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Indígenas rezando doctrina cristiana. Album
del Obispo Baltasar Jaime Martínez Compañón, ca. 1791. Biblioteca del Palacio Real,
Madrid. Facsímil en la Biblioteca Nacional de Colombia, Bogotá.
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Cristianísimo padre que entiende sólo de decir
misa todo el día. Dibujo de Felipe Guamán-Poma de Ayala, 1615. "Nueva
crónica y buen gobierno". Biblioteca Real, Copenhague.
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No cabe duda
de que tanto la práctica regular como la comprensión cabal de los sacramentos son
señales inequívocas de una participación activa en la vida cristiana. Desde esa
perspectiva, el análisis de los problemas que se suscitaron en su administración y de
las interpretaciones erróneas que, por motivos diversos, cundieron entre los naturales
--incluídos los neogranadinos-- permite acercarse a una puesta en valor de los esfuerzos
de la primera Iglesia misionera y de los límites del éxito de la tarea asumida.
En primer lugar, una serie de dificultades generales incidieron,
individual o conjuntamente, sobre el proceso de cristianización en América y, como
meollo de éste, sobre la administración sacramental. Las peculiares características de
la naturaleza (distancias enormes, ríos caudalosos, caminos ásperos, comunicaciones
insuficientes) entorpecieron la labor de los evangelizadores, cuya tarea se vio puesta en
jaque por otras dos situaciones difíciles de superar: la diseminación aborigen y la mala
distribución de los operarios, concentrados básicamente en las áreas centrales. A ello
se sumó la conducta poco ortodoxa de laicos y eclesiásticos. Pese a las severas
sanciones impuestas por la legislación canónica, no faltaron clérigos comerciantes,
hacendados, jugadores, amancebados, solicitantes y otros poco responsables de su tarea
apostólica, que no titubearon en cobrar estipendios o en exigir contribuciones para
administrar tal o cual sacramento, lo cual desembocó en que el indio prefiriera evitarse
el desembolso, o que malinterpretara lo sagrado entendiéndolo como algo posible de ser
vendido por el sacerdote en provecho propio.
En cuanto a los laicos, encomenderos y corregidores movidos por
intereses personales, lesionaron con frecuencia la recepción sacramental: no faltaron
ejemplos de quienes, para parecer moralmente irreprensibles, dejaron de bautizar a los
hijos de sus indias concubinas; por no pagar la contribución establecida, no dieron
entierro en sagrado a indígenas moribundos a su cargo; y, por no perder el servicio de
las mujeres de su encomienda, impidieron sus matrimonios con los indígenas de otro
repartimiento y las forzaron a contraer con los del propio.
Por otra parte, un abanico de malas interpretaciones concebidas por los
naturales sobre fundamentos de diversa índole influyeron negativamente sobre la correcta
inteligencia de cada sacramento en particular. Veamos algunos ejemplos.
BAUTISMO
En el caso del bautismo, puerta de entrada a los demás, los
eclesiásticos que tomaron contacto con las áreas centrales no sopesaron la posibilidad
de que, dentro de la angustia del esquema de conquista, la recta intención con la que el
indio se acercaba al sacramento no fuese tal. El temor al amo español y a su Dios
poderoso --que parecía haber triunfado sobre los dioses locales--, la necesidad de
congraciarse con ambos, la tentación de llevar como los blancos un nombre cristiano o de
tener por padrino a algún español de alcurnia, hubieron de haber empujado a más de uno
a pedir el bautismo sin una firme convicción interior y sin comprender con claridad las
obligaciones que importaba el carácter indeleble de cristiano. Los laicos participaron
activamente en esta primera evangelización un tanto apresurada. Al respecto, resulta
esclarecedor el caso de las indias bautizadas en vista del escrúpulo del español a
cohabitar con infieles, práctica que los eclesiásticos consideraban circunstancia
agravante. En 1535, el obispo de Cartagena de Indias se quejaba de que muchos de sus
fieles tenían la costumbre de bautizar a las indígenas "para poder echarse con
ellas -dice- sin ser enseñadas en las cosas de la fe, y así bautizadas se han huído
algunas veces de los indios cristianos y se han vuelto a sus pueblos", con riesgo de
apostasía. Igualmente dudosa resultó la enseñanza impartida a los indios a quienes se
bautizaba durante las expediciones de conquista. Refiriéndose a tales bautismos,
Fernández de Oviedo apostaba un peso por cada indio que "diese razón de sí como
cristiano", contra un maravedí por el que no recordase siquiera el padrenuestro o el
avemaría y pronosticaba una notable ventaja monetaria a su favor.
Como en el resto de Hispanoamérica, la reacción de la legislación canónica fue
inmediata: las sinodales de fray Juan de los Barrios de 1556 fijaron en dos meses el
tiempo de preparación para los adultos, mientras que el Catecismo de Zapata de
Cárdenas insistió en la necesidad de que, antes de recibir el sacramento, el indio
comprendiera cabalmente su sentido. Respecto de las malas interpretaciones, la más
extendida fue la visión mágica del sacramento vinculada a la idea de que el bautismo
provocaba la muerte, o, en el extremo opuesto, concedía la salud corporal: esto
significaba, en suma, suponer que el bautismo actuaba sobre el cuerpo y no sobre el alma.
