Cuando pienso
en la mujer en el ámbito cultural una lluvia de nombres
pasan por mi mente, ilustres escritoras, artistas sensibles, bailarinas
y actrices talentosas que han entregado su tiempo con devoción
a profesiones duras, como son las artes escénicas, que
en la mayoría de los casos no compaginan con sus vidas
personales. Sin embargo, entre nombres de personajes famosos que
hicieron de los últimos cien años la época
de mayor protagonismo de la mujer, aparecen rostros anónimos,
imágenes de jóvenes y ancianas que de manera silenciosa
contribuyen día a día en la formación cultural
de su comunidad, que son el alma y nervio de la identidad cultural
de este país. Ellas no siempre figuran en los medios de
comunicación ni reciben importantes galardones internacionales,
pero son multiplicadoras de los valores, conocimientos y tradiciones
que dan cuenta de una riqueza cultural que, ya entrado el siglo
XXI, enfrenta múltiples amenazas.
A lo largo de mis recorridos por el país, he confirmado
que en Colombia no existe una única cultura nacional sino
diversas culturas que convergen y entretejen el sello de nuestra
identidad. Igualmente, he descartado aquellas visiones que hablan
de una cultura masculinizada que se opone a la cultura hecha por
y para mujeres. Creo más bien, que el valor de la mujer
en lo cultural desborda cualquier sesgo de género. Su presencia
sigue siendo determinante en los procesos culturales que han tenido
lugar en este último siglo y que sobreviven, con obvias
transformaciones, en este nuevo milenio.
Haciendo un poco de historia, encontramos que desde mediados del
siglo XIX, las mujeres colombianas en medio de las actividades
del hogar y la crianza de los hijos, desempeñaron un rol
decisivo en la conformación del núcleo familiar
y en la dirección moral de la sociedad colombiana de cara
a los grandes procesos de industrialización y de migración
hacia las ciudades que vendrían más adelante. Como
bien anota Patricia Londoño en un magnífico ensayo
titulado El ideal femenino del siglo XIX en Colombia, en nuestro
país, “ (...) como en el resto del mundo occidental,
durante la segunda mitad del siglo XIX se divulgó la idea
de que el sexo femenino era un ángel tutelar, colocado
al lado del hombre para guiarlo, consolarlo y fortalecerlo. Se
dijo una y otra vez, de parte de hombres y mujeres, que el progreso
moral de la sociedad dependía de ellas (...)” y se
les calificó como el “bello sexo”.
Desde luego, esta visión de la mujer sería solo
el principio de la lucha que durante el siglo XX llevó
a Colombia hacia un cambio mental e institucional que condujera
al reconocimiento de la igualdad jurídica y laboral. Y
aunque para muchos pasamos de ser ángeles a convertirnos
en demonios, esas conquistas declarativas, logradas tardíamente
en un país que se desvertebró políticamente
por cuenta de la violencia y la desigualdad social, están
todavía por afianzarse en todos los estamentos de la sociedad.
Todo esto, llevado al enorme y complejo escenario de la cultura,
significa que los grandes aportes de la mujer durante el siglo
XX no se agotan en la esfera de la creación artística,
y por el contrario, la hacen partícipe en la transformación
de los valores, las simbologías, las instituciones, las
leyes y las tradiciones de la sociedad colombiana. Además
de celebrar que las mujeres tengan hoy un lugar de privilegio
en la literatura, el cine o la ciencia, creo que tienen sobre
sus hombros enormes responsabilidades en otros escenarios igualmente
importantes para la cultura: de un lado, preservando y reinventando
las tradiciones, saberes y oficios que han transmitido de generación
en generación; de otro, propiciando la construcción
de una cultura política en la que puedan ejercer plenos
derechos y libertades. Y no menos importante, guiando en calidad
de madres y esposas, la edificación de nuevos hogares y
la educación de nuevos colombianos en un siglo en el que
las nuevas tecnologías y la velocidad de la información,
nos arrojan hacia una impredecible revolución cultural.
En este contexto, de sociedades culturalmente reclutadas por las
grandes industrias del entretenimiento, es frecuente caer en lo
que podríamos llamar, la “exotización”
de las mujeres campesinas, negras o indígenas, como una
manera de discriminarlas positivamente y disimular el aislamiento
cultural al que se ven enfrentadas día a día. Sabemos
que gracias a ellas, se mantienen vivos los cantos tradicionales
en el Caribe colombiano, y que la figura de la partera en el Pacífico
desempeña un papel determinante en las culturas de esta
región. Sabemos también, que esa diversidad cultural
que abarca saberes y tradiciones, es la mejor garantía
de supervivencia para algunas técnicas artesanales de recolección
y confección que aún se conservan en municipios
de Boyacá y Tolima. Lo que no siempre advertimos, son las
difíciles condiciones en que esa diversidad lucha por su
subsistencia en escenarios de violencia y pobreza. Así
las cosas, es tan preocupante la realidad de las mujeres embera,
expuestas a permanentes hostigamientos contra su identidad cultural,
como la de aquellas mujeres urbanas, víctimas de maltratos
físicos y morales que les impiden el libre acceso a la
educación, al trabajo o al conocimiento. La cultura, entonces,
entendida como un derecho inherente a la persona y a los grupos
humanos, no está definida solamente en función de
quienes la engrandecen con su talento y sensibilidad sino de quienes
se deleitan en ella, educan a sus hijos con cantos e historias,
disfrutan de las fiestas tradicionales, hacen uso de sus conocimientos
artesanales y sirven de público indispensable para artistas
e intelectuales.
El siglo XX, en conclusión, reivindicó a la mujer
como pilar de la sociedad colombiana. A ella volvemos para enaltecer
la familia, institución que en el caso particular de Antioquia
y Santander, fue semilla de grandes imperios económicos,
o, como sucede en las costas del Caribe y el Pacífico,
acunó las más renombradas generaciones de músicos
y compositores. Pero también, para darle su lugar como
multiplicadora de saberes, como portadora de tradiciones, como
educadora innata, como líder comunal y consejera espiritual.
La mujer ha preservado y transformado directamente la cultura
narrando sus propias historias, compartiendo su propia sensibilidad,
internacionalizando su creatividad y ocupando los más altos
puestos en el mundo laboral.
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