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MARQUEZ Y SANTANDER
Paralelismo y divergencias de dos fundadores de la República.
Por: Luis
Horacio López Domínguez
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Tomado de:
Revista
Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 45
Septiembre de 1993
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José Ignacio de
Márquez. Fotografía de Autor anónimo. Colección J.J.
Herrera Biblioteca Luis Angel Arango.
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Entre luces y sombras se han vinculado las figuras de Santander y Márquez en el
anecdotario bogotano de las rivalidades amorosas por Nicolasa Ibañez. Explicación un
tanto visceral de sus controvertidas imbricaciones en el curso de complejos procesos
políticos que compartieron ambos granadinos como hombres públicos, más allá de lo que
se piensa.
Por los años de 1792
en Villa del Rosario, en la frontera con la Capitanía de Venezuela, y 1793, en
Ramiriquí, nacen Francisco de Paula Santander y Umaña y José Ignacio de Márquez
Barreto. Entre plantaciones de cacao, aprendiendo las primeras letras castellanas y los
principios de latín, transcurre la niñez del primero. En un medio rural de pueblos de
indios y parroquia de blancos José Ignacio es iniciado por el cura del pueblo. Con el
apoyo de su tío materno ingresa en 1805 Francisco de Paula al Colegio Real de San
Bartolomé. Para su admisión allega la documentación que da prueba de legitimidad y de
limpieza de sangre y la ausencia de parientes que hubieran practicado "oficios
innobles o mecánicos". Vestirá la beca bartolina y será designado conciliario del
Colegio de San Bartolomé. El conciliario cucuteño rubricará la documentación de la
probanza de sangre del boyacense Márquez Barreto. Ambos habían nacido durante la
administración del virrey barcelonés José de Ezpeleta, en el reinado de Carlos IV.
Apenas un año largo los distancia, mas no así su muerte en la Bogotá republicana,
Santander a los 48 y Márquez a los 87. Márquez, presidente de la Nueva Granada, se
reconcilia con Santander y preside sus exequias. Como presidente de los Estados Unidos de
Colombia, el general Julián Trujillo acudirá al Cementerio Central a la inhumación del
ex presidente Márquez.
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Plaza principal
de Ramiriquí con el monumento a José Ignacio de Márquez.
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El 20 de julio de 1810,
a los provincianos internos bartolinos la revolución los conducirá por caminos
diferentes a lo largo de la década. Santander marchará, interrumpiendo sus estudios,
como abanderado en las tropas patriotas. Márquez, ajeno a los ajetreos militares, se
recibirá en 1813 como bachiller en Derecho y continuará su práctica forense de 48
meses; se someterá a exámenes de la Real Audiencia para litigar como abogado e
incursionar en la cátedra. Entre tanto, y bajo el mando de Bolívar, Santander ascenderá
en los ejércitos de Nueva Granada y Venezuela. Al mando de la vanguardia invadirá el
virreinato en la campaña libertadora de 1819. Compartiendo con Anzoátegui, jefe de la
retaguardia, los honores del triunfo de Boyacá y la liberación de la Nueva Granada, son
ascendidos por el Libertador a generales de División. Encarga a Santander del poder
ejecutivo y marcha a Venezuela, da cuenta de los triunfos al Congreso de Angostura y se
crea la unión de los pueblos granadino y venezolano.
Al Constituyente de
Cúcuta acude Márquez y, después de sucesivas y fatídicas designaciones de presidentes,
le corresponde presidir las sesiones del Congreso en que se debate el sistema centralista
y el federalista como proyectos políticos para la nueva república, por el año de 1821.
En el templo donde recibiera el bautismo Francisco de Paula, el presidente del Congreso de
Cúcuta José Ignacio de Márquez posesiona a Bolívar como presidente de Colombia y como
vicepresidente a Santander, triunfador sobre Nariño después de varias votaciones. En
1828, en Ocaña, la cuna de las Ibáñez, en el templo de San Francisco, presidirá la
Gran Convención, que marcó el principio del fin de los proyectos de integración
acuñados por Bolívar y Santander.
