Acodado sobre la barandilla de un barco de pasajeros,
el bogotano Nicolás Tanco Armero
atisbaba a través de la niebla tratando
de descubrir la difuminada silueta del puerto
de Hong Kong.
Corría
el año de 1855 y en su pecho se agolpaban
emociones contradictorias; por una parte
se sentía más solo y más
lejos que nunca de su hogar, y por otra
experimentaba gran emoción al hallarse
a punto de desembarcar en la tierra más
remota, en el reino más legendario.
Llegaba a las puertas del Celeste Imperio
o de la fabulosa Catay, como se la llamaba
antiguamente.
De
pronto la niebla se abrió y Nicolás
pudo ver una escena que para él fue
similar a una acuarela: Así lo registrará
en su diario: “El puerto de Hong Kong
es hermoso y se halla cubierto de buques
de todas partes del mundo, que vienen cargados
de artículos extranjeros y regresan
llevando el rico té, o las magníficas
sederías, o las preciosas curiosidades
del Imperio Chino”.
¿Qué
lo condujo tan lejos de su patria en una
época tan remota en que China apenas
empezaba a tener contacto con el extranjero?
Por una parte fueron los avatares de la
política y por otro su gran curiosidad
y su afán de aventuras.
Nicolás,
nacido en 1830 en el seno de una familia
acomodada, era hijo de don Diego Nicolás
Tanco, quien se desempeñara en 1827
como ministro de hacienda del Libertador.
El niño recibió una esmerada
educación, en parte costeada por
su hermano Mariano: hizo sus primeros estudios
en Nueva York y los continuó en el
Colegio de Santa Bárbara, en París,
ciudad donde luego sería discípulo
del economista Blanqui, quien lo trató
más como amigo que como alumno.
De
regreso a Colombia fue uno de los primeros
en afiliarse al Partido Conservador y participó
en los encendidos debates de la época.
En el curso de uno de éstos, lanzó
duras críticas al gobierno de José
Hilario López, lo cual le valió
una orden de arresto. Estuvo preso por espacio
de tres meses, tras los cuales decidió
expatriarse voluntariamente ¿hacia
dónde? ¡Hacia donde saliera
el primer barco!
Su
viaje se inició en noviembre de 1851.
El buque partió de Cartagena hacia
La Habana, y ésta fue la primera
escala de un viaje que habría de
prolongarse por varios años. Una
vez en Cuba, donde no conocía a nadie,
Nicolás de 21 años, encontró
empleo como maestro en una escuela donde
enseñó matemáticas
e incluso publicó un tratado de aritmética.
Pasados algunos meses fue contratado para
administrar un ingenio azucarero.
Se
discutía en Cuba por aquel entonces,
el reemplazar la mano de obra de origen
africano que laboraba en las plantaciones
de caña, por otra de origen asiático.
En esa época coolies o peones chinos
estaban siendo contratados para trabajar
en los ferrocarriles de California, Panamá
y Perú. Los inversionistas cubanos
optaron por fomentar esa inmigración
y como Nicolás era soltero, culto
y dinámico, entre copas de brandy
y aromas de tabaco, le propusieron encargarse
de la agencia en China. El joven bogotano,
quien siempre había disfrutado con
los viajes, aceptó de inmediato.
En
febrero de 1855 partió de La Habana.
En su periplo hará escalas en los
Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Malta,
Egipto y Ceilán, antes de llegar
a Hong Kong, la puerta de China, a donde
finalmente hizo su arribo el 25 de junio
de 1855.
La
isla era administrada por Inglaterra desde
1842, a consecuencia de la Primera Guerra
del Opio. Esta se libró entre 1839
y 1842, con motivo de haber intentado el
gobierno chino impedir a los comerciantes
ingleses la introducción y venta
de esa droga, a lo cual el gobierno británico
haciendo causa común con los suyos,
envió una fuerza naval que tras varios
combates obligó a los chinos a abrir
5 de sus puertos al comercio extranjero,
además de entregarles la isla de
Hong Kong.
Nicolás,
quien ha de revelarse como un viajero valeroso
además de culto e inquieto, será
un testigo de excepción de lo que
ocurra en aquellas tierras a partir de 1855.
Lleva un diario en que va anotando sus experiencias
y observaciones, el cual más tarde
ha de publicar en Europa.
