COMENZANDO el siglo XIX, los colegios universitarios
para varones existentes en la capital del
país eran el Colegio Seminario de
San Bartolomé, el Colegio Mayor de
Nuestra Señora del Rosario y el Colegio-Universidad
de Santo Tomás. Las mujeres no recibían
educación universitaria pero existía
el Colegio de la Enseñanza, donde
las niñas eran educadas para ser
amas de casa. Dichas instituciones estaban
reservadas para la elite de la sociedad
y es sabido que para entrar a dichos claustros
se exigían certificados de nobleza
y limpieza de sangre.
Así,
en 1800 unos jóvenes de apellido
Lombana aspiraban a ingresar al Colegio
de San Bartolomé, pero el Rector
y Claustro se opusieron rotundamente, ya
que consideraban que dichos jóvenes
carecían de las condiciones sociales
para ser admitidos, con los siguientes argumentos:
“Pero intentar un absurdo tan temerario
como el de recibir miembros de clases diferentes,
no es otra cosa que preparar en los jóvenes
un pernicioso espíritu de igualdad
subversión colocándoles juntos...¿Sería
el ánimo de Su Majestad confundir
a los hijos de sus Ministros entre el número
de los plebeyos e inferiores? ¿Sería
la intención de esos generosos vasallos
propinar la enseñanza a sus distinguidas
familias en un Colegio de confusión,
y de horror donde ni por el traje, ni por
el ejercicio, ni por otra alguna señal,
se distinguiese el noble del plebeyo, el
superior del inferior el joven bien nacido
del mozo que tuvo su cuna en la medianía
del estado llano, o en la oscuridad de la
plebe?"1.
Después de la independencia de España
el rector de San Bartolomé preguntó
al gobierno: “Si en virtud de la igualdad
civil que gozan los ciudadanos, debo admitir
indistintamente a toda clase de personas
a la investidura de la beca. O si entendiéndose
esta respecto de la ley deben permanecer
las constituciones en su vigor y fuerza,
exigiendo los documentos, y cualidades que
ellas previenen”.
El
19 de mayo de 1820, el Ejecutivo, por intermedio
del Ministro del Interior, ratificó
que los colegios tenían que exigir
la presentación de informaciones,
pues las constituciones establecidas en
cada institución seguían vigentes.2 Llama la atención que el gobierno
republicano proclamara la igualdad entre
los ciudadanos, pero que a la hora de la
verdad no permitiera que los jóvenes
de las clases bajas ingresaran en los colegios
como alumnos internos.
Los
estudios que se ofrecían a los hombres
eran la filosofía, la teología,
la medicina y la jurisprudencia, gozando
del mayor prestigio esta última.
Las mujeres, futuras consortes de los hombres
que pertenecían a la elite de la
sociedad, se tenían que conformar
con recibir una educación mediocre.
Les enseñaban a leer, escribir y
contar, así como algunas palabras
del idioma francés, dibujo, música
vocal e instrumental, religión, principios
de moral y economía doméstica,
complementada esta última con labores
como costura, bordados de cama y mantelería,
entre otras.
En
1832 el gobierno estableció en Bogotá
el Colegio de la Merced para niñas,
pues era “un deber del gobierno fomentar
la educación de las jóvenes,
la cual tiene una grande influencia sobre
la felicidad social”,3 como rezaba el decreto. En dicho colegio
vivían cuantas niñas internas
permitía la capacidad del edificio,
y las externas no pasaban de veinte. La
edad de ingreso era de seis años
y la de egreso de catorce; en ningún
caso podían sobrepasarse dichas edades.
Se les enseñaban las materias propias
del sexo femenino ya descritas y por ningún
motivo tendrían acceso a los estudios
de filosofía, teología, medicina
o jurisprudencia.
Los
hombres comenzaban las carreras universitarias
a los catorce años, edad a la que
las niñas ya habían completado
los estudios. Mientras los hombres estudiaban,
matemáticas y física, a las
niñas se les enseñaba a contar.
