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AFRICA: ¿UN
GRADO DE EVOLUCION SIMILAR AL DE AMERICA?
Por:
Rafael Antonio Díaz
Díaz
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Tomado de:
Revista
Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 34
Octubre de 1992
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En los últimos 500
años de historia del hombre se ha operado una sistemática despersonalización histórica
del continente africano, hasta el punto que actualmente es indispensable realizar un
trabajo de redescubrimiento de las más profundas raíces históricas de las sociedades
africanas y de su influencia cultural en el mundo a través de la diáspora africana,
acelerada justo a partir de 1492. Hasta finales del siglo XV y principios del XVI, Africa
desempeñó un papel histórico relevante: el hombre adoptó en Africa por primera vez la
posición erguida; las primeras manifestaciones culturales humanas se dieron allí; en el
Africa surgió la cultura egipcia, primera gran civilización humana; y allí se
estructuraron grandes entidades políticas, de considerables alcances regionales, en la
época dorada de la historia africana, siglos VII a XVI.
Ghana se encuentra
entre los primeros imperios negros y su desarrollo arrancó en el siglo VII. Ubicada en el
Africa Occidental, entre las dos curvas pronunciadas de los ríos Senegal y Níger, se
convirtió desde sus comienzos en una zona comercialmente estratégica y en un área de
refugio para los agricultores, factores que permitieron su despegue como reino y su
transformación, en el siglo X, en un imperio. El rey y el Estado derivaban poder y
riqueza del comercio, especialmente del oro. El soberano ejercía un cierto monopolio
sobre la economía aurífera, acompañado de una activa participación de mercaderes
árabes, quienes llevaban hacia Africa del norte polvo de oro, esclavos y marfil,
principalmente. En el siglo XI, el imperio de Ghana va a ver opacada su grandeza por la
presión político-militar del imperio árabe, extendido por toda Africa del norte y
España. Migraciones hacia el sur de pueblos negros que no aceptaban planamente la
religión islámica y la progresiva disminución de las caravanas de mercaderes redujeron
la importancia de Ghana, dándole paso, desde comienzos del siglo XIII, a otro gran
imperio africano: el de Malí.
Basado, al igual que
Ghana, en la explotación y comercialización del oro, el imperio de Malí (siglos
XIII-XVI) va a proporcionar al Africa uno de sus héroes más legendarios: Sundiata o el
"león de Malí". Como uno de los artífices del imperio, aún es recordado en
mitos, leyendas y tradiciones orales. Malí es la entidad política negro-africana de
mayor proyección internacional en la época. Su rey era considerado por observadores y
cronistas como el más poderoso entre los reyes negros. Un sobrino de Sundiata, Abubákar
II, adquirió relevancia por haber intentado llegar a América del Sur en 1303,
189 años antes que Colón lo lograra en el Caribe. Abubákar II y su expedición nunca
regresaron al puerto de origen. Otro soberano maliano, Mansa Musa, fue quien dio a conocer
a Malí, no sólo por su famosa y fastuosa peregrinación a La Meca en 1324 (llevando dos
toneladas de oro, hizo bajar estrepitosamente los precios del metal en Egipto y Arabia),
sino porque en su época el imperio ya era incluido en los mapas como uno de los más
grandes y poderosos del mundo africano. En 1492, Malí había entrado en declive ante la
presión de Gao o Shongay, que desde el siglo XVI llegaría a ser la entidad imperial
dominante en el Africa Occidental. Kongo, Zimbabwe, los Estados Haussa, Guinea, Malí,
Etiopía y Shongay representan las máximas expresiones políticas de un proceso de
expansión de la territorialidad y de las formas políticas. En efecto, clanes, reinos,
ciudades-estado e imperios fueron las formas políticas que se dieron en Africa, siempre
de acuerdo con las condiciones regionales.
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El emperador
Mansa Musa de Malí, entronizado entre Tombuktú y Gao,
en un mapamundi, catalán de 1375.
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El oro y la expansión
islámica conformaron un dúo histórico que tuvo una profunda incidencia en los procesos
históricos africanos. Estos dos elementos, contaron con dos áreas naturales de enlace
regional: uno continental, el Sahara, y otro marítimo, el océano Indico, los que, junto
a las redes internas de circulación, convirtieron a Africa en un gran eslabón de flujos
comerciales internacionales, especialmente entre los siglos XII y XVI.
