|
El 24 de diciembre de 1876 fue inolvidable para los caleños, que vieron
ese día un saqueo general de la ciudad. Hubo innumerables muertos y
heridos, después de cinco días de enfrentamiento entre radicales y
conservadores.
Los hechos hicieron parte de las etapas finales de una guerra civil
iniciada a mediados del año, cuando los conservadores del Cauca y
Antioquia se rebelaron alegando la persecución religiosa y política del
gobierno radical. A nombre de la religión, y sobre todo de la enseñanza
religiosa en las escuelas, los conservadores trataron de derribar el
gobierno de don Aquileo Parra, pero sin mucho éxito: para fin de año el
gobierno tenía prácticamente ganada la guerra, que se decidió en los
campos vallecaucanos de Los Chancos, y que culminaría al rendirse el
gobierno antioqueño en Manizales, en mayo de 1877.
Cali había quedado durante la guerra bajo el control de los radicales, a
quienes se acusaba de perseguir a sus opositores con diferentes formas
de violencia, en una época conocida como del "perrero" probablemente por
el látigo que llevaba este nombre en la región. Las fuerzas del
gobierno, conformadas ante todo por 200 reclutas liberales, se agrupaban
en dos cuarteles, el de Santa Librada y la Casa Municipal, en cuya
planta baja estaban presos 80 conservadores.
Los incidentes comenzaron el 18 de diciembre, cuando los conservadores,
al mando del general Carlos Patiño, intentaron tomarse los cuarteles.
Los atacantes se dividieron en dos grupos, uno de los cuales, a cargo de
Avelino García, se apoderó de Santa Librada, mientras el otro, dirigido
por Patiño, se dirigió a la plaza principal, donde estaba la Casa
Municipal. El éxito fue inmediato y los rebeldes se adueñaron de los
cuarteles, lo que les permitió liberar a los detenidos y apoderarse de
un número considerable de armas de fuego, entre ellas cuatro piezas de
artillería. La sorpresa debió desempeñar un gran papel en el triunfo,
pues los sitiados apenas respondieron al ataque; los conservadores se
enorgullecían de que la acción sólo había producido dos víctimas: el
centinela de Santa Librada, conocido como el "mulato Sierra" y un tambor
de los liberales.
|
|
|
Familia del barrio San Nicolás, Carrera 5a. entre calles 19 y 20.
Cali 1886 diez años después de la toma de Cali.
|
General
David Peña.
|
El
jefe radical de la región, general David Peña, se enteró de lo sucedido
cuando iba a Cartago para incorporarse al grueso del ejército del
gobierno. Se dirigió entonces sin demora a Cali, y en el camino fue
engrosando sus fuerzas con hombres y mujeres de Tuluá, Buga y Palmira.
Cuando llegó a Cali tenía ya unos 2.000 seguidores, cargados con toda
clase de armas. Los conservadores alegaron siempre que las mujeres
tenían bateas, "armas muy a propósito cuando se trata de un saqueo",
para indicar que se planeaba el pillaje y que éste tenía la autorización
del general Peña.
Antes de entrar a la ciudad, el jefe radical envió un comisionado para
pedir a los insurrectos que se entregaran, ofreciéndoles un indulto
general, que ellos no aceptaron. Alrededor de las 5 a m. se oyeron los
primeros disparos. El general Patiño esperaba en el cementerio, en la
entrada norte de la ciudad. Otros de sus hombres custodiaban, en las
esquinas de la plaza, los cuatro cañones de los que se habían apoderado.
Pero el gran número de atacantes doblegó la resistencia conservadora,
que prácticamente desapareció hacia las 10 de la mañana.
A medida que los liberales se apoderaban de la ciudad, comenzó el
saqueo: durante tres días estuvo sometida a pillajes, asesinatos e
incendios, y a la destrucción de viviendas y enseres domésticos. Las
casas de los conservadores, por supuesto, fueron las primeras afectadas,
aunque algunos hogares liberales no escaparon al infortunio. En las
calles, los radicales gritaban "ĦAbajo los Borreros!", por ser esta
familia la principal representante de los conservadores. Se dice que el
general Peña vociferaba: "Muchachos, el triunfo es nuestro. Donde los
Olanos, Borreros y Velascos". El botín de la casa de Miguel Borrero
Piedrahíta, juez del circuito, fue significativo: numerosas cajas de
licores, lujosas vajillas de plata, servicios antiquísimos de porcelana,
riquísimas alhajas, incluidos 18 rosarios de oro y uno de perlas.
Muchos salvaron sus vidas escondiéndose entre los muebles, o lograron
huir por los solares buscando refugio en casas cercanas. Otros lograron
escapar por la solidaridad de sus vecinos, por encima de las diferencias
de filiación política. El día 26 el desorden amainó y los liberales
reasumieron su control habitual de la ciudad.
Prácticamente todo lo que sabemos de estos días proviene de las
narraciones de dos descendientes de los principales protagonistas.
