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Naturaleza muerta con libros. Óleo de
Fernando Botero, 1999. 37.46 x 44.45 cm. Colección Banco de la República, Museo Botero,
Bogotá.
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La
Constitución política de 1991 reconoce y protege la diversidad étnica y cultural de la
nación colombiana. Este reconocimiento supone aceptar tanto el hecho de que la actual
cultura de Colombia es el resultado de la interacción de tres vertientes poco homogéneas
en sí mismas: la de los pueblos originarios, la del español y la negra africana; como el
de que las expresiones culturales de los "otros", igualmente dignas y
respetables, se apoyan en sistemas de comprensión del mundo diferentes a los de la
cultura occidental.
Desde esta perspectiva, referirse únicamente al aporte español daría
por resultado una versión absolutamente parcial del tema y, por reflejo, negaría el
profundo proceso transcultural resultante del contacto tripartito que, iniciado en el
período hispánico, continúa generando hoy cambios y adaptaciones, más o menos
significativos, en las tres culturas. Así considerado, este proceso da lugar a la
conformación de una identidad cultural colombiana que, lejos de ser exclusivamente
indígena, española o negra, muestra, por el contrario, una síntesis, mestiza y vital,
de los elementos que la van conformando.
Durante la vigencia del Estado colonial, el acceso a la educación fue
restringido. En el transcurso de las dos primeras centurias, las ciudades no conocieron el
concepto de escuela pública elemental. Fuera de las escuelas parroquiales, hubo algunos
esfuerzos privados de encomenderos o de españoles acaudalados que dejaron legados para
fundar algunos centros de enseñanza. Los siglos XVI y XVII presenciaron la instalación
de colegios y universidades: a la Universidad Tomística (1580) siguieron en 1605 el
Colegio de San Bartolomé, en 1623 la Universidad Javeriana y en 1654 el Colegio Mayor de
Nuestra Señora del Rosario, fundado por el arzobispo fray Cristóbal de Torres. Las
universidades regentadas, respectivamente, por dominicos y jesuitas, fueron habilitadas
para conferir los grados académicos de bachiller, licenciado y doctor. Aunque hubo
excepciones, el ingreso a colegios y universidades estuvo limitado a quienes no tenían
según el lenguaje de la época mácula ni sangre de la tierra. La enseñanza
aplicaba un método rigurosamente escolástico y las clases se dictaban en latín.
Paralelamente, tras ordenar el repartimiento de los indígenas en
encomiendas, la corona impuso a los encomenderos la obligación de poblarlos y de costear
al doctrinero para que les enseñara los rudimentos de la fe, les administrara los
sacramentos y los acostumbrara a "vivir en policía". Mientras se exigía a los
sacerdotes aprender la lengua de sus feligreses, se ordenaba, también, instalar escuelas
en los pueblos principales a fin de que los pequeños se iniciaran en las primeras letras.
Dada la importancia que revistió la institución del cacicazgo para el manejo de las
relaciones hispano-indígenas, los hijos de caciques y principales recibían una
instrucción más esmerada en centros especializados donde se los preparaba para una
futura tarea rectora.
Por último, hacía su irrupción el tercer grupo llamado a constituir la identidad
cultural colombiana: los negros esclavos provenientes del Africa. Aunque el grupo se vio
obligado a adoptar los patrones de vida impuestos por sus amos, supo defender unos pocos
espacios que les posibilitaron consolidar y mantener más o menos puras no pocas
expresiones propias de su bagaje cultural. Al comienzo, el drama de la esclavitud les
permitió, apenas, reunirse al golpe del tambor en las casas de enfermería ubicadas al
borde del mar cartagenero a fin de acompañar a las almas de los difuntos en su viaje al
más allá. Así nacieron los cabildos de negros que se convirtieron en refugios de la
memoria colectiva. A ello se sumará el fenómeno del cimarronaje: los negros huidos
formaron palenques, quilombos y mocambos, unidades espaciales de resistencia donde los
integrantes de las diferentes comunidades lograron reinventar su cultura, con las
adaptaciones necesarias, pero sin el peso de los esquemas impuestos.
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Colegio de San Bartolomé con la estatua
de Francisco José de Caldas. Fotografía de Ernesto Monsalve.......
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Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario con
la estatua del fundador fray Cristóbal de Torres. Fotografía de Ernesto Monsalve.
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El ambiente
cultural se modificó notoriamente durante la segunda mitad del siglo XVIII, gracias al
impulso dado a la educación por los filósofos del Iluminismo, confiados en que de ella
dependía la transformación del mundo. Además de las escuelas particulares y
parroquiales, comenzaron a aumentar lentamente las públicas de primeras letras, puestas
bajo el control de los cabildos y sostenidas con las rentas de propios, aun cuando, por lo
general, su mantenimiento se hizo difícil tanto por la carencia de recursos como por la
falta de maestros. La educación elemental de los hijos de familia continuó, en muchos
casos, en manos de preceptores particulares.
