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Ricardo Rendón. Oleo de León Cano.
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Ricardo Rendón Bravo nació en Rionegro, Antioquia, en 1894. Hijo de una
familia acomodada (su padre era calígrafo), desde niño mostró su afición
al dibujo y la pintura. Unas cuantas obras infantiles, que aún se
conservan, dan fe de esa vocación temprana y de un talento singularmente
precoz.
A comienzos de la segunda década del siglo se trasladó a Medellín, y
allí cursó por algún tiempo estudios académicos en el taller del pintor
y escultor Francisco A. Cano (gran artista y maestro de muchos, entre
ellos de Horacio Longas, quizá el único dibujante colombiano comparable
a Rendón en el trazo caricaturesco) y en la Escuela de Bellas Artes. No
fue, pues, un artista empírico y silvestre, como muchos suponen, sino
por el contrario alguien provisto de un buen conocimiento de su oficio,
perceptible sin duda en la elaboración y composición de sus trabajos
periodísticos.
Por esos años empezó a colaborar en algunas publicaciones artísticas y
literarias de la capital antioqueña, de las cuales la más memorable es
la revista Panida, cuyos escasos ejemplares son hoy tesoro de
coleccionistas. De aquel grupo de jóvenes insugerentes (los Panidas)
hizo parte Rendón, no sólo como dibujante único de la revista, sino
también como ocasional autor de aceptables prosas y poemas —actividad
que nunca más cultivó—, que firmaba con el seudónimo de Daniel Zegri.
Entre los Panidas se contaban nombres tan destacados luego como Pepe
Mexia (Félix Mejía Arango, dibujante de vanguardia y arquitecto),
Tartarín Moreira (Libardo Parra Toro, quien muy pronto abandonaría la
literatura "seria" para entregarse a la bohemia bambuquera), León de
Greiff (Leo Legris, entre los Panidas) y Fernando González. De Greiff,
al lado de otro ilustre antioqueño y gran amigo de Rendón, Luis Tejada,
haría parte después de otro grupo generacional de más vasta resonancia
nacional, Los Nuevos, cuyo protagonismo en la vida literaria y política
del país no puede discutirse, y del cual Rendón es en cierto modo la
constancia gráfica.
Aún en Medellín, Rendón consolida su actividad y talento en
colaboraciones para El Espectador y otros órganos periodísticos,
y ejerce también como ilustrador, pintor y diseñador publicitario para
diferentes empresas e industrias de la ciudad. Es dueño ya de un nombre
y prestigio sólidos cuando decide radicarse en Bogotá, en 1918. Continúa
sus colaboraciones para El Espectador, ahora en la capital, pero
su creciente fama lo lleva a recibir y aceptar ofertas de La
República (cuyo director, Alfonso Villegas Restrepo, fue siempre
gran amigo y casi mecenas del artista) y de El Tiempo, sin contar
otros muchos trabajos para diversos medios capitalinos y de provincia.
Son sus años de más febril producción, robada milagrosamente a una
intensa bohemia, de la cual, por cierto, emana parte de su leyenda. Por
su pluma desfilaron los gobiernos de Pedro Nel Ospina y Abadía Méndez,
las pugnas de Vázquez Cobo y Guillermo Valencia, las actuaciones de
ministros como Ignacio Rengifo y Arturo Hernández, las palabras y gestos
de funcionarios, miembros de la Iglesia, hombres públicos del régimen
hegemónico conservador que culminó en el 30 y, en general, del
abigarrado país político que le tocó en suerte. Crítico implacable de un
gobierno cada vez más desprestigiado, llegó a adquirir una popularidad e
influencia no vivida antes ni después por ningún caricaturista
colombiano.
Respetado, admirado y temido en los círculos políticos, amigo y
contertulio de una generación que anhelaba el poder, puso su pica en
Flandes con singular eficacia para contribuir a ese propósito. Muy poco
después del comienzo de la República Liberal (a cuya crítica también
aplicó su lápiz), en la mañana del 28 de octubre de 1931, se pegó un
balazo en uno de sus sitios de tertulia favoritos, la cigarrería La Gran
Vía. