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EL MITO DEL BOSQUE PRIMARIO
Antes que españoles y antioqueños, ya los quimbayas habían colonizado.
Por: Julio
Carrizosa Umaña
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Tomado de:
Revista
Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 33
Septiembre de 1992
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La conmemoración del V Centenario ha motivado la revisión de mitos: entre ellos el de la
virginidad de la naturaleza americana precolombina. La existencia en América de bosques
primarios intocados por el hombre o perfectamente protegidos por los indígenas
precolombinos ha sido parte de la doctrina ecológica y sustento de las políticas
conservacionistas más ortodoxas, pero parece apoyarse más en la subjetividad de los
observadores europeos que en datos comprobables.
Las nuevas visiones del
estado de la naturaleza americana antes de Colón se fundamentan en tres conjuntos de
investigaciones recientes: el modelaje de las cadenas demográfico-migratorias que se
iniciaron en Bering, la "datación" por el carbono de asentamientos humanos
descubiertos recientemente en Brasil y la consiguiente revaluación de la población total
del hemisferio. Los modelos de migraciones han demostrado que es posible que pequeños
grupos de cazadores dieran origen a poblaciones de varios millones de habitantes a lo
largo de las tres Américas; las dataciones agregaron alrededor de 20 mil años a la
presencia del hombre en América del Sur y las estimaciones de la población total se han
elevado a cifras fluctuantes entre 50 y 100 millones de habitantes (la séptima parte de
la población actual).
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El río Caquetá
frente al puerto de Descanse.
Acuarela de Manuel María Paz, 1857.
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Si esto es cierto, cabe
preguntar cuál fue el área necesaria para proporcionar alimento, vivienda y vestido a
una población de ese tamaño, aislada del resto del planeta y, como lo confirman los
primeros cronistas, gozando de buena salud y calidad de vida. En el caso del territorio
colombiano, uno de los más favorables para la vida primitiva por sus condiciones
ecológicas, una población de cinco millones de habitantes, dotada de técnicas
agropecuarias muy simples, necesitaría un área semejante o mayor a la que se utilizaba
al final del siglo XIX. Si, como parece probable, esta población fuera sensiblemente
mayor a la promedio del continente, debido a la mayor humedad y a la fertilidad de las
tierras, el terreno utilizado en agricultura, cacería y asentamientos humanos puede haber
sido semejante a la totalidad del área deforestada en la actualidad; esta probabilidad
hace clara la importancia de adelantar estudios sobre el tema.
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Vista del río
Meta desde Orocué,
provincia de Casanare, 1856.
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Progreso,
romanticismo, materialismo y virginidad
Como todo nuevo
paradigma, estas ideas deben primero explicar la aceptación de las anteriores. ¿Por qué
se creyó en el predominio del bosque primario a pesar de que los primeros cronistas
documentaban la existencia de grandes cultivos y hombres tan abundantes "como
moscas"? La explicación parece tener mucho que ver con la ideología de los
inmigrantes que llegaron tardíamente a América, cuando ya habían desaparecido casi
totalmente los cultivos indígenas. La gente que llegó durante el siglo XVIII,
53 mil personas según Sánchez Albornoz, que tuvo una influencia extraordinaria en todas
las actividades coloniales, fue sorprendida por la magnitud de la vegetación, sin saber
que ésta había crecido durante los dos siglos anteriores, cubriendo los lugares donde
había fracasado la tecnología agropecuaria europea, o donde la aparición del paludismo
había obligado el desplazamiento de los indígenas sobrevivientes. De esa sorpresa
inicial, los hijos del iluminismo pasaron a construir modelos de explicativos coincidentes
con las ideas de progreso y de racionalismo científico que, coherentemente con la visión
lineal de la historia, minimizaban las formas culturales y las técnicas precolombinas.
En el siglo XIX,
racionalismo y romanticismo se aliaron para construir el paradigma en el que se
simplificaba la historia americana, reduciéndola a la confrontación del buen salvaje,
protector de la naturaleza, con el europeo portador de la ciencia y la tecnología capaces
de transformarla. Posteriormente, el materialismo histórico otorgó visos de
verosimilitud al modelo, enmarcando a América en sus esquemas economicistas universales.
Fue necesario el replanteamiento actual de la validez de estas ideologías, para destruir
el modelo que tenía raíces múltiples en el pensamiento de Voltaire, Rousseau y Marx y
que se reforzaba con la lectura iluminada de los cronistas, olvidando que algunos de ellos
escribieron de oídas o presionados por los intereses de quienes necesitaban ocultar la
magnitud del descenso demográfico de los primeros 50 años o para justificar la actitud
feudal de los "beneméritos".
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Indias sálivas
del Casanare, bailando.
Acuarela de Manuel María Paz, 1856.
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La relectura de Pedro
Cieza de León, uno de los pocos cronistas de Indias que caminaron al lado de los
conquistadores, proporciona indicios válidos para la construcción de un nuevo paradigma
sobre la naturaleza precolombina en el territorio de lo que hoy es Colombia. En especial,
son importantes las numerosas descripciones que hace Cieza sobre el valle inferior del
Cauca cuando acompañaba a las avanzadas del mariscal Robledo que a principios del siglo
XVI penetraron desde Urabá hasta el cañón del río. Los estudiosos de la
historiografía de Indias tienen opiniones divergentes sobre los textos de Cieza; mientras
unos lo incluyen entre los ilusos que exageraron la magnitud de las civilizaciones
precolombinas, otros lo clasifican como uno de los cronistas más objetivos y realistas.
La calidad y claridad de sus textos facilitan la lectura e inducen su aceptación como
documento histórico de lo que podría denominarse la colonización quimbaya de la cuenca
del Cauca.
