Hasta hace poco los
antioqueños tenían fama de ser un pueblo muy religioso, y esto ha llevado a pensar que
siempre fueron así. Pero en realidad, durante la época colonial, la Iglesia en Antioquia
no fue importante como institución en el sentido tradicional para América Latina. En vez
de abundar allí las órdenes religiosas, encontramos un disperso clero secular que no era
próspero ni poderoso, y el único convento de monjas era el de las Carmelitas Descalzas,
fundado en Medellín en 1791. Apenas alrededor de mediados del siglo pasado empezó a
aumentar el número de parroquias, sacerdotes y comunidades religiosas. Al comenzar el
siglo XX, la región ya llevaba la delantera en casi todos estos indicadores respecto al
resto del país, y «exportaba» curas y monjas a los demás departamentos. En este
período se hicieron usuales comentarios como el expresado por J.M. Torres Caicedo en su
viaje de 1857: «El pueblo de Medellín, como en general el del Estado de Antioquia, es
esencialmente religioso, y prefiere las ceremonias religiosas a los bailes y los
espectáculos». Un siglo más tarde, Virginia Gutiérrez de Pineda emprendió el estudio
comparativo de algunos complejos culturales en Colombia y encontró que en Antioquia
todavía «...el sacerdote controlaba hasta el límite más estricto de la vida de cada
uno [...] con activa eficacia».
Los ataques contra los
privilegios de la Iglesia emprendidos por el gobierno central en el marco de las reformas
Liberales adelantadas entre los decenios de 1850 y 1880 tuvieron atenuantes en Antioquia.
Allí el clero recibió apoyo aun de parte de algunos liberales, tal vez porque el tipo de
institución eclesiástica desarrollada en la región no había generado sentimientos
anticlericales y porque muchos tenían parientes religiosos y consideraban la persecución
a los sacerdotes como un ataque a sus intereses familiares. Además, durante una parte del
período radical, la Iglesia antioqueña contó con la protección del gobierno local del
conservador Pedro Justo Berrío.
En cuanto a la
administración eclesiástica, desde 1804 Medellín perteneció a la diócesis de
Antioquia, con asiento en Santa Fe. En 1868, ésta se trasladó a Medellín con el nombre
de Medellín y Antioquia, pero en 1873 se tuvo que reestablecer la diócesis de Antioquia,
así que el territorio del Estado fue repartido entre ambas Jurisdicciones. En 1902,
Medellín fue elevada a arquidiócesis, y ese mismo año se le suprimió un grupo de
parroquias al sur para crear la diócesis de Manizales. En 1915, varias parroquias del
suroeste pasaron a la nueva diócesis de Jericó, y en 1917 otras del norte entraron a
conformar la diócesis de Santa Rosa de Osos. A pesar de estas subdivisiones, en 1930 la
arquidiócesis de Medellín seguía siendo muy extensa -15.000 kilómetros cuadrados- y
abarcaba parroquias tan apartadas como Titiribí, Sonsón, Puerto Berrío y Yolombó. En
el área de Medellín funcionaban las parroquias de la Candelaria, San José, La Veracruz,
Nuestra Señora del Sufragio y el Corazón de Jesús (Buenos Aires). En los alrededores
estaban las de La Estrella. Envigado, Bello y Belén.
La ciudad contaba con
varios otros templos aparte de las iglesias parroquiales, como los del Carmen, San
Ignacio, San Juan de Dios, San Antonio, de Loreto, Sagrado Corazón de Jesús (Guayaquil),
La Inmaculada, Cristo Rey, Jesús Nazareno y La América. Mención especial merece la
actual catedral, iniciada en 1875 (con planos originales del italiano Felipe Crosti, los
cuales resultaron una estafa y fueron repetidos por el francés Charles Carré hacia 1886)
y terminada en 1931. En este año había además cerca de treinta capillas privadas,
ubicadas en colegios, cárceles, establecimientos de beneficencia y sedes de las
comunidades religiosas.
El repique de las
campanas constituía una referencia importante en la rutina diaria de los medellinenses,
pues todos los días a la misma hora llamaban a misa y anunciaban el ángelus, el trisagio
y los servicios religiosos; en ocasiones especiales podían expresar otros mensajes:
luto en caso de muerte,
alarma en caso de calamidad o aun alguna intervención en política. Relata Luis Latorre
Mendoza que el 27 de enero de 1879 el jefe militar liberal Julián Trujillo se presentó a
caballo, ataviado con su uniforme, en el atrio de la catedral para llamar a las armas a
sus copartidarios, pues los conservadores de poblaciones vecinas habían amanecido en
campamentos alrededor de la ciudad. Cuando empezó su perorata, el sacristán echó al
vuelo las campanas impidiendo que se le escuchara.
