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El 9 de
septiembre de 1896 salió en Bogotá el primer numero del periódico El Tio Juan,
dirigido por el periodista liberal Julián Páez, un discreto escritor boyacense -el mismo
reconoció que era un "aspirante a literato"- que dejo un libro de relatos
costumbristas y unas cartas políticas que testimonian una época de enfrentamientos entre
un liberalismo sumido en la postración política e ideológica y un conservatismo
triunfante en las armas y en el sufragio. Quizás lo único memorable de Julián Páez fue
su seudónimo, El Tio Juan, que sirvió de nombre para este periódico que nació
hace un siglo. El Tio Juan circuló durante un par de años todos los lunes, miércoles y
viernes. Tuvo las intermitencias obligadas por una rígida ley de prensa y por las
flaquezas de la débil economía de la empresa editorial. Fue uno de los tantos
periódicos liberales que nacieron y murieron asfixiados por los rigores de la Ley de los
Caballos, uno de los engendros coercitivos que le permitió al régimen conservador su
prolongación hegemónica.
El Tio Juan
se presentó en sociedad como un «periódico industrial, literario y de variedades». Ese
rótulo no fue extraño en muchos periódicos de fines del siglo pasado y comienzos del
presente; parecía un disfraz de muchos periódicos que querían despistar las vigilancias
de la censura. En los años inmediatamente posteriores o anteriores a una guerra civil, no
fue raro encontrar esos mesurados encabezamientos de la prensa liberal y conservadora.
Podían revelar un breve acto de arrepentimiento por los desafueros de la guerra, o un
reconocimiento del estado de miseria y atraso que habían creado los conflictos armados
entre los partidos. Entonces los publicistas que fundaban esos efímeros periódicos
tomaban los lemas del progreso industrial, del respeto a la palabra, de la preeminencia de
la pluma y la tribuna sobre los cruentos enfrentamientos armados. Recién pasada una
guerra, los periódicos querían sobreponerse a los rencores políticos parroquiales y
abanderar algunos ideales de progreso industrial que enderezaran la vida republicana. Pero
aquello no pasaba de ser un débil propósito que sucumbía ante las pasiones de una nueva
guerra civil. Los directores, impresores y tipógrafos fácilmente terminaban encarcelados
o con la imprenta cerrada, de nuevo quedaba al frente el recurso de las armas y moría ese
frágil propósito civilizador de la prensa del siglo XIX.
El editorial del primer número de El Tío Juan es diciente de las
condiciones en que debía nacer en aquel momento un miembro más de la prensa liberal.
Surgía en medio de tensiones políticas, bajo la mirada inquisitiva de los funcionarios
del Ministerio de Gobierno, debían aceptarse las "colaboraciones forzosas" de
los representantes de la censura oficial. Se nacía como un periódico de oposición que,
en cualquier momento, iba a recibir la orden de callarse: "La prensa no es oída, por
desgracia, en las regiones oficiales, o se la oye con desconfianza o con cólera. Se
entiende que no hablamos de la prensa turiferaria e incondicional: bien se sabe que el
lacayo goza de libertad para presentar al amo sus besamanos. Hablamos de la prensa que
discute y lucha, que distingue y piensa. Esta prensa, en los actuales momentos, habrá de
hablar uno de dos lenguajes: recio y enérgico, o blandengue e incoloro. Para lo primero,
tiene el Gobierno la suspensión y la multa, la prisión y el destierro; para lo segundo,
complácese en prestar orejas de mercader con el objeto de poder decir luego que ha
respetado la libertad de prensa".
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La primera de las cuatro
páginas estaba atiborrada de anuncios publicitarios; la siguiente contenía la voz
editorial de un liberalismo políticamente constreñido que parecía resignarse al
protagonismo solitario de Rafael Uribe Uribe en el Congreso; por varios años, el joven
liberal se convirtió en la única participación legal del partido liberal en la
política y de él dependieron las reformas a la rígida ley de prensa y el acercamiento a
los olvidados y engañados sectores artesanales. Siempre fueron los momentos de
postración del liberalismo colombiano del siglo XIX los más oportunos para buscar el
apoyo del artesanado. De ese vínculo ambiguo y conflictivo nacieron, en cabeza de Uribe
Uribe, los primeros esbozos de legislación laboral de la naciente clase obrera. Por eso
los primeros editoriales de El Tío Juan se fijaron con interés en los proyectos
liberales a favor de "los maestros de taller".
Ante las "facultades
omnímodas" del régimen conservador, Uribe Uribe fue la única voz opositora en los
recintos del Congreso. Su presencia fue parte del dilema del liberalismo desde los años
de la Regeneración: conciliar y transigir con el precario juego democrático que apenas
si le permitía subsistir o entregarse al delirio de las armas. Mientras el destierro y la
censura predominaban en el ambiente, reinaba un omnipotente Miguel Antonio Caro. Quienes
creyeron en el activismo político ante el Congreso sólo consiguieron suavizar la
estricta ley de prensa; entre tanto, el ánimo de los guerreristas aceleró en 1897 la
convocatoria de una urgente Convención Liberal para evitar lo inevitable: una nueva
guerra civil en la que, otra vez, perderían los liberales.
El Tío Juan
es hijo de esa encrucijada, en la que los liberales «habían perdido hasta el sentido
común», según recuerda Eduardo Rodríguez de Piñeres. Eran los tiempos en que las
verdades políticas las declamaban los locos en las calles, porque los dirigentes
liberales en sus reuniones clandestinas y en sus vigilados periódicos seguían
equivocándose. La verdad la pronosticaba el loco Arias diciendo: «el partido liberal no
subirá al poder por revolución ni por evolución, sino por invitación».