Sus
primeras descripciones de China se refieren
al puerto de Hong Kong, donde muy pocos
extranjeros vivían aún; ingleses
en su mayoría, unos cuantos españoles,
el cónsul de Chile –que era
el único latinoamericano– y
un grupo de hermanas de la caridad, cuya
labor nuestro viajero describe en forma
muy elogiosa.
El
comercio del opio estaba en su apogeo. Así
lo registra Nicolás: “fuente
de riqueza para la India y los especuladores
ingleses; varias líneas de magníficos
vapores conducen constantemente de Calcuta
todo el opio a Hong Kong, donde residen
las dos casas fuertes que tienen casi monopolizado
este horrible negocio. Allí lo reciben
los comerciantes que lo embarcan en ‘buques
anfioneros’ y lo distribuyen luego
por toda la costa”.
“Las
leyes del Imperio Chino prohiben este infame
comercio; su introducción, por consiguiente
es ilegal o lo que llaman contrabando; y
los especuladores de profesión no
pueden merecer otro nombre sino el de contrabandistas,
por no darles el de envenenadores. El lento
y sistemático atosigamiento, el embrutecimiento
de 400 millones de habitantes del imperio
mayor del mundo, sólo por engrosar
las arcas de viles especuladores, es un
hecho que no ha llamado suficientemente
la atención de los amantes de la
humanidad en occidente”.
Amoy
Luego
de Hong Kong, Nicolás pasó
al puerto de Amoy, situado unas 200 millas
al norte. Esta ciudad, a pesar de su comercio
muy activo, no lo impresionó favorablemente.
En cuanto a sus construcciones, escribe,
“la monotonía es la que prevalece
por todas partes”. Sus barriadas le
parecieron espantosas, sus calles sucias,
estrechas y descuidadas. Su presencia, por
otra parte, causó gran impacto entre
los habitantes, muchos de los cuales jamás
habían visto de cerca un extranjero.
En
Amoy, una concepción eurocéntrica
de la arquitectura le lleva a escribir:
“Los chinos no tienen la menor idea
de aquellos majestuosos edificios levantados
por los cristianos para adorar al Altísimo,
y sus pagodas nada de imponente ofrecen.
Construidas generalmente en el corazón
de alguna montaña, en los sitios
más pintorescos, por su aspecto exterior
más parecen quintas de recreo, lugares
donde puede extasiarse el poeta, que templos
para entregarse el religioso a la meditación
y a sus plegarias”.
Pero
se va sintiendo atraído por ellas.
“Durante mi permanencia en Amoy, nunca
dejé de visitar las pagodas un solo
día y de convertirlas en mi paseo
favorito”. En ellas se sentaba a reflexionar
e incluso escribió buena parte de
su libro.
Estando
en Amoy fue invitado a cenar a la casa de
un rico mandarín. El menú
fue para él extraordinario: sopa
de tortuga, plato de nido (que cree es el
excremento de un pájaro y que describe
como “sustancia muy alimenticia y
fuerte”), sopa de aletas de tiburón,
otro guiso de tortuga, después otro
de patitas “especie de gelatina, y
así sucesivamente uno tras otro,
todos alimentos fuertísimos y preparados
con el mismo estilo”.
Luego
el mandarín le mostró sus
obras de arte, “un museo bellísimo
de un valor portentoso, y que ningún
rey en Europa puede ostentar en sus alcázares
o palacios”. Allí había
antiguas porcelanas, figuras trabajadas
en piedra de jabón, cuadros labrados
en madera de alcanfor, preciosos objetos
de concha nácar e inimitables obras
de marfil. Tras despedirlo, el mandarín
lo hizo conducir a su casa en una magnífica
silla de manos.
Nicolás
también describe el sistema político
y administrativo del país, señalando
al respecto: “Lo más notable
en la legislación china es ese vasto
sistema de solidaridad que hace que cada
súbdito del Imperio salga garante
por la conducta de su vecino, pariente,
superior o inferior, y particularmente los
funcionarios públicos. Así,
los parientes de quienes hayan cometido
un crimen, serán castigados también.
Especialmente el delito de alta traición”.
Ello constituye una forma de control social
“que repugna a todo cristiano y liberal;
y sin embargo, nada más lógico,
nada más natural en China. ¿Por
qué otros medios podría sostenerse
la unidad política de tantos millones
de hombres y de este decrépito Imperio?”.
Por
otra parte, anota: “el vigor de la
pena contra un funcionario está en
razón indirecta de la categoría
que ocupe”. Así, un empleado
puede ser condenado a muerte “por
el inocente descuido de haber sellado mal
un oficio”. Los castigos van desde
los golpes de caña a las ejecuciones.
