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El tema de la deuda externa de Colombia ha estado siempre ligado a la
situación de las finanzas públicas. Las dificultades fiscales obligaron
a contratar los empréstitos externos y llevaron al incumplimiento en el
servicio de las obligaciones. La insuficiencia de recursos y el exceso
de gasto público exigieron, a lo largo del siglo XIX, la negociación
sucesiva de la deuda externa y mostraron la necesidad de reformar la
estructura tributaria del país para equilibrar la economía y acceder al
crédito internacional.
Orígenes del endeudamiento externo
El origen de la deuda externa colombiana, como el de América Latina,
estuvo en la necesidad de sostener los ejércitos y proveerlos de armas y
equipos para enfrentar a los españoles. Dotado de plenos poderes para
"fundar el crédito público sobre la base sólida y permanente...", Simón
Bolívar designó en 1819 al granadino Francisco Antonio Zea,
vicepresidente de la República, como agente extraordinario de Colombia
ante el gobierno de los Estados Unidos y las cortes de Europa.
Zea firmó en 1820 un primer acuerdo con los representantes de los
acreedores ingleses, reconociendo las obligaciones externas contratadas
en la lucha de independencia, sobre todo por el venezolano Luis López
Méndez. Posteriormente, en 1822, obtuvo Zea en París un nuevo crédito de
2 millones de libras esterlinas (10 millones de pesos), destinado en su
mayoría a pagar la deuda pendiente.
En 1823, el Congreso de Colombia, ante la dificil situación fiscal,
autorizó al presidente Santander para contratar un nuevo empréstito por
30 millones de pesos, el cual fue negociado por Juan Manuel Arrubla y
Francisco Montoya en 1824 y dio motivo a toda clase de críticas y
polémicas. El empréstito no evitó que se presentara, apenas dos años
después, otra profunda crisis fiscal, causada por los elevados gastos
militares y los bajos ingresos tributarios, y agravada por la quiebra de
la casa Goldschmidt, que había quedado encargada de levantar el
empréstito y que todavía tenía en su poder parte de los recursos de
éste.
Desintegrada Colombia en 1830, la deuda quedó congelada durante varios
años; los pagos fueron suspendidos hasta que se definiera un reparto
entre Ecuador, Venezuela y Nueva Granada, y por supuesto no era posible
obtener nuevos créditos mientras la situación perdurara. En 1837, la
Nueva Granada aceptó asumir la mitad de la deuda externa de Colombia, en
un arreglo muy criticado, pues se basó en la población de cada país y no
en sus exportaciones ni en su capacidad de pago. Al país le correspondió
entonces una deuda de algo más de 30 millones de pesos, sobre la cual no
se hizo un solo pago hasta 1845, lo que produjo que para este año la
deuda total, incluidos los intereses pendientes, pasara de 35 millones.
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“Debenture”del empréstito suscrito por Luis López Méndez (ca, 1820)
y bono de deuda
externa consolidada, 1896.
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Primer arreglo
En ese año de 1845, la administración de Tomás Cipriano de Mosquera
celebró un convenio con los acreedores por medio del cual se comprometía
a reasumir los pagos. La situación fiscal de Colombia era tan mala que
el gobierno hubiera tenido que dedicar prácticamente todos los ingresos
fiscales, que se acercaban a 2 millones de pesos, para pagar los
intereses del 6% anual. Y el peso de la deuda era tal que representaba
más de diez veces el valor de las exportaciones anuales.
Ante esta situación, que había impedido hacerles cualquier pago durante
más de 15 años, los acreedores aceptaron reducir levemente el valor de
la deuda y disminuir substancialmente los intereses, que quedaron en el
1% anual, tasa que aumentaría gradualmente hasta alcanzar el 6. A pesar
de las condiciones más favorables de pago, el gobierno sólo logró pagar
los intereses hasta 1853, cuando nuevamente suspendió los pagos por
renovadas dificultades fiscales, creadas sobre todo por la reforma
impulsada en 1850 por el secretario de Hacienda de José Hilario López,
Manuel Murillo Toro. El logró la aprobación de una descentralización
administrativa que cedió a las provincias rentas como diezmos,
aguardientes y quintos de oro y plata, a cambio de que asumieran gastos
como el de la educación. Además, la disminución de los aranceles de
aduanas promovida por el anterior secretario de Hacienda, Florentino
González, había reducido los ingresos substancialmente, y la eliminación
del monopolio de tabaco había provocado una caída adicional de recaudos.
Todo esto hizo que el gobierno incumpliera sus compromisos y dedicara
todos los ingresos de aduana a sus gastos, a pesar de que se había
asignado la mitad de esta renta para el pago de intereses de la deuda
externa.
Nuevos atrasos, nuevos arreglos
Suspendidos los pagos, se inició en 1857 un nuevo proceso de
negociación, pero ante la crítica situación fiscal, el gobierno optó por
tácticas dilatorias, para evitar comprometer la renta de aduanas
nuevamente. El negociador colombiano, Juan de Francisco Martín, enviado
extraordinario ante Francia e Inglaterra, sostuvo que no podría
aceptarse ningún acuerdo que obligara a pagar por intereses y
amortización más del 25% del producto de la renta de aduanas, e insistió
en la necesidad de recursos frescos como parte de la renegociación.
Martín firmó el 22 de noviembre de 1860 un nuevo acuerdo, que combinaba
la capitalización de los intereses atrasados con una rebaja en las tasas
de interés, concedía títulos sobre tierras baldías y garantizaba los
pagos con el 25% de las aduanas, que aumentaría al 37.5% a partir del
sexto año, y con la totalidad de los ingresos del gobierno por el
ferrocarril de Panamá.