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Portada de
"El amor de un bohemio", de Julián Páez. Bogotá,
Papelería de Samper Matiz, 1898. Biblioteca Nacional, Bogotá. Portada de
"Idilio de un ciego", de Julián Páez. Bogotá, Papelería de Samper
Matiz, 1899. Biblioteca Nacional, Bogotá.
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Inmerso en el dilema de
civilismo o insurrección, El Tío Juan trataba de borrar las heridas de la
guerra pasada, pero anunciaba los conflictos de la guerra por venir. En sus páginas se
notificaron las muertes sucesivas de periódicos que no alcanzaban una historia mayor de
diez números. Murieron, entre otros. El Látigo de Cartagena, El Telegrama y
Los Hechos de Bogotá. Valga destacar que pocos meses antes de que apareciera, más
exactamente el 27 de junio de 1896, el periódico El Espectador sufrió una de
las tantas suspensiones indefinidas, hasta que el año siguiente, gracias a la nueva ley
de prensa que había abanderado Uribe Uribe, volvió a circular. Tampoco olvidemos que era
reciente el episodio del destierro del ex presidente Santiago Pérez. El Tío Juan
clamaba inútilmente por una agremiación de los periodistas liberales para defenderse de
las persecuciones del régimen conservador. Esfuerzo vano que sólo tuvo algún grado de
concreción con la creación de una Asociación de Cronistas en 1920, cuando se hacía
apremiante contrarrestar la Hegemonía Conservadora.
No podía
sustraerse este periódico de entreguerras a los cercanos recuerdos de los enfrentamientos
armados. Recibía cartas de prisioneros políticos, hacía semblanzas de jóvenes
liberales que habían interrumpido sus estudios universitarios para unirse al ejército de
algún general. Un tal Casimiro de la Barra era el anónimo reportero político que se
encargaba de hacer las semblanzas políticas en la sección «Siluetas parlamentarias».
La instrucción pública, otro desvelo de los liberales en sus tiempos de declive
político, fue tema de un proyecto de ley publicado el 9 de octubre de 1896 y por eso
prosperó en el periódico una sección de pedagogía. Pero al lado de estas
preocupaciones "civilizadoras", relucían las preocupaciones por proyectos de
ley que deseaban imponer el servicio militar obligatorio. Aún más, las pasioncillas
personales traicionaban el tono sosegado e impersonal que se intentó sostener en los
editoriales. El 4 de noviembre, Julián Páez tuvo que disculparse con sus lectores porque
iba «a bajar a la sección personal» para responder a unos insultos. De la respuesta del
director de El Tío Juan al agravio puede destacarse lo siguiente: "Como
escritor, ¡soy inmaculado! Desde ahora, por mi parte, cualquiera que sea el Ministro de
Gobierno que haya referido respuesta alguna mía a la pregunta que se me haya hecho sobre
por qué escribo algo; por poderosos que puedan ser los círculos oficiales que refieran
la respuesta que me atribuyen".
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"Las
Noticias", No 304. Administrador: Julián Páez M. Bogotá, julio 9 de 1890.
Biblioteca Nacional, Bogotá.
"El rayo X", No. 119. Directores: Federico Rivas Frade y
Julián Páez M.
Bogotá, diciembre 23 de 1897.
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También hubo
contrapunteo entre artículos que trataban sobre los temas positivos del progreso
material, tales como construcción de caminos y creación de granjas agrícolas. En fin,
las preocupaciones pragmáticas de la balbuciente burguesía cafetera contrastaron con
algunos artículos dedicados a exponer erráticas caracterizaciones del modernismo
literario o a hacer un balance del «movimiento literario nacional». Para salir de la
concha provinciana. El Tío Juan trajo algunos textos de Gutiérrez Najera, de
Gabriel D'Annunziot, y el director se aventuró en algunas traducciones del francés.
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"El Tío
Juan", N" 80, mayo 7 de 1897. Biblioteca Nacional, Bogotá.
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Hasta que llegó
el momento critico de una suspensión, el de diciembre de 1896. El Tío Juan
dependía del propietario de una imprenta, el señor Eduardo Espinosa, quien comenzaba
incomodarse con el tono editorial del periódico: «El señor Eduardo Espinosa, actual
propietario y director de la imprenta en que hasta ahora se ha editado El Tío Juan,
nos ha manifestado que tiene varios inconvenientes para continuar prestándonos tal
servicio, entre los cuales figura el gran recargo de trabajo, lo mismo que algunas
consideraciones de carácter íntimo y de la particular incumbencia del señor Director.
Nosotros, tan respetuosos del parecer ajeno, como del goce de nuestra propia libertad, nos
vemos obligados hoy -con verdadero pesar- a suspender unos pocos días nuestra
publicación».
Su renacimiento,
en otro establecimiento de imprenta, ocurrió el 6 de febrero de 1897, publicando
comentando la nueva ley de prensa; testimoniando la desaparición de unos periódicos
colegas que no resistieron los embates de la censura.
En conclusión, El
Tío Juan fue periódico de política parroquial, uno de esos pequeños esfuerzos de
imprenta que desafiaban un fuerte poder central. Es uno de los testimonios de la derrota
final del liberalismo colombiano del siglo XIX. Los últimos años de ese siglo
constituyeron la época del liberalismo frustrado, perdedor en sus ensayos de federalismo
y de modernización política y económica. Años de postración que tuvieron su corolario
en la derrota definitiva que le infligió su enemigo político e ideológico en la guerra
de los Mil Días.
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