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En 1995 se cumplieron 130 años del nacimiento y 60 años de la muerte del pintor,
escultor, grabador y escritor Francisco Antonio Cano, uno de los artistas decimonónicos
más importantes del arte colombiano. El caso de Cano compendia bien dos procesos de
interés histórico que tuvieron lugar en la segunda mitad del siglo XIX: la
transformación del artesano pintor en artista independiente con estilo propio y la
paralela adopción de los postulados académicos como paradigmas de la representación de
la realidad. No fue Cano el iniciador de ambos fenómenos en el plano nacional, aunque sí
lo fue en el ámbito antioqueño. Su proyecto, que cobró mayor claridad a partir de un
viaje de estudio a Europa en 1899, se sumó al de predecesores como Epifanio Garay
(1849-1903) y al de contemporáneos como Ricardo Moros Urbina (1865-1942), Ricardo Acevedo
Bemal (1867-1930) y Ricardo Borrero Alvarez (1874-1931).
Primeros años en Yarumal
Francisco Antonio
Cano Cardona nació en Yarumal, Antioquia, en 1865. Hijo de un hábil artesano que se
desempeñó por igual en el comercio, la platería, la escultura o los títeres, adquirió
a su lado las primeras letras y conocimientos básicos de dibujo, modelado, grabado al
buril y fundición a la cera perdida. «Mis ojos se acostumbraron a mirar labrar el metal,
-escribió Cano- a ver surgir de las manos del obrero el vaso cincelado, la joya trabajo
pacientemente. Yo empecé a pintar monos en la pizarra, en los libros y luego, poco a
poco, sin darme cuenta, los iba trasladando al papel».
De niño fabricó
pequeñas tallas en madera, juguete y figuras en yeso, las cuales vendió para ayudar a su
sostenimiento, dada la precaria situación económica familiar. Hacia los catorce años de
edad, intentó buscar nuevos horizontes, pero no pudo obtener una beca para estudiar en
Bogotá. En Yarumal participó de una asociación denominada Club de los Amigos, que a
partir de 1883 buscó difundir la literatura, crear una biblioteca y promover las buenas
costumbres. La asociación publicó además un periódico manuscrito, titulado Los
Anales del Club, que siguió el ejemplo de otra publicación antecesora de 1874
denominada El Aficionado. Cano colaboró con varias ilustraciones, entre ellas un
dibujo a lápiz de don Baldomero Jaramillo, fundador de San Andrés de Cuerquia. Fechada
en 1883, es hasta ahora la obra más antigua conocida del artista, quien también
contribuyó con dibujos a la pluma coloreados con acuarela. El mismo año, modeló en
arcilla de tejar un busto del Libertador que desvirtuó la incredulidad de sus
coterráneos acerca de sus capacidades artísticas, y fue motivo de gran admiración
local. En esta época. Cano viajó con su padre por primera vez a Medellín.
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Retratos hablados de muertos
Dos años después,
Francisco Antonio regresó de paso a Medellín en su camino a Bogotá, donde pensaba
estudiar grabado, acaso en la escuela fundada por Alberto Urdaneta. Pero la inseguridad de
los caminos debida a la guerra civil de 1885 lo obligaron a permanecer en la capital de
Antioquia. Allí fue acogido por la familia de Melitón Rodríguez, con quienes vivió
más de cinco años. Asistió al colegio de Rubén Restrepo, donde mejoró sus
conocimientos escolares, y al parecer tomó algunas lecciones con el pintor caucano José
Ignacio Luna, establecido en la ciudad. Según su hijo León Cano, habría estudiado
también con uno de los pintores Palomino, probablemente Leopoldo.
Un muy
significativo cuadro fechado en 1885, representa una escena de su taller de pintor. Aunque
son notorias ciertas dificultades con la perspectiva y la técnica del óleo, sobresale su
habilidad como retratista. En el centro de la pintura se encuentra el propio Cano que
bosqueja un lienzo, cuyo modelo es una campesina que carga a su hijo. Al extremo derecho,
el pintor Gabriel Montoya dibuja apoyado sobre las rodillas. Entre Cano y Montoya, el
futuro fotógrafo Melitón Rodríguez, de diez años, se ha distraído de su caballete por
un momento. En el mueble del fondo se observa el retrato de Mariano Ospina Rodríguez y
una copia del cuadro Recreación, de Epifanio Garay. La obra, que conserva cierto sabor
ingenuo, posee un gran encanto y extraordinario valor documental.
Cano subsistió
gracias al apoyo de la familia Rodríguez y a su talento natural como retratista. Según
recordó, «algunos me apoyaron, otros me rechazaban y los más veían indiferentes mi
trabajo. Me dediqué entonces a hacer retratos y tuve una rara especialidad: fui el pintor
de los muertos [...] cuando en la Villa de la Candelaria moría alguno y los deudos
deseaban conservar su retrato, se me llamaba». Fueron de fama sus retratos de difuntos,
pintados a partir de las descripciones orales que le hacían los deudos.