En los años 60, Colombia hizo pagos relativamente cumplidos de
intereses, aunque algo por debajo de sus compromisos, y aprovechó la
caída del precio de los papeles de la deuda para comprarlos con
descuento. Sin embargo, la carga de la deuda externa e interna en el
gasto público era muy elevada y, según cálculos del secretario del
Tesoro Salvador Camacho Roldán, estaban comprometidas para pago de la
deuda las dos terceras partes del presupuesto nacional. Por ello se
buscó un nuevo acuerdo, que dejara disponible para gastos internos una
parte mayor de las rentas, restableciera el crédito y lograra nuevos
recursos para impulsar la construcción de caminos y ferrocarriles, la
nueva fiebre del país.
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Salvador Camacho Roldán
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Felipe Pérez
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Cambiar la deuda externa por sal
El ministro Camacho Roldán propuso reemplazar la garantía del 37.5% de
los ingresos por aduanas por la cesión a perpetuidad de las salinas de
Zipaquirá, Nemocón, Tausa, Sesquilé y Gachetá, con "las de todas las
demás que se descubran (...) en un radio de 10 leguas a la redonda de la
plaza de Zipaquirá". Además, proponía reducir la deuda a un capital de
10 millones, a cambio de la mayor certeza en los pagos que el nuevo
arreglo generaría. La propuesta no fue aceptada por los acreedores
extranjeros, pero después de varias contrapropuestas se logró un nuevo
arreglo en 1873, negociado por Felipe Pérez durante la presidencia de
Manuel Murillo Toro. El arreglo reducía bruscamente el valor de la
deuda, que pasaba de 36 millones a 10, y dejaba la tasa de interés en el
4.5% anual.
Durante estos años los problemas fiscales siguieron vigentes y al
déficit del gobierno nacional era preciso añadir el de los diferentes
Estados. En esas condiciones, no sorprende que el servicio de la deuda
pactado en 1873 sólo se cumpliera religiosamente hasta marzo de 1879,
cuando la mala situación del tesoro, agravada por la reciente guerra de
1876-77, produjo una nueva suspensión de pagos.
Tal suspensión se mantuvo durante los años siguientes y en 1882 los
intereses atrasados sumaban ya $ 1.363.908. Para 1885 la crisis llegó a
tal punto, según Carlos Calderón Reyes, que el ministro del Tesoro,
"llegó a ser ultrajado por los pensionados a quienes no podía servirles
la exigua pensión con que, en muchos casos, se recompensa el martirio en
el servicio de la independencia nacional". A pesar de que algunos
impuestos aumentaron durante la Regeneración, la amenaza de crisis
fiscal no se redujo, y hacia 1894 llegó a tal punto que el gobierno de
Miguel Antonio Caro se vio obligado a proponer nuevos tributos: en 1895,
en desarrollo de esta política, introdujo impuestos a las exportaciones
de café, suspendidos después de una larga polémica en la que se le
enfrentó el representante liberal Rafael Uribe Uribe.
En 1896, el acuerdo Roldán-Passmore logró una reducción importante de
las obligaciones (la deuda vigente, junto con los intereses atrasados,
rebajados en un 50%, se consolidó en una sola y se bajó la tasa de
interés. Los pagos se reanudaron temporalmente, pero la guerra de los
Mil Días impidió seguir cumpliendo el acuerdo, y sólo a partir de 1905,
con el convenio Holguín-Avebury, se revitalizó el acuerdo anterior y se
crearon las bases para que Colombia recuperara, ya en el siglo XX, su
crédito internacional.
Por estos pactos, Colombia quedó con una deuda de poco más de 13
millones de pesos, que pagaba un interés del 3% anual y un 1.5% de
amortización: en total Colombia, quedaba pagando unos 600.000 pesos
anuales por servicio y amortización de la deuda, lo que sí estaba
finalmente dentro de las posibilidades fiscales del país. Al cumplir sus
obligaciones, Colombia logró otra vez acceso al crédito internacional,
que aumentó substancialmente durante las primeras décadas de nuestro
siglo.
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Manuel Murillo Toro
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Casi
un final feliz
El recuento anterior muestra cómo los dirigentes colombianos, en una
situación de estrechez de recursos, trataron de utilizar toda clase de
expedientes —rebaja de capital e intereses, cambio por activos como
tierras baldías y salinas, compras de papeles de deuda a precio de
mercado, etc.— para ajustar el servicio de la deuda a la capacidad
fiscal de la nación.
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Billete de los Estados Unidos de
Nueva Granada, años 60 del siglo XIX
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Billete del Banco de Bogotá, fines
del siglo XIX
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Billete del Banco Unión, de
Cartagena, fines del siglo XIX
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Los acuerdos logrados con los acreedores llevaron al pago de las
obligaciones sólo durante un breve periodo, a pesar de que los tenedores
extranjeros lograron garantizar el pago de la deuda con rentas
específicas como la aduana. Estos ingresos oscilaban a veces
bruscamente, según la situación del comercio exterior, y por otra parte
el gobierno tenía compromisos exagerados de gasto,-sobre todo por gastos
militares —derivados unos de las guerras de independencia y otros
surgidos por las sucesivas guerras civiles del siglo y por proyectos de
obras públicas—. Sólo a comienzos del siglo XX, con la pacificación del
país y el crecimiento económico sostenido a raíz del auge cafetero,
tuvieron los arreglos de deuda externa un final exitoso
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