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LA COLOMBIA INDIGENA DEL SIGLO XVI
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Las sociedades del
altiplano y de los llanos articulaban un heterogéneo sistema de interrelaciones.
Por: Carl
Henrik Langebaek Rueda
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Tomado de:
Revista
Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 33
Septiembre de 1992
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Cuando, a principios del siglo XVI, los conquistadores europeos comenzaron a explorar la
costa norte de lo que hoy es Colombia, e incluso las costas de la cuenca del Caribe en
general, buscaban oro y esclavos para sus plantaciones en La Española. Para ellos, estas
costas estaban ocupadas por multitud de sociedades primitivas, guerreras y sanguinarias,
con las cuales incluso los indígenas de la isla caribeña podían ser comparados
favorablemente. Pero a medida que los contactos entre los indígenas de la llamada Tierra
Firme y los españoles se profundizaron, esta imagen cambió por completo.
La Tierra Firme daba,
en efecto, la impresión de estar ocupada por la más disparatada variedad de gentes.
Desde sociedades "atrasadas" y "crueles" hasta comunidades que estaban
organizadas más "al modo español", es decir, en las que unos líderes
políticos tenían prerrogativas especiales, lucían prendas espectaculares y tenían
grandes poderes políticos y económicos. Desde luego, las sorpresas más grandes en este
sentido las darían las conquistas de Perú y México, pero incluso en el territorio
colombiano las diferencias entre comunidades indígenas difícilmente se podían pasar por
alto.
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Agustín Codazzi
en una ranchería a orillas del río Meta,
Provincia de Casanare, 1856.
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Esas diferencias eran claras para los europeos que conquistaron el centro de Colombia. Y
son tan evidentes, que incluso en el siglo XVI autores como Tomás López realizaron
intentos de clasificación de las sociedades indígenas de acuerdo con su grado de
centralización política y organización económica. Durante los últimos años, sin
embargo, estos contrastes han sido ignorados. Los arqueólogos, con notables excepciones,
han temido comparar resultados de investigaciones provenientes de diferentes regiones,
porque en las universidades se les ha enseñado que esto, de alguna manera, es asumir que
unas sociedades son "mejores" que otras. Por eso resulta más fácil limitarse a
comparar objetos de cerámica o de oro sin ir más allá. Al público general, por su
parte, siempre es fácil impresionarlo con la imagen de los "indios" que, al fin
y al cabo, hoy como ayer, y en cualquier parte, son lo mismo: ejemplo inmutable de la
tradición, la permanencia y la sabiduría.
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Indios
correguajes del Caquetá, Indios guahibos de Casanare
e indios de las márgenes del río Tapaje, Provincia de Barbacoas.
Acuarelas de Manuel María Paz, 1856 y 1853.
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El hecho, sin embargo,
es que si la situación política, étnica y cultural de las sociedades que encontraron
los españoles en Colombia se tuviera que describir en pocas palabras, tendríamos que
acudir a la vieja expresión de la "colcha de retazos". No había
"indios", por cuanto este término se acuñó en el siglo XVI y servía
simplemente para llamar a cualquiera que no fuera de origen europeo o africano. Existía,
en contraste, una amplia gama de sociedades, muy distintas entre sí, algunas de las
cuales se encontraban en constante competencia por el acceso a recursos; unas eran
grandes, otras pequeñas; algunas estaban organizadas en comunidades relativamente
igualitarias, mientras que en otras los derechos de nacimiento otorgaban ciertos
privilegios especiales; unas dependían de la caza, la pesca o la recolección; otras, de
la agricultura intensiva; algunas estaban adaptadas a las condiciones de los Andes, otras,
a la explotación de la selva húmeda tropical. En fin, muchas "Colombias", o
mejor, "Precolombias", coexistían unas al lado de las otras y no siempre en
feliz armonía.
