exteriores, ni de ataques contra la doctrina,
pues durante más de tres siglos jamás tuvo que enfrentarse con otras formas de religión
cristiana, ni tampoco fue controvertida su enseñanza, pues la Iglesia católica fue la
única religión que tuvo una existencia reconocida en Colombia hasta 1856, año en que
hizo su aparición la Iglesia presbiteriana, primera denominación protestante permanente
establecida en el país, pero cuando ya el catolicismo ejercía una influencia dominante
sobre la cultura y la sociedad en todos los campos y podía decirse abiertamente que la
población en su inmensa mayoría era católica. Resultaría muy extenso señalar las
contradicciones y conflictos que afectaron o retardaron el fruto cosechado por la
predicación evangélica en Colombia en el dilatado espacio de los tres siglos de la
época colonial, y obviamente no me voy a referir a todos ellos en el reducido espacio de
este artículo, menos aún a las consabidas tensiones de la Iglesia con el Estado, pues
para quienes están acostumbrados a leer la historia de la Iglesia católica en tono
apologético o edificante, los principales fallos en la evangelización se debieron a la
injerencia del poder civil en los asuntos eclesiásticos.
Soy uno de aquellos pocos que no cree que pueda achacarse al Patronato
español, al menos con las tintas con que suele hacerse, la causa de las contradicciones
que sufrió la Iglesia católica colombiana en la época colonial, y tampoco creo que los
grandes choques Iglesia-Estado que se produjeron en el siglo XIX tengan como única causa
el anticlericalismo de los liberales o la irrupción de las logias masónicas, como viene
afirmándose desde hace mucho tiempo. Creo más bien que los grandes conflictos
históricos de la Iglesia católica en Colombia se han originado en el seno de la misma
Iglesia y que de sus causas hay que responsabilizar en gran parte a sus propios ministros,
llámense obispos, religiosos o sacerdotes, pues durante la época colonial la Corona
española jamás coartó la libertad de la Iglesia en el proceso evangelizador, ni puso
límites a sus iniciativas apostólicas, y cuando después los gobiernos liberales
criollos del siglo XIX lo hicieron, fue porque encontraron buen pretexto en las actitudes
generalmente politiqueras de los evangelizadores o en su conducta contradictoria. Voy a
referirme solamente a las situaciones que comúnmente afloran en la documentación de
primera mano, hoy ya muy conocida y divulgada, más no analizada con imparcialidad o sin
prejuicios.
Ante todo debemos recordar que los agentes de la primera
evangelización, o evangelización fundante de Colombia, fueron los dominicos y los
franciscanos, quienes habiendo salido de España y llegado en 1550 a Santafé de Bogotá,
en ese mismo año dieron inicio formal a su trabajo con los indios del Nuevo Reino de
Granada, esparciéndose rápidamente por los distintos rincones de la geografía nacional.
En 1575 vinieron los agustinos, y sólo a comienzos del siglo XVII vinieron los jesuitas a
sumarse a tan inmenso trabajo. Para entonces ya tenían existencia jurídica las diócesis
de Santa Marta (1534), Cartagena (1534) y Popayán (1546). En 1562 se traslada la
diócesis samaria a Santafé y ésta es elevada a la categoría de arquidiócesis en 1564.
Sobre este esquema cronológico y sobre los hombros de estas órdenes religiosas descansa
el mayor peso de la evangelización, si bien fue también notable la participación de
sacerdotes diocesanos o del clero secular quienes, como es sabido, inicialmente vinieron
únicamente para el servicio pastoral de los españoles y se mantuvieron dentro de las
parroquias o dentro de los cargos burocráticos de las catedrales, dejando el trabajo con
los indios como tarea propia de los religiosos.
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Frayle franciscano. Dibujo de Felipe
Guamán-Poma de Ayala, 1615. "Nueva crónica y buen gobierno". Biblioteca Real,
Copenhague.
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Claustro del convento de San Francisco en
Bogotá. Acuarela de Edward W. Mark, 1847. 17.2 x 12.4 cm. Colección Banco de la
República.