“Es increíble –comenta–
el inmenso número de ejecuciones
que tiene lugar en China (...) en Cantón
solamente en el año de 1856, le cortaron
la cabeza a más de 180.000 infelices!”
Respecto
al incipiente proceso de evangelización
del país, describe en Hong Kong la
abnegada labor de las hermanas de la caridad,
y en Amoy la de los misioneros dominicos
españoles. Vivían pobremente,
administrando los sacramentos, educando
a los niños en escuelas fundadas
por ellos mismos y auxiliando a los moribundos.
En referencia a su valor, anota: “es
España una nación intrépida”.
El
viajero colombiano se interesa por los más
diversos temas y podría decirse tiene
mirada de sociólogo. Comenta: “La
mujer china finca su orgullo en el pie,
y desde niña lo lleva en tortura
para hacerlo cuanto más chico puede”.
En contraste, “la mujer nuestra hace
consistir su orgullo en la cintura, en el
talle delgado, que se estrecha con corsés
desde la infancia (...) Nuestras mujeres
usan brazaletes en las muñecas, las
chinas en los tobillos”.
Y
refiere que, al menos en esa zona, eran
las mujeres quienes se encargaban de los
más pesados oficios. “Si es
en las calles ¿qué es lo que
vemos? Las mujeres ocupadas en todas las
faenas y labores más pesadas, lo
mismo que en los ríos remando en
los botes con los chiquillos atados a las
espaldas, mientras que la parte masculina
de la población se halla holgando,
con su abanico en la mano, o bien deleitándose
en fumar su pipa de opio”.
Para
los chinos, “la piedad filial es la
virtud fundamental. Ser patriota o buen
ciudadano, es para ellos simplemente ser
buen hijo. El Emperador es la encarnación
viva de este gran principio. Es el padre
de una inmensa familia compuesta por más
de 400 millones de hijos”.
De
Amoy a Hong Kong y a Macao
En
la primavera de 1856 salió de Amoy
para Hong Kong a donde llegó el 15
de mayo. Allí -anota- en todo sentido
la vida era mejor. Los ingleses tenían
una fuerte presencia y las costumbres occidentales
permeaban la isla. La población de
ésta ascendía a 72.607 habitantes,
de los cuales tan solo 840 eran europeos.
Le llamó la atención “la
población china flotante que vive
en la bahía de Hong Kong en sus botecillos
y embarcaciones y que se calcula asciende
a 5.000 almas”.
De
Honk Kong nuestro curioso viajero pasó,
en junio de 1856, al cercano puerto de Macao,
controlado por los portugueses. Describe
la bella entrada de esa bahía enmarcada
por dos castillos sobre una hermosa vegetación
y sobre cuyos muros se veía tremolar
la bandera portuguesa. Ciudad con cúpulas
al estilo occidental y torres de iglesias,
Macao fue cedida a los portugueses en 1580
en retribución de haber librado las
costas de un pirata que las asolaba. Era
una pacífica ciudad pero ya muy decadente,
“el comercio ha desaparecido y todo
revela una miseria muy grande en la ciudad
(...) la yerba crece en las plazas y calles;
todo en fin, indica una ciudad sin industria,
sin vida: la parte de la población
portuguesa es sumamente perezosa, no piensa
más que en frivolidades” mientras
que “el macaense no hace más
que vegetar”.
Allí
tuvo la oportunidad de visitar el bosque
y la gruta donde vivió el famoso
poeta Luis de Camoens, y escribió
su célebre poema ‘Las Luisiadas’.
Una
aventura en el interior del país
Tras
permanecer 3 meses en Macao, regresó
a Hong Kong donde sólo estuvo un
día, pues siguió hacia el
puerto de Fu-Tchéu, en donde debía
despachar un grupo de coolies hacia La Habana.
El sinólogo Juvenal Infante acota
“A los inmigrantes chinos se les llamaba
burlonamente ‘macacos’, porque
buena parte de ellos provenía del
puerto de Macao, y ‘coolí’,
sin advertir que el vocablo proviene de
la lengua hindú y que significa trabajador
golondrino”. Luego de enviar un grupo
de estos hacia América en la fragata
Challenge, Tanco Armero quiso realizar una
excursión al interior del país,
para conocer las bellezas del campo chino.
Pero
como había peligro para los extranjeros,
optó por seguir el consejo de un
misionero protestante, M. Burns, quien le
propuso acompañarlo y que fueran
disfrazados de chinos. Así los dos
amigos, tomaron un junco que los condujo
varios kilómetros río arriba
y luego saltaron a tierra.
