Había transcurrido la mitad de un siglo sin que nada lograra turbar
seriamente el plácido y exclusivo disfrute de todos los manjares del
poder y de todos los regalos del presupuesto por parte de una casta
feudal y clerical. La hegemonía conservadora parecía tocada de
eternidad. Ni la trágica noche de Palonegro, ni Agua Dulce, ni la carga
legendaria de Peralonso, ni el 13 de marzo, ni el 8 de junio, ni cien
mil discursos violentos, ni cien mil editoriales corrosivos, nada había
podido inquietarla. Y de pronto, cuando la calma parecía más inviolable,
se levanta en el seño de una confusa asamblea Alfonso López, ese clubman,
ese sibarita, ese tertuliano de profesión, sin prestigio, sin el respeto
de nadie, contando apenas con el apoyo de una camarilla de políticos
diletanti y alegres, y con la admiración irreflexiva de media docena de
poetas menesterosos. Y dice allí, entre los gritos regocijados y los
cuchicheos burlones: " ¡Preparémonos para tomar el poder!". Se hace
elegir allí mismo jefe de un partido anarquizado y desmoralizado. En una
semana reúne las dispersas huestes democráticas, destituye a los
cabecillas derrotistas, asalta con frases de mundo las empresas más
populares de la prensa, y al cabo de cien días le entrega el poder al
liberalismo." Así describe el periodista Alejandro Vallejo el regreso al
poder de los liberales, originado en esa frase de Alfonso López
Pumarejo, pronunciada en noviembre de 1929.
El 9 de febrero siguiente, luego de una fulminante campaña, Enrique
Olaya Herrera era elegido popularmente presidente de los colombianos. El
último gobierno de la hegemonía conservadora, el de Miguel Abadía
Méndez, había sido marcado por la crisis. Un mes antes de que López
Pumarejo anunciara la voluntad de tomar el poder por las urnas, cuarenta
mil desempleados deambulaban por las calles de las ciudades colombianas;
los empréstitos extranjeros se habían suspendido a raíz de la crisis
financiera internacional; en junio, las manifestaciones populares en
contra de la "rosca" del ministro de Obras Públicas Arturo Hernández
habían culminado con la muerte del estudiante Gonzalo Bravo Pérez, cuyo
cadáver fue llevado al Palacio de la Carrera el día 8 por una multitud
enardecida. En diciembre de 1928, la huelga de las bananeras y su
cruenta represión había debilitado la popularidad del régimen.
En el partido conservador, las candidaturas presidenciales del general
Alfredo Vásquez Cobo y del poeta Guillermo Valencia se disputaban el
favor del arzobispo primado Ismael Perdomo, quien apoya al primero,
luego al segundo y, finalmente, otra vez al primero. Por el lado
liberal, Francisco José Chaux propone el nombre de Enrique Olaya
Herrera, embajador en Washington. El no desea una candidatura liberal,
sino una de concentración nacional. Recibe el respaldo del expresidente
Carlos E. Restrepo, de quien fuera canciller durante su administración
republicana. La llegada de Olaya a Cartagena y su viaje a la capital se
convierten en una marcha triunfal, entre multitudes que lo acogen.
El 9 de febrero, domingo de elecciones, la profecía de López Pumarejo se
cumple. Olaya obtiene 369.934 votos, Valencia 240.360 y Vázquez Cobo
213.583. El presidente Abadía ha garantizado unas elecciones limpias y
pacíficas y, como buen legalista, se apresta a entregar el poder,
después de medio siglo de gobiernos conservadores. El jueves 7 de agosto
de 1930, en el salón central del Capitolio, extendida la mano derecha
sobre el capítulo primero del Evangelio de San Juan, Olaya Herrera
pronuncia el juramento constitucional ante el presidente del Congreso,
Florentino Goenaga. Ese mismo día, nombra cuatro ministros liberales y
cuatro conservadores, y luego aplica igual criterio paritario en la
designación de gobernadores. Se iniciaba así la hegemonía liberal de
dieciséis años, durante la cual ejercerían la presidencia Olaya Herrera,
López Pumarejo, Eduardo Santos y los designados Darío Echandía y Alberto
Lleras Camargo.
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