En 1977, en mi calidad
de incipiente historiador del arte colombiano, yo sólo conocía al Ramos pintor. Dedicado
a investigar en diarios, suplementos y revistas, en cierta ocasión entré a la Biblioteca
Nacional a revisar la colección de Cromos. Mi guía, al pasar las páginas de la
revista, era puramente visual porque los artículos sobre arte tienen la ventaja de estar
siempre ilustrados. Me bastaba un parpadeo para determinar si lo que tenía delante era
una pintura, una escultura o una simple foto. Como es apenas lógico, la revista abundaba
en fotos mediocres de todo tipo de acontecimientos, de manera que para ganar tiempo pasaba
de largo, con una que otra pausa destinada a tomarle el pulso a la época. En una de esas,
hojeando un tomo de 1935 ó 1936, tropecé con una serie de reportajes gráficos
publicados como tales, casi sin textos explicativos, o sea que era mirando las imágenes
con detenimiento como se podía desentrañar la significación y sentido de cada una de
ellas y del conjunto como tal. Me llamaron la atención, pero no me fijé en el nombre del
autor ni entré en ningún otro tipo de consideraciones, porque estaba a la caza de
información específica para escribir un ensayo, así que preferí seguir concentrado en
lo mío.
Cromos publicaba en cada entrega un reportaje de cuatro a siete fotos en dos páginas.
El segundo día de trabajo, en medio de la lectura de un artículo que me interesaba, caí
en cuenta que los reportajes que había estado hojeando con rapidez eran los de un buen
fotógrafo y que debía volver a mirarlos con toda la calma del caso. Eso hice y vine a
descubir con asombro que se debían a Luis B. Ramos. El Diccionario de artistas
colombianos de Carmen Ortega Ricaurte me confirmó que el pintor también había sido
fotógrafo y mi propio juicio me permitió llegar a la conclusión de que no sólo había
sido mejor fotógrafo que pintor, sino que estaba a la altura de los grandes de todos los
tiempos, en Colombia, en América Latina y en el mundo.
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Caridad
bogotana. «Estampa», julio 8 de 1939.
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La estética de los Bachués
Al volver a
Colombia en 1934, luego de realizar en Bogotá una exposición de pintura que fue
duramente criticada por Jorge Zalamea, Ramos tomó la cámara una vez más para ganarse la
vida. Sus fotos aparecieron en El
Tiempo, Cromos, El Gráfico, Revista de las
Indias y Pan. El grueso de la producción salió en Cromos entre febrero
de 1935 y octubre de 1938, es decir, durante algo más de tres años y medio. Los temas
tratados cubrían todos los aspectos de la vida: paisajes y tipos humanos, revistas
militares y competencias deportivas, procesiones religiosas y ferias populares, obras de
arte y actividades científicas, juegos infantiles y actos sociales, funerales y
acontecimientos políticos, actividades industriales y artesanales, arquitectura colonial
y moderna. La lista podría continuar, pero es con su vibrante galería de tipos humanos
que nuestro fotógrafo tocó la cumbre de su arte.
Luis B. Ramos
pertenecía a la generación de escultores, pintores, dibujantes y grabadores que
conformaron Rómulo Rozo, Pedro Nel Gómez, Ignacio Gómez Jaramillo, Sergio Trujillo
Magnenat, Luis Alberto Acuña, Gonzalo Ariza, Ramón Barba, José Domingo Rodríguez, Hena
Rodríguez y Josefina Albarracín. Con ellos se produjo una renovación que vino a ser la
continuación del jalón modernizante que en la primera década del siglo intentó el
pintor Andrés de Santa María, esfuerzo admirable que en su momento no fue comprendido y
que a corto plazo abortó, lo cual trajo como consecuencia que en 1911 Santa María viajó
a Europa con su familia para nunca más volver.
El credo
estético que los bachués compartieron con los miembros de otros grupos Juveniles que se
fundaron en Bogotá hacia la misma fecha se puede resumir en una frase como esta: «Dentro
de nuestra iglesia cabe la ópera de París y la alcaldía municipal de Guatavita». O
esta otra: «Nuestra pretensión se dirige a una perfecta nacionalización de la cultura
adquirida». El deseo de ser originales y auténticos respondía en la práctica a algunos
de los planteamientos del ensayista Armando Solano, autor de estas líneas: «Es en el
corazón de la gleba que hay que buscar el sentido de la patria. Es en la masa labriega,
en el campesino de todas las categorías, así como en las juventudes que por motivos
superiores estudian el fenómeno de la tierra como noción de justicia». Para Solano no
había nada más auténtico que la charla sencilla de tres maleteros boyacenses.