Cuando los hombres estudiaban teología
dogmática o moral, las niñas
estudiaban religión. En fin, la cirugía,
la patología, la anatomía,
el derecho civil, el derecho de gentes o
la economía política, equivalían
en los colegios de niñas a las clases
de tejido en dos agujas, crochet, bordado
en punto de cruz, macramé, hiladillos,
encaje de aguja, o bordado en realce.
Cuando se creó la Universidad Central
en 1826, el gobierno se adueñó
de las cátedras de los colegios de
San Bartolomé y el Rosario, que eran
costeadas con sus propias rentas y se dictaban
dentro sus claustros de manera independiente.
Esa situación se dio ante la dificultad
que tenía el Estado para cubrir los
elevados costos que implicaba impartir educación
universitaria gratuitamente, como lo había
proclamado en la ley general de instrucción
pública. Por otra parte, el director
de instrucción pública distribuyó
las cátedras en ambos colegios sin
tener en cuenta los horarios y reglamentos
propios de cada institución lo cual
fue caótico, pues los colegiales
internos tenían que salir a la calle
para asistir a clases en el otro colegio.
Mientras los rosaristas estaban desayunando,
tenían que haber estado tomando una
clase en San Bartolomé o, por el
contrario, cuando los bartolinos debían
ir al Rosario, el horario interno les imponía
el rezo. Los rectores elevaron una queja
al gobierno en los siguientes términos:
“Desde
las siete de la mañana hasta las
seis de la tarde han de estar dichos colegiales
entrando y saliendo de sus colegios. Que
desorden! En el Rosario de siete a ocho
han de oír misa y desayunarse: en
el de San Bartolomé a las once y
media se les llama al refectorio: en el
del Rosario a la una apenas se acaba este:
en los dos a horas de estudio y paso por
mañana y tarde, y las clases son
a las siete, a las nueve, a las once, a
la una y por la tarde. Ni nosotros ni nuestros
vicerrectores y pasantes podemos distribuir
unas horas de estudio para unos y otras
para otros , ni reservar lo que han de comer
unos y otras para otros, ni reservar lo
que han de comer aquellos que están
en la clase a las once y media, a las doce
y a la una. Esto haría más
insufrible que lo que por sí es el
destino que ocupamos, y los jóvenes
fatigados con la asistencia de las clases
tampoco podrían cumplir con exactitud
la distribución interior”.4 Esa situación duró poco tiempo
ya que el presidente Simón Bolívar
determinó que el horario para los
dos colegios sería el mismo y estableció
que los rectores de ambas instituciones
serían en lo sucesivo vicerrectores
de la universidad estatal, turnándose
por bienios, de tal manera que tenían
el poder de castigar a los estudiantes de
los dos colegios cuando incurrieran en faltas.5
Pero
realmente con las cátedras de los
antiguos colegios no se cubría adecuadamente
la enseñanza de la clase privilegiada
y es por ello que el gobierno permitió
y promovió la creación de
colegios cuyas cátedras serían
costeadas por individuos particulares, “para
la enseñanza pública”,
cuyo prospecto fue publicado en la Gaceta
de Colombia, número 286. A partir
de 1827 se crearon algunos colegios, entre
los cuales se pueden destacar la Primera
Casa de Educación, fundada por José
María Triana;6 la Segunda Casa de Educación; el
Colegio del Espíritu Santo, fundado
por Lorenzo María Lleras; el Colegio
de San Buenaventura, creado por Luis M.
Silvestre, y el Colegio de Ricardo Carrasquilla.
El uniforme de los nuevos establecimientos
lo constituían trajes elegantes;
por ejemplo, el del colegio del Espíritu
Santo era “frac y pantalón
de paño azul oscuro y chaleco de
piqué blanco, todo con botones de
metal dorado, guantes blancos de cabritilla,
sombrero de copa; en cada solapa, el frac
llevaba una paloma bordada de plata”.7 De otra parte, el uniforme que utilizaban
los colegiales de los antiguos colegios
era la “hopa” de color negro
con la beca encima; los rosaristas la usaban
blanca, los bartolinos roja y los tomistas
azul.