En colegios y universidades, la reforma educativa se inició con la
crítica de los programas y de los métodos de enseñanza vigentes, con la voluntad de
incorporar el estudio de las ciencias útiles y de crear nuevas cátedras: prueba de ello,
la inauguración, en 1762, del curso de matemáticas en el Colegio Mayor de Nuestra
Señora del Rosario. En el mismo sentido, el Plan de Estudios redactado en 1774 por el
criollo Francisco Antonio Moreno y Escandón estuvo imbuido de principios regalistas y
utilitarios y puso énfasis en la educación científica y experimental como medio de
acrecentar la riqueza del Nuevo Reino de Granada. Paralelamente, otras novedades como el
establecimiento definitivo de la imprenta, la organización de la Expedición Botánica,
el surgimiento de las Sociedades Económicas o el funcionamiento de las tertulias
literarias, contribuyeron a modificar el panorama cultural. Hacia fines del siglo, los dos
vehículos más caros al Iluminismo para la expansión de sus "luces" hicieron
su aparición en la capital virreinal: en tanto el teatro contribuyó a la educación de
las clases iletradas, el cubano Manuel del Socorro Rodríguez editó el primer periódico
impreso regular, el Papel Periódico de Santafé de Bogotá, dirigido al deleite y
a la instrucción de los sectores letrados. La fundación del Colegio de la Enseñanza por
Clemencia de Caicedo en 1783 abrió paso a la relegada educación femenina.
A lo largo de estas primeras centurias comenzó, por otra parte, el
proceso de influencia mutua entre las tres culturas originales. Por la vía de procesos
intencionales, España intentó imponer a indios y a negros su propio bagaje cultural
(religión, instituciones, lengua, derecho, etc.). Sin embargo, en algunos casos los
resultados no fueron óptimos y, en otros, la cultura de los blancos adoptó elementos de
las culturas interactuantes que, de esta forma, pervivieron asimilados a lo largo del
período.
A partir de la Independencia, el proceso de construcción de la nación
se realizó desde un ideario republicano, liberal y nacionalista que se canalizó a
través de instituciones educativas, discursos políticos, tratados de jurisprudencia,
leyes, obras de teatro, novelas, diarios, revistas y hasta modas. Esta cultura republicana
de cuño liberal, que tuvo como eje a la elite ilustrada, desatendió los particularismos
étnicos, a los que visualizó como una amenaza frente al sueño de la construcción de
una identidad homogénea.
En 1820, Santander dictó el primer decreto educativo para la
República, que ordenó la organización de escuelas de primeras letras en todas las
ciudades, villas y lugares que tuvieran bienes propios, incluidos los pueblos de
indígenas a quienes era necesario rescatar del "embrutecimiento y la condición
servil" a la que, por tantos años se decía habían estado sujetos.
Igual obligación se extendió a los conventos de religiosas y religiosos. A partir de
entonces, el país comenzó a organizar un sistema de educación pública y a realizar
lentos progresos: por influencia de los sistemas educativos británicos se adoptó el
sistema de enseñanza lancasteriano; se atendió al aumento de colegios y casas de estudio
que combinaban estudios primarios y secundarios, y por ley de 1826 se crearon las
universidades públicas de Quito, Bogotá y Caracas.
La política educativa fue acomodándose, en adelante, al tono de los gobiernos de
turno. Durante el gobierno de Pedro Alcántara Herrán el país sufrió un fuerte viraje
conservador de la mano del entonces ministro del Interior, Mariano Ospina Rodríguez, cuyo
plan de reforma acentuaba la importancia de las ciencias útiles, de la formación moral
y, sobre todo, de la disciplina, y aunque respetó la libertad de enseñanza, defendió la
intervención del Estado en la educación pública y privada.
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Colegio de la Enseñanza. Óleo de Luis
Nuñez Borda, ca. 1935..................
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Colegio de la Enseñanza. Óleo de
Ricardo Moros Urbina, 1899. Colección Banco de la República, Bogotá.
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Los
gobiernos escalonados entre el 60 y el 80 estuvieron inspirados en la fe de la generación
radical en la educación como vía para conquistar la civilización. Sus miembros más
destacados estaban convencidos de que todo sistema republicano y democrático requería de
una ciudadanía ilustrada y que, por tanto, la educación era un deber y un derecho para
el Estado. Pensaban, además, que éste debía remplazar en la tarea a la Iglesia
católica que, ligada a ideologías monárquicas y antidemocráticas, estaba inhibida de
liderar el proceso de educación popular. El decreto reglamentario para la organización
de la Universidad Nacional de los Estados Unidos de Colombia fue, en 1868, la decisión
más trascendente del gobierno de Santos Acosta. La reforma de 1870 podría ser juzgada
como la de mayor aliento en la historia de la cultura nacional: desde una concepción
integral del sistema educativo, abarcó todos los aspectos, aunque dio prioridad a las
escuelas de primeras letras que se concibieron como gratuitas, obligatorias y
religiosamente neutras.
