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Repaso de Historia
INDALECIO LIEVANO, EL HISTORIADOR
Por: Alfonso
López Michelsen
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Tomado de:
Revista
Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 46
Octubre de 1993
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Indalecio
Liévano Aguirre.
Oleo de Inés Acevedo Biester. Palacio de San Carlos, Bogotá.
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El evento cultural del año 1944 fue, sin
duda alguna, la aparición de la obra de Indalecio Liévano sobre Rafael Núñez. La
presentaba el doctor Eduardo Santos con un prólogo en donde no solamente enaltecía el
estudio del autor, sino que se mostraba de acuerdo en muchos de sus juicios sobre el
Regenerador. Indalecio Liévano contaba a la sazón con 27 años, y fue una sorpresa para
el público lector colombiano la erudición de que hizo gala en su escrito y la agudeza de
sus observaciones sobre el eminente hombre público que hasta entonces había sido la Bete
Noire (la bestia negra) de los liberales colombianos. Execrado por más de medio
siglo, he aquí una pluma de insospechable estirpe liberal que con un gran acopio de datos
hace la apología de Núñez, contrariando medio siglo de diatribas fruto de las mejores
plumas de nuestro partido.
El revuelo que causó
la obra, no solamente por el enfoque, diferente de la literatura convencional, sino por
emanar de la pluma de un joven que aún no había llegado a los 30 años, fue inmenso.
Muchas personas aventuraron la hipótesis malévola de que la biografía de Núnez no era
obra suya sino un recuento de investigaciones adelantadas por un pariente suyo, por el
lado Daníes, que no había alcanzado a darlas a la publicidad cuando lo sorprendió la
muerte. Fue necesario que transcurrieran varios años y la personalidad de Indalecio fuera
más conocida, gracias a la publicación de otros estudios, como su Bolívar,
para que se despejara el horizonte y pudiera entrar por la puerta grande a la pléyade de
nuestros grandes historiadores.
En el curso de su
accidentada vida pública, la suerte le deparó la oportunidad de ser el canciller de la
República que rescatara para Colombia nuestra soberanía marítima en los dos océanos.
Los tratados de delimitación de aguas marinas y submarinas suscritos entre 1974 y 1978
llevan todos el nombre de Indalecio Liévano Aguirre. Había adquirido experiencia
diplomática bajo los gobiernos conservadores y la dictadura de Rojas al frente de la
Embajada en La Habana y de nuestra Delegación ante la Organización de Estados
Americanos, y manejó con gran destreza nuestras relaciones con Ecuador, Panamá, Haití,
República Dominicana y Costa Rica, consiguiendo que Colombia alcanzara su soberanía
marítima en una extensión sólo comparable a la de su soberanía terrestre. Fue algo que
jamás le perdonaron sus contradictores, el haberse sustraído a la disciplina partidista.
Para entender a
cabalidad la importancia de Liévano Aguirre como historiador es necesario remontarse a la
primera mitad del siglo XX, cuando aún no había hecho acto de presencia en nuestro medio
la ciencia de la historiografía. Aún los propios textos escolares, plagados de
anécdotas inconducentes, aparecían de una superficialidad sin límites a los ojos de los
educandos. Solamente las memorias de algunos de nuestros hombres públicos del siglo
pasado redimían a semejante desierto de la aridez intelectual. Ni el análisis
económico, social, político, en su genuino sentido, desempeñaban papel alguno en la
tarea investigadora de nuestros cronistas. Ni qué decir de la carencia de referencias
para ampliar los conocimientos. Citar las fuentes bibliográficas ha sido una práctica
tan reciente que una de las críticas que suelen formularse contra la propia obra de
Indalecio Liévano es la ausencia de referencias sobre sus fuentes. Olvidan quienes se lo
reprochan que esta costumbre sólo vino a implantarse muchos años más tarde, pero, en
tratándose de sus predecesores, el marcado cariz político de tales relatos los
descalifica, por su visión unilateral.
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Portadilla del
primer capítulo de "Los grandes conflictos sociales y económicos
de nuestra historia", de Liévano Aguirre, publicado por entregas en
"Semana".
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Lo más interesante de
la obra de Indalecio Liévano son los cuatro tomos destinados a lo que el mismo autor
calificara de Conflictos económicos y sociales de nuestra historia. Su
militancia en la vida pública no le permitió coronar su obra más allá del período
colonial. Dejó algunos esbozos, como El juicio de Mosquera ante el Senado y lo
que él llamaba Bolivarismo y Monroismo, que pueden damos una idea acerca de la
ruta de su pensamiento.
Liévano Aguirre era el
contestatario, por excelencia. Del mismo modo que escribió su Núñez a
contrapelo de la versión oficial, y su juicio sobre la política española en América
también va en contravía, el análisis sobre el juicio de Mosquera o la Convención de
Ocaña están signados por este prurito de la contradicción, que hace de la lectura de
sus libros algo no solamente provechoso sino apasionante por representar un diagnóstico y
una interpretación diferente de lo convencional.
