Ficha bibliográfica
Titulo:
Luis F. Ramos, fotografo. Pionero del reportaje gráfico en Colombia
Edición original: 2005-06-11
Edición en la biblioteca virtual: 2005-06-11
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: Alvaro Medina

 

Revista Credencial Historia


EDICIÓN 81 - SEPTIEMBRE  1996




LUIS B. RAMOS, FOTOGRAFO Pionero del reportaje gráfico en Colombia

Tomado de: Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 81
Septiembre de 1996

 

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Luis Benito Ramos



 

  De modesto origen campesino, Luis Benito Ramos nació en la pequeña población de Guasca, Cundinamarca, en 1899. A los 18 años ingresó a la Escuela de Bellas Artes de Bogotá. Diez años después, en 1928, ganó en concurso la beca que le permitió ir a París a perfeccionar sus estudios. Allí permaneció hasta 1934. Como los emolumentos oficiales no duraron sino el primer año, Ramos se vio precisado, los otros cinco, a ganar la vida con su sudor y su talento. Se vivían tiempos de crisis económica, la del famoso crack de Wall Stret, cuyos efectos se prolongaron hasta bien entrada la década del treinta. El mercado de arte se hundió. En medio de la depresión. Ramos descubrió que la fotografía seguía dando de comer y que con una cámara podría ganar el dinero que le permitiría prolongar su estadía en la capital francesa.

  Acogiéndose a un método que sigue teniendo vigencia. Ramos debió limitarse a leer instrucciones impresas sobre cómo manipular la cámara y cómo revelar la película en el cuarto oscuro, instrucciones que sin la menor duda debió completar con uno que otro consejo que pidió por ahí y luego aplicó con discernimiento. Según nos cuentan los primeros biógrafos, sus fotos fueron publicadas en revistas parisinas, o sea que alcanzó en un lapso bastante breve la ambicionada meta de trabajar a nivel profesional la reportería gráfica. Los progresos de Ramos en tan corto tiempo se pueden atribuir a los conocimientos de composición adquiridos en el taller de pintura y a los de claroscuro en el taller de dibujo. Por supuesto, al fotógrafo no lo rigen los cánones de pintores y dibujantes, pero es evidente que esos cánones enseñan a ver. Al rigor académico adquirido en las escuelas de bellas artes se sumó lo fundamental, o sea la compenentración espiritual y material con el medio técnico que había adoptado.

 

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Luis B. Ramos con su madre Gumercinda Rodríguez, 1952.
Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.




  En 1977, en mi calidad de incipiente historiador del arte colombiano, yo sólo conocía al Ramos pintor. Dedicado a investigar en diarios, suplementos y revistas, en cierta ocasión entré a la Biblioteca Nacional a revisar la colección de Cromos. Mi guía, al pasar las páginas de la revista, era puramente visual porque los artículos sobre arte tienen la ventaja de estar siempre ilustrados. Me bastaba un parpadeo para determinar si lo que tenía delante era una pintura, una escultura o una simple foto. Como es apenas lógico, la revista abundaba en fotos mediocres de todo tipo de acontecimientos, de manera que para ganar tiempo pasaba de largo, con una que otra pausa destinada a tomarle el pulso a la época. En una de esas, hojeando un tomo de 1935 ó 1936, tropecé con una serie de reportajes gráficos publicados como tales, casi sin textos explicativos, o sea que era mirando las imágenes con detenimiento como se podía desentrañar la significación y sentido de cada una de ellas y del conjunto como tal. Me llamaron la atención, pero no me fijé en el nombre del autor ni entré en ningún otro tipo de consideraciones, porque estaba a la caza de información específica para escribir un ensayo, así que preferí seguir concentrado en lo mío.

  Cromos publicaba en cada entrega un reportaje de cuatro a siete fotos en dos páginas. El segundo día de trabajo, en medio de la lectura de un artículo que me interesaba, caí en cuenta que los reportajes que había estado hojeando con rapidez eran los de un buen fotógrafo y que debía volver a mirarlos con toda la calma del caso. Eso hice y vine a descubir con asombro que se debían a Luis B. Ramos. El Diccionario de artistas colombianos de Carmen Ortega Ricaurte me confirmó que el pintor también había sido fotógrafo y mi propio juicio me permitió llegar a la conclusión de que no sólo había sido mejor fotógrafo que pintor, sino que estaba a la altura de los grandes de todos los tiempos, en Colombia, en América Latina y en el mundo.