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A pesar del
inmenso trabajo que implicó la creación y puesta en marcha de las bases embrionarias de
la vida eclesiástica, pronto hizo su aparición el antagonismo y la disociación entre
los principales agentes de la evangelización, por celos de jurisdicción y poder, pero
detrás de los cuales siempre se hallan encubiertos intereses de orden económico, siendo
ésta la principal y más dramática contradicción para la misión que pretendían
instaurar. Por otra parte el indiferentismo de unos hacia los otros, cada orden religiosa
encasillada en su propia parcela feudal, llámese su doctrina o su convento, o su
parroquia, irradió sobre los indios o sobre los fieles en general una imagen de desunión
y de particularismos. Son innumerables los pleitos que se suscitaron entre los religiosos
y los sacerdotes seculares, y entre éstos y aquéllos, por motivos de jurisdicción o de
privilegios.
En segundo lugar, aunque haya que distribuir equitativamente entre el
poder civil representado en la Real Audiencia y entre los frailes mismos, la
responsabilidad de la grave situación que se dio en las doctrinas (o parroquias de
indios), las quejas sobre la conducta de los curas doctrineros sobrepasan en mucho a los
pocos elogios sobre la de los buenos. Por lo general los doctrineros son acusados de
gravar a los indios con excesivas cargas pecuniarias o en especie, de multiplicar los
estipendios por los servicios religiosos y hasta de propiciar castigos corporales a los
indios, de negligencia en el oficio pastoral, de un marcado interés por el dinero, y de
que algunos, más que en ministros de Dios, se habían constituidos en granjeros o
criadores de caballos. La situación era tan apremiante en 1564, por ejemplo, que el
presidente Andrés Venero de Leiva pedía al Consejo de Indias que para los dominicos y
los franciscanos se enviaran superiores "de mucha cristiandad y buen ejemplo", y
que fueran de madura edad, porque según decía: "las cosas que por aquí pasan no se
pueden referir ni son para carta".
Por otra parte, entre los religiosos de una misma Orden, antes de que
se hubiera comenzado a configurar el personal criollo de sus provincias, se dio una
marcada división partidista, sobre todo entre los franciscanos y los agustinos, por
razones de regionalismo, caracterizada por el rechazo que los castellanos o de otras
regiones de la Península hacían de los "frailes andaluces", de quienes pedían
que no se les dejase pasar a estas partes porque con sus costumbres perjudicaban la
predicación. Cuando el número de frailes criollos fue mayor que el de los peninsulares,
esta división se aumentó, a tal punto que enfrentó a los dos grupos en una verdadera
guerra de bandos por el poder, especialmente con ocasión de los capítulos provinciales,
pero que también se traducía en actitudes de desdén o de desconfianza de unos hacia los
otros en la vida cotidiana o en el apostolado.
Pero mayor, y de peores consecuencias, fue el antagonismo que se dio
entre los religiosos y el clero secular, sobre todo a partir de 1583, cuando el arzobispo
de Santafé, y tras él los obispos de Cartagena y Popayán, decidieron retirar a los
frailes de la administración de las doctrinas y entregárselas a sacerdotes de su propio
clero, apoyándose en que éstos por ser nativos sabían la lengua de los indios, mientras
que la mayoría de los frailes las ignoraban. Diversos episodios de mucha animosidad y de
mutuas recriminaciones se dieron entre los dos cleros, que sentaron las bases para un
distanciamiento mutuo que se aumentó con el correr del tiempo y que nunca cedió, siendo
a un estado de indiferencia permanente a lo máximo que se llegó, y a que los sacerdotes
diocesanos considerasen siempre a los frailes como intrusos en el oficio parroquial.
Posición que ciertamente vino a ser consagrada por la decisión papal de 1754 de poner en
manos del clero secular todas las doctrinas o parroquias que venían siendo administradas
por religiosos.
Tampoco fueron cordiales las relaciones entre los religiosos y los
obispos, aun cuando éstos pertenecieran a la misma orden, como en el caso de los dos
primeros arzobispos de Santafé que, siendo franciscanos, tuvieron serios enfrentamientos
con sus propios hermanos, particularmente fray Luis Zapata de Cárdenas (1573-1590).