Entre los pastores de
la Iglesia, sobresale el bogotano Manuel José Caycedo, arzobispo de Medellín entre 1906
y 1934, quien dejó huella en la vida religiosa, política y cultural de la ciudad. Apoyó
las congregaciones devotas, las obras sociales tales como la Sopa Escolar y la Gota de
Leche, y la llegada de varias comunidades religiosas. Pero se le recuerda sobre todo por
el celo con que defendió la ortodoxia de la doctrina católica y por su ataque a los
peligros de modernismo. Censuró varias publicaciones, entre ellas la revista Panida,
la tesis Notas feministas, de Ricardo Uribe Escobar,y los libros Colombia
constitucional, publicado en 1915 por Antonio José Cano, y Una tesis, de
Fernando Gonzáles. Se distinguió por su porte y por la energía de su oratoria. A Tomás
Carrasquilla lo impresionó: «Si Su Ilustrísima el Señor Caycedo les habla a las almas
complicadas como le habló aquí al alma de la montaña [...] tiene el don y el palito.
[...] ¡qué voz, qué nobleza y sobre todo qué facilidad tan difícil y qué cuerpo de
doctrina! [...] Es mucho trozo de Arzobispo!». Su entierro en 1937 fue multitudinario,
como puede apreciarse en las fotografías de Jorge Obando. Mientas desfilaban colegios,
escuelas, autoridades civiles, eclesiásticas y militares, un avión de Scadta arrojaba
flores sobre el cortejo.
Una parte significativa
de la presencia de la Tplesia en Medellín. en los años que nos ocupan, se debió a las
comunidades religiosas, en su mayoría provenientes de España, Italia y Francia, llegadas
al país después de la firma del Concordato (1887) para trabajar en establecimientos
educativos y en obras de asistencia social. Los Jesuítas fueron los mas activos e
influyentes de los religiosos radicados en la ciudad. Regresaron al país en 1844, y
Mariano Ospina Rodríguez los trajo a Antioquia. En Medellín fueron recibidos con
júbilo: el comercio cerró y la gente hizo cola para confesarse. Fueron expulsados de
nuevo en 1850, pero regresaron en 1885, esta vez para quedarse. Inicialmente se encargaron
de la iglesia de San Francisco, y después de la de San José; primero del Colegio
Académico, después del de San José, y desde 1886 del de San Ignacio. Además fundaron y
respaldaron una serie de asociaciones piadosas y fomentaron el culto al Sagrado Corazón
de Jesús por medio de la práctica de los ejercicios espirituales, de los primeros
viernes y de una solemne procesión anual, costumbres que conservaron su fuerza hasta el
decenio de 1960. A comienzos de siglo, la Compañía de Jesús fue pionera en ejercer el
apostolado entre la nueva clase obrera. Aparte de los Jesuítas, en el último cuarto del
siglo XIX llegaron los Hermanos Cristianos (Francia) y regresaron los Franciscanos
(Italia), que ya habían estado acá antes de la Independencia. En el decenio de 1910
vinieron de España los Carmelitas Descalzos y los Claretianos, y de Italia los Salesianos
y también de este país, en los años veinte, los Agustinos Recoletos.
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Iglesia de la
America. Acuarela de Humberto Chaves. "Humberto Chaves,
el pintor de la raza, 1891-1971', Medellín, 1995
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La antioqueña Emma
Herrán (Sor María, de la Santa Cruz) en el noviciado del
Buen Pastor en Brooklyn. Nueva York, ca. 1900
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De las monjas se
destacan las Hermanas de la Caridad o Dominicas de la Presentación, comunidad francesa
que se hizo cargo del Hospital San Juan de Dios, del Manicomio, de la Casa de Mendigos,
del Orfelinato de San José, del Patronato de Medellín y de varias otras entidades de
beneficencia; además fundaron el Colegio de la Presentación para jovencitas de sectores
acomodados. Otras dos comunidades que vinieron de Francia en el decenio de 1890 fueron las
Hermanas del Buen Pastor y las religiosas de la Compañía de María o de La Enseñanza.
