Academia
fue el
término acuñado en la antigua Grecia para designar la escuela fundada por Platón en el
siglo IV a.C.; además de una escuela de filosofía precristiana, se constituyó en un
centro de estudio y cultura que perduró hasta el siglo VI, cuando fue cerrada por orden
del emperador Justiniano.
Durante el Renacimiento, un período que culturalmente se nutre en la
antigüedad clásica, se revivió el concepto de academia y en Florencia se fundaron la
Academia Platónica en 1442 y la Crusca en 1582; a partir del establecimiento de la
Academia Francesa
en 1634, cuyo propósito inicial era dirigir el gusto literario y
fortalecer la lengua y la cultura de Francia, comenzó a definirse el modelo de las
academias de la era moderna, incluidas las de carácter científico, que tanto influyeron
en el pensamiento europeo del siglo XVIII y en sus relaciones con el Nuevo Mundo.
Bajo inspiración de la Academia Francesa, en 1713, pleno siglo de la
Ilustración, se fundó la Real Academia Española, que tenía entre sus objetivos,
además del estudio y fomento de la lengua castellana, velar por la pureza y unidad del
idioma; aprobada por Felipe V un año después de su fundación, entre 1726 y 1739
publicó el Diccionario de autoridades, su primera obra de gran importancia. No
obstante el reconocimiento obtenido por las academias europeas, el transplante del
concepto y de la institución a los países de la América española fue lento y debió
esperar el clima político y las circunstancias que le resultaran favorables.
Entre los variados intentos de crear asociaciones científicas en
Colombia durante el siglo XIX se pueden mencionar la asociación para estudios de
medicina, farmacia, química y cirugía establecida por el virrey Juan Sámano en 1817,
cuya breve vida finalizó con la independencia de la Nueva Granada en 1819. En 1826 el
general Francisco de Paula Santander, vicepresidente encargado del gobierno, sancionó la
ley del 18 de marzo sobre organización de la instrucción pública, uno de cuyos
artículos disponía el establecimiento de la "Academia Nacional" en la capital
de la República, para el fomento y difusión de las "artes, las letras, las ciencias
naturales y exactas, y las de la moral y la política". Entre sus miembros fundadores
figuraron personajes destacados de la vida pública de Colombia y Venezuela, circunstancia
que seguramente contribuyó a su disolución, cuando se deshizo la Gran Colombia en 1830.
Ya posesionado de la presidencia, el general Santander retomó la idea
y decretó la constitución de la Academia Nacional de la Nueva Granada mediante decreto
ejecutivo del 15 de noviembre de 1832, en el cual se designaban sus 21 miembros iniciales;
entre ellos se eligió como presidente a don José Manuel Restrepo, antiguo ministro de
Bolívar. Tampoco prosperó esta institución, integrada por personas vinculadas al
gobierno y al quehacer político, funcionarios frecuentemente enfrascados en las disputas
ideológicas que marcan ese período, sin tiempo libre para los estudios científicos o
literarios. La corporación languideció en medio del desinterés y la inasistencia de los
miembros fundadores.
A estos fracasos se sumaron los de otras iniciativas, como una tercera
versión de la Academia Nacional, fundada en 1856, tambien presidida por Restrepo y la
Sociedad de Naturalistas Granadinos, creada por Ezequiel Uricoechea en 1859; estas
experiencias demostraron que, pese a la conveniencia de un proyecto de asociación
científica y a la persistente voluntad de algunos individuos, aún no estaban dadas la
circunstancias para el normal desenvolvimientos de este tipo de institución, alejada del
quehacer político y comprometida a fondo con el desarrollo intelectual y científico.
Dentro del proceso de aproximación de España a sus antiguas colonias,
que precedió al establecimiento de relaciones diplomáticas con la antigua metrópoli,
surgieron las condiciones favorables para establecer en América corporaciones
correspondientes de la Real Academia Española; el escritor José María Vergara y
Vergara, miembro de la institución española, logró que la primera de ellas se fundara
en Colombia. Así, en el año de 1871 se inició la Academia Colombiana de la Lengua, integrada
por doce miembros y presidida por el mismo Vergara y Vergara, con la cual se inauguró
realmente la organización académica en el país.
Siguiendo su modelo, en los años siguientes se instituyeron entidades
similares que también han perdurado, entre ellas, la Sociedad de Medicina y Ciencias
Naturales de Bogotá, creada en 1873 y convertida en Academia Nacional de Medicina en
1891, y la Sociedad Colombiana de Ingenieros, fundada en 1887. En 1903, cuando se celebró
el centenario del establecimiento del Observatorio Astronómico de Bogotá, surgió la
Sociedad Geográfica de Colombia.
La idea de crear una academia para el estudio de la historia nacional comenzó a
gestarse en la década de 1870, pero al finalizar el siglo no había podido concretarse.
La iniciativa, retomada por el abogado Eduardo Posada y el médico Pedro María Ibáñez
se hizo realidad mediante la resolución 115 de mayo de 1902, firmada por el
vicepresidente José Manuel Marroquín, por la cual se estableció la "Comisión de
Historia y Antigüedades Patrias". En diciembre del mismo año pasó a ser
"Academia de Historia y Antigüedades", con carácter oficial de cuerpo
consultivo del gobierno y con su propio medio de difusión, el Boletín de Historia y
Antigüedades, que ha circulado sin interrupción durante una centuria.