A estas viejas contradicciones, que obviamente afectaron la vida de la
Iglesia desde la primitiva evangelización, y que persistieron a lo largo de la época
colonial, vino a sumarse ya al final de la misma la plaga de la "torpe ignorancia de
una gran parte de los ministros curas", de que hablaba el arzobispo santafereño
Fernando del Portillo en 1802, de quienes decía que "...de éstos no son pocos los
que ni escribir saben, ni inteligenciarse de más asuntos que los que conciernen a sus
ideas y modos de pensar y vivir, en no pocos, criminal, y en otros y los más, grosero y
envilecido, limitando al interés de sus ganancias viles todos sus conatos y únicos
esfuerzos de su corto talento, cuya corrección les es tan dolorosa, como casi humanamente
inasequible al prelado más celoso
" Similares a las de su predecesor eran las
palabras con las que el arzobispo Fernando Caycedo y Flórez se dirigía al Congreso de la
República en 1823 suplicándole ayuda para la creación de un nuevo seminario, que
viniese a remediar la triste situación de los candidatos al sacerdocio: "No vemos
otra cosa, señores, todos los días, con sumo dolor de nuestro corazón, que pretender
órdenes, y aun parroquias, una caterva de jóvenes y entre ellos muchos de bien
adelantada edad que dejan de las manos el fusil, si son soldados, y si no lo son porque se
lo pongan en ellas temiendo el rigor y fatigas de la carrera militar. Otros apenas acaban
de soltar de las manos el arado y la azadón, cuando pretenden el ministerio sacerdotal,
toman en ellas el breviario y el misal sin entenderlos. Muchos desnudándose del alpargate
y la ruana, al día siguiente los vemos vestidos con la sotana y el manteo
" Un
laico católico, Manuel del Socorro Rodríguez, en carta a un amigo se quejaba de la
decadencia del clero en Santafé y le decía: "
Son por lo común colocados en
esta dignidad sublime del magisterio público los hombres más despreciables por su
calidad, los más odiosos por sus notorios vicios y los más a propósito para sembrar en
el pueblo las semillas del libertinaje y de la insurrección
".
A pesar de las pésimas condiciones morales de una buena parte de los principales
agentes de la evangelización en Colombia, o de su deficiente preparación para el
ministerio sacerdotal, la tónica generalizada de los historiadores de la Iglesia ha sido
la de insistir más en la abnegación y el sacrificio de los misioneros, que la de ahondar
en el examen crítico y sin prejuicios de sus acciones. Las siguientes palabras son
representativas de esa concepción, por demás romántica e irreal: "Mientras los
soldados y las fuerzas de ocupación desmentían y anulaban las palabras del Evangelio,
las actitudes de los misioneros, su opción radical por el pobre, su intensa dedicación
al rescate del marginado, el jugarse la vida, inclusive a arriesgarse a permanecer lejos
de todo auxilio, para identificarse con los indígenas y para llevar a cabo una verdadera
inserción entre los más miserables, todo esto reforzaba la idea de la encarnación de un
Dios comprometido con la liberación del pecador y con la lucha en contra de la muerte y
de la injusticia".
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Carta de Colombia que representa
la división eclesiástica. Mapa grabado por Erhard, para el "Atlas de
geografía e historia de la República de Colombia", de Agustín Codazzi,
cartografía de Manuel María Paz. París: A. Lahure, 1889. Biblioteca Nacional de
Colombia, Bogotá.
