Entre los documentos que aportó al debate de las bananeras
el representante Jorge Eliécer Gaitán el que más
impacto causó en la opinión fue la siguiente carta
testimonio que el presbítero de Aracataca, doctor Francisco
C. Angarita, le envió al parlamentario liberal:
“Es cierto, y lo supe porque así me lo manifestó
el señor Víctor Pineda Barros, ex alcalde de este
Distrito, que la policía había recibido orden del
jefe civil y militar [general Carlos Cortés Vargas] para
ultimar a los individuos que se encontraban en la cárcel
de esta población con motivo de la huelga, tan pronto como
los huelguistas se presentaran aquí. Parece que esta orden
la dio el jefe civil y militar de la plaza cerca de la cárcel,
pues algunos presos se impusieron de ella. Yo, temiendo que en
realidad de verdad los huelguistas se presentaran aquí,
ignorando el peligro en que pondrían a los infelices presos,
o que, también los mismos militares fingieran un asalto,
para tener un pretexto que justificara su crimen, traté
de evitar ese derramamiento de sangre inocente, haciendo lo que
pudiera. Por lo tanto me limité a salir repetidas veces
a la cárcel cada vez que se oían las descargas cerradas
que hacían las avanzadas, pues a cada una de ellas me parecía
que ya se estaba llevando a cabo la inicua orden. Al día
siguiente hablé con el jefe civil y militar acerca de lo
que me habían informado, el cual me lo confirmó
diciendo que era orden del Ministerio de Guerra y que si el caso
llegaba se cumpliría. Yo le manifesté con alguna
entereza que me opondría a ese asesinato a un a costa de
mi vida.
“Es cierto que en varias ocasiones y en diversas formas
llamé la atención sobre ciertos abusos contra la
moral y la caridad cristiana que se perpetraban, no sólo
aquí en Aracataca, sino también en los otros pueblos
de mi parroquia: aquí los militares se creyeron autorizados
para todo y por el hecho de estar trastornado el orden público,
creyeron que ese trastorno afectaba hasta la ley de Dios. Así
lo dije públicamente. Los infelices presos a quienes se
mantenía encerrados sin darles manera de defenderse, se
les obligaba a trabajar aun los días festivos y eso sin
acordarse de que esos pobres no habían comido en muchos
días. Los dineros públicos fueron destinados a obras
que no se habían de concluir y otros destinados a cabarets;
el dinero se les sacaba a los particulares en forma de multas
o reduciendo a la cárcel por las deudas al fisco.
Es cierto que un día, a fines de noviembre, trabé
conocimiento con un señor Girón, quien me fue presentado
en el ferrocarril al salir de Santa marta. Viajé con él
y en el camino me hizo saber que él había trabajado
por los obreros, pero que ahora pensaba apartarse de esas actividades
y trabajar en un cine y que al efecto había tomado en arrendamiento
el de los señores Di Domenico; que esperaba marchar de
acuerdo conmigo, pues trataba de hacer una labor moralizadora,
que era lo único bueno que podía ofrecerle hoy a
los obreros. Al llegar aquí fue preso y preso estaba cuando
los acontecimientos de Ciénaga y Sevilla. De aquí
lo llevaron a Ciénaga para juzgarlo. Yo le presté
pequeños servicios y le prometí declarar a su favor
cuando el caso llegare. Así quise hacerlo. Fui a Ciénaga
el día de su juzgamiento, pero no se admitió mi
declaración por considerarse oficiosa, y además,
como me dijo el capitán Garavito, no debía meterme
en eso porque podía salir complicado como huelguista.
La cárcel donde estaban los cuarenta presos aquí
en esta población, es una pieza pequeña, baja, sin
techo, sin ninguna ventilación. Allí se mantenía
a los infelices presos, a muchos sin comer ni en qué dormir,
y teniendo que hacer sus operaciones naturales allí mismo.
La población del Retén fue víctima de muchas
injusticias, hijas de enemistades personales de los empleados
de la United Fruit con los vecinos.
Estos individuos era los señores Camilo M. Barreneche y
un señor Fajardo, que sin saber por qué causa que
lo justificara, tenían en su poder sendas listas de los
individuos a quienes se debiera apresar, encarcelar y juzgar.
Muchos de los que figuraban en esa lista fueron acusados como
huelguistas no siéndolo en realidad. Por ejemplo: el señor
José A. Meneses posee su finca inmediata a los predios
de la United; varias veces han querido comprarla pero el por motivos
particulares no ha querido hacerlo. Por este motivo Camilo Barreneche,
que se vanagloria en declararse hijo de la compañía
frutera, lo denunció como huelguista. Lo mismo aconteció
con Marco Tulio Delgado, Justo Zuleta, José María
Galvis y otros cuyos nombres no recuerdo.
Habiendo sabido que en el Retén habían quedado muchos
heridos, solicité de los militares un vehículo para
llevarles los auxilios espirituales a los que quisieran. No se
me facilitó y aun se me dijo por el capitán Garavito:
‘Que no fuera a confesar a esos sinvergüenzas, que
los dejara morir sin confesión, que lo merecían’.
Averigüé la verdad sobre el número de los muertos
que hubiera habido en el Retén, para registrar sus nombres
en el libro de defunciones de la parroquia. Sólo se me
informó de uno y de varios heridos; pero después
persona muy autorizada en la diócesis me dijo que él
mismo había visto la comunicación oficial en que
se decía al Ministro de Guerra que el número de
muertos pasaba de sesenta en el Retén. Francisco
C. Angarita, Presbítero” (Fragmentos)