En 1903, María de Jesús Upegui Moreno, tía de la célebre misionera antioqueña
conocida como la Madre Laura, fundó en Medellín la Congregación de Siervas del
Santísimo y de la Caridad con fines caritativos. En los primeros años del siglo XX
llegaron las Salesianas (Italia) y en el decenio de 1910, las Capuchinas (España), las
Hermanitas de los Pobres (Francia), y en los años veinte otras tres congregaciones
francesas: las Hijas de la Sabiduría, las Vicentinas, y las Madres del Sagrado Corazón
de Jesús.
El aprecio y la
curiosidad de los medellinenses por las religiosas se nota en la forma como recibieron en
1899 a las primeras monjas de La Enseñanza que venían de Bogotá. En su diario, la
hermana Ignacia Bertilda Samper -hija de Soledad Acosta de Samper" relata que, cerca
de Barbosa.«... empieza la generosa y hospitalaria acogida que nos brinda la sociedad de
Medellín, porque de ese punto en adelante no cesaríamos de encontrar, de trecho en
trecho, algún coche lleno de señoras que vienen desde la ciudad a damos la
enhorabuena». Entraron a la ciudad a las siete de la noche, acompañadas de una caravana
de unos veinte coches que «...producen un estrépito formidable. Toda la población
parece estar aglomerada en las puertas y ventanas; y por las calles hormiguea delante,
detrás y en tomo de los coches una apiñada multitud de hombres, mujeres y niños...» El
ambiente de respeto por la religión que envolvía a algunas familias, el trato frecuente
con sacerdotes y monjas y la influencia de los confesores ayudan a entender el auge de las
vocaciones religiosas entre las familias de Medellín, sobre todo entre las mujeres. El
viajero francés Pierre D'Espagnat, en su visita de 1898, observó: «En la vida
retraída, tan fiel, tan poco accesible de la mujer antioqueña, es ese resorte de la
ardiente convicción religiosa el aspecto mas fácilmente perceptible. Es este, me parece,
mucho más secundario en los hombres, quienes, absorbidos por las preocupaciones de los
negocios, descuidan los intereses de otro orden...»
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Admisión de María
de las Victorias Ospina en uno de los Coros de Doncellas, de las Hijas de María.
Medellín, diciembre de 1863. Archivo Ospina Rodríguez, FAES, Medellín.
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La Catedral de
Villanueva, en construcción. Fotógrafo anónimo,
Medellín, ca. 1920. Centro de Memoria Visual, FAES, Medellín.
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El activo estilo de vida de las comunidades religiosas instaladas en aquel entonces en la
ciudad, por lo regular extranjeras y familiarizadas con nuevos métodos pedagógicos y de
beneficencia, también debió influir a la hora de elegir la vida religiosa. Ingresar a
estas comunidades brindaba la posibilidad de viajar, de aprender otro idioma y abría
otros horizontes de vida a aquellos con inquietudes intelectuales o una inclinación al
trabajo social.
Las organizaciones
voluntarias religiosas creadas con el fin de rendirle culto a un santo e interceder por el
descanso eterno de los fallecidos bajo nombres tales como cofradías, congregaciones,
co-fraternidades o ligas contribuyeron a divulgar la doctrina católica en la ciudad.
Aparte de las indulgencias otorgadas a sus miembros, fomentaron la ayuda mutua entre
éstos y socorrieron a los menesterosos. Algunas admitían hombres, otras mujeres, y una
cuantas estuvieron abiertas para ambos sexos. Se sostenían con aportes de los socios o
con donaciones. Los afiliados recibían una patente o certificado y una banda, o
escapulario como distintivos. Participaban en desfiles y procesiones portando sus vistosos
emblemas y estandartes. Entre 1850 y 1930, funcionaron en Medellín cerca de cincuenta de
estas agrupaciones, entre las que sobresalen Congregación de San José, Asociación
Sagrado Corazón de Jesús, Sociedad Católica. Congregación de Hijas de María,
Congregación Mariana de la Inmaculada Concepción, Juventud Católica propagación de la
Fe, Apostolado Doméstico del Sagrado Corazón de Jesús y la Acción Social Católica.
Editaron toda una serie de publicaciones tales como: La Sociedad (1872- 76); La
Familia Cristiana (1906-1932) El
Mensajero Eucarístico, (desde
1913), Antioquia
guía por María (1919-30), La buena Prensa
(1920?-?) y El Obrero Católico (1925-60?). Aparte de su labor piadosa y del aporte
caritativo que ayudaba a suplir la seguridad social actual asociaciones devotas cumplieron
otros fines. Por ejemplo, la Sociedad La Sociedad Católica y la Asociación del Sagrado
Corazón de Jesús se opusieron a la reforma educativa de los radicales. En término
generales, dichas expresiones de la sociabilidad contribuyeron a cohesionar la sociedad al
servir de puente y crear un vínculo entre los distintos sectores sociales.
