Ficha bibliográfica
Titulo:
Cien años de
Edición original: 2005-06-02
Edición en la biblioteca virtual: 2005-06-02
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: Gilberto Loaiza Cano

 

Revista Credencial Historia


EDICIÓN  81-  OCTUBRE 1996





CIEN AÑOS DE "EL TIO JUAN",
un episodio en la lucha del periodismo contra la censura

Por: Gilberto Loaiza Cano

Tomado de: Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 82
Octubre de 1996

 
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Julian Páez M.



  El 9 de septiembre de 1896 salió en Bogotá el primer numero del periódico El Tio Juan, dirigido por el periodista liberal Julián Páez, un discreto escritor boyacense -el mismo reconoció que era un "aspirante a literato"- que dejo un libro de relatos costumbristas y unas cartas políticas que testimonian una época de enfrentamientos entre un liberalismo sumido en la postración política e ideológica y un conservatismo triunfante en las armas y en el sufragio. Quizás lo único memorable de Julián Páez fue su seudónimo, El Tio Juan, que sirvió de nombre para este periódico que nació hace un siglo. El Tio Juan circuló durante un par de años todos los lunes, miércoles y viernes. Tuvo las intermitencias obligadas por una rígida ley de prensa y por las flaquezas de la débil economía de la empresa editorial. Fue uno de los tantos periódicos liberales que nacieron y murieron asfixiados por los rigores de la Ley de los Caballos, uno de los engendros coercitivos que le permitió al régimen conservador su prolongación hegemónica.

  El Tio Juan se presentó en sociedad como un «periódico industrial, literario y de variedades». Ese rótulo no fue extraño en muchos periódicos de fines del siglo pasado y comienzos del presente; parecía un disfraz de muchos periódicos que querían despistar las vigilancias de la censura. En los años inmediatamente posteriores o anteriores a una guerra civil, no fue raro encontrar esos mesurados encabezamientos de la prensa liberal y conservadora. Podían revelar un breve acto de arrepentimiento por los desafueros de la guerra, o un reconocimiento del estado de miseria y atraso que habían creado los conflictos armados entre los partidos. Entonces los publicistas que fundaban esos efímeros periódicos tomaban los lemas del progreso industrial, del respeto a la palabra, de la preeminencia de la pluma y la tribuna sobre los cruentos enfrentamientos armados. Recién pasada una guerra, los periódicos querían sobreponerse a los rencores políticos parroquiales y abanderar algunos ideales de progreso industrial que enderezaran la vida republicana. Pero aquello no pasaba de ser un débil propósito que sucumbía ante las pasiones de una nueva guerra civil. Los directores, impresores y tipógrafos fácilmente terminaban encarcelados o con la imprenta cerrada, de nuevo quedaba al frente el recurso de las armas y moría ese frágil propósito civilizador de la prensa del siglo XIX.


  El editorial del primer número de El Tío Juan es diciente de las condiciones en que debía nacer en aquel momento un miembro más de la prensa liberal. Surgía en medio de tensiones políticas, bajo la mirada inquisitiva de los funcionarios del Ministerio de Gobierno, debían aceptarse las "colaboraciones forzosas" de los representantes de la censura oficial. Se nacía como un periódico de oposición que, en cualquier momento, iba a recibir la orden de callarse: "La prensa no es oída, por desgracia, en las regiones oficiales, o se la oye con desconfianza o con cólera. Se entiende que no hablamos de la prensa turiferaria e incondicional: bien se sabe que el lacayo goza de libertad para presentar al amo sus besamanos. Hablamos de la prensa que discute y lucha, que distingue y piensa. Esta prensa, en los actuales momentos, habrá de hablar uno de dos lenguajes: recio y enérgico, o blandengue e incoloro. Para lo primero, tiene el Gobierno la suspensión y la multa, la prisión y el destierro; para lo segundo, complácese en prestar orejas de mercader con el objeto de poder decir luego que ha respetado la libertad de prensa".