Bogotá distaba
de ser una gran urbe y la población de Colombia estaba constituida en su mayoría de
gentes vinculadas al agro. Las propuestas temáticas y plásticas de los teóricos de los
años veinte cristalizaron con absoluta coherencia en las fotografías de Luis B. Ramos y
en las esculturas talladas por José Domingo Rodríguez, Ramón Barba, Josefina
Albarracín y Hena Rodríguez. Estos cinco artistas tomaron de modelo el tipo humano de
los maleteros boyacenses exaltados por Armando Solano, o sea, el de hombres y mujeres del
campo que migraban a la ciudad dispuestos a desempeñar oficios humildes. De los cinco,
fue Ramos quien más lejos llegó en el desarrollo de la idea, gracias a que la dinámica
de la fotografía no era ajena al deambular por calles, plazas y pueblos en busca de
caracteres y situaciones, modalidad que explotó con genio y propiedad un Cartier-Bresson.
Fotografía y belleza
Ya sean pintores
o escultores, dibujantes o fotógrafos, los artistas colombianos no han sido dados a
teorizar sobre sus obras con el fin de explicarlas y explicarse, pero sobre todo con el
propósito de definir su estética. Los contados atisbos teóricos que conozco figuran en
entrevistas periodísticas en las que, gracias a la habilidad del entrevistador, hoy
conocemos lo que pensaba el entrevistado. Luis B. Ramos es una de las contadas
excepciones, ya que empuñó la pluma para definir en breves pero jugosas líneas los
linderos de su arte.
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El niño aguador.
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Vendedora
de fruta.
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Acarreo.
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Mercado
de domingo, 1935.
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La llamada Ancestral.
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Fotografías
de la Colección
Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá. |
En el artículo
teórico titulado «Algo sobre fotografía» que publicó en 1937, Ramos consignó estas
palabras: «La única finalidad de la vida es la de amar la Belleza, buscarla, luchar por
ella». Los grandes artistas del momento, o sea los vanguardistas, no se interesaban ya en
la belleza, mucho menos si estaba escrita con mayúscula. Salvaje, espiritual, primitivo,
metafísico, concreto, construcción, purismo, azar y onírico eran algunos de los
vocablos empleados para caracterizar las nuevas tendencias, cancelando principios
fundamentales de la vieja academia. Ahora bien, Luis B. Ramos era un producto tardío de
esa academia. Debido a esto, la pintura que firmó no tiene el vuelo que sus fotografías
sí poseen. Lo poseen, dentro de conceptos que no riñen con los de su tiempo, porque
Ramos supo buscar y encontrar en la vida lo que la misma vida suele ocultar. Así
procedieron también Walker Evans y Dorothea Lange en los Estados Unidos, August Sander en
Alemania, Manuel Alvarez Bravo en México y Brassaï en todas partes del mundo,
fotógrafos que eran -años más, años menos- sus contemporáneos, fundando una
genealogía que tiene ilustres exponentes en Werner Bischof y Robert Doisneau. Ahora bien,
¿cómo se logra desentrañar la belleza que la vida oculta? He aquí la explicación de
Ramos: «La fotografía es un arte menor, dicen los críticos: en ella no hay que buscar
creación sino la novedad en el ángulo de enfoque, la originalidad en el enmarcamiento
dentro de la figura geométrica rectangular, pero a veces se olvida agregar que para
arrancarle algo a la naturaleza es necesario alguna dosis de emoción. La fotografía
también la exige, pues de otra manera puede ser impecable en la técnica pero le faltará
la «chispa», y será tanto más fría cuanto más se quiera exhibir sólo la técnica».
Ningún crítico serio piensa hoy en día que la fotografía sea un arte menor, pero el
texto de Ramos introduce valiosas precisiones sobre dos aspectos. El primero, de tipo
histórico, se refiere a la lucha silenciosa que libró con la cámara para hacerse
reconocer como el igual de sus colegas pintores y escultores. El segundo, de
procedimiento, nos hace saber que procuraba abordar con auténtica emoción los asuntos
que sus lentes encuadraban, intensidad que no siempre conseguía.
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Día de
difuntos, 1937.
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De ruana y
sombrero.
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Anciano del
campo.
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En tanto que
fotógrafo de prensa. Ramos debía satisfacer compromisos políticos y sociales ajenos a
su voluntad, pero ineludibles para las publicaciones con las cuales trabajaba. Cuando se
analiza su obra, se siente que no hay la menor chispa en las imágenes de grupo que
captaba en cuarteles, palacios gubernamentales y clubes de alta sociedad, pero que sí la
hay ante el individuo solitario, cuya belleza humana conocía y sin cesar buscaba,
pudiendo desentrañarla casi siempre. Entre uno y otro compromiso, el fotógrafo visitaba
plazas de mercado, iglesias, cementerios y parques, donde le era fácil hacer saltar la
chispa cotidiana de hombres y mujeres comunes y corrientes, anónimos y a menudo humildes.
Sobre esa chispa. Ramos planteó interrogantes como estos: «Es que hay receta, fórmula,
teoría que reemplace dicha chispa? ¿Podemos decir cómo se deben desechar los detalles
que distraen y aun anulan el tema principal, y cómo deben enmarcarse las formas en el
rectángulo de la película para que la imagen captada diga algo al espíritu? Los que
saben mucho en teoría y sufren una indigestión de ideas ajenas, harán frases y frases,
pero todas ellas llenas de aire, de banalidad. Dejémosles hablar y mientras ellos se
dedican a criticar lo que no entienden, salgamos nosotros con nuestra camarita por todos
esos caminos de Colombia y abramos la lente en los momentos -que son muchos- en que la
emoción nos visite».