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La negación
de los signos de contradicción y de permanente conflicto interno en que se ha movido la
historia de la Iglesia colombiana por culpa de sus propios evangelizadores, y la tendencia
a tildar de "prejuicios anticlericales" a quienes los señalan, no sólo ha
imposibilitado la comprensión de los enfrentamientos que se dieron entre la Iglesia y el
Estado en la segunda mitad del siglo XIX, y las fisuras irremediables que allí tuvieron
origen, sino que ha inducido a una lectura equivocada de los hechos y sus causas, y
llevado a satanizar a personajes católicos, pero que tenían otra percepción de lo que
había sido y lo que debía ser el papel de la Iglesia, particularmente el de sus
ministros. A este propósito son sintomáticas las palabras con las que el presidente
Tomás Cipriano de Mosquera delineó al papa Pío IX la actitud del clero neogranadino,
cuando fue requerido por el pontífice sobre sus procederes contra la Iglesia y sus
ministros en 1861: "
La prescindencia del poder público en negocios puramente
espirituales no fue debidamente apreciada por una parte del episcopado granadino ni por el
delegado apostólico, mezclándose uno y otro en cuestiones políticas, y queriendo
identificar los asuntos religiosos con las cuestiones políticas que por desgracia tienen
dividida esta nación. Los obispos de Pasto y Pamplona, con parte de su clero, se
mezclaron en apoyo de un partido para servirse de la religión como instrumento
eleccionario de los magistrados políticos. Un canónigo de Bogotá, el padre Sucre, se
unió a un club eleccionario, y desoyendo a su prelado el arzobispo, hizo dirigir una
circular a todos los curas del arzobispado para que se cambiase la candidatura del general
Herrán por la de Julio Arboleda, que era el candidato que destruía la constitución
federal. Muchos eclesiásticos se han complicado en la revolución, abusando de su
ministerio pastoral, para excitar las masas a la rebelión contra los gobiernos
constitucionales de los Estados; algunos de ellos han tomado las armas, y no falta el
escándalo de haber muerto un cura combatiendo a la cabeza de una guerrilla [
]
Tenemos que lamentar generalmente en nuestra nación la falta de seminarios en donde se
eduquen jóvenes para el sacerdocio; y la carrera eclesiástica ha venido a ser una
profesión de lucro, dedicándose a ella hombres sin ciencia, y que han sido ordenados
muchos individuos sin saber siquiera el latín; de modo que ejercen el ministerio
sacerdotal sin entender la Sagrada Escritura ni las oraciones que dicen en la misa. Con
mucho sentimiento tengo que decir a Vuestra Santidad que un número crecido de curas vive
amancebado escandalosamente, por lo cual no pueden predicar la moral, y se observa que sus
prédicas son contraídas a recomendar el pago de contribuciones eclesiásticas para
emplear sus productos en sus familias y no en el culto
". Años más tarde, en
el diálogo que sostuvo el mismo Mosquera en Londres con el arzobispo Manning, por encargo
que a éste le hiciera Pío IX, el presidente se sostenía en el diagnóstico que había
hecho al pontífice sobre los graves problemas que afectaban a la Iglesia de la Nueva
Granada, y ante el arzobispo de Westminster volvía a culpar a los sacerdotes de que,
"en vez de ser Ministros de Dios Nuestro Señor Jesucristo por vocación, han venido
a ser una especie de empleados, y el sacerdocio se volvió una carrera política y los
beneficios se daban por los méritos civiles y no por las virtudes apostólicas: en
consecuencia, hombres que entraron al sacerdocio sin vocación, daban rienda a las
pasiones de la carne y no han mantenido el celibato eclesiástico con uniones escandalosas
y lo peor de todo repetidas y muchas veces incestuosas. En medio de este clero corrompido
hay y ha habido un pequeño número de prelados y ministros dignos de respeto y que hacen
honor a la Iglesia; pero por desgracia existen ya muy pocos de éstos, llenos de pena y
aflicción por lo que sufre la Iglesia y la sana moral..."
Mientras estas evidencias nunca se le rebatieron al "Gran General" Mosquera,
sino que desde entonces se le calificó como al peor enemigo de la Iglesia neogranadina,
años más tarde el desterrado obispo de Popayán, Carlos Bermúdez, desde su exilio en
Santiago de Chile, sin mencionar para nada la conducta ni los procederes de los ministros
de la Iglesia, hacía depender las desgracias de la Iglesia y de la patria, de otras
causas. La siguiente era la interpretación suya de los hechos, transmitida a sus fieles
de Popayán en una carta pastoral de 1878: "Inaugurada la administración liberal
bajo los auspicios de los sicarios que en 7 de marzo de 1849 blandieron sus puñales
contra los representantes del pueblo para forzarlos a elegir en Presidente a un caudillo
de siniestra nombradía, comenzó para nuestra Patria esa larga era de atentados inauditos
contra la religión, la propiedad y el hogar, cuyo término no alcanza a divisar el ojo
más perspicaz
"
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