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EUROPA: EXPANSION Y ESTADOS NACIONALES
Por: Jaime
Humberto Borja Gómez
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Tomado de:
Revista
Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 34
Octubre de 1992
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La edad media había
terminado. Al menos ese fue el convencimiento general de Europa a finales del XV. Por
supuesto, ignoraban que las secuelas de este "tiempo medio" entre la edad de oro
grecolatina y la nueva era del humanismo se prolongaría unos cuantos siglos más. Pero lo
cierto fue que entre 1475 y 1492 se concretaron procesos que se desarrollaban desde la
década de 1320. Europa se recuperaba de una grave crisis general: las catástrofes de las
guerras, especialmente la de los Cien Años; las continuas pestes que dieron muerte a una
tercera parte de la población europea y sus inevitables consecuencias económicas; el
resurgimiento de los turcos y el desgarramiento de la Iglesia con el Gran Cisma. El
ámbito geográfico, la organización política y la mentalidad cambiaron radicalmente en
comparación con los primeros años del siglo XIV.
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Humanismo:
Dedicatoria de las "Tabulae astrologicae"
de Giovanni Bianchini al emperador Federico III. Siglo XV.
Biblioteca Ariostea, Ferrara.
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Poco tiempo atrás, apareció una nueva conciencia frente a las desconocidas dimensiones
del mundo, que ya no sólo se reducía a los límites de Europa. Las motivaciones de esta
primera gran expansión territorial europea fueron económicas: las ciudades del norte de
Italia mantenían estrecho trato comercial con los musulmanes desde varios siglos atrás,
lo que les permitió tomar contacto con las culturas de Extremo Oriente. Ahora se trataba
de romper el monopolio musulmán sobre las rutas a Oriente. Pero así mismo existían
otras razones: buscar una ruta para atacar por la espalda y acabar con la
"amenaza" turco-otomana, particularmente después de la caída de Constantinopla
en 1453, que abrió las puertas de Europa a los turcos. Esta nueva
"demonización" del Islam era el último estertor de la cruzada medieval.
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Alejandro VI
(Rodrigo Borja)
Museo de Bellas Artes, Dijon.
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La expansión también
fue empujada por la intensificación del comercio entre las ciudades italianas y Flandes.
El punto obligado de escala fueron los puertos portugueses, que crecieron en importancia.
Con el apoyo de los regentes de la casa de Avis, sus navegantes exploraron minuciosamente
el Atlántico bordeando Africa, otro mundo totalmente nuevo: el Atlántico se convirtió
en importante centro de actividad comercial. En 1471, los portugueses lograron la
"hazaña" de traspasar el Ecuador, y en 1487 Bartolomé Días, dobló el Cabo de
las Tormentas, en el extremo sur de Africa. El comercio con Oriente, que buscaba tapices,
sedas, perfumes, metales, piedras preciosas y especias fundamentales para la conservación
de los alimentos, quedó abierto mediante la circunnavegación del continente africano.
Mientras el
expansionismo inundaba la conciencia de algunas naciones, en otras se rompía con la
tradición monárquica medieval: aparecieron y se consolidaron los primeros estados
nacionales. Hasta entonces el poder del rey estaba supeditado a la nobleza y limitado por
el alto clero, cuando no se encontraban los reinos atomizados en numerosos feudos
independientes. Ahora las monarquías entraban en una etapa de centralización del poder.
Uno de los primeros casos lo protagonizó Castilla, el reino más grande y poderoso de la
península ibérica. Desde la formación de una conciencia nacional, buscó la unión con
Aragón y Cataluña, lo que se concretó con el matrimonio de Fernando e Isabel en 1469.
En adelante, su política fue la confiscación de tierras, la creación de un ejército y
la limitación de los derechos de las ciudades. Así se consolidó el poder real en la
Península, se controló el poder de los señores feudales y se ejerció presión sobre
los reinos más pequeños y débiles. La fase final sobrevino a partir de 1480, cuando se
adelantó la guerra contra Granada, último reducto del Islam en España.
La predicación de una
cruzada contra "herejes" musulmanes y judíos, a finales del siglo XV, afianzó
la conciencia nacional. Los reyes contaron con el apoyo del papado, que para combatir más
eficazmente a los enemigos comunes instaló la Inquisición en España, en 1478. Su
importancia fue grande: dio un sentido religioso a la reunifícación, que finalizó en
1492 con la expulsión de moros y judíos. Con este acto, España abrió dos caminos a las
pretensiones expansionistas de la nueva monarquía: Africa, tras la derrota de los
musulmanes, y el interior de Europa. Meses más tarde se sumaría un tercer camino
inesperado: las Indias Occidentales. En principio, se prefirió la expansión sobre
Europa, centrando intereses sobre Italia, donde Aragón poseía Sicilia, Cerdeña y el
reino de Napóles. El obstáculo fue Carlos VIII de Francia, que tenía la misma
ambición.
