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LAS FLORIDA
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Una república independiente con raíces neogranadinas, en 1817
Por: David
Bushnell
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Tomado de:
Revista
Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 46
Octubre de 1993
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Aun en el actual estado norteamericano de Florida pocos saben que alguna vez, en 1817, su
territorio figuraba entre las nuevas repúblicas hispanoamericanas que luchaban por
independizarse. La República de las Floridas, que así se llamaba, sobrevivió menos de
un año y logró controlar una mínima parte de la colonia española del mismo nombre. La
mayor parte de sus habitantes ni siquiera hablaban castellano. Sin embargo, tenía la
apariencia exterior de un flamante Estado latinoamericano y no carecía de vínculos
concretos con los independentistas de Tierra Firme, de México y hasta del Río de la
Plata.
La Florida era una
colonia escasamente poblada, cuya capital. San Agustín, tenía poco más de mil
habitantes; económicamente era un lastre para los fiscos de Cuba y Nueva España. Dentro
del imperio español había tenido una función casi exclusivamente estratégica, como era
en efecto la de negarle la posesión de la península a una potencia enemiga que pudiera
amenazar desde tierras floridanas a Cuba o a la ruta de los galeones que solían pasar
frente a la costa de la Florida en su viaje de regreso del Nuevo Mundo, exactamente como
había hecho Colón en su primera expedición. Desde finales del siglo XVIII había unos
pocos síntomas de mayor actividad económica y estaba expuesta la colonia a nuevas
influencias externas, pero en uno y otro caso el factor fundamental era la peligrosa
cercanía de los Estados Unidos. Desde el período de ocupación británica de Florida
(1763-83), se había formado una población étnica y culturalmente heterogénea que
aceptaba más o menos de buen grado el reestablecimiento del dominio español, con tal que
se le permitiese en la práctica la conservación de sus propias costumbres y una
relación económica, en buena parte ilegal pero ineludible, con la pujante república
vecina.
Así las cosas, el
comienzo del movimiento de independencia hispanoamericana en 1810 casi no tuvo
repercusión en la pequeña -y todavía insignificante- colonia de Florida. En San
Agustín se ve hoy día un monumento a la Constitución; si uno inspecciona bien la
lápida, nada tiene que ver con la famosa Carta norteamericana, sino con la Constitución
de Cádiz de 1812, que en Florida, a diferencia de lo que sucedió en Santafé de Bogotá
y demás provincias insurreccionadas, sí pudo ser promulgada. En ese mismo año, es
verdad, se proclamó por primera vez una república independiente en la Florida, pero se
trataba simplemente del intento de unos colonos angloamericanos de sustraerse al control
español, como paso previo a la anexión norteamericana. Fuerzas militares de los Estados
Unidos participaron abiertamente en la aventura, que finalmente se abandonó, sólo como
consecuencia de la presión diplomática de otros países europeos.
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Gregor
MacGregor.
Oleo de Julián Rubiano, Eugenio Montoya y Constancio Franco,
ca.1880. 67 x 54 cm. Museo Nacional, Bogotá.
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La República de las Floridas de 1817 fue algo diferente, por cuanto fue auspiciada, de
manera indirecta, por los mismos patriotas suramericanos. Su jefe máximo era un
aventurero de origen escocés, Gregor MacGregor, quien había luchado antes al lado de los
revolucionarios de Venezuela y Nueva Granada, y hasta se había casado con Josefa Lovera,
una parienta de Simón Bolívar. MacGregor estuvo en el sitio de Cartagena, de donde
escapó con vida para ir a las Antillas y de allí a Venezuela. Por motivos no totalmente
claros abandonó nuevamente Venezuela y llegó a principios de 1817 a Estados Unidos,
donde se puso en contacto con Lino de Clemente, quien actuaba como agente del Libertador,
con el futuro canciller de la Gran Colombia don Pedro Gual, y con el norteamericano
Martín Thompson, representante éste de las Provincias Unidas del Río de la Plata. En
marzo de 1817 y a nombre de la "América Libre", los tres le dieron
autorización a MacGregor para apoderarse de "las Floridas", tanto la Oriental
como la Occidental.
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Vale por 1
dólar, expedido en la ciudad de Fernandina, Isla Amelia, República de las
Floridas,
firmado por Gregor MacGregor y Jh. de Iribarren Archivo General de la Nación, Bogotá.
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MacGregor se dedicó a
reclutar gente en los Estados Unidos -un puñado de hispanoamericanos y los demás
angloamericanos o europeos-, a obtener préstamos y a comprar materiales de guerra. Pudo
hacer todo esto en parte con base en las promesas de distribución de tierras floridanas
que él realizaría después de la victoria. Obtuvo un barco que zarpó de Charleston,
Carolina del Sur, desarmado y en una misión supuestamente comercial; sólo en la costa de
Georgia pasó a bordo el grueso de los hombres de MacGregor, que desembarcaron el 29 de
junio cerca de Fernandina, en la isla Amelia, en el extremo nororiental de la colonia.