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Bodegón con
rosas. Oleo de Francisco A. Cano, 1912. 40 x 61 cm.
Museo de Arte Moderno, Bogotá.
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El pintor promovió la
realización de la que sería la primera exposición de arte que conoció Medellín,
celebrada en 1892, en cuya clausura Antonio J. Restrepo pronunció un elocuente discurso.
El año siguiente obtuvo premios en escultura, pintura y grabado en la Primera Exposición
Artística e Industrial de Antioquia. Para entonces ofrecía clases de dibujo a domicilio
a $1 por persona. Entre 1896 y 1897 colaboró activamente con sus grabados para la revista
El Repertorio, y junto con el fotógrafo Rafael Mesa adaptó a las posibilidades locales
la técnica del fotograbado. En la misma revista publicó sus primeras incursiones como
comentarista de arte. Posteriormente elaboraría minuciosos grabados para El Montañés
(1897-1899), revista sucesora de El Repertorio. Convertido en retratista de fama,
el gobierno regional le encomendó, a mediados de 1897 un óleo de don Carlos Holguín
(hoy en el Museo de Antioquia) lo cual le permitió finalmente viajar a Bogotá , donde
permaneció por cerca de un año. Allí trabó amistad con pintores como Epifanio Garay y
Ricardo Acevedo Bernal; por su parte, el artista español Enrique Recio y Gil lo acogió
en las lecciones que dictaba en su taller bogotano.
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Puerta del
Hospital de Honda. Xilografía de Francisco A. Cano.
«El Montañés», No 7, Medellín, marzo 1898.
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¿Cuánto le
costó la burra? Grabado de Francisco A. Cano.
«El Repertorio», No 3, Medellín, agosto 1896.
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Cristo muerto. Fotograbado
de Horacio Marino Rodríguez y
Rafael Mesa sobre dibujo de F.A. Cano. «El Montañés», ? 9/10, mayo-junio 1898.
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Gracias a gestiones de varios de sus amigos, entre ellos Rafael Uribe Uribe,
Guillermo Valencia y Rafael Pombo, el Congreso Nacional aprobó una ley que le asignó la
suma de seis mil pesos en devaluados billetes del Banco Nacional, con el fin de que
estudiara en Europa. Al promediar 1898 viajó en compañía del Dr. Luis Zea Uribe.
Ingresó a las Academias Julián y Colarrosi en París. Entre tanto, fue premiado como
pintor de flores en la exposición de 1899 celebrada en Bogotá, a propósito de lo cual
un comentarista alabó las «primorosas rosas que fingen con intensa verdad el terciopelo
tenue de los pétalos y la desenvoltura inocente de la flor».
No llevaba mucho tiempo
en sus estudios cuando los fondos empezaron a escasear. En Medellín, el Club Brelán,
integrado por un grupo de jóvenes que apoyaba ciertas causas cívicas y culturales, se
dio a la tarea de recaudar recursos para contribuir al sostenimiento del artista.
Celebraron un concierto y un concurso de arte, en los cuales participó la sociedad de
Medellín. Las boletas, a un precio inusual, se vendieron todas. En el abarrotado
escenario, entre dos banderas de Colombia, se encontraba el retrato del beneficiado. La
señorita Alicia Amador cantó y el poeta Julio Vives Guerra declamó una composición de
su propia inspiración que exaltaba a Cano. Tomaron la palabra en la «espléndida y
civilizadora fiesta» -según la calificó un cronista-, dos futuros presidentes de
Colombia: Carlos E. Restrepo y Pedro Nel Ospina. Restrepo entendió la importancia que
tenía la obra de un artista en la configuración de la identidad cultural antioqueña,
mientras que Ospina identificó con claridad las barreras que para su formación y
desarrollo enfrentaba Cano: sometimiento a un mercado carente de gusto, falta de buenas
obras de arte que le sirvieran de ejemplo y su gran pobreza, que le impedía vivir «en el
goce tranquilo de su propia personalidad». Los organizadores lograron recoger tres mil
francos, gracias a los cuales Cano pudo hacer viajes y visitar varios museos europeos.
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Estudio del
pintor. Oleo de Francisco A. Cano, 1885. 42 x 59 cm.
Colección Particular, Medellín.
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Entre tanto en
Yarumal, su tierra natal, se recogieron $500 mediante un bazar, una rifa y un concierto.
Todo este inusual episodio de movilización social muestra tal vez hasta qué punto el
joven pintor se había convertido en la esperanza artística de Antioquia.