Francia estaba en
posición de disputar la hegemonía con España, porque también a finales del siglo XV se
consolidó como potencia. Terminada la guerra de los Cien Años contra Inglaterra en 1453,
Francia había quedado devastada, arruinada en su comercio y con varios ducados en manos
de señores feudales, que no querían someterse a la autoridad del rey. Luis XI inició la
unificación al conquistar el feudo rebelde más importante: el de Carlos el Temerario,
duque de Borgoña. La victoria le permitió anexarse también el Artois, la Picardía y el
condado Franco. Después, mediante herencias, logró el Maine, Anjou y Provenza.
Paralelamente desarrolló un comercio interior y exterior que beneficiaba la Corona y
también a la burguesía, que le había prestado apoyo. Más tarde se incorporó la ciudad
de Marsella, el trampolín para iniciar la conquista de Italia y del Mediterráneo.
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Interés por la
naturaleza:" Conjunto de Hierbas".
Acuarela de Albrecht Durer, 1513. Albertina, Viena
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Un tercer caso de
consolidación nacional fue Inglaterra. Finalizada la guerra de los Cien Años, estalló
el conflicto de las Dos Rosas en 1455. Esta vez los actores fueron dos ciudades que
luchaban por el poder: York y Lancaster. La dinastía de Lancaster tenía el respaldo de
los señores feudales, mientras que la casa de York actuaba con ayuda de una nobleza
aventurada en el tráfico comercial con productos agrícolas y ganado ovino. Después de
treinta años, el agotamiento militar, social y económico abrió campo a nueva dinastía:
los Tudor. Coronado en 1485, Enrique VII abrió el período de la reorganización del
reino. Su proyecto era impedir que otras familias ocuparan el puesto de las que habían
salido derrotadas de la guerra de las Dos Rosas: limitó las funciones y el poder del
Parlamento, cuyas actitudes continuaban siendo feudales. La monarquía reemplazó el
ordenamiento social y económico feudal.
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"El papa
asno". Caricatura de un panfleto de Lutero
impreso en el taller de Lucas Cranach, 1523.
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El mapa europeo en 1492
mostraba tres estados unificados: Francia, Inglaterra y España. Otras naciones formadas
en el medioevo aspiraban a pequeños intentos de consolidación, pero, en realidad,
estaban desintegrados en su interior. Fue el caso del Imperio Romano-Germánico, cuyo
trono ocuparon los Habsburgo en 1438. La decadencia se consumó por la oposición entre
los Príncipes Electores y el carácter hereditario del poder. La política tendía a
contener la descomposición del Imperio, pero éste aún estaba lejos de la unificación.
Por su parte, Italia se encontraba desperdigada entre pequeñas repúblicas, ducados,
reinos y ciudades independientes, algunas incluso dentro de los mismos Estados
Pontificios.
En Europa oriental, los
intentos de unidad estuvieron encabezados por Polonia, que desde el siglo XIV venía
buscando la unión con el gran ducado de Lituania. A pesar de los tropiezos con el
principal obstáculo, la Orden Teutónica, en 1477 Casimiro, duque de Lituania, reunió
las dos coronas. Pero el escaso control sobre las fronteras, las dietas provinciales y la
presión de los nobles no favorecieron la creación de un poder realmente sólido. Otros
estados orientales como Hungría, Moldavia, Besarabia y Serbia sucumbieron ante el empuje
de los turcos, que tras la toma de Constantinopla se apropiaron de buena parte de los
Balcanes.
Por su parte, el gran
principado de Moscú inició con Iván III el desalojo definitivo de los mongoles, lo que
facilitó la centralización del poder y el establecimiento de relaciones con la Europa
occidental. También a finales de este siglo se inició la identificación con Rusia.
Moscú, Estado ortodoxo independiente, se convirtió en la Tercera Roma, reemplazando a
Constantinopla. Lo cierto fue que ninguno de estos estados de Europa central y oriental
lograron una unificación territorial o de poder sobre una base nacional: el orden feudal
aún se imponía.