Los arqueólogos
denominan "cacicazgos" a la generalidad de las sociedades que encontraron los
españoles en Colombia. Este término sirve para describir una amplia variedad de
sociedades que no estaban organizadas en Estados divididos en clases sociales, ni
comunidades completamente igualitarias, sin mayores diferencias que las que se pueden
señalar por sexo y edad. Cómo surgieron esos cacicazgos es aún cuestión de viva
polémica entre los especialistas, pero parece que la adopción del cultivo intensivo del
maíz tiene mucho que ver. Desde el inicio del poblamiento, es decir, desde hace unos doce
mil años, los habitantes precolombinos del territorio vivieron de la caza, la
recolección y la pesca. Hace cinco siglos, algunas sociedades del litoral caribe
empezaron a dar cada día un mayor énfasis al aprovechamiento de plantas, y ese proceso
culminó con la domesticación de la yuca y su cultivo. El maíz, una planta originaria de
México, se conocía ya desde las primeras fases de ocupación humana, pero no era
importante. Alrededor de los inicios de la Era cristiana, el grano empezó a adquirir cada
vez mayor importancia, y en el siglo XVI las sociedades más complejas lo tenían como un
renglón muy importante de su vida diaria, mientras que muchos cacicazgos menos complejos
le daban una importancia más marginal.
Esta diversidad de
niveles de organización económica y política -producto o no de la importancia del
cultivo intensivo del maíz- debió de ser en todo caso un verdadero rompecabezas para los
conquistadores. Pero para los arqueólogos resulta un fascinante campo de estudio. A
través de la comparación de esas organizaciones podemos llegar a comprender mejor cómo
se desarrollaron los cacicazgos, en qué se sustentaba el poder de los caciques, cuál era
la relación entre la base económica y el desarrollo de jerarquías sociales. Más aún,
podemos llegar a conocer en detalle cómo se articulaban sociedades tan disímiles, no
sólo mediante la guerra sino también mediante prácticas de intercambio.
Para dar una idea de
las relaciones entre sociedades con grado de desarrollo desigual, podemos tomar el ejemplo
de los muiscas del altiplano cundiboyacense y sus vecinos de los Llanos Orientales. La
comunidad de los muiscas, al lado de las comunidades de la Sierra Nevada de Santa Marta y
de los laches del Cocuy, era uno de los cacicazgos en que el desarrollo de jerarquías
políticas fue más claro a ojos de los españoles del siglo XVI. Las comunidades de los
Llanos, por su parte, son un claro ejemplo de comunidades relativamente igualitarias -y
por lo tanto "primitivas"- que encontraron los hispanos en algunas partes de
Colombia. La gran mayoría de las sociedades que ocupaban el territorio se encontraba de
alguna manera en una situación intermedia entre los muiscas y las comunidades del
piedemonte.
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Indios de
Coconuco en la provincia de Popayán.
Acuarela de Manuel María Paz, 1853.
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Los muiscas ocupaban el
altiplano cundiboyacense desde por lo menos el siglo VII DC. Investigaciones
arqueológicas permiten saber que desde esa época vivieron en las partes más fértiles,
libres del problema de inundación de los valles fríos. Hacia el siglo XI o XII la
población muisca aumentó considerablemente, a la vez que surgieron aldeas grandes que
tenían control sobre otras más pequeñas. La economía muisca se basaba en el cultivo
intensivo de maíz, aunque desde luego productos como la papa, la yuca y otros también
eran importantes. Poco antes de la llegada de los españoles, algunos caciques se hicieron
más importantes que otros y dieron inicio a guerras de expansión territorial. Así,
cuando Gonzalo Jiménez de Quesada llegó al altiplano, encontró que el poder político
de los caciques de Bogotá, Tunja, Duitama y Sogamoso superaba claramente al de los
demás. Sus dominios eran extensos y su prestigio enorme, si bien subsistían muchos
caciques independientes y muchos de sus caciques tributarios tenían un margen de acción
independiente considerable.
En el piedemonte
llanero la situación era muy distinta. La densidad poblacional era relativamente baja y
el poder de los caciques mucho más limitado. Cada cacicazgo era independiente; había,
desde luego, aldeas más grandes que otras, y el prestigio de ciertos políticos era mayor
que el de otros, pero ninguna comunidad ejercía un claro y permanente dominio sobre otra.
Algunas tenían una economía basada en el cultivo de maíz, pero para muchas otras la
yuca constituía la base de la economía, complementada con actividades de caza y pesca.
Las comunidades de piedemonte vivían en constante conflicto por acceso a las tierras más
fértiles, cotos de caza y pesca.