Por el océano Indico,
por ejemplo, y en dirección hacia Arabia y la India, Africa exporta marfil en bruto o
tallado. Los artesanos y los agricultores del Sudán y del valle del río Níger
suministraban el comercio transahariano de semillas, calzado, pieles y, por supuesto, oro.
Africa negra, a través de los árabes y del Sahara, suplía de oro a la Europa medieval
en tonelajes anuales más o menos significativos. A su vez, estas regiones, importan sal,
artículos suntuarios como sedas, brocados y armas ricamente adornadas. El oro y los
esclavos ocupan un lugar importante en los productos de exportación.
Es preciso indicar que
la institución de la esclavitud no era ajena a la historia africana en el momento en que
Colón llegaba a América. Para entonces, Africa había exportado unos 175 mil esclavos a
Europa y al norte de Africa. Sin embargo, la estructura de las sociedades africanas no era
esclavista, ni se daba una explotación sistemática de este comercio. Africa considera al
esclavo como una parte integrante de la sociedad, lo asimila lentamente y los soberanos
africanos, como en la antigüedad mediterránea encuentran en sus esclavos personas dignas
de confianza, hasta el punto de convertirlos en sus consejeros o de encargarles trabajos
administrativos. Por su parte, Europa, como se sabe, convirtió al esclavo en un factor de
explotación, inversión y ganancia.
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Poblado musgum,
Camerún.
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Volviendo al papel del
Islam, hay un hecho trascendental que en gran parte explica la notoria flexibilidad
cultural de las relaciones entre el mundo árabe y el negro-africano: la islamización de
las capas dirigentes y comerciales de las sociedades africanas, sin que se alteren las
estructuras culturales tradicionales de la mayoría de la población. Lo mismo sucedió
con Etiopía, donde la adopción de creencias cristianas no modificó significativamente
los valores tradicionales.
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Trompetero real
del antiguo reino de Benin.
Bronce, siglo XVI.
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La actividad comercial,
la producción cultural, la vida intelectual y la creación artística contribuyeron a
conformar otra de las características de Africa en este período: el notorio desarrollo
urbano que, según un analista africano (quizás exagerando) suma unas 400 ciudades entre
grandes, intermedias y pequeñas.
De todas maneras,
Africa, con una población cercana a los 200 millones de habitantes en el siglo XV (según
D.T Niane, Historia General de Africa), desarrolló importantes centros urbanos
indispensables para la administración de las grandes entidades estatales, para la
concentración de las relaciones culturales a gran distancia y para la ejecución de los
negocios mercantiles. Tombuktú, El Cairo, las ciudades-estado Haussa y las de la zona del
Gran Zimbabwe están entre las aglomeraciones urbanas más relevantes. En el siglo XV
Tombuktú, por ejemplo, tenía unos 100 mil habitantes; en su mercado urbano los libros
alcanzaban valores iguales o superiores al oro y en sus bibliotecas universitarias
conservaban hasta 20 mil volúmenes y había también bibliotecas privadas hasta con 5 mil
libros. La ciudad africana produjo, como era de esperarse, pensadores de grandes
proyecciones, entre ellos, al gran cronista árabe Ibn Batuta y al filósofo de la
historia Ibn Jaldún, que en el siglo XIV concibió la historia como la sumatoria de
procesos de cambio social y practicó una simbiosis analítica de la historia y la
geografía para el estudio de los pueblos.
El dinamismo cultural
africano, por su parte, tiene una relevancia sin par en el arte: sobresalen Ifé y Benín,
cuyos productos han sido calificados como verdaderas obras maestras, de bronce (latón) y
barro cocido. Un arte que ante todo cumplía una función social colectiva.
Finalmente, la
actividad agrícola y la cultura oral constituían elementos cohesionadores de la sociedad
africana en su base de expresión local y regional. En realidad, la palabra (en boca de
los griots, como los guardianes de la memoria colectiva), el poder comunitario (jefes
locales o consejos de ancianos) y la colectividad como un todo (donde la agricultura y la
propiedad comunitaria de la tierra eran el basamento social) representaban los tres
pilares que fundamentaban la vida social africana, y que así mismo determinaban su
proyección cultural en el momento en que América fue descubierta para Occidente.
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