Cano se mantuvo
ajeno al París de Proust, Renoir, Cézanne, Rodin y los Nabis. Según escribió a Carlos
E. Restrepo, «...yo no veo nada notable en París, y no es, claro está, porque yo sea
ciego [...] sino que yo no veo a causa de qué jamás estoy donde va a pasar algo o está
pasando». La mayor innovación que estuvo dispuesto a aceptar fue el impresionismo, que
entonces tenía ya tres lustros de haber surgido. Escribió a su regreso algunos
comentarios tempranos sobre Andrés de Santa María y dictó una conferencia sobre dicho
movimiento, bajo cuyos postulados estéticos pintaría varios estudios de carácter
íntimo. Puede decirse que el pintor se mantuvo atrapado en las redes de su afán
académico, con el que logró vencer a la postre las toscas e imperitas formas de
representación decimonónicas vigentes en su Antioquia natal.
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La voluptuosidad
del mar. Oleo de Francisco A. Cano, 1924. 80 x 140 cm.
Bilbioteca Luis Angel Arango, Bogotá.
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En 1901 regresó a Medellín. Había concluido su período formativo y se
encontraba lleno de optimismo y entusiasmo. Durante los siguientes diez años que
permaneció en la capital de Antioquia, pintó numerosos retratos, bodegones, flores,
algunos desnudos, obras religiosas de variada calidad, esculpió lápidas de mármol y
dictó clases de pintura. Probó los sinsabores económicos propios de un artista
independiente que a toda costa buscó trabajar exclusivamente de y para su arte, en medio
de una sociedad que lo tenía en mucha estima, pero que le ofrecía un mercado estrecho y
mezquino para su obra. En asocio con su antiguo alumno y escultor Marco Tobón Mejía
publicó e ilustró la revista Lectura y Arte entre 1903 y 1906, que hoy se
conserva como una de las publicaciones periódicas más bellas de Colombia. Con motivo del
centenario de la independencia, fundió él mismo un busto del procer Atanasio Girardot,
que se distinguió por su fuerza expresiva, al punto que Tomás Carrasquilla dijo que
«tanto habla que hasta de noche espanta». El mismo año concluyó El Cristo del
Perdón, obra de grandes dimensiones iniciada en París y concluida en Medellín,
mediante suscripción pública entre los más pudientes. Una vez cumplió uno de sus
sueños, que era el establecimiento de una academia artística, constituida en 1910 bajo
en nombre de Instituto de Bellas Artes, decidió radicarse en Bogotá cuando tenía 46
años de edad.
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Francisco A. Cano.
Fotografía de Melitón Rodríguez, 1895.
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De la capital colombiana no saldría en los veinticinco años que le
restaban de vida. Tal vez la distancia con sus raíces fue lo que le permitió pintar Horizontes
(1914), óleo de excepcional valor emblemático y una de sus obras maestras. En Medellín
dejó un puñado de seguidores fieles, encabezados por Luis Eduardo Vieco -quien dejó un
cuaderno con notas de las lecciones de Cano, fechado en 1906- y Humberto Chaves. Ambos
fueron los principales difusores de sus enseñanzas académicas y conservaron la huella de
su mano luminosa, aquella que según la revista El Centenario, «ha venido
sembrando entre nosotros un poco de arte nuevo, de arte verdadero». Alcanzaría los más
altos honores académicos y artísticos de la época, pero en 1935 falleció a los 69
años, pobre y en el olvido, bajo el mote desvalorizado de haber sido un pintor
académico. Surgían entonces nuevas inquietudes artísticas en creadores como Pedro Nel
Gómez, quien se abstuvo de estudiar en la Escuela de Bellas Artes de Bogotá, porque
allí enseñaba Cano. Autor de algunas de las más significativas pinturas religiosas de
Antioquia, el maestro era aficionado al ocultismo y murió «fuera de toda religión»
según dijo en el testamento. En él estipuló su deseo de ser sepultado en la tierra, sin
ninguna identificación. Con todo, la mayor contradicción que marcó su vida fue el
permanente drama de someter su talento al rigor de las exigencias del mercado.
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Horizontes. Oleo
de Francisco A. Cano, 1914. 37 x 60 cm. Colección Particular, Medellín.
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Modelo de la
Academia Julian de París. Oleo de Francisco A. Cano,
ca 1900. 61 x 51 cm. Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.
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Bibliografía
FRANCISCO A. CANO, Notas
artísticas. Compilación y prólogo de Miguel Escobar Calle. Medellín, Extensión
Departamental, 1987.
JORGE CARDENAS HERNANDEZ.
Francisco A. Cano, 1865 - 1935. Medellín, 1991.
SANTIAGO LONDOÑO VELEZ. Francisco
Antonio Cano, vida, obra y época (inédito).
SANTIAGO LONDOÑO VÉLEZ.
Historia de la pintura y el grabado en Antioquia, Medellín, Universidad de
Antioquia, 1996.
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