Ficha bibliográfica
Titulo:
África: ¿un grado de evolución similar al de América?
Edición original: 2005-06-02
Edición en la biblioteca virtual: 2005-06-02
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: Rafael Antonio Díaz Díaz

 

Revista Credencial Historia


EDICIÓN 34 - OCTUBRE 1992

 





AFRICA: ¿UN GRADO DE EVOLUCION SIMILAR AL DE AMERICA?
Por:
Rafael Antonio Díaz Díaz

Tomado de: Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 34
Octubre de 1992


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En los últimos 500 años de historia del hombre se ha operado una sistemática despersonalización histórica del continente africano, hasta el punto que actualmente es indispensable realizar un trabajo de redescubrimiento de las más profundas raíces históricas de las sociedades africanas y de su influencia cultural en el mundo a través de la diáspora africana, acelerada justo a partir de 1492. Hasta finales del siglo XV y principios del XVI, Africa desempeñó un papel histórico relevante: el hombre adoptó en Africa por primera vez la posición erguida; las primeras manifestaciones culturales humanas se dieron allí; en el Africa surgió la cultura egipcia, primera gran civilización humana; y allí se estructuraron grandes entidades políticas, de considerables alcances regionales, en la época dorada de la historia africana, siglos VII a XVI.

Ghana se encuentra entre los primeros imperios negros y su desarrollo arrancó en el siglo VII. Ubicada en el Africa Occidental, entre las dos curvas pronunciadas de los ríos Senegal y Níger, se convirtió desde sus comienzos en una zona comercialmente estratégica y en un área de refugio para los agricultores, factores que permitieron su despegue como reino y su transformación, en el siglo X, en un imperio. El rey y el Estado derivaban poder y riqueza del comercio, especialmente del oro. El soberano ejercía un cierto monopolio sobre la economía aurífera, acompañado de una activa participación de mercaderes árabes, quienes llevaban hacia Africa del norte polvo de oro, esclavos y marfil, principalmente. En el siglo XI, el imperio de Ghana va a ver opacada su grandeza por la presión político-militar del imperio árabe, extendido por toda Africa del norte y España. Migraciones hacia el sur de pueblos negros que no aceptaban planamente la religión islámica y la progresiva disminución de las caravanas de mercaderes redujeron la importancia de Ghana, dándole paso, desde comienzos del siglo XIII, a otro gran imperio africano: el de Malí.

Basado, al igual que Ghana, en la explotación y comercialización del oro, el imperio de Malí (siglos XIII-XVI) va a proporcionar al Africa uno de sus héroes más legendarios: Sundiata o el "león de Malí". Como uno de los artífices del imperio, aún es recordado en mitos, leyendas y tradiciones orales. Malí es la entidad política negro-africana de mayor proyección internacional en la época. Su rey era considerado por observadores y cronistas como el más poderoso entre los reyes negros. Un sobrino de Sundiata, Abubákar II, adquirió relevancia por haber intentado llegar a América del Sur en 1303,
189 años antes que Colón lo lograra en el Caribe. Abubákar II y su expedición nunca regresaron al puerto de origen. Otro soberano maliano, Mansa Musa, fue quien dio a conocer a Malí, no sólo por su famosa y fastuosa peregrinación a La Meca en 1324 (llevando dos toneladas de oro, hizo bajar estrepitosamente los precios del metal en Egipto y Arabia), sino porque en su época el imperio ya era incluido en los mapas como uno de los más grandes y poderosos del mundo africano. En 1492, Malí había entrado en declive ante la presión de Gao o Shongay, que desde el siglo XVI llegaría a ser la entidad imperial dominante en el Africa Occidental. Kongo, Zimbabwe, los Estados Haussa, Guinea, Malí, Etiopía y Shongay representan las máximas expresiones políticas de un proceso de expansión de la territorialidad y de las formas políticas. En efecto, clanes, reinos, ciudades-estado e imperios fueron las formas políticas que se dieron en Africa, siempre de acuerdo con las condiciones regionales.


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El emperador Mansa Musa de Malí, entronizado entre Tombuktú y Gao,
en un mapamundi, catalán de 1375.