Tuvo que lidiar
Márquez con los generales granadinos y venezolanos; vivir en carne propia todos los
sucesos políticos durante su agitada vida burocrática en el período de 1820-1850:
alianzas, negociaciones, indultos, renuncias, viajes clandestinos, persecuciones,
ocupación de sus propiedades por la tropa, petición de ayuda al presidente Juan José
Flores de Ecuador para sofocar las rebeliones de las provincias del sur. Los antagonismos
entre el estamento militar y el civil estaban marcados por las actuaciones y mutuas
relaciones de los hombres de la independencia. No sobra retomar de la pluma del Libertador
su apreciación cuestionadora del papel de los jurisconsultos republicanos y de los
centros de educación como espacios de perversión política, en la hora de las
conspiraciones de 1828. La tradición recoge sus palabras en el camino de Honda hacia la
muerte: "Prefiero el destierro o la muerte a la deshonra de dejar mi gloria en manos
del Colegio de San Bartolomé", universidad que como "cubil de leguleyos"
ablandaba en la confusión al Estado en formación. Márquez y Santander, ex alumnos de
San Bartolomé, trazarían en los diez años siguientes a la muerte del Libertador una
huella secular en la forma de hacer política y de gobernar. En el fondo del discurso
escaso de Márquez y extensísimo de Santander es palpable la argumentación perenne de la
lealtad a la patria y el servicio a su independencia y libertad, bajo el régimen
constitucional y de observación de la ley y los derechos. Mentalidades racionalistas
penetradas por el código y la norma, la libertad y el derecho. Mentalidad legislativa.
El testamento político
de Márquez a sus conciudadanos fue redactado anticipadamente, a catorce años de su
muerte. Resonancia de las despedidas de Bolívar v Santander en sus lechos de muerte:
"Y ya que cercano a la tumba me dirijo acaso por última vez a mis compatriotas, me
aprovecharé de la ocasión para dar de nuevo las más rendidas gracias a la nación por
el cúmulo de honores con que por muy cerca de cuarenta años tan generosamente me
favoreció; honras tanto más gratas cuanto más espontáneas, porque yo jamás solicité
destinos, antes bien los renunciaba; ni ambicioné puestos, ni mendigué votos, ni traté
de captarme el aura popular [...] Y tanto más me linsojean, cuanto que sin bordados,
bandas, penachos y estrellas no me hacía notable por los ensangrentados laureles cogidos
en los campos de batalla, ni por esas proezas guerreras que publica estrepitoso el clarín
de la fama, que tanto deslumbran a los pueblos, ora salvajes, ora bárbaros, ora
civilizados. Simple ciudadano, la nación no podía ver en mí, para hacerme por tantos
años depositario de su alta confianza, sino mi acrisolada probidad, mi consagración
absoluta al desempeño de mis deberes, sin faltar a ellos por respetos humanos, aunque
perdiera el amigo, o me granjeara enemistades. Yo le serví con amplia lealtad, y jamás
me separé por malicia del sendero que me trazara la ley, de acuerdo con el interés del
público, sin tener en mira mis propios medros, sin arredrarme las censuras, buscando el
modo de servir así mejora mi patria". Evocativa síntesis de su trayectoria pública
y sus controvertidas actuaciones como mandatario. Débil para unos, moderado para otros.
Claudicante ante los generales de la guerra de los Supremos. Ensayó y multiplicó las
amnistías, los indultos y todos los intentos de apaciguar las sublevaciones. Denostado
tanto y más que Santander puesto que, ya ex presidente, aquél irrumpió como jefe de la
oposición parlamentaria. Mientras otros lo hacían en la calidad de sediciosos, como lo
señalara Mosquera.
Las tensiones sociales
fueron polarizando los bandos y amplificando los debates políticos y los intereses de
casta. La sucesión del general Santander en la Presidencia de la Nueva Granada con las
candidaturas de Vicente Azuero y del general José María Obando -preferido por Santander-
recayó en Márquez, el vicepresidente constitucional. Invocando imcompatibilidades,
cuestionó Santander su elección y entró por medio de La Bandera Nacional a instaurar la
oposición en la tradición republicana al gobierno de tumo. Los
"ministeriales", afectos al régimen de Márquez, respondieron desde la imprenta
con El Argos.
Cuando cerró ediciones
La Bandera Nacional, le siguió pronto El Argos, pues ya no había con quién pelear. Los
"doctrinarios" atizaron en torno a la instrucción pública y a los textos
utilitaristas leídos en las aulas, un debate que se prolongó hasta finales del siglo
XIX. La Católica, con la complacencia del nuncio papal, la emprende contra el arzobispo
de Bogotá Manuel José Mosquera. Los oficiales republicanos editan El Amigo del Pueblo
(Herrán y Mosquera, yerno y suegro). Se debatía sin fin por la legitimidad de la
oposición, ajena a la sedición. Entre tanto. Lorenzo María Lleras empezaba a agrupar
ideas en torno a las sociedades populares, la Democrática Republicana. Santander agobiaba
a la administración con memoriales y con petición de transcripción de documentos.