Para
estar a tono con la época y la moda
de los nuevos colegios, el rector del Rosario
propuso que la hopa fuera reemplazada por
“casaca, chaleco, calzón y
sombrero negro y corbata blanca; todo conforme
lo usa el común de los ciudadanos”.
En lugar de la beca blanca, “llevarán
además como distintivo una faja de
raso blanco de cuatro dedos de ancha terciada
por debajo de la casaca del hombro izquierdo.
Hacia abajo del brazo derecho y en la mitad
de ella el antiguo escudo del colegio”.
El sombrero que reemplazaría el antiguo
bonete llevaría “al lado derecho
pisada con la cinta de este, una escarapela
de cinta blanca del tamaño de, la
superficie de un peso fuerte”. Dicho
uniforme estaría más a tono
con los alumnos de la cátedra de
matemáticas de la escuela militar
que había sido instalada en el Rosario.
Sin embargo los consiliarios se opusieron,
alegando que la hopa les daba la compostura
y respetabilidad necesaria cuando salían
a la calle, y que además los estatutos
del colegio exigían el uso de dicho
ropaje.8
Los
estudiantes internos tenían que cancelar
ochenta pesos para vivir dentro de los claustros.
En los colegios de hombres la pensión
se pagaba en dos contados que se denominaban
“tercios”. Con las reformas
santanderinas se elevó la pensión
a cien pesos para que los estudiantes pudieran
recibir un pan extra por las noches. Sin
embargo, el Ejecutivo, preocupado porque
los alumnos tomaban un desayuno muy pobre,
consultó sobre la posibilidad de
aumentar un poco más la pensión
para que se les dieran dos panes al desayuno,
lo cual no resultó viable pues se
hubiera tenido que cobrar ciento treinta
pesos por pensión lo que era insostenible
para los padres de familias numerosas. Según
el informe presentado por uno de los rectores,
algunos jóvenes recibían barras
de chocolate que les enviaban de sus casa
en provincia, y añadió que
“no son pocos los que economizan los
panes que da el colegio para tener con que
tomar el chocolate”.9 Dichas barras de chocolate extras ayudaban
a complementar la deficiente alimentación,
cuyo menú era más o menos
el siguiente: “para el almuerzo un
plato de sopa o su equivalente, frito con
huevo, una taza de café con leche,
o en su lugar una jícara de chocolate.
En la comida un plato de sopa, puchero o
equivalente, un principio y dulce. En el
refresco un pocillo de chocolate, con un
biscochito y queso y dulce de almíbar
en cada una de estas comidas se dará
un pan de retorita para cada uno, y además
el jueves en la comida se servirá
un plato de postre y el viernes en cada
semana fruta”.10
Era
costumbre que los estudiantes fueran castigados
con la mayor severidad ante la menor muestra
de indisciplina, de desacato o falta de
respeto con sus superiores. Por faltar un
día al colegio sin justa causa se
podían recibir de tres a seis azotes
y por indisciplinas menores se podían
emplear todos los castigos, “incluso
el persuasivo y de dolor”, como eran
las palmetas. Otra forma de castigar era
el cepo, el cual consistía en un
cuarto oscuro sin ventanas, en donde se
encerraba a los estudiantes, a pan y agua,
uno o varios días, dependiendo la
gravedad de la falta cometida. Con estos
castigos se creía que los jóvenes
iban a ser hombres de bien. No obstante,
José María Cordovez Moure,
en sus Reminicencias, dejó registrado
cómo los estudiantes se aventuraban
a cometer pilatunas aun a costa del castigo
que recibirían. La mayor proeza consistía
en escaparse del dormitorio por la noche
amarrando una cuerda fuerte a una pata de
la cama y bajando por la ventana para pasar
la noche fuera del claustro. Al otro día
ingresaban al colegio con los alumnos externos.