El período comprendido entre 1880 y 1900 se encargó de dar el vuelco.
El decreto 167 de 1881 colocó a la universidad bajo el control directo del poder
ejecutivo y eliminó todo elemento de autonomía. Desde su primer gobierno, Rafael Núñez
inició una política de conciliación con la Iglesia: la Constitución de 1886 y el
Concordato de 1887 le devolvieron el control sobre la educación hasta, al menos, 1930.
A principios del siglo XX, se produjo un movimiento que propició la
vuelta hacia el arte y la espiritualidad. En función de cierta nostalgia por lo propio,
los intelectuales y los literatos provenientes básicamente de los sectores medios,
comenzaron a apelar a la idea del mestizaje cultural y a integrar en su cosmovisión a las
capas populares, a los indígenas y a los negros. Los gobiernos liberales entre 1934 y
1946 tuvieron clara percepción de la importancia del sector educativo para los proyectos
de desarrollo económico-social y para cumplir con su propósito de que Colombia fuese una
nación más integrada con base en una cultura de raíces más auténticas. Acorde con
tales metas, intentaron desarrollar una política que abarcara a todos los estratos,
intensificaron las inversiones del Estado y buscaron eliminar el analfabetismo de las
grandes masas urbanas y rurales.
Desde mediados del siglo, la educación colombiana se expandió
cuantitativa y cualitativamente y vio desfilar un buen número de reformas que no lograron
evitar se ahondara la brecha educativa entre las clases media y superior con acceso a un
sector privado en expansión y las clases populares que se educaban en un desprestigiado
sector oficial.
En lo que hace a las comunidades indígenas, las normas
constitucionales que rigieron en el país entre 1886 y 1991 no establecieron ninguna
opción de educación especial orientada a ellas. Acorde con la política oficial, la
educación de los pueblos originarios que, en las llamadas "zonas de
misión" se confió a las órdenes religiosas se orientó en líneas generales
a acelerar el proceso de integración a los patrones de vida económicos, sociales y
culturales del resto de la población. En 1978, como resultado de los esfuerzos de las
propias comunidades y en cumplimiento de las disposiciones del Convenio 107 de la OIT
ratificado por Colombia en 1967, se expidió el decreto 1142, en el cual por primera vez
se intentó definir un modelo especial dirigido a lograr un acercamiento entre los
programas educativos y las necesidades sociales, económicas y culturales de las
poblaciones indígenas.
El Convenio 169 de 1989 de la OIT ratificado por Colombia en 1991 y el ordenamiento
constitucional del mismo año, asentaron la responsabilidad del Estado de educar a los
grupos originarios y afrocolombianos de acuerdo con modelos ajustados a sus
requerimientos. En el artículo 68 se señala que los integrantes de los grupos étnicos
tendrán derecho a una formación que respete y desarrolle su identidad cultural. La ley
70 del 27 de agosto de 1993 estableció los mecanismos de protección de la cultura y de
los derechos de las comunidades negras, a través del fomento de su desarrollo
económico-social, con el fin de garantizarles condiciones reales de igualdad de
oportunidades respecto del resto de la sociedad.
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Local del Colegio Pestalozziano
en el parque de Santander, Bogotá. Grabado de Alfredo Greñas. "Colombia
Ilustrada", enero 31 de 1891.
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Hoy, muchas
manifestaciones culturales indígenas y africanas persisten, más o menos puras, como
parte integrante del acervo cultural colombiano. El carnaval reconoce un remoto origen
europeo; sin embargo, el de Barranquilla es el resultado del encuentro de las tres
matrices étnicas. Entre sus danzas más características, la cumbia es de origen africano
modificado por influencias posteriores, la de las farotas que se conserva en Talaigua
acusa probable raíz indígena, y la del congo evoca las gestas de las tribus africanas y
parece haber tenido origen en los cabildos de negros de la Cartagena colonial. Bundes y
fandangos que tanto preocuparon a las autoridades eclesiásticas de la Colonia
siguen formando parte de las festividades religiosas heredadas del calendario español,
como la Candelaria o la Popa. Las corralejas y las corridas de toros se mantienen
íntimamente unidas a las fiestas religiosas que, por otra parte, siguen exhibiendo formas
más o menos particulares de yuxtaposición y algún sincretismo propio de la religiosidad
popular. En el palenque de San Basilio puede constatarse aún la pervivencia del lumbalú,
canto y baile del muerto que acompaña al alma-sombra en su transformación en espíritu,
mientras el tambor golpea las puertas del otro mundo para que, abriéndose, den paso al
difunto.
Como éstos, podrían buscarse numerosos de ejemplos que servirían para probar que el
proceso transcultural continúa hoy día y que constituye una señal inequívoca para que
Colombia se reconozca definitivamente como lo que es: producto de una cultura mestiza,
rica, polifacética y fundamentalmente vital.
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