El panorama de
transformaciones estuvo acompañado por el llamado Renacimiento. Aunque su epicentro fue
la Italia de la segunda mitad del siglo XV, pronto invadió la mayor parte de Europa. Sus
alcances populares no fueron grandes, se circunscribió a la creciente burguesía con el
apoyo de sectores nobles. El humanismo del siglo anterior creó las circunstancias
favorables para la recuperación de la antigüedad clásica. Su búsqueda, estudio y
traducción, animó la necesidad de profundizar en el conocimiento erudito, que en esta
época era casi una actividad exclusiva de la Iglesia. El conocimiento se volvió laico y
se constituyó en una nueva espiritualidad que estructuraba una sociedad profana.
Bajo la influencia de
la burguesía, el interés se centró en la reivindicación de los valores individuales
del hombre, lo que se expresó en todos los campos del conocimiento. Este
antropocentrismo, que reemplazaba el teocentrismo, se caracterizó por su tendencia a
crear una universalidad, es decir, el rechazo de lo particular en pos de un ensanchamiento
de la óptica cultural y de la igualdad del hombre. Desde esta misma posición, intentó
expresar los valores propios de una sociedad en proceso de transformación, lo que
representaba una clara ruptura con los valores feudales.
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Mercantilismo:
"El cambista y su mujer". Oleo de Marinus Van Reymerswaele, 1538.
Antigua Pinacoteca, Munich.
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En esta larga y
contradictoria lucha entre la afirmación de las monarquías, la persistencia de los
feudos y la aparición de nuevas ideas, el pontificado se robusteció al convertirse en un
centro unificador. La situación fue sorpresiva, porque a lo largo del siglo las
circunstancias lo habían debilitado: las secuelas del papado en Avignon, junto con el
Gran Cisma que duró hasta 1417, mermaron la autoridad pontificia. La recuperación fue
lenta, pero a finales del siglo XV la relación medieval entre poder temporal y espiritual
se estabilizó con un reparto efectivo de poderes entre el Papa y los reyes que habían
consolidado sus monarquías. El pontificado entró en un proceso de
"modernización" de su estructura y para ello apeló a su fortalecimiento
militar y económico por medio de la recaudación del impuesto para hacer efectiva la
decadente cruzada contra los turcos. Esto lo convirtió en blanco de las apetencias de las
diversas familias dominantes, que sucesivamente se alternaron en el pontificado. El
fortalecimiento papal en los asuntos temporales no implicó necesariamente la
recuperación de la Iglesia. Ni los largos concilios ni las intrigas lograron superar la
crisis interna que preparó el camino de la Reforma, pues se hizo evidente el descuido de
las tareas propias de su función religiosa.
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La guerra:
"Alabardero",
grabado de Lucas Cranach
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Estos signos de
decadencia de la Iglesia repercutieron profundamente en las creencias populares, que
desviaron su centro de atención del dogma cristiano para buscar nuevas fuentes
espirituales. Para finales de siglo, la piedad hacía énfasis en el culto mariano y en
las indulgencias, pero no dejaba de ser supersticiosa. En el centro y occidente de Europa
apareció lo que la Iglesia llamó brujería, con un ingrediente nuevo: el culto al
demonio. En España se concentró la persecución sobre criptojudíos, criptoislamitas y
gitanos, que prácticamente acababan de entrar a Europa.
También en centro y
oriente de Europa, los últimos estertores de las herejías medievales daban qué hacer:
en Alemania y Bohemia aún sobrevivían laboristas. utraquistas, miembros de la Unión de
Hermanos y valdenses, contra quienes hubo cruzada en 1487; o aparecieron otros como el
movimiento de Nikiashausen y la Reforma de Segismundo. Una característica los unía: el
milenarismo o la creencia de la inminente segunda venida del Cristo con su Juicio Final,
lo que complementaron con propuestas "heréticas": negación del trabajo,
espiritualización de la vida cotidiana, igualdad entre los hombres, regreso a la iglesia
primitiva y pobreza.
El milenarismo se
constituyó en una de las características más importantes de estos finales de siglo. El
mismo Colón se creía elegido por Dios para ser el portador del cristianismo a los
"bárbaros" de Oriente, antes de la hecatombe final. El desembarco en el Nuevo
Mundo confirmó su creencia, pues Mateo (24,14) lo había profetizado: "Se
proclamará este Evangelio del Reino en el mundo entero, para dar testimonio a todas las
naciones. Y entonces vendrá el fin...".
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