En efecto, el cronista
distingue claramente entre la situación casi virgen del bosque húmedo tropical de Urabá
(con excelente descripción de la diversidad de su fauna y flora) y el
"desarrollo" -difícil emplear otra palabra- que encuentra en las vertientes del
Cauca, en donde cada población está rodeada de huertos y sementeras irrigados por
complejas redes de acueductos construidos con guaduas. A lo largo de su recorrido por el
valle, predominan las descripciones detalladas de lo construido por el hombre sobre las
imágenes de la naturaleza, la cual aparece nuevamente vigorosa en las partes planas
cercanas a Cali, en donde Cieza se sorprende por los extensos guaduales, plenos de
serpientes y felinos.
Indios de
Pancitará e indios del Puracé en la provincia de Popayán.
Acuarelas de Manuel María Paz, 1853.
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Si las vertientes del
Cauca habían sido cultivadas por los indígenas precolombinos, ¿de dónde surge el mito
del descuaje decimonónico de la selva quindiana? Entre las descripciones de Cieza y las
de los primeros viajeros por el Quindío hay un vacío de casi dos siglos y medio, periodo
que incluye los años terribles inmediatamente posteriores a la entrada de las primeras
expediciones europeas, años que se caracterizan en toda América por el descenso agudo de
la población indígena, debido tanto a las epidemias como a la tensión cultural, a la
confrontación armada y el consecuente servilismo. El mismo Cieza proporciona una
descripción escalofriante de las primeras secuencias de la tragedia, cuando el jefe
Nutibara se cuelga de un árbol para evitarse a sí mismo el horror de contemplar a los
europeos.
Caben, sin embargo,
otras preguntas: ¿por qué los castellanos no ocuparon las poblaciones de las vertientes
del Cauca, como lo hicieron con tantos otros asentamientos indígenas?, ¿por qué
permitieron que la selva creciera durante 250 años en esas laderas húmedas fertilizadas
con cenizas volcánicas? Probablemente cuando se estudie en detalle esta incógnita, la
respuesta estará ligada a la precariedad de las tecnologías agropecuarias y sanitarias
de la Corona. Así, los castellanos fueron incapaces de sobrevivir en donde habían
prosperado los quimbayas.
Esta visión de una
colonización quimbaya tan próspera como la que desarrollaron los antioqueños del
novecientos es coherente con lo poco que se sabe y lo mucho que dejaron estos pueblos y
sus vecinos de la cuenca del Cauca. Es difícil explicar la abundancia y la belleza
estética de la cerámica y la orfebrería del Cauca precolombino sin la existencia de una
multitud de artistas sostenidos por una sociedad madura, suficientemente alimentada y
alejada de lo que hoy llamamos pobreza.
Paradójicamente, la
brillantez y los significativos resultados económicos de la colonización antioqueña
pueden haber contribuido a opacar la historia precolombina del Cauca. La hazaña del
descuajador de selvas decimonónico que crea un nuevo país de la nada se hace más
dramática si se ha ejecutado sobre el vacío humano de la selva primaria y su importancia
histórica disminuye si lo que se hizo fue tumbar la selva secundaria para sembrar
nuevamente en los huertos quimbayas, pero, para consuelo de sus panegiristas, si existe
una conciencia de culpa ecológica del antioqueño, ésta puede disminuir al compartirla
con los descendientes de los caminantes de Bering.
Indios
macaguajes e indios andaquíes sacando pita en Descanse, Caquetá.
Acuarelas de Manuel María Paz, 1857.
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Análisis semejantes
podrían hacerse de otras porciones del territorio de lo que hoy es Colombia.
Investigaciones arqueológicas recientes han demostrado el intenso uso agrícola de zonas
que considerábamos vírgenes como la Sierra Nevada de Santa Marta y el complejo
desarrollo agrícola-piscícola del valle del Sinú, que a principios del XIX estaba
cubierto de selva densa. La "tierra abastecida, donde se ve gente vestida", que
describió Juan de Castellanos entre Vélez y Bogotá, aparecía cubierta de vegetación
silvestre cuando pasó un visitador real cuarenta años después.
En otros países las
investigaciones están desmontando el mito del bosque primario: la población precolombina
de México se estima ahora en 25 millones, un poco más de un tercio de la actual, y se
han encontrado textos del siglo XVI que ordenan la averiguación sobre tierras "que
hay baldías", para su repartimiento a los indígenas, interesante indicio de su
escasez.
En Colombia, después
de los análisis de la población de la altiplanicie cundiboyacense que hizo Germán
Colmenares, casi nada se ha publicado al respecto y convendría una recopilación y un
análisis de las investigaciones sobre población y medio ambiente que condujeran a
aclarar cuestiones tan complejas como la relación entre los sistemas de cultivo
multiestrata y el uso de la tierra en la ladera de los Andes húmedos, la horticultura en
la selva amazónica, la utilización del bosque magdalénico como territorio de caza y
proveedor de materia prima, la localización de los cultivos de algodón y, en general, la
transformación de la naturaleza durante los primeros 30 mil y más años.
BIBLIOGRAFIA
CARRIZOSA, JULIO.
"La ecología". En: El libro grande de Colombia. Bogotá, Círculo de
Lectores. 1983.
CARRIZOSA, JULIO.
"Desarrollo sostenible en los ecosistemas cafeteros". Revista
Iberoamericana, (Madrid, 1987.)
MEBEGUE, MARGARITA.
"La destrucción del señorío indígena y la formación de la República de
Indios en la Nueva España". En: HERACLIO BONILLA (Ed.). El sistema colonial en
la América española. Barcelona. Crítica, 1991.
MORNER, MAGNUS. "La
crisis colonial en Mesoamérica y los Andes, problemática metodológica comparativa".
En: El sistema colonial en la América española. Obra citada.
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