¿Cómo interactuaban
las comunidades muiscas con las del Llano? A primera vista se podría plantear que el
contraste de los dos ambientes habría llevado al fortalecimiento de activas redes de
alimentos. Sin embargo, los documentos de archivo sugieren que tanto las comunidades de
las tierras altas como las del piedemonte trataban de ser autosuficientes en la
producción de alimentos. Los muiscas tenían parcelas de maíz y otros alimentos en
tierra templada, al lado de bohíos que ocupaban por temporadas. Así las cosas, había
poca necesidad de intercambiar comida con los grupos de las tierras bajas.
En cambio, el
piedemonte era la región que abastecía a los muiscas de materias primas, particularmente
algodón para tejer mantas, y artículos exóticos. El algodón también se producía en
algunas cantidades en la tierra templada controlada por los muiscas, pero aparentemente no
en cantidad suficiente para abastecer la gran demanda en el altiplano. Una vez en manos de
los caciques muiscas, el algodón pasaba a especialistas tejedores que producían textiles
suficientes para abastecer la demanda local y, además, llevar algunas mantas al
piedemonte para cambiar por más algodón. Esta es la típica división del trabajo entre
sociedades con distinto grado del desarrollo de la especialización. Las unas abastecen de
materias primas, que requieren poca especialización para su producción, las otras se
encargan de intercambiar productos con un valor agregado alto, en un sistema de
producción económica altamente especializado. Pero había más que eso: se puede hablar
también de un contenido ideológico en esas relaciones entre tierras altas y tierras
bajas. El piedemonte era considerado por los muiscas como fuente de artículos exóticos
cargados de un rico contenido simbólico. Las tierras bajas proveían, en efecto, de monos
destinados al sacrificio, plumas de aves tropicales, drogas narcóticas, particularmente
yopo, que los chamanes usaban en sus trances alucinatorios, cueros de felino y toda una
gama de productos destinados a abastecer las necesidades de los especialistas religiosos
de las tierras frías. Y no sólo se trataba de los bienes exóticos, sino también de
toda una gama de conocimiento esotérico. Los chamanes muiscas reclamaban la capacidad de
convertirse en felinos de las tierras bajas en sus alucinaciones inducidas por drogas del
piedemonte. Exhibían y se enorgullecían de poseer bienes ajenos a su propio entorno, y
con ello recreaban la imagen de seres poco comunes, hábiles manipuladores del contacto
con los "primitivos" de las tierras bajas.
Sociedades
"desarrolladas" como la muisca, y comunidades "primitivas" como las
del piedemonte estaban articuladas por redes asimétricas de intercambio tanto en
términos económicos como ideológicos. Las diferencias en organización económica
nutrían aún más el desarrollo de especialistas artesanales en el altiplano y
reproducían las condiciones de proveedores de materias primas y consumidores de
artículos terminados en los grupos del piedemonte. Pero también se daba la división
típica de este tipo de relaciones, en la cual las sociedades menos desarrolladas empiezan
a ser pensadas como fuente de conocimientos esotéricos -de "sabiduría"
ancestral- que de alguna manera las sociedades más complejas "pierden" en
algún momento de su desarrollo.
Sería ilusorio, desde
luego, considerar a estas condiciones como explotación y mucho más llegar a utilizar
esquemas capitalistas para entenderlas. Pero se trataba de un mundo profundamente
desigual, articulado sí, pero en términos asimétricos. Los españoles encontraron esos
mundos diferentes coexistiendo en muchas partes del territorio. Productos de una larga
historia precolombina llena de contrastes, líneas de evolución social divergentes y
contradictorias, las sociedades precolombinas del territorio constituyen lo que con un
grave exceso de imaginación la gente llama "Colombia precolombina".
BIBLIOGRAFIA
LANGEBAEK RUEDA, CARL
HENRIK. "Highland Center and Lowland Periphery in 16th Century Eastern
Colombia". Research in Economic Anthropology, 13 (1991), pp. 325-340.
REICHEL-DOLMATOFF,
GERARDO. El chamán y el jaguar. México: Fondo de Cultura Económica, 1978.
TAUSSIG, MICHAEL. Shamanism,
Colonialism and the Wild Man: A Study in Terror and Healing. Chicago: University of
Chicago Press, 1989.
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