María
de los Ángeles Cano Marquéz nació el 23 de
marzo de 1886 en Medellín, en un hogar de cuatro hermanos,
donde don Rodolfo su padre era educador. Su tío fue el
célebre Fidel Cano, fundador de El Espectador, y su sobrino
el emblemático cronista Luis Tejada. El contexto familiar
era espiritista en lo religioso, severo en lo educativo e imbuido
de ideas políticas y de un ambiente cultural, en que lecturas
y tertulias eran frecuentes, con asistencia de intelectuales como
Efe Gómez, Abel Farina, Miguel Agudelo, Horacio Franco
y Antonio J. Cano. La familia era de la estirpe del radicalismo
liberal y literariamente se frecuentaba a Víctor Hugo,
a Lamartine y a los grandes filósofos de la ilustración
francesa.
Miembro de esta familia de modesta clase media, María Cano
era hija de su tiempo y de su sociedad, que encontraron en su
espíritu inquieto y versátil una disposición
abierta a comprometerse en el mar bravío de las contradicciones
de época. Algunos hitos a señalar explican el desarrollo
de esta maravillosa Mujer y líder política del pueblo,
sin par en los anales de la historia republicana de Colombia.
Aún hoy día, de mayor participación de la
mujer en las lides políticas y laborales.
Su vida se inicia con el triunfo de la Regeneración, la
Constitución de 1886 y el Concordato de 1887. Un periodo
de contra reforma, intolerancia y persecución a los radicales
y disidentes. Comienza la dictadura del sable y la sotana. Lejos
están la paz y sosiego prometidas por los arquitectos del
nuevo régimen, Rafael Núñez y Miguel Antonio
Caro, dado que se dieron dos guerras civiles, la de 1885 y la
‘guerra larga’, la de los mil días, prólogo
a la perdida de Panamá en 1903.
En el contexto internacional se adelantan la revolución
mexicana, luchas antidictatoriales y antiimperialistas que buscan
contrariar el proceso de extensión del capitalismo bajo
los nuevos bríos de Estados Unidos. La primera guerra mundial
y sobre todo la revolución soviética de 1917 ejercerán
una influencia decisiva a escala planetaria sobre las aspiraciones
populares y de la clase obrera en formación.
La influencia de escritores como el uruguayo Rodó y el
mexicano Vasconcelos, al igual que la influyente presencia poética
de Gabriela Mistral, Alfonsina Storni, Juana de Ibarbourou y Delmira
Agostini van a calar decididamente en la vocación de María
Cano, quien se vinculó al Correo Liberal de Antioquia,
periódico democrático, y a la revista cultural Cyrano.
Su acento cultural la lleva a frecuentar la biblioteca departamental,
donde se convierte en lectora de los trabajadores que acudían
a escucharla, cada vez en forma más nutrida. De allí,
pasó a ser invitada a los barrios obreros de Medellín
y luego a los pueblos mineros de Antioquia. Con esta decisiva
relación, comienza su conciencia plena y práctica
con las luchas populares.
Se la distinguió como Flor del Trabajo, primero a escala
regional y luego del país, por el Tercer Congreso Obrero
Nacional, dándose a conocer como figura nacional en su
discurso por las libertades y contra la pena de muerte en Medellín,
en 1925, al lado del expresidente Carlos E Restrepo.
De esta manera la retrata su amigo, el memorialista y dirigente
obrero y revolucionario de primera
fila Ignacio Torres Giraldo:
“...permítaseme
hacer, a grandes trazos, la imagen de ella, estampa física
de cómo era en 1925. Tenía entonces -cosa que sabe
el lector- 38 años. Menudita, ágil y de bien distribuidas
formas. De talle fino y manos y pies pequeñitos, blanca
aperlada de cara ya marchita. Sus ojos castaño oscuro,
grandes para la talla -como así su boca-, miraban con recelo
pero se hacían melancólicos ante la cámara
fotográfica y dulces cuando trataba a los niños.
Su cabello -castaño como los ojos- entrecano, de común
alborotado como divisa de su fuerte inclinación a la bohemia
-contagio de la familia Tejada- que supo controlar eficazmente
en el periodo de agitación de masas. María no usaba
de ningún artificio de belleza facial ni en su talle el
clásico corsé o la faja que le venía a reemplazar,
con menos humos de señorío. Era negligente en el
vestir y en general carecía de gusto para elegir colores
y modelos de sus trajes”.
Este
mismo historiador popular completa el retrato así: “María
Cano, estampa de andaluza, menudita y vibrante, tenía voz
de contralto y actitud arrogante en la tribuna. Su extraordinaria
facilidad de palabra y su amplia cultura le permitían enriquecer
sus discursos de matices brillantes y elocuentes de contenido”.
La participación de María Cano en la vida de la
Confederación Obrera Nacional, CON, y en la fundación
del Partido Socialista Revolucionario, como partido popular, donde
tuvo destacado papel (1925), su compromiso en la propaganda de
las ideas socialistas, de apoyo a las huelgas del proletariado
minero, petrolero, del banano y otros sectores proyectan su carismática
y audaz personalidad al corazón y mente de miles de trabajadores,
contribuyendo con su acción a poner en jaque a la república
conservadora. La verdad histórica es que la acción
y el verbo de María Cano, el Partido Socialista Revolucionario
y la Confederación Obrera Nacional, al igual que las luchas
indígenas y estudiantiles fueron la clave para la derrota
de la hegemonía del régimen conservador.
Con el cambio de régimen y la decisiva transformación
del Partido Socialista Revolucionario en partido comunista de
estirpe estalinista, se dio la persecución a María
Cano y otros sectores partidarios. Había comenzado su ocaso
político y su marchitamiento personal.
La acción de masas, beligerante, sistemática, recorriendo
el país de cabo a rabo, constituyó su escenario
favorito, donde su personalidad adquirió gran brillo y
jerarquía simbólica, en medio de una pléyade
de dirigentes como Uribe Márquez, Mahecha y Torres Giraldo.
Era una aguerrida combatiente por el socialismo y los intereses
de las libertades. Las famosas giras políticas, la prisión
de siete meses, en 1929, su reconocimiento y liderato transcurren
en el intenso y al mismo tiempo breve lapso de siete años.
Antes fue el periodismo y la literatura, al final, empleada humilde
de la imprenta departamental de Antioquia. Siete años vividos
como apostolado revolucionario y cincuenta y tantos en el retiro
y el ostracismo, hasta su muerte el 27 de abril de 1967.
La importancia de María Cano se resume en este afortunado
concepto con el que Torres Giraldo concluye su bella biografía:
“María
Cano es la única mujer de Colombia y de América
que ha logrado encarnar, en un momento de la historia, toda la
angustia y los anhelos de un pueblo. De mar a mar y del macizo
andino del sur hasta la sierra nevada de Santa Marta, llevó
su voz, como campana de oro, despertando a las gentes del largo
sueño de la colonia española y del nuevo coloniaje
del imperialismo yanqui”.