 

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Caridad bogotana. «Estampa», julio 8 de 1939.



 
La estética de los Bachués

  Al volver a Colombia en 1934, luego de realizar en Bogotá una exposición de pintura que fue duramente criticada por Jorge Zalamea, Ramos tomó la cámara una vez más para ganarse la vida. Sus fotos aparecieron en El Tiempo, Cromos, El Gráfico, Revista de las Indias y Pan. El grueso de la producción salió en Cromos entre febrero de 1935 y octubre de 1938, es decir, durante algo más de tres años y medio. Los temas tratados cubrían todos los aspectos de la vida: paisajes y tipos humanos, revistas militares y competencias deportivas, procesiones religiosas y ferias populares, obras de arte y actividades científicas, juegos infantiles y actos sociales, funerales y acontecimientos políticos, actividades industriales y artesanales, arquitectura colonial y moderna. La lista podría continuar, pero es con su vibrante galería de tipos humanos que nuestro fotógrafo tocó la cumbre de su arte.

  Luis B. Ramos pertenecía a la generación de escultores, pintores, dibujantes y grabadores que conformaron Rómulo Rozo, Pedro Nel Gómez, Ignacio Gómez Jaramillo, Sergio Trujillo Magnenat, Luis Alberto Acuña, Gonzalo Ariza, Ramón Barba, José Domingo Rodríguez, Hena Rodríguez y Josefina Albarracín. Con ellos se produjo una renovación que vino a ser la continuación del jalón modernizante que en la primera década del siglo intentó el pintor Andrés de Santa María, esfuerzo admirable que en su momento no fue comprendido y que a corto plazo abortó, lo cual trajo como consecuencia que en 1911 Santa María viajó a Europa con su familia para nunca más volver.

  El credo estético que los bachués compartieron con los miembros de otros grupos Juveniles que se fundaron en Bogotá hacia la misma fecha se puede resumir en una frase como esta: «Dentro de nuestra iglesia cabe la ópera de París y la alcaldía municipal de Guatavita». O esta otra: «Nuestra pretensión se dirige a una perfecta nacionalización de la cultura adquirida». El deseo de ser originales y auténticos respondía en la práctica a algunos de los planteamientos del ensayista Armando Solano, autor de estas líneas: «Es en el corazón de la gleba que hay que buscar el sentido de la patria. Es en la masa labriega, en el campesino de todas las categorías, así como en las juventudes que por motivos superiores estudian el fenómeno de la tierra como noción de justicia». Para Solano no había nada más auténtico que la charla sencilla de tres maleteros boyacenses.

  Bogotá distaba de ser una gran urbe y la población de Colombia estaba constituida en su mayoría de gentes vinculadas al agro. Las propuestas temáticas y plásticas de los teóricos de los años veinte cristalizaron con absoluta coherencia en las fotografías de Luis B. Ramos y en las esculturas talladas por José Domingo Rodríguez, Ramón Barba, Josefina Albarracín y Hena Rodríguez. Estos cinco artistas tomaron de modelo el tipo humano de los maleteros boyacenses exaltados por Armando Solano, o sea, el de hombres y mujeres del campo que migraban a la ciudad dispuestos a desempeñar oficios humildes. De los cinco, fue Ramos quien más lejos llegó en el desarrollo de la idea, gracias a que la dinámica de la fotografía no era ajena al deambular por calles, plazas y pueblos en busca de caracteres y situaciones, modalidad que explotó con genio y propiedad un Cartier-Bresson.

 

Fotografía y belleza

  Ya sean pintores o escultores, dibujantes o fotógrafos, los artistas colombianos no han sido dados a teorizar sobre sus obras con el fin de explicarlas y explicarse, pero sobre todo con el propósito de definir su estética. Los contados atisbos teóricos que conozco figuran en entrevistas periodísticas en las que, gracias a la habilidad del entrevistador, hoy conocemos lo que pensaba el entrevistado. Luis B. Ramos es una de las contadas excepciones, ya que empuñó la pluma para definir en breves pero jugosas líneas los linderos de su arte.

 

 


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El niño aguador.

Vendedora de fruta.

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Acarreo.

Mercado de domingo, 1935.

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La llamada Ancestral.