El error se originó en el celo de los misioneros que entraron en las áreas marginales
por bautizar (mientras preparaban al resto) a recién nacidos y a pequeños y adultos
enfermos. Como muchos de los bautizados morían, no tardaron los naturales en considerar
que aquella ceremonia extraña que los recién llegados repetían sobre sus congéneres no
era más que un auxiliar para sus sortilegios mortíferos. De este modo, el sacramento
pasó a ser sinónimo de ceremonia fatal y los misioneros, "asesinos" que
buscaban con ansias a grandes y a niños para que nadie escapara con vida.
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Catecismo en pictogramas de fray Pedro
de Gante, siglo XVI. Biblioteca Nacional de Colombia. ................................
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Bodas de casamiento de indios. Album del
obispo Baltasar Jaime Martínez Compañón, ca. 1791. Biblioteca del Palacio Real, Madrid.
Facsímil en la Biblioteca Nacional de Colombia, Bogotá.
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MATRIMONIO
El matrimonio fue, junto con el bautismo, el sacramento más
asiduamente administrado en Indias. Considerados los naturales ineptos para el sacerdocio
y siendo la carnalidad uno de sus vicios dominantes a los ojos de los evangelizadores,
está de más subrayar que ellos mismos se abocaron a la tarea de estimular a los
aborígenes a contraer matrimonio apenas llegados a la edad legítima. Las dificultades se
originaron, fundamentalmente, en el arraigo de la poligamia y del repudio en la gran
mayoría de los pueblos originarios. La primera, relacionada con las clases superiores,
respondía a motivos de orden moral vinculados a ciertos tabúes que impedían la
cohabitación durante el largo período de gestación y lactancia; de orden
sociopolítico, pues era considerada signo de poder; y de orden económico, en tanto la
pluralidad de mujeres constituía la riqueza de un marido, cuyas esposas se encargaban de
alimentarlo, vestirlo, realizar trabajos productivos y darle una abundante prole, seguro
para su vejez. El repudio, vinculado por lo general a los estratos inferiores, podía ser
considerado una variante de la primera, en tanto su objetivo era el deshacerse
sucesivamente de mujeres que no satisfacían a sus esposos aun en aspectos harto nimios.
Malinterpretando el compromiso monogámico e indisoluble que importaba
el sacramento cristiano, los indios intentaron defender, por distintas vías, su
entrañable costumbre vinculada con la pluralidad de mujeres, sea que inventaran haber
contraído con impedimentos causantes de nulidad (como no estar bautizados y haberse
casado con impedimento dirimente de disparidad de cultos o haber consentido sólo
externamente apremiados por el miedo o por la violencia de caciques o de encomenderos);
sea que, sin más, abandonaran a la mujer y, mudándose el nombre y cambiando de vecindad,
pasaran a segundas nupcias cayendo en el delito de bigamia.
CONFESION
Pese a que la legislación canónica obligaba a los curas a
aprender las lenguas generales e, incluso, las particulares de cada grupo, el
desconocimiento lingüístico fue una de las dificultades que tocó más de cerca al
sacramento de la confesión. Aunque ajeno en este caso a los naturales, el problema
atentó seriamente contra la integridad del sacramento. Las malas interpretaciones
derivaron, básicamente, de dos cuestiones. Por una parte, de un generalizado concepto
material de "pecado", al que entendían no como una mancha que aquejaba al alma,
sino como una forma de intoxicación que invadía al cuerpo a causa de la violación de
algún tabú grupal y que les acarreaba, por tanto, un castigo (enfermedad, muerte,
pestes, sequías, hambre, etc.). Esta noción constituida en sustrato del sacramento
cristiano influyó, y no poco, en los resultados obtenidos por el grupo evangelizador. Por
otra parte, se relacionaron con la dificultad demostrada por los indígenas para
comprender los postulados dogmáticos sobre los cuales se apoyaba la confesión, sobre
todo, la disposición interior requerida para que el pecado les fuese perdonado (examen de
conciencia, contrición, propósito de enmienda, cumplimiento de la penitencia impuesta).
La falta de examen de conciencia, por ejemplo, solía imposibilitarles una enumeración
cuidadosa de las faltas, y el ocultamiento de pecados por vergüenza --en general
carnales--, por un temor erróneo al castigo corporal por lo confesado, o por malicia
--vinculados, sobre todo, al mantenimiento de idolatrías-- invalidaba el sacramento sin
que pudiera descartarse la posibilidad de inmediatas comuniones sacrílegas.