Aunque sólo eran unos ochenta, los defensores (de más o menos igual número) imaginaron
que esta fuerza era la vanguardia de otra mucho mayor. El comandante español se rindió
casi enseguida sin oponer resistencia.
MacGregor trató con
benignidad a los vecinos y habitantes de la región. Instaló un gobierno local de
elección popular y organizó unas embrionarias agencias nacionales, como correos y
aduana. Desplegó bandera propia (una cruz verde sobre fondo blanco) y emitió decretos de
honores para sus seguidores y patentes de corso a capitanes, principalmente
angloamericanos, quienes se prestaban con gusto a enriquecerse haciendo presa de los
españoles. Pronto el remate de los bienes capturados (a veces pertenecientes a países
neutrales) se convirtió en la principal industria de la flamante república.
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Vale por 6 1/4
firmado por MacGregor e Iribarren, Isla Amelia, 1817.
Archivo General de la Nación, Bogotá.
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El hecho de que
MacGregor no hiciera ningún esfuerzo serio por apoderarse de San Agustín y del resto de
la colonia, contentándose con la isla Amelia, alimentó las sospechas del gobierno
norteamericano sobre que su verdadero objetivo no habría sido sino la creación de un
nido de piratería bajo el pretexto de la guerra de corso. La apreciación era injusta, ya
que las fuerzas de invasión no eran numerosas y la mayoría de los habitantes de la
Florida se mantenían al margen del conflicto, ya fuera por sentirse satisfechos con el
gobierno español (el gobernador de turno, el hispano-iriandés José Coppinger, gozaba de
bastante popularidad), o simplemente porque no querían comprometerse prematuramente. Por
otro lado, hubo descontento entre el bando revolucionario por la demora del triunfo
prometido y por otras incomodidades, entre ellas la aparición de la fiebre amarilla. El
propio MacGregor perdió muy pronto su fe en la victoria, y a mediados de septiembre
abandonó Fernandina para continuar la guerra contra España.
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Lino de
Clemente. Fotografía de un grabado de los hermanos Thierry.
Colección José Joaquín Herrera Pérez, Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.
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Casi al mismo tiempo
que MacGregor hacía sus maletas, sus hombres rechazaron una fuerza más grande que
enviara el gobernador español para la reconquista de Fernandina. Y el mismo día de la
retirada de la fuerza española, llegó a Fernandina una expedición revolucionaria
bastante mayor que la de MacGregor. La comandaba otro aventurero europeo, el francés
Louis Aury, quien se había dedicado a la guerra de corso desde Cartagena, hasta su caída
en 1815, y después de una breve estadía en Haití (donde se querelló con otro fugitivo
de Tierra Firme, Simón Bolívar), pasó a Texas para luchar por su independencia bajo
bandera mexicana. De Texas, ateniéndose a los consejos de Pedro Gual, siguió a Florida.
La presencia de los
hombres y demás recursos que trajo consigo Aury obviamente fortaleció la causa
revolucionaria, por lo menos en el corto plazo. Su llegada acarreó, sin embargo, otros
serios problemas. En primer lugar, rivalidades entre los restos de la gente de MacGregor y
los recién llegados, que conformaban otra masa heterogénea, pero cuya parte principal
consistía en soldados y marineros haitianos. Y en segundo lugar, la reacción adversa que
inspiró tanto en Florida como en el país del norte la llegada de esos "bandoleros
que habían participado en los horrores de Santo Domingo", tal como un periódico de
Georgia se refirió a la insurrección de los esclavos de Haití, que tanto había
atemorizado a la población blanca de las colonias vecinas.
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Pedro Gual y
Escandón.
Miniatura de Juan Francisco Mancera, 1816.
Museo Nacional, Bogotá.
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Aury resultó ser un jefe más decisivo
que MacGregor. Mantuvo un clima de orden en el territorio bajo su mando y, con el
asesoramiento de Gual y del boliviano-argentino Vicente Pazos Kanki, expidió una
Constitución rudimentaria, pero muy liberal. Fundó El Telégrafo de las Floridas, primer
periódico floridano de idioma español. Fomentó además la industria del corso, incluso
la captura en alta mar de esclavos para su reventa ilegal en los Estados Unidos, por más
que su poder descansaba en buena parte en la presencia de los haitianos. Pero no pudo
resistir la decisión de las autoridades norteamericanas de no tolerar más la existencia
de un gobierno independiente que, a su modo de ver, era sólo un reducto de
contrabandistas y criminales (en especial desde el arribo de los haitianos). El 23 de
diciembre de 1817, fuerzas norteamericanas ocuparon pacíficamente la isla Amelia y allí
se quedaron hasta la ratificación, en 1821, del tratado de cesión de Florida por parte
de España a los Estados Unidos.
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