Fotografías de la Colección
Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá
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  En el artículo teórico titulado «Algo sobre fotografía» que publicó en 1937, Ramos consignó estas palabras: «La única finalidad de la vida es la de amar la Belleza, buscarla, luchar por ella». Los grandes artistas del momento, o sea los vanguardistas, no se interesaban ya en la belleza, mucho menos si estaba escrita con mayúscula. Salvaje, espiritual, primitivo, metafísico, concreto, construcción, purismo, azar y onírico eran algunos de los vocablos empleados para caracterizar las nuevas tendencias, cancelando principios fundamentales de la vieja academia. Ahora bien, Luis B. Ramos era un producto tardío de esa academia. Debido a esto, la pintura que firmó no tiene el vuelo que sus fotografías sí poseen. Lo poseen, dentro de conceptos que no riñen con los de su tiempo, porque Ramos supo buscar y encontrar en la vida lo que la misma vida suele ocultar. Así procedieron también Walker Evans y Dorothea Lange en los Estados Unidos, August Sander en Alemania, Manuel Alvarez Bravo en México y Brassaï en todas partes del mundo, fotógrafos que eran -años más, años menos- sus contemporáneos, fundando una genealogía que tiene ilustres exponentes en Werner Bischof y Robert Doisneau. Ahora bien, ¿cómo se logra desentrañar la belleza que la vida oculta? He aquí la explicación de Ramos: «La fotografía es un arte menor, dicen los críticos: en ella no hay que buscar creación sino la novedad en el ángulo de enfoque, la originalidad en el enmarcamiento dentro de la figura geométrica rectangular, pero a veces se olvida agregar que para arrancarle algo a la naturaleza es necesario alguna dosis de emoción. La fotografía también la exige, pues de otra manera puede ser impecable en la técnica pero le faltará la «chispa», y será tanto más fría cuanto más se quiera exhibir sólo la técnica». Ningún crítico serio piensa hoy en día que la fotografía sea un arte menor, pero el texto de Ramos introduce valiosas precisiones sobre dos aspectos. El primero, de tipo histórico, se refiere a la lucha silenciosa que libró con la cámara para hacerse reconocer como el igual de sus colegas pintores y escultores. El segundo, de procedimiento, nos hace saber que procuraba abordar con auténtica emoción los asuntos que sus lentes encuadraban, intensidad que no siempre conseguía.

 

 

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Día de difuntos, 1937.


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De ruana y sombrero.


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Anciano del campo.



  En tanto que fotógrafo de prensa. Ramos debía satisfacer compromisos políticos y sociales ajenos a su voluntad, pero ineludibles para las publicaciones con las cuales trabajaba. Cuando se analiza su obra, se siente que no hay la menor chispa en las imágenes de grupo que captaba en cuarteles, palacios gubernamentales y clubes de alta sociedad, pero que sí la hay ante el individuo solitario, cuya belleza humana conocía y sin cesar buscaba, pudiendo desentrañarla casi siempre. Entre uno y otro compromiso, el fotógrafo visitaba plazas de mercado, iglesias, cementerios y parques, donde le era fácil hacer saltar la chispa cotidiana de hombres y mujeres comunes y corrientes, anónimos y a menudo humildes. Sobre esa chispa. Ramos planteó interrogantes como estos: «Es que hay receta, fórmula, teoría que reemplace dicha chispa? ¿Podemos decir cómo se deben desechar los detalles que distraen y aun anulan el tema principal, y cómo deben enmarcarse las formas en el rectángulo de la película para que la imagen captada diga algo al espíritu? Los que saben mucho en teoría y sufren una indigestión de ideas ajenas, harán frases y frases, pero todas ellas llenas de aire, de banalidad. Dejémosles hablar y mientras ellos se dedican a criticar lo que no entienden, salgamos nosotros con nuestra camarita por todos esos caminos de Colombia y abramos la lente en los momentos -que son muchos- en que la emoción nos visite».

  En resumidas cuentas, la teoría de Ramos estaba próxima de «la teoría de la no teoría», ya que la emoción era la única base de su quehacer. Lo interesante y novedoso es que llegó a plantear que si se quería buscar maestros que nada tuvieran que ver con la naturaleza, esos maestros no eran otros que los del cine. En su escrito mencionó algunas películas para sugerir la tesis de que si nos emocionaban algunas escenas fílmicas (escenas que, por supuesto, eran creadas y dirigidas), bastaba mirar a nuestro alrededor para descubrir algo semejante en los hechos que la sociedad ofrece en el discurrir ordinario.

