Al doctor José Nazario Florentino González Vargas, quien fue consagrado,
en 1825, en San Bartolomé como bachiller, licenciado y doctor en
Jurisprudencia, siempre se le llamó don Florentino González. Así se le
recuerda en la historia. El, había nacido en Cincelada, Santander, en
1805. Perteneció a lo que se denomina la "segunda generación de
libertadores", que es como se singulariza a quienes integraron el
radicalismo liberal. Que fue, desde luego, de capital importancia para
desamarrar a la república de todos los resabios coloniales; logró el
rompimiento de las instituciones heredadas de España; se mantuvo en la
vanguardia de los principios federalistas. La caracterizó el afán de
profundizar, hasta el exceso, en el examen de los problemas primordiales
del país. Obró con rigor moral, que fue otro de sus signos: el
patrimonio público no podía confundirse con las avideces de los
timadores que se asoman a la vida política. Su noble ímpetu fue la
defensa de la totalidad de las libertades. En sus gobiernos, ninguna
sufrió mengua, cortapisa, o dejó de aplicarse. Tenía, igualmente,
marcada su señal antifeudalista, en un medio donde el feudalismo
predominaba. Cuando cayó el radicalismo, se atajó y desvió el ímpetu
transformador. Una revolución se inmovilizaba por el imperio de la
fuerza de la Regeneración conservadora de Núñez y de Caro.
La vida de don Florentino González se puede dividir en tres aspectos que
la delimitan y la integran. El primero, el periodista, oficio que
ejerció siempre y en el cual tuvo una categoría internacional. Las
letras fueron su vocación que, luego, culminará en obras cardinales para
el pensamiento jurídico. Comienza su tarea de escritor en 1827, en el
periódico El Conductor, que dirigía don Vicente Azuero, otro
valor consubstancial en la vida histórica colombiana. Después de la
noche septembrina, en la cual tomó parte, fue condenado a muerte. Se le
conmutó esta condena por la de la "prisión solitaria", la cual cumplió
en Bocachica. Al ser puesto en libertad, viajó a Caracas, donde el
gobierno le encargó de la redacción de La Gaceta Oficial.
Retorna a Colombia en 1830, después del congreso que eligió a don
Joaquín Mosquera como presidente. Forma parte, con Rufino Cuervo,
Ignacio Gutiérrez y Vergara y Lorenzo María Lleras, de la redacción de
El Constitucional de Cundinamarca. En 1833, lanza El Cachaco en
compañía de Lorenzo María de Lleras. En 1837, Francisco de Paula
Santander imprime La Bandera Nacional, en la cual vuelven a
coincidir como colaboradores, Lleras y González. Más tarde, clausurado
este periódico, con Azuero y don Francisco Soto pone a circular El
Correo. De 1841 a 1845, estuvo en París, donde adelantó estudios de
derecho público y de ciencias económicas. Al regresar, se incorpora a
las páginas de El Día. El 8 de junio de 1848, aparece el primer
número de El Siglo, que él funda y en el cual divulgan escritos
Julio Arboleda y Lino de Pombo. En El Neogranadino adelanta sus
campañas federalistas, de las cuales fue tan ferviente. En 1861, después
de ejercer ante el gobierno de Chile como enviado extraordinario y
ministro plenipotenciario, continúa en su vocación de periodista.
Editorializa en El Tiempo y, luego, en El Mercurio de
Valparaíso.