Manuel Sinisterra, sobrino del general Carlos Patiño, escribió El 24 de
diciembre de 1876 en Cali, publicado en 1937, donde contrasta la actitud
pacífica de los conservadores con la violencia de los liberales. El año
siguiente el político Francisco Eladio Ramírez, nieto del general Peña,
dio a conocer una biografía de su abuelo, para desagraviarlo y responder
a las acusaciones de Sinisterra.
|
|
|
Portada de El Estado de Guerra,
de enero 9 de 1877,
en que se da cuenta de
la ocupación de Calí.
|
Carlos Patiño Velasco, general conservador, se hizo fuerte en la
Casa Municipal y liberó a 80 prisioneros políticos en la rebelión
contra los radicales.
|
Poco sabemos del general Patiño. Nacido en Palmira, alcanzó el grado de
general en las guerras civiles. Después de su derrota, logró escapar a
Buenaventura con trece compañeros, y en enero de 1877 emigró a Costa
Rica, donde permaneció hasta que los gobiernos conservadores ganaron
nuevamente el poder, durante la Regeneración, lo que le permitió
regresar a ocupar algunos cargos sin mucha importancia.
Del general Peña sabemos que nació en Cali en 1826, en una casona de El
Bayano, barrio popular de Cali. Su padre se ocupaba de diversos
negocios, principalmente de la producción de licores: era de familia
modesta, aunque con independencia económica. Estudió jurisprudencia en
el colegio de Santa Librada, y a los 24 años fue profesor del plantel;
primero enseñó matemáticas, luego filosofía y francés, y finalmente fue
rector. En 1848 ingresó a la Sociedad Democrática de la ciudad, invitado
por Juan Nepomuceno Conto, profesor también en Santa Librada. En 1867
fue su presidente y en 1868 fundó la Democrática de Palmira. En las
sociedades se destacó como excelente orador, campechano y sencillo. Uno
de los discursos que pronunció en la Sociedad Democrática es buen
ejemplo de su oratoria: "Muchachos: en estos momentos, todos estamos
obligados a ayudar a nuestro partido, con lo que podamos. Supongamos que
se trata de hacer una gran olla de sancocho. Pues bien; que el uno
traiga las tulpas para hacer el fogón; el otro el carbón, el otro la
olla; el otro la sal; el otro las yucas; el otro los aliños, y así,
hasta completar todos los elementos necesarios. Los que no tengan nada
que traer, esos, soplan". El discurso es semejante a uno de Jaime
Bateman publicado por Patricia Lara en Siembra vientos y recogerás
tempestades, lo que muestra lo poco que ha cambiado la retórica política
en el país. Con su participación en las democráticas, Peña logró una
gran popularidad, que según algunos se debía a su cercanía al pueblo y
según otros a la simple demagogia. Como dijo Santiago Eder, extranjero
radicado en el Valle, Peña "comandaba una gran fuerza y era inmensamente
popular entre el pueblo bajo, e indudablemente tenía sus buenas
cualidades, pero era ante todo un gran demagogo".
David Peña, en un siglo en que la política estuvo muy ligada a la
actividad militar, había iniciado su vida de soldado como sargento mayor
en 1860, y cinco años después era ya general de las milicias del Cauca.
Había participado en la toma de Bogotá en 1861, efectuada por Tomás
Cipriano de Mosquera, y actuó en la batalla de Los Chancos, en la que
los liberales caucanos derrotaron a los conservadores de Antioquia. Fue
también regidor del cabildo caleño en 1851, y entre 1860 y 1873, fue
juez municipal, secretario del Tribunal de Occidente, diputado y
presidente de la legislatura del Cauca, jefe municipal de Cali y
Palmira. Entre 1873 y 1875 fue designado a la presidencia del Estado del
Cauca, y como la mayoría de los políticos del siglo XIX, fue periodista:
dirigió La Matraca, La Voz Liberal y El Estandarte Liberal, periódicos
publicados en Cali.
|
Calle Central de Santiago de Cali,
a mediados del siglo pasado
|
Capilla de Nuestra señora de la Gracia y convento de Santa Librada,
donde funcionaba un cuartel militar en 1876
|
Peña
murió aún joven, en 1818, tras una penosa enfermedad, pero en medio de
gran popularidad. Más de seis mil personas lo acompañaron en su
entierro, costeado por la municipalidad, dada su condición de extrema
pobreza. En el funeral los discursos lo dibujaban como poseedor de un
tipo extraño, con una hermosa figura "árabe" y con un ímpetu
revolucionario jacobino y dogmático. Se le atribuía un gran heroísmo y
una generosidad sin límites: según su nieto, alguna vez se quitó el
vestido para darlo a un mendigo y en otra ocasión obsequió todo su
dinero a un antiguo soldado en estado de necesidad.
Aunque importante en el Valle, Peña nunca llegó a ser uno de los jefes
principales del liberalismo. Sin embargo, su carrera puede ilustrar un
proceso característico del siglo pasado. Nacido en un estrato bajo, la
educación y la participación militar le permitieron avanzar, y sus
habilidades periodísticas y oratorias le permitieron adquirir poder y
ascender socialmente. Otro hombre del pueblo, el "negro" Manuel María
Victoria, había prosperado así mismo por su habilidad militar, aunque no
se destacó como político.
Este proceso fue mucho más frecuente durante la época radical, cuando
hubo una mayor flexibilidad en la estructura social. Esto explica que un
hombre modesto y con rasgos definitivamente mulatos hubiera podido
llegar a ocupar tantos cargos importantes dentro de una sociedad
considerada como una de las más tradicionalistas, cerradas y racistas
del país. Y muestra cómo esta movilidad social se apoyaba a veces más en
la creación de redes de solidaridad local y en elementos de prestigio
político, que en los vínculos económicos, como se cree con frecuencia.
|