Al
internarse en el campo, se admira de la
laboriosidad de sus gentes: “no vimos
un palmo de tierra que no estuviese cultivado.
A cada paso no se encuentran más
que sementeras, praderas, huertas y jardines:
por todas partes se ve al labrador y a sus
niños ya arando el terreno valiéndose
del búfalo, ya llevando sobre sus
hombros el abono, ya con el azadón
en la mano: jamás se ve un hombre
ocioso, siempre están entregados
a la faena agrícola (...) No creo
que haya país del mundo donde los
canales y sistemas de cultivo de toda especie
se hayan puesto en planta tan generalmente.
Si el suelo o terreno fuera estéril,
estoy seguro que el trabajo tan asiduo del
hombre lo haría producir”.
La
excursión prosigue atravesando distintos
pueblos. En una escuela anotó: “La
difusión de los rudimentos que constituyen
la educación primaria es admirable
y acaso no haya otro país, si se
exceptúan los Estados Unidos de Norteamérica,
en que se halle tan generalizada”.
Cuando
los amigos emprenden el regreso a Fu-Tchéu,
a su paso encuentran a las gentes muy alborotadas
y amenazadoras; siendo de anotar que sus
disfraces no les sirvieron para engañar
a nadie. Al pasar por un pueblo fueron atacados
por una turba. Nicolás disparó
entonces su pistola, hiriendo a dos y haciendo
escapar a los otros, pero una muchedumbre
les cayó encima y aprisionados fueron
conducidos ante el mandarín del pueblo.
Éste los envió al virrey de
Fu-Tcheu, quien por suerte los entregó
al cónsul inglés que a su
vez los puso en libertad.
“Esto
pasó a fines de octubre de 1856 y
al poco tiempo supimos que en Cantón
habían comenzado las hostilidades
entre ingleses y chinos”.
La
segunda guerra del opio
Tanco
partió de Fu-Tchéu hacia Amoy
en una goleta anfionera de las que hacían
el tráfico de opio; y una vez en
Amoy despachó dos nuevos buques de
colonos asiáticos hacia Cuba. Luego
regreso a Hong Kong, donde todo lo encontró
cambiado. Muchos comerciantes de Cantón
habían llegado huyendo del conflicto.
De día se escuchaba el redoble de
tambor y de noche el ruido de patrullas
recorriendo la isla. Eran patentes el miedo
y la incertidumbre.
¿Qué
había ocurrido? Explica Juvenal Infante:
“el 8 de octubre de 1856, oficiales
de la guardia imperial de los Qing (la dinastía
reinante) abordaron un barco de propietarios
chinos que había sido matriculado
en Hong Kong, el cual se presumía
de piratería y contrabando. Doce
sujetos chinos fueron arrestados y aprisionados.
Este hecho fue conocido como el Incidente
del Arrow”. Los oficiales británicos
en Guangzhou, argumentando que el barco
tenía insignia británica,
exigieron la liberación de los navegantes,
pero ante la negativa de las autoridades
chinas, tomaron las vías de hecho.
Tanco
Armero refiere: “El jefe de la escuadra
inglesa bombardeó sin pérdida
de tiempo la ciudad de Cantón. La
que en un tiempo era una de las primeras
ciudades del globo quedó en su mayor
parte destruida, y los barrios enteros donde
ostentaba poco ha todas las curiosidades
del arte y de la habilidad humana, fueron
en pocas horas reducidas a cenizas (...)”.
Fue un acto inconsulto del Almirante Seymour.
Para
vengarse, el 1º de diciembre, los chinos
incendiaron todas las factorías europeas
que habían sido respetadas durante
el bombardeo de Cantón. Los chinos
de Hong Kong también se envalentonaron
y el gobernador declaró la ciudad
en estado de sitio. Se conformó una
milicia de europeos y una atmósfera
ominosa se cernió sobre la ciudad.
Miles de chinos abandonaron la isla, y el
mandarín de Kowlung (pueblo situado
al frente) ordenó suspender el envío
de víveres a la isla que, árida
e inculta, no producía alimentos.
El Almirante Seymour entonces amenazó
con bombardear Kowlung, ante lo cual el
mandarín revocó su decreto.
Los
chinos atacaron varios vapores ingleses,
en uno de los cuales fue asesinado el joven
vice-cónsul español Francisco
Días, quien dejó “una
joven y preciosa viuda para llorarlo y numerosos
amigos para sentirlo”.