 

El oro y la expansión islámica conformaron un dúo histórico que tuvo una profunda incidencia en los procesos históricos africanos. Estos dos elementos, contaron con dos áreas naturales de enlace regional: uno continental, el Sahara, y otro marítimo, el océano Indico, los que, junto a las redes internas de circulación, convirtieron a Africa en un gran eslabón de flujos comerciales internacionales, especialmente entre los siglos XII y XVI.

Por el océano Indico, por ejemplo, y en dirección hacia Arabia y la India, Africa exporta marfil en bruto o tallado. Los artesanos y los agricultores del Sudán y del valle del río Níger suministraban el comercio transahariano de semillas, calzado, pieles y, por supuesto, oro. Africa negra, a través de los árabes y del Sahara, suplía de oro a la Europa medieval en tonelajes anuales más o menos significativos. A su vez, estas regiones, importan sal, artículos suntuarios como sedas, brocados y armas ricamente adornadas. El oro y los esclavos ocupan un lugar importante en los productos de exportación.

Es preciso indicar que la institución de la esclavitud no era ajena a la historia africana en el momento en que Colón llegaba a América. Para entonces, Africa había exportado unos 175 mil esclavos a Europa y al norte de Africa. Sin embargo, la estructura de las sociedades africanas no era esclavista, ni se daba una explotación sistemática de este comercio. Africa considera al esclavo como una parte integrante de la sociedad, lo asimila lentamente y los soberanos africanos, como en la antigüedad mediterránea encuentran en sus esclavos personas dignas de confianza, hasta el punto de convertirlos en sus consejeros o de encargarles trabajos administrativos. Por su parte, Europa, como se sabe, convirtió al esclavo en un factor de explotación, inversión y ganancia.

 

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Poblado musgum, Camerún.


 

Volviendo al papel del Islam, hay un hecho trascendental que en gran parte explica la notoria flexibilidad cultural de las relaciones entre el mundo árabe y el negro-africano: la islamización de las capas dirigentes y comerciales de las sociedades africanas, sin que se alteren las estructuras culturales tradicionales de la mayoría de la población. Lo mismo sucedió con Etiopía, donde la adopción de creencias cristianas no modificó significativamente los valores tradicionales.

 

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Trompetero real del antiguo reino de Benin.
Bronce, siglo XVI.


 

La actividad comercial, la producción cultural, la vida intelectual y la creación artística contribuyeron a conformar otra de las características de Africa en este período: el notorio desarrollo urbano que, según un analista africano (quizás exagerando) suma unas 400 ciudades entre grandes, intermedias y pequeñas.

De todas maneras, Africa, con una población cercana a los 200 millones de habitantes en el siglo XV (según D.T Niane, Historia General de Africa), desarrolló importantes centros urbanos indispensables para la administración de las grandes entidades estatales, para la concentración de las relaciones culturales a gran distancia y para la ejecución de los negocios mercantiles. Tombuktú, El Cairo, las ciudades-estado Haussa y las de la zona del Gran Zimbabwe están entre las aglomeraciones urbanas más relevantes. En el siglo XV Tombuktú, por ejemplo, tenía unos 100 mil habitantes; en su mercado urbano los libros alcanzaban valores iguales o superiores al oro y en sus bibliotecas universitarias conservaban hasta 20 mil volúmenes y había también bibliotecas privadas hasta con 5 mil libros. La ciudad africana produjo, como era de esperarse, pensadores de grandes proyecciones, entre ellos, al gran cronista árabe Ibn Batuta y al filósofo de la historia Ibn Jaldún, que en el siglo XIV concibió la historia como la sumatoria de procesos de cambio social y practicó una simbiosis analítica de la historia y la geografía para el estudio de los pueblos.

El dinamismo cultural africano, por su parte, tiene una relevancia sin par en el arte: sobresalen Ifé y Benín, cuyos productos han sido calificados como verdaderas obras maestras, de bronce (latón) y barro cocido. Un arte que ante todo cumplía una función social colectiva.

Finalmente, la actividad agrícola y la cultura oral constituían elementos cohesionadores de la sociedad africana en su base de expresión local y regional. En realidad, la palabra (en boca de los griots, como los guardianes de la memoria colectiva), el poder comunitario (jefes locales o consejos de ancianos) y la colectividad como un todo (donde la agricultura y la propiedad comunitaria de la tierra eran el basamento social) representaban los tres pilares que fundamentaban la vida social africana, y que así mismo determinaban su proyección cultural en el momento en que América fue descubierta para Occidente.