Márquez le encarga redactar un código militar que deja en 222 folios (recién
descubiertos por el general Jaime Duran Pombo en el caótico archivo del Congreso). Pero
duele a Santander ser perdedor (ante un Márquez que fue siempre ganador en las
designaciones presidenciales en el Congreso), en el año 1839 frente a Joaquín Mosquera
por la Presidencia. Ya Santander había metido mano en el proyecto de código penal que
Márquez redactara y que le correspondió sancionar en 1837 y estuvo vigente durante un
siglo, hasta 1938.
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José Ignacio de
Márquez. Fotografía de autor anónimo.
Museo Nacional, Bogotá.
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La guerra de
guerrillas, los alzamientos en Vélez, Casanare y Pasto, confunden al mandatario Márquez
a la mitad de su mandato. Indulto de Herrán a los sureños después de la batalla de
Buesaco. Luego vendría el indulto de Los Arboles, de Herrán a Obando; reinserción
fallida, abusos con los indultados de Vélez. En lo educativo, debe ceder a las presiones
para extirpar los textos de Jeremías Bentham de los estudios en los colegios
santanderinos. Los debates parlamentarios en torno al indulto vuelven a enfrentar ya no a
los hombres, sino a las administraciones Santander y Márquez. Santander inclinado al
indulto, al olvido de las corrientes de oposición. Ultimo ataque al ex presidente
Santander en la más cerrada de las agitaciones en su contra. Ha publicado Santander en
1837 sus Apuntamientos y dado la versión de los acontecimientos que protagonizara. Eladio
Urisarri le rebate en un conjunto panfletario de cartas, las "Cartas de los sin
cuenta". En marzo de 1840 el general Eusebio Borrero ataca desde el Senado a
Santander por su severo comportamiento frente a los conspiradores de 1833. Las crónicas
afirman que el debate precipitó la muerte de Santander. Lo cierto es que mientras se
sepultaba a Santander, Borrero, secretario del Interior, caía como sacrificio político
de Márquez a la reconciliación, y como catalizador del desagrado popular. Pero la muerte
de Santander no acalla al descontento popular. Nuevos focos de sublevación reaparecen por
el sur. Se precipita la crisis del gabinete. Los triunfos de los sublevados del oriente
andino hacen flaquear a la administración. Márquez emprende misión secreta hacia
Popayán en busca del ejército leal. Se multiplican los alzamientos y las escaramuzas.
Antiguos soldados de la independencia y oficiales encargados por la administración se
enfrentan al gobierno de Márquez. José María Reyes Patria y Juan José Neira,
coterráneos boyacenses, refulgirán en el escenario del conflicto. Neira entra a la
nómina de los héroes consagrados por Bogotá y Márquez ofrece un discurso fúnebre,
pieza de encendido sentimiento.
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Vajilla francesa
con las iniciales de Márquez.
Museo Nacional.
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Botones de
mancorna en marfil con su retrato, 1875. Museo Nacional.
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Estatua acéfala
de José Ignacio de Márquez en el destruido Palacio de Justicia de Bogotá.
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Buen trecho de la vida
pública y hogareña de Márquez transcurre en Bogotá y la Sabana. Incursiona hacia su
Boyacá natal en busca del escenario para su matrimonio con la hija menor del antes
marqués de Surba y Bonza, María Antonia del Castillo y Vargas. Había vivido unos meses
encargado de la administración política de la provincia de Tunja. Había sido rector de
la Universidad de Boyacá. Por el año de 1826 le había insinuado a Santander la
supresión de conventos en la provincia, para dedicar sus rentas a la instrucción
pública. Había pertenecido al Consejo de Estado y allí redactó su proyecto de código
de instrucción pública. A semejanza de Santander, una vez iniciada su vida de ex
presidente de la Nueva Granada continuó como parlamentario, por sucesivos períodos.
Le correspondió fallar
en el juicio contra el general Obando por traición a la patria en torno a los sucesos del
golpe de Meló, acogiendo la sentencia absolutoria, a pesar de las constantes deslealtades
y violaciones a indultos y perdones de Obando. Como rector de la Universidad Central (hoy
Universidad Nacional) había sido designado desde 1846 por el presidente José Hilario
López. Habría de terminar destituido a finales de 1849 por presiones estudiantiles que
exigían la supresión de ejercicios espirituales. Otro escándalo de tipo religioso
había sucedido durante su mandato, promovido por universitarios, en ceremonias de la
iglesia catedral. Ahora sería el debate religioso en torno a la reexpulsión de los
jesuítas el nuevo toque de la agitación política. Márquez desde el Senado apoyaba a
los eclesiásticos. Pero al fin se produjo el extrañamiento de la Compañía de Jesús.