 

 

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Primer número de "El tío Juan", dirigido por Julián Páez. Bogotá,
miercoles 9 de septiembre de 1896. Biblioteca Nacional, Bogotá.




  La primera de las cuatro páginas estaba atiborrada de anuncios publicitarios; la siguiente contenía la voz editorial de un liberalismo políticamente constreñido que parecía resignarse al protagonismo solitario de Rafael Uribe Uribe en el Congreso; por varios años, el joven liberal se convirtió en la única participación legal del partido liberal en la política y de él dependieron las reformas a la rígida ley de prensa y el acercamiento a los olvidados y engañados sectores artesanales. Siempre fueron los momentos de postración del liberalismo colombiano del siglo XIX los más oportunos para buscar el apoyo del artesanado. De ese vínculo ambiguo y conflictivo nacieron, en cabeza de Uribe Uribe, los primeros esbozos de legislación laboral de la naciente clase obrera. Por eso los primeros editoriales de El Tío Juan se fijaron con interés en los proyectos liberales a favor de "los maestros de taller".

  Ante las "facultades omnímodas" del régimen conservador, Uribe Uribe fue la única voz opositora en los recintos del Congreso. Su presencia fue parte del dilema del liberalismo desde los años de la Regeneración: conciliar y transigir con el precario juego democrático que apenas si le permitía subsistir o entregarse al delirio de las armas. Mientras el destierro y la censura predominaban en el ambiente, reinaba un omnipotente Miguel Antonio Caro. Quienes creyeron en el activismo político ante el Congreso sólo consiguieron suavizar la estricta ley de prensa; entre tanto, el ánimo de los guerreristas aceleró en 1897 la convocatoria de una urgente Convención Liberal para evitar lo inevitable: una nueva guerra civil en la que, otra vez, perderían los liberales.

  El Tío Juan es hijo de esa encrucijada, en la que los liberales «habían perdido hasta el sentido común», según recuerda Eduardo Rodríguez de Piñeres. Eran los tiempos en que las verdades políticas las declamaban los locos en las calles, porque los dirigentes liberales en sus reuniones clandestinas y en sus vigilados periódicos seguían equivocándose. La verdad la pronosticaba el loco Arias diciendo: «el partido liberal no subirá al poder por revolución ni por evolución, sino por invitación».

 

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Portada de "El amor de un bohemio", de Julián Páez. Bogotá,
Papelería de Samper Matiz, 1898. Biblioteca Nacional, Bogotá.  Portada de "Idilio de un ciego", de Julián Páez. Bogotá, Papelería de Samper Matiz, 1899. Biblioteca Nacional, Bogotá.



   Inmerso en el dilema de civilismo o insurrección, El Tío Juan trataba de borrar las heridas de la guerra pasada, pero anunciaba los conflictos de la guerra por venir. En sus páginas se notificaron las muertes sucesivas de periódicos que no alcanzaban una historia mayor de diez números. Murieron, entre otros. El Látigo de Cartagena, El Telegrama y Los Hechos de Bogotá. Valga destacar que pocos meses antes de que apareciera, más exactamente el 27 de junio de 1896, el periódico El Espectador sufrió una de las tantas suspensiones indefinidas, hasta que el año siguiente, gracias a la nueva ley de prensa que había abanderado Uribe Uribe, volvió a circular. Tampoco olvidemos que era reciente el episodio del destierro del ex presidente Santiago Pérez. El Tío Juan clamaba inútilmente por una agremiación de los periodistas liberales para defenderse de las persecuciones del régimen conservador. Esfuerzo vano que sólo tuvo algún grado de concreción con la creación de una Asociación de Cronistas en 1920, cuando se hacía apremiante contrarrestar la Hegemonía Conservadora.