Esta presencia intelectual y permanente análisis de la vida pública, lo
lleva, necesariamente, a la política. Su actividad es constante. Milita
en las cercanías del pensamiento de Santander. Como un corolario
natural, llega a los deberes públicos. Este es el segundo aspecto de su
existencia. Fue candidato a miembro de la Convención de Ocaña, a la cual
no pudo asistir por no tener la edad requerida. Esta circunstancia nos
revela la primacía que tuvo, desde muy joven, en la vida nacional. Al
regresar de su exilio, lo nombran secretario de la Convención
Constituyente de los departamentos de Nueva Granada, en 1831. En 1833 lo
eligen, por El Socorro, representante al congreso y lo mismo sucede en
1839. Ejerce, interinamente, entre los años de 1834-36 los cargos de
secretario de Hacienda, de lo Interior y de Relaciones Exteriores y,
luego, la gobernación de la provincia de Bogotá. En 1839, lo designan
rector de la Universidad Central, cargo que no ocupa por su
incompatibilidad con su posición parlamentaria. Como reacción, renuncia
a su cátedra de derecho constitucional. En 1846, Mosquera lo designa
secretario de Hacienda. En 1848, es candidato a la Presidencia de la
República. En el mismo año, viaja como encargado de negocios a Francia y
Gran Bretaña. Lo nominan para vicepresidente del país. En 1853 asiste al
vigésimo primer congreso constitucional de la Nueva Granada. Del 6 de
febrero del 54 al 58, es procurador de la Nación. Le plantean en el
congreso un debate por no haber llevado a la Corte Suprema de Justicia
el contrato de arrendamiento de las minas del Zanjón. Cordovez Moure
recuerda que asistió al congreso y "con la desdeñosa altivez que lo
distinguía", terminó su defensa, pues los cargos no tenían fundamento,
diciendo: "ˇCondenadme si os atreveis, honorables senadores!" Esa
actitud revela su carácter, la conciencia de su sitio en la vida pública
colombiana; la altura de sus razones y el desdén para sus detractores.
Complementa su vida de escritor, la de profesor, que sería su tercera
característica. Derecho constitucional fue la cátedra que enseñó en
Nueva Granada. Recuerdo que en Buenos Aires, cuando visité su
universidad, había una placa que lo consagraba como el creador de la
especialidad en Argentina. Como consecuencia lógica, terminó escribiendo
textos cardinales. Con el apoyo del gobierno chileno, edita un
Proyecto de Código de Enjuiciamiento y, más tarde, el Diccionario
del Derecho Civil chileno. Además, lanza libros de mucha erudición
jurídica, como Ciencia Administrativa, Lecciones de Derecho
Constitucional, y un estudio acerca del Uti possidetis de
1810. Sus obras se pueden consultar aún, a pesar de la evolución de la
ciencia, por la hondura y maestría conceptuales.
Un volumen de excepcional importancia son sus Memorias, en las
cuales, fuera de relatar las razones doctrinarias para haber conspirado
contra Bolívar por la dictadura que había implantado inmisericorde
contra todo el régimen democrático, hace un repaso de los hechos más
vitales que, históricamente, condujeron al caos político en esa época
tan deliberadamente mal estudiada. Hace un recuento desde 1810, para
detenerse en lo acontecido en la Convención de Cúcuta, en los congresos
de 1823, 1824, la rebelión de Paéz, la Cosiata venezolana, la tiranía
bolivariana, la conspiración. Desde luego, puntualiza los sucesos más
trascendentales y que mayores contradicciones llevaron a las
inteligencias que habían luchado por la libertad.
Florentino González, en la generación del radicalismo, tuvo eminente
posición. Cuando el partido se dividió, entre otros motivos, por
aspectos económicos y sociales –que se sintetizan entre las aspiraciones
de los comerciantes y las oposiciones de los artesanos–, él predicaba la
libertad de comercio. Esa etapa nacional fue creadora. El país recibió
impulso en todos los aspectos: en la educación, caminos, utilización de
la tierra, eliminación de los monopolios, libertad intelectual,
liberación del poder clerical, relaciones exteriores, fortalecimiento de
las provincias, organización del régimen progresivo de los impuestos,
eliminación de la usura, rebaja de intereses para el incremento de la
producción, apelación al sufragio para estimular la opinión pública,
instaurar una república de pequeños propietarios. Culmina con la
Constitución de 1863, igualmente sin análisis crítico. Toda esa obra
recibió el juicio sesgado de los vencedores de la derecha. Fue una
verdadera revolución, la segunda, en lo político, lo económico y lo
cultural, después de la Independencia. Don Florentino González y su
grupo proponían que los granadinos se ocuparan de la agricultura y de la
minería; que nos dedicáramos a vender materias primas y que las
manufacturas europeas entraran sin limitaciones. Tulio Enrique Tascón
sintetiza la posición de los dos grupos liberales "En realidad los
gólgotas o radicales eran liberales de izquierda, idealistas y
teorizantes; los draconianos, liberales de centro, que procuraban
consultar las oportunidades".
Florentino González murió en Buenos Aires el 2 de enero de 1874. En
1934, se repatriaron sus restos. Su vida de trabajador intelectual, al
servicio de la vida pública colombiana, de la ciencia y de la libertad,
deja muchos ejemplos para fortalecer la lucha democrática colombiana.
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