Márquez se dirige al
exilio voluntario en Europa y viaja por Inglaterra y Francia. Su estadía supera el año y
retorna al país. A medida que envejece, va desdibujándose su figura en el panorama
político nacional. No padece del síndrome de abstinencia de los hombres que han
detentado el poder. Ajeno a los símbolos externos de la autoridad y del poder, ni
siquiera la Presidencia le hace modificar sus hábitos hogareños en su vivienda de la
Candelaria, en la calle 11. Confundieron los contemporáneos los movimientos involuntarios
de su cerviz, para opinar sobre la altivez del ciudadano Márquez. Estos gestos de
alzamiento de cabeza se acentúan; sus prácticas de ferviente católico le conducen
cotidianamente a la misa, que atiende de rodillas, al decir de sus biógrafos. Pero sus
últimos treinta años, o poco menos, transcurren en el ostracismo o el eclipse político:
"Encerrado en glacial reserva, con melancólica mirada interpelaba los desgraciados
sucesos que en ese tiempo tuvieron lugar. Sólo se acentuaba el movimiento convulsivo de
su cabeza". Quedaban lejanos los días en que se ensayó un movimiento armado para
impedir la posesión de Márquez, en 1837, como presidente constitucional, neutralizado
por los generales de la independencia Antonio Obando y Santander.
Los textos de historia
patria, ortodoxos o no, subrayan entre las ejecutorias de sus administraciones y en la
sanción de leyes del Congreso múltiples aspectos del quehacer económico y fiscal
(impuesto al tabaco, contabilidad nacional, proteccionismo), servicio militar por sorteo,
liquidación de deuda externa de la independencia... Pero más que los acartonados
títulos de "Cicerón de Colombia", "Presidente de casaca negra" y
"Togado leguleyo", como se le ha pretendido calificar, Márquez es el testimonio
de una vida dedicada a servir a las instituciones republicanas. Opacada su figura
histórica por el brillo de los mandatos de sus amigos generales de la República,
empezando por Santander. Márquez fue el único de los constituyentes del Congreso de
Cúcuta de 1821 que fue elegido a la Presidencia de la República; el exponente de una
generación letrada que, conviviendo y debatiéndose con los estamentos militares,
intentó un manejo jurídico de las tensiones políticas y de orden público, con una
voluntad de servicio incomparable. En la década de los años treinta, fue el sucesor de
Santander y primer presidente civil de la Nueva Granada, venciendo electoralmente a su
opositor, el general Obando.
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Tumba de
Márquez en el Cementerio Central de Bogotá.
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Epoca de controversias,
de contrarrevolución, de gestación del bipartidismo, aún sin estatuto orgánico. Fue
ésta la época de Santander y Márquez, y en los años sucesivos, un movimiento pendular
de tensiones, sublevaciones, guerras civiles. En fin, Márquez, como su condiscípulo
Santander, contribuyo en medio de sus detractores a afianzar el espacio político de la
controversia, en una dialéctica que se vuelve caprichosa y biliar en los entretelones de
la vida privada. Herederos ambos de una mentalidad legalista colonial, ensayaron fabricar
una estructura jurídica alternativa, con el lastre tricentenario de la vida colonial.
Hombres de provincia, marcados por la tierra y sus maestros, alternando en el empeño de
modelar una sociedad que hoy apenas identifica cómo comenzaron los procesos de formación
de la nacionalidad y la identidad de colombianos, en la América libre. Pocas huellas
reproduce en la memoria colectiva el país de estos personajes; para con Márquez más
tacaña que con Santander la historia nacional. Apenas si se levanta en su Ramiriquí
natal una estatua de factura francesa, del togado presidente. La otra estatua, la de la
Plaza Mayor, en el recinto del Palacio de Justicia, cayó decapitada en la toma y
destrucción. Allí también fue abatida la máxima santanderina: "Las armas os
dieron independencia, las leyes os darán libertad". Una condecoración del poder
Judicial lleva el nombre de Márquez para honrar a los herederos de la tradición
legalista. Llevan su nombre adicionalmente una provincia de Boyacá y algunos
establecimientos educativos y salones de instituciones del poder judicial. Pocos grabados
y óleos nos perpetúan su fisonomía, acentuados sus gestos, tornándolo huraño o
malhumorado. Ajenos, como él mismo dijo, a los penachos y casacas militares. Pero en la
mentalidad legalista del colombiano, aún se agitan elementos primigenios de la mentalidad
impulsada por el jurista y presidente Márquez. Patrimonio común de civiles, militares,
religiosos, agnósticos y masones. Fue una época de transiciones y de búsqueda de
opciones políticas.
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