En resumidas
cuentas, la teoría de Ramos estaba próxima de «la teoría de la no teoría», ya que la
emoción era la única base de su quehacer. Lo interesante y novedoso es que llegó a
plantear que si se quería buscar maestros que nada tuvieran que ver con la naturaleza,
esos maestros no eran otros que los del cine. En su escrito mencionó algunas películas
para sugerir la tesis de que si nos emocionaban algunas escenas fílmicas (escenas que,
por supuesto, eran creadas y dirigidas), bastaba mirar a nuestro alrededor para descubrir
algo semejante en los hechos que la sociedad ofrece en el discurrir ordinario.
Consciente de
que no todo el mundo iba a compartir su opinión, precisó Ramos sobre los ejemplos
tomados del cine: «Eso es belleza pura, aunque la imbecilidad humana no lo comprenda así
y aun se atreva a negarlo». El tono beligerante y polémico obliga a señalar que Ramos
pertenecía a la primera generación de cineístas incondicionales, la que asumía el
cinematógrafo como una expresión artística de alto vuelo y no como una simple
distracción. Por esos mismos años, Ignacio Gómez Jaramillo también se remitió al cine
para poder explicar los cambios estéticos radicales que en Europa se habían estado
operando.
Rostro, corazón y alma
En el buen
Ramos, el rostro es el corazón del alma. Las arrugas, la mirada, el asomo de una sonrisa
o cierta sombra de amargura se combinan al infinito para que brille con luz propia la
belleza de un carácter. Ni Sander, ni Evans, ni Alvarez Bravo quisieron trabajar dentro
de estos parámetros, mientras que en cierto Paúl Strand y en cierto Brassaï hay un
enfoque bastante similar al del colombiano. Al preciso estado de ánimo que de una manera
general transmite el rictus, cabe agregar la expresividad de las manos.
Tengo a la vista
los retratos de tres ancianas. El primero es el de doña Leopoldina Montejo de Santos, el
segundo es el de la campesina de Frutos de la tierra y el tercero es el de doña
Gumercinda Rodríguez en el autorretrato titulado El artista con su madre. Lo que
Ramos nos revela de estas tres venerables mujeres, de extracción social tan distinta, es
hondura psicológica y humanidad profunda. Cada una de ellas vive su instante con
intensidad. Doña Leopoldina comunica seguridad y reposo. Doña Gumercida se regodea en el
orgullo que siente por el hijo fotógrafo que la abraza. De incertidumbre, en cambio, es
la expresión de la anónima campesina que presiona contra el pecho las mazorcas de maíz
que le van a dar de comer. Ramos se acercó a las tres damas «visitado de emoción»,
prueba de auténtica universalidad. Otro tanto puede apreciarse en la bella muchacha de Caridad
bogotana y en el adolescente con el cirio de Día de difuntos. Sumadas a las
tres anteriores tenemos cinco fotografías en las que el rostro es el corazón del alma,
es verdad, y las manos son su espejo. En ninguna hay afectación, pero sí espontaneidad.
Y Juegos de luz que tienen la rara cualidad de conferirle una buena dosis de ternura a los
retratados. Universal pero también polifacético.Luis B. Ramos fue un maestro en sentido
estricto del término. De los fotógrafos colombianos, es el único que ha tenido
seguidores, que el lector puede identificar si se familiariza con la obra del hoy
celebrado artista de Guasca.
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Leopoldina
Montejo de Santos. «Cromos»,
septiembre 5 de 1936.(izquierda)
Frutos de la tierra. Revista «Pan»,
mayo de 1938.(derecha)
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BIBLIOGRAFÍA
ARCINIEGAS, GERMÁN.
«Ramos o el pintor en busca de la simplicidad». Lecturas Dominicales, julio 5 de
1930.
BALDOVÍ, J. M. «Una
charla con Ramos». El Tiempo, diciembre 18 de 1938.
40 fotos de Luis B.
Ramos, 1899-1955. Catálogo. Planetario Distrital, Bogotá, mayo de 1988. Textos de
Germán Arciniegas, Alvaro Medina y Martha Segura.
MEDINA, ALVARO. «Luis
B. Ramos, de pintor a fotógrafo». En: El arte colombiano de los años veinte y
treinta, Bogotá, Colcultura, 1995.
MORENO CLAVIJO, JORGE.
«El artista rebelde Luis B. Ramos». Estampa, octubre 4 de 1941.
OCAMPO DE JARAMILLO,
OFELIA. «Entrevista con el maestro Ramos». El Siglo, diciembre 3 de 1950.
RAMOS, LUIS B. «Algo
sobre fotografía». Pan, diciembre de 1937.
SUÁREZ, LUIS H. «Luis
B. Ramos, introductor del fresco en Colombia». Micro, Medellín, enero de 1944.
SUHR, WERNER. «Luis B.
Ramos». Pan, mayo de 1938.
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