En toda la América
Latina subsiste una controversia, vieja de cuatro siglos, acerca de los méritos y las
limitaciones del dominio español durante la conquista y la colonia. Apologistas de la
colonización española fueron en su tiempo don Andrés Bello y don Miguel Antonio Caro, a
mediados del siglo XIX; pero, mientras en otras latitudes persevera esta escuela de
pensamiento que restablecía el equilibrio entre la literatura sobre la "leyenda
negra", acogida sin beneficio de inventario por las nacientes repúblicas, y el
aporte hispano, en Colombia se silenció por más de cincuenta años la reivindicación de
la influencia española en nuestra evolución como Nación. En cambio, en el norte del
continente, Carlos Pereyra, Francisco Bulnes o José Vasconcelos mantuvieron una posición
crítica frente a la enseñanza oficial. Del mismo modo, José Mariano de la Riva Agüero,
en el Perú, y en la Argentina Silvio Zabala y Ruíz Guiñazú, prohijaron la tradición
prohispana. El mérito de Liévano Aguirre reside en haber revivido esta polémica
intelectual en el estudio de nuestra historia, cuando la apología de lo español parecía
definitivamente desechada.
Gran influencia en el
pensamiento de Indalecio Liévano como historiador y crítico de nuestra vida pública
ejerció el chileno Edwards Bello con su obra La fronda aristocrática, en donde
se establece un parangón entre "La fronda", conspiración de la nobleza contra
el rey Luis XIII de Francia, y las conspiraciones de las oligarquías latinoamericanas
contra los hombres de estado que, escapando al compromiso de protegerles sus intereses,
gobiernan con una visión que encama en cada momento histórico una interpretación del
querer popular de carácter eminentemente democrático. Es la nuez de los conflictos
económicos y sociales, que él detectaba en cada uno de los períodos históricos cuando
el gobernante que no se sometía a los grupos de presión acababa siendo víctima. ¿Cuál
había sido, según Liévano, el destino de Bolívar, de Mosquera, de Núñez, de Reyes,
de López Pumarejo, sino el de perecer a manos de las frondas? Su sectarismo ideológico
lo lleva al extremo de cuestionar nuestra emancipación de España entre los episodios del
mismo género: una revolución de la burguesía en ascenso contra el monarca español que
no estaba sometido a presión distinta de la de su conciencia, o sea, ante Dios, a quien
debía su corona, como que su poder no emanaba del sufragio electoral sino del principio
del Derecho Divino de los reyes.
Indalecio Liévano era
en cierto sentido un sectario. Si políticamente nunca adoptó posiciones extremas ni se
caracterizó como un enemigo irreconciliable de los conservadores o de los comunistas,
fue, en cambio, desde el punto de vista ideológico, un enamorado de sus ideas que no
admitía contradicción y las aplicaba con todo rigor a la interpretación de las más
diversas situaciones. Es, a mi entender, la característica de su obra: aplicarle un
cartabón preconcebido a los acontecimientos de la vida colombiana en el periodo
republicano. Sólo su inmensa capacidad de investigación, y el acopio de datos con que
sustenta sus tesis, lo redimen de este rasgo de su pluma que podría demeritar su tarea.
En la vida privada fue
Indalecio Liévano un ciudadano ejemplar. Hombre de una honestidad irreprochable, llegó a
extremos de delicadeza que no son frecuentes en los anos que vivimos. Fue el caso de la
edición de su Bolívar por el Gobierno venezolano durante la administración de Carlos
Andrés Pérez. Liévano Aguirre era el canciller de Colombia y no obstante el derecho que
tenía a recibir regalías por la publicación de su obra, de acuerdo con los tratados
internacionales, se negó a recibir cualquier compensación por concepto de derechos de
autor.
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Capítulo lV de
"Los grandes conflictos"
dedicado a los encomenderos y prelados.
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Portada de
"Semana" dedicada a la obra de
Indalecio Liévano,
septiembre 1 de 1959.
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La vida pública no le
permitió llevar adelante su proyecto de reconstruir la historia de Colombia en el siglo
comprendido entre 1830 y 1930. Dejó, sin embargo, un acervo de datos valiosos, resultados
de sus investigaciones acerca de distintos protagonistas de nuestro devenir histórico.
Recuerdo, en particular, sus hallazgos en los archivos ingleses de la entrevista de
Guayaquil entre Bolívar y San Martín y algunas notas sobre la apertura económica bajo
la rectoría de don Florentino González, ministro del Tesoro de la primera
administración Mosquera, en el siglo pasado. Dios sabe si se conserven algunos apuntes de
su cátedra de historia en la Universidad de los Andes, donde dictó el curso Historia de
Colombia. Sería de una inmensa utilidad que con las notas de algunos de entre sus
discípulos se procediera a la reconstrucción de una versión tan valiosa y distinta como
la suya acerca de momentos cruciales de nuestra historia estereotipada que todavía
resiste la disección de la crítica.
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