De
igual modo, los chinos destruyeron los almacenes
europeos de Whampoa y se alistaron a atacar
Hong Kong, lo que harían de la forma
más rara: por medio de envenenadores.
El 15 de enero de 1857, mientras Nicolás
se aprestaba a tomar su desayuno en un céntrico
hotel, y esparcía la mantequilla
sobre el pan, de pronto vio que los otros
comensales caían a su alrededor,
intoxicados, en medio de espasmos y arcadas.
Nicolás bruscamente se puso en pie
y arrojó la tajada que tenía
en la mano, junto con el mantel y todos
los alimentos. Escribirá: “El
terror se veía pintado en todos los
semblantes. El pánico se había
apoderado de nosotros”.
Esa
mañana en unos pocos momentos toda
la población inglesa de Hong Kong
fue envenenada por medio de arsénico
introducido en el pan, mas por suerte para
los europeos, el tósigo no había
sido suficiente.
Nicolás
opta entonces por trasladarse a Macao, donde
existían buenas relaciones entre
chinos y portugueses. Los ingleses despachan
refuerzos hacia Hong Kong y se presentan
varios combates navales, en uno es hundido
el vapor Queen, en otro “más
de 200 juncos piratas fueron reducidos a
cenizas”.
Dueños
de una superior tecnología bélica,
poco a poco los ingleses irán controlando
la situación. Al imponerse han de
exigir al gobierno chino la apertura a su
comercio de 9 puertos, en lugar de los 5
que ya tenían.
Un
poco más calmada la situación,
Nicolás Tanco Armero visita otros
dos puertos abiertos a los extranjeros:
Ning-po y Shang-haï. El primero poco
se diferencia de los ya conocidos, pero
el segundo le causa una grata impresión.
Habla de su belleza, sus soberbios palacios
habitados por los príncipes del comercio
oriental, describe su buen clima, su vegetación,
el inmenso tráfico del puerto y el
carácter apacible de sus habitantes.
Allí se detiene a estudiar el comercio
del te.
A
principios de diciembre, tras una ausencia
de dos meses, regresa a Hong Hong, donde
“los asuntos comerciales casi se habían
paralizado con motivo de la guerra que de
nuevo amenazaba a Cantón. Francia
se unió entonces a Inglaterra para
exigir satisfacciones por medio de las armas.
Sumadas las tropas inglesas y francesas
invaden Cantón el 28 de diciembre
de 1857, tras someterla a un intenso bombardeo.
El
regreso
Sin
esperar el desenlace final de ese conflicto,
nuestro viajero optó por salir del
país y regresar a Colombia. Ya había
dado punto final a los negocios que lo llevaran
allí. Tras comprar algunas obras
de arte y otros curiosos objetos, tomó
un vapor hacia Alejandría. Su estadía
en China se había prolongado por
tres años. “Ya pasó
la época de los trabajos –escribe–
y espero empezar una vida amena y tranquila
al lado de los míos”. Regresará
por Europa, donde ha de publicar su libro
titulado “Viaje de la Nueva Granada
a China y de China a Francia” (París.
Imprenta de Simón Racon y Compañía.
1861).
Vuelve
a Bogotá en 1860. José María
Cordovez Moure refiere que a su llegada,
Mariano Tanco organizó en honor a
su hermano un espléndido baile, que
se escenificó en su casa de habitación
situada en la Tercera Calle Real o del Comercio,
al cual acudió lo más granado
de la sociedad bogotana.
Poco
después Nicolás contrajo matrimonio
con la distinguida señorita doña
Dolores Argáez, y aunque vuelve a
incursionar brevemente en la política,
no estaba hecho para una vida sedentaria
y como lo señala el historiador Horacio
Rodríguez Plata, parte de viaje con
su esposa, otra vez en dirección
al oriente. Como legado de sus viajes quedarán
varios preciosos libros. Además del
ya referido, publica en 1871 otro sobre
un viaje a la India Oriental, China, Japón,
Java, Islas Filipinas y California. Y en
1888 otro sobre un nuevo viaje al Japón.
Más tarde se desplazará también
a Ecuador, Perú y los Estados Unidos.
Por
todo ello, bien puede considerarse al bogotano
Nicolás Tanco Armero como el príncipe
de los viajeros colombianos, pero además
como el pionero de los estudios asiáticos,
e incluso como el primer sinólogo
latinoamericano.