  No podía sustraerse este periódico de entreguerras a los cercanos recuerdos de los enfrentamientos armados. Recibía cartas de prisioneros políticos, hacía semblanzas de jóvenes liberales que habían interrumpido sus estudios universitarios para unirse al ejército de algún general. Un tal Casimiro de la Barra era el anónimo reportero político que se encargaba de hacer las semblanzas políticas en la sección «Siluetas parlamentarias». La instrucción pública, otro desvelo de los liberales en sus tiempos de declive político, fue tema de un proyecto de ley publicado el 9 de octubre de 1896 y por eso prosperó en el periódico una sección de pedagogía. Pero al lado de estas preocupaciones "civilizadoras", relucían las preocupaciones por proyectos de ley que deseaban imponer el servicio militar obligatorio. Aún más, las pasioncillas personales traicionaban el tono sosegado e impersonal que se intentó sostener en los editoriales. El 4 de noviembre, Julián Páez tuvo que disculparse con sus lectores porque iba «a bajar a la sección personal» para responder a unos insultos. De la respuesta del director de El Tío Juan al agravio puede destacarse lo siguiente: "Como escritor, ¡soy inmaculado! Desde ahora, por mi parte, cualquiera que sea el Ministro de Gobierno que haya referido respuesta alguna mía a la pregunta que se me haya hecho sobre por qué escribo algo; por poderosos que puedan ser los círculos oficiales que refieran la respuesta que me atribuyen".

 

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"Las Noticias", No 304. Administrador: Julián Páez M. Bogotá, julio 9 de 1890.
Biblioteca Nacional, Bogotá. 
"El rayo X", No. 119. Directores: Federico Rivas Frade y Julián Páez M.
Bogotá, diciembre 23 de 1897.


 

  También hubo contrapunteo entre artículos que trataban sobre los temas positivos del progreso material, tales como construcción de caminos y creación de granjas agrícolas. En fin, las preocupaciones pragmáticas de la balbuciente burguesía cafetera contrastaron con algunos artículos dedicados a exponer erráticas caracterizaciones del modernismo literario o a hacer un balance del «movimiento literario nacional». Para salir de la concha provinciana. El Tío Juan trajo algunos textos de Gutiérrez Najera, de Gabriel D'Annunziot, y el director se aventuró en algunas traducciones del francés.

 

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"El Tío Juan", N" 80, mayo 7 de 1897. Biblioteca Nacional, Bogotá.


 

  Hasta que llegó el momento critico de una suspensión, el de diciembre de 1896. El Tío Juan dependía del propietario de una imprenta, el señor Eduardo Espinosa, quien comenzaba incomodarse con el tono editorial del periódico: «El señor Eduardo Espinosa, actual propietario y director de la imprenta en que hasta ahora se ha editado El Tío Juan, nos ha manifestado que tiene varios inconvenientes para continuar prestándonos tal servicio, entre los cuales figura el gran recargo de trabajo, lo mismo que algunas consideraciones de carácter íntimo y de la particular incumbencia del señor Director. Nosotros, tan respetuosos del parecer ajeno, como del goce de nuestra propia libertad, nos vemos obligados hoy -con verdadero pesar- a suspender unos pocos días nuestra publicación».

  Su renacimiento, en otro establecimiento de imprenta, ocurrió el 6 de febrero de 1897, publicando comentando la nueva ley de prensa; testimoniando la desaparición de unos periódicos colegas que no resistieron los embates de la censura.

  En conclusión, El Tío Juan fue periódico de política parroquial, uno de esos pequeños esfuerzos de imprenta que desafiaban un fuerte poder central. Es uno de los testimonios de la derrota final del liberalismo colombiano del siglo XIX. Los últimos años de ese siglo constituyeron la época del liberalismo frustrado, perdedor en sus ensayos de federalismo y de modernización política y económica. Años de postración que tuvieron su corolario en la derrota definitiva que le infligió su enemigo político e ideológico en la guerra de los Mil Días.