  Consciente de que no todo el mundo iba a compartir su opinión, precisó Ramos sobre los ejemplos tomados del cine: «Eso es belleza pura, aunque la imbecilidad humana no lo comprenda así y aun se atreva a negarlo». El tono beligerante y polémico obliga a señalar que Ramos pertenecía a la primera generación de cineístas incondicionales, la que asumía el cinematógrafo como una expresión artística de alto vuelo y no como una simple distracción. Por esos mismos años, Ignacio Gómez Jaramillo también se remitió al cine para poder explicar los cambios estéticos radicales que en Europa se habían estado operando.

 

Rostro, corazón y alma

  En el buen Ramos, el rostro es el corazón del alma. Las arrugas, la mirada, el asomo de una sonrisa o cierta sombra de amargura se combinan al infinito para que brille con luz propia la belleza de un carácter. Ni Sander, ni Evans, ni Alvarez Bravo quisieron trabajar dentro de estos parámetros, mientras que en cierto Paúl Strand y en cierto Brassaï hay un enfoque bastante similar al del colombiano. Al preciso estado de ánimo que de una manera general transmite el rictus, cabe agregar la expresividad de las manos.

  Tengo a la vista los retratos de tres ancianas. El primero es el de doña Leopoldina Montejo de Santos, el segundo es el de la campesina de Frutos de la tierra y el tercero es el de doña Gumercinda Rodríguez en el autorretrato titulado El artista con su madre. Lo que Ramos nos revela de estas tres venerables mujeres, de extracción social tan distinta, es hondura psicológica y humanidad profunda. Cada una de ellas vive su instante con intensidad. Doña Leopoldina comunica seguridad y reposo. Doña Gumercida se regodea en el orgullo que siente por el hijo fotógrafo que la abraza. De incertidumbre, en cambio, es la expresión de la anónima campesina que presiona contra el pecho las mazorcas de maíz que le van a dar de comer. Ramos se acercó a las tres damas «visitado de emoción», prueba de auténtica universalidad. Otro tanto puede apreciarse en la bella muchacha de Caridad bogotana y en el adolescente con el cirio de Día de difuntos. Sumadas a las tres anteriores tenemos cinco fotografías en las que el rostro es el corazón del alma, es verdad, y las manos son su espejo. En ninguna hay afectación, pero sí espontaneidad. Y Juegos de luz que tienen la rara cualidad de conferirle una buena dosis de ternura a los retratados. Universal pero también polifacético.Luis B. Ramos fue un maestro en sentido estricto del término. De los fotógrafos colombianos, es el único que ha tenido seguidores, que el lector puede identificar si se familiariza con la obra del hoy celebrado artista de Guasca.

 

 

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Leopoldina Montejo de Santos. «Cromos»,
septiembre 5 de 1936.(izquierda)   


Frutos de la tierra. Revista «Pan»,

mayo de 1938.(derecha)



BIBLIOGRAFÍA

ARCINIEGAS, GERMÁN. «Ramos o el pintor en busca de la simplicidad». Lecturas Dominicales, julio 5 de 1930.

BALDOVÍ, J. M. «Una charla con Ramos». El Tiempo, diciembre 18 de 1938.

40 fotos de Luis B. Ramos, 1899-1955. Catálogo. Planetario Distrital, Bogotá, mayo de 1988. Textos de Germán Arciniegas, Alvaro Medina y Martha Segura.

MEDINA, ALVARO. «Luis B. Ramos, de pintor a fotógrafo». En: El arte colombiano de los años veinte y treinta, Bogotá, Colcultura, 1995.

MORENO CLAVIJO, JORGE. «El artista rebelde Luis B. Ramos». Estampa, octubre 4 de 1941.

OCAMPO DE JARAMILLO, OFELIA. «Entrevista con el maestro Ramos». El Siglo, diciembre 3 de 1950.

RAMOS, LUIS B. «Algo sobre fotografía». Pan, diciembre de 1937.

SUÁREZ, LUIS H. «Luis B. Ramos, introductor del fresco en Colombia». Micro, Medellín, enero de 1944.

SUHR, WERNER. «Luis B. Ramos». Pan, mayo de 1938.