COMUNION
Como en el resto de Hispanoamérica, la incorporación de los
indios al sacramento de la comunión distó de ser sencillo. Tras la negativa inicial de
las sinodales de 1556 --dentro de la tónica del I concilio limense-- el Catecismo
de Zapata de Cárdenas de 1576 y las sinodales de 1606 suavizaron la prohibición al
permitir administrarlo con gran cautela. El concilio santafereño de 1625 --siguiendo la
línea de apertura trazada por el III concilio limense-- ordenó a los párrocos los
instruyeran en la doctrina necesaria y excitaran su deseo de comulgar. En la práctica,
sin embargo, se mantuvo la opinión generalizada sobre que la persistencia de vicios tan
comunes como la carnalidad o la embriaguez los hacía incapaces de recibir el sacramento,
y los párrocos continuaron negándoselo para evitarse el trabajo de prepararlos
debidamente. La cuestión llegó al extremo de impulsar al arzobispo fray Cristóbal de
Torres a convocar en 1636 una junta de hombres doctos para estudiar la manera de
fomentarla: fruto de ello, según J. M. Pacheco, fue un decreto donde el prelado enjuició
el abuso de apartar a los indios de la comunión y dio a conocer su decisión de enviar
predicadores a las doctrinas para que se encargasen de instruirlos suficientemente. En
suma, el acceso regular a la E
Eucaristía, sobre todo fuera del tiempo pascual, fue sumamente lento,
y probablemente no se haya logrado a lo largo del período. El viático no hubo de correr
mejor suerte.
No obstante la parquedad de las fuentes, la mala interpretación más
común hubo de ser, en este caso, la derivada de la incomprensión del misterio de la
transustanciación: parece innegable que muchos naturales se inclinaron a creer que, en el
momento en que el sacerdote elevaba la Hostia, Cristo en persona descendía del cielo para
introducirse en ella. No de otra forma se explica la preocupación de cierto cacique del
Orinoco quejoso de que su miopía le impedía ver el momento en que el Hijo de Dios bajaba
desde lo alto. No estuvo exenta la comunión de interpretaciones de tipo mágico: algunos
hechiceros orinoquenses, por ejemplo, sentenciaron que tanto la muerte a consecuencia de
una peste de cuarenta párvulos bautizados, como la enfermedad de romadizo que cundía
entre los adultos, se debían a la asistencia del pueblo a la misa e instaron a ultimar al
cura "para matar la enfermedad". En el polo opuesto, indios de las misiones del
Marañón suponían que la misa era un medio eficaz para preservarse de desgracias y
"tenían por mal agüero el dejarla".
EXTREMAUNCION
No siendo la extremaunción un sacramento necesario para la
salvación, su administración no se generalizó entre los naturales: sorprende que, a
fines del siglo XVIII, los cánones conciliares sigan exhortando a los párrocos a
llevarlo a quienes vivan en lugares alejados sin poner excusas tan nimias como el no tener
mulas que los transporten. Dado que, tras su administración, era frecuente el deceso del
enfermo, no es extraño que, dentro de una visión mágica similar la señalada para el
bautismo, los indígenas concibieran a la unción como vehículo de muerte. El resultado
no se hizo esperar: muchos escondían a sus parientes moribundos en la espesura de los
bosques y, si el misionero preguntaba por ellos, los declaraban por muertos y enterrados.
Como en el caso del primer sacramento, no podían los evangelizadores hacer otra cosa más
que esperar la cura milagrosa que convenciese al grupo de lo contrario.
CONFIRMACION
Poco se conoce tanto sobre las dificultades como sobre las malas
interpretaciones relativas al sacramento de la confirmación, el peso de cuya
administración recayó únicamente, al menos hasta mediados del siglo XVIII, sobre las
espaldas del obispo. La más corriente parece haber sido la de reiterar el sacramento
desconociendo su carácter indeleble, probablemente por la satisfacción de contar con el
patrocinio de más de un padrino o madrina. Fuera de ello, entre algunos grupos no faltó
la visión mágica que convirtió al crisma en responsable de dolores de cabeza, pestes y
muerte.
CONCLUSIONES
Dado el panorama apenas esbozado, de más está subrayar que no es
posible llegar a una conclusión generalizadora. Sin descartar los casos en que los
indígenas llegaron a una aceptación íntima y consciente de las obligaciones del
cristiano, ni a aquellos otros en que se mantuvieron en la idolatría lisa y llana --ya
por rechazo, ya por habitar zonas a donde no llegó la penetración misionera--; debemos
poner de relieve, entre ambos extremos, una amplia franja de matices variados. Dentro de
ella, la coexistencia entre lo pagano y lo cristiano importó, por un lado, un intrincado
esquema de yuxtaposiciones y de unas pocas expresiones sincréticas; y, por otro, visiones
de tipo mágico en las que los sacramentos, fuente de gracia, se convirtieron en vehículo
de salud, enfermedad o muerte.
Esta confusa situación puede rastrearse hasta la actualidad: en la América hispana
perviven aún malas interpretaciones de sacramentos que continúan definiendo la
polifacética franja intermedia a la que nos hemos referido. Sin embargo, no creemos que,
dentro de ella, el cristianismo indígena sea un mero barniz bajo el cual se halla, casi
sin modificaciones, la antigua religión gentílica: es obvio que ésta ha cambiado
internamente. De todos modos, en los innegables límites del éxito obtenido por la
evangelización durante la Colonia es donde debe buscarse el origen de las fallas de las
que adolece el catolicismo novomundano actual en el Nuevo Mundo, si es que se pretende
avanzar hacia una nueva evangelización basada en una práctica sacramental más
consciente.
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