Cuando el colegial era pillado, se hacía
acreedor a la pena de azotes, lo cual anunciaba
el catedrático en el salón
de clases y, en ese momento, el joven precavido
“echaba con disimulo mano a la cartuchera,
sacaba el consabido cabo de vela de sebo,
envuelto en cebolla colorada, y presuroso
se daba frotación en las partes que
iban a quedar expuestas a los golpes del
enemigo”. Finalizada la azotaína,
el adolorido y lloroso joven se sentaba
en su puesto para escuchar el sermón
del catedrático sobre el castigo
que acababa de infligir y que debía
servir como ejemplo para futuros infractores.11
En
1825 el catedrático de derecho canónico
del Colegio Mayor del Rosario, el doctor
Tomás Tenorio y Carvajal, debido
a su mal estado de salud no pudo presidir
unos exámenes llamados “sabatinas”,
los cuales se realizaban los sábados
en la noche, y nombró en su reemplazo
al doctor y sacerdote doctor José
María Botero. Dicho catedrático
trataba con arrogancia y desprecio a los
alumnos, motivo por el cual el estudiante
Manuel Cañarete le envió una
carta al rector en la que le suplicaba que
nombrara a otro catedrático en lugar
del doctor Botero, pues “él
acostumbra a no dejar hablar al estudiante
y además estoy persuadido de que
lejos de favorecerme con algunas razones,
se empeñará antes, en destruir
las que así me puedan ocurrir sobre
las condiciones de la última proposición”.
Dos meses después, el doctor Botero
resolvió instalarse a vivir en el
colegio, alegando que tenía pleno
derecho por estar desempeñando el
cargo de pasante. El rector y canónigo
de la catedral de Bogotá, doctor
Juan Fernández de Sotomayor, convino
en ello, ofreciéndole “ración
doble, y en parte sencilla”, excluyendo
la época de asuetos. Sin embargo
el rector no se imaginaba el problema que
se había creado.
La
verdadera intención del pasante Botero,
al instalarse a vivir en el Colegio Mayor,
era combatir al rector Fernández
pues según él se dedicaba
a “proteger a los masones y liberales”,
lo cual habría traído la ruina
del claustro rosarista. El pasante Botero
se dedicó a acusar al rector ante
la dirección de instrucción
pública y la secretaría del
interior, alegando que no se le había
dado la comida ofrecida y que el rector
les permitía a los alumnos que le
faltaran permanentemente al respeto.
El
rector, por su parte, informó a las
autoridades que en las clases Botero, “después
de declamar media hora contra los masones,
se contrae en omitir o combatir las doctrinas
por ejemplo de Lackis o Cavalario que no
son conformes a sus ideas”, textos
que eran de obligatoria enseñanza
por disposición gubernamental. Además,
“que le oyeron en las de público
sobre la prohibición de ligas y hermandades
hacer un elogio irónico de los masones,
por su utilidad y conveniencia fundándolo
entre otras razones que sería muy
difuso referir, en que se toleraban por
el gobierno”.
Como
los estudiantes detestaban al doctor Botero
se aprovecharon de la situación y
se dedicaron a hacerle toda clase de maldades
con la anuencia del rector, según
informó el agraviado: “...observé,
que no lo movían las quejas que le
daba, de que los estudiantes me impedían
leer, yendo a jugar a los tejos en un corredor
que está al pie de las ventanas de
mi pieza: habiendo otros muchos lugares
donde podrían hacerlo”...”
que han adornado la mampara de mi pieza
con letreros, que ni se ven, ni se sufrirían
en los cuarteles: que se han divertido ya
escondiéndome el caballo, ya robándoselo,
ya sacándolo de la caballeriza, y
maltratándolo con carreras”...
“ellos llenan de gallos el Colegio:
ellos los colocan a la mayor proximidad
posible de mi cuarto, siendo autorizados
para esto por el Rector”... “ellos
se reúnen en gran número;
y van a mis puertas repetidas veces a imitar
los gallos, y los perros” .12
Respecto
de los estudiantes es fácil imaginar
la felicidad que les debió proporcionar,
contar con la aprobación secreta
del rector para combatir al odiado catedrático,
quien fue destituido, pues no solamente
estaba combatiendo al rector sino al Presidente,
que también era masón.
Las
anteriores situaciones constituyen un reflejo
de lo que era la vida estudiantil en la
Bogotá del siglo XIX, que por un
lado intentaba modernizarse pero que por
el otro aun conservaba en su interior el
legado del sistema educativo implantado
por España desde el siglo XVII.