Vale la pena mencionar
algunas de las rutinas y devociones de la época para formarse una idea del ambiente
religioso que se respiraba en la ciudad. Desde el siglo pasado, los chicos aprendían de
memoria la Doctrina Cristiana del Padre Gaspar Astete en la escuela o en las
sesiones de catecismo dominical, como la que tuvo a su cargo durante cincuenta años la
señora Wenceslaa Suárez en la iglesia de la Veracruz, según Lisandro Ochoa, su alumno
hacia 1870. El Catecismo Astete, cuya versión original data del siglo XVI, fue la
primera publicación de la Tipografía El Comercio de Félix de Bedout (1903). Orar en
familia era algo usual en el siglo pasado y principios del presente. En palabras de
Carrasquilla, se rezaba el «rosario al acostarse, Alabados al amanecer, amén de
jaculatorias a cualquier hora». Cuenta este autor que una tarde iba a visitar a Manuel
Uribe Angel en las afueras de Envigado, y de las casas de ricos y de pobres ubicadas al
borde del camino «...salía a aquella hora, un murmullo monótono y dulce [...] Como
Íbamos andando, a la primera mitad del Ave María que salía de una casa oíamos
contestar la segunda parte en la morada siguiente». El culto al Sagrado Corazón de
Jesús arraigó en Antioquia, al igual que en el resto del país, y en general el mundo
católico, a partir del último cuarto del siglo XIX hasta el decenio de 1940. En
noviembre de 1884, la parroquia de Envigado se consagró al Sagrado Corazón. En 1893 lo
hizo el municipio de Medellín y Envigado repitió el gesto. El 20 de marzo de 1922 el
gobernador de Antioquia Manuel M. Toro expidió el decreto 269 para entronizar en la
gobernación la imagen del Sagrado Corazón y el 8 de agosto de ese mismo año, la
Asamblea Departamental resolvió consagrarse también.
Lo rutinario de la vida
social hacía que las fiestas religiosas tuvieran mucha acogida. Parece que la del Corpus
era la más concurrida y vistosa a príncipes de siglo en Medellín. Desde la víspera
había mucho ajetreo para levantar altares adornados con flores de papel en las esquinas
principales. Se escogían algunas niñas para hacer de ángeles en estos «tronos
celestiales». Sofía Ospina de Navarro recuerda que ser escogida para dicho menester era
un honor al que todas las chiquillas aspiraban. La Semana Santa también era muy
concurrida. Mariano
Ospina Rodríguez,
escribió en El Tradicionista en 1875, que en la capital la Semana Santa había perdido
lucimiento en los últimos cuarenta años, mientras en Medellín, al contrario, «...se
practica con más decoro, solemnidad y recogimiento...»
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Novenas.
Biblioteca de la Fundación Antioqueña de Estudios Sociales, Medellín.
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Familia
antioqueña rezando el rosario. Dibujo de Horacio Longos.
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Entre los eventos
religiosos especiales que tuvieron lugar en la ciudad figuran los siguientes: el décimo
octavo aniversario de la coronación de León XIII, celebrado el 3 marzo de 1895. En
mayo de 1919, el Primer Congreso Mariano Nacional, y en septiembre de 1935, el Segundo
Congreso Eucarístico Nacional. Por lo regular, estas ocasiones incluían una misa con Te
Deum, y una procesión en la que desfilaban las autoridades, los colegios y escuelas en
uniforme de gala, las universidades, corporaciones, institutos y comunidades religiosas,
acompañados de carros alegóricos.
Según el censo de
1928, el 99% de los antioqueños eran católicos. Ese año sólo se contabilizaron 1477
personas pertenecientes a otras religiones, de las cuales 454 estaban radicadas en
Medellín. En 1956 la ciudad contaba con treinta y cinco templos católicos, uno
presbiteriano, uno adventista y una sinagoga. Parece que no era fácil ser diferente en
asuntos concernientes a la religión, sobre todo bajo el arzobispo Caycedo, poco amigo de
las disidencias. Los presbiterianos, por ejemplo, no olvidan las dificultades enfrentadas
para hacer valer sus matrimonios civiles. Si lograban dar con un juez que los casara, el
arzobispo lo excomulgaba y la presión social le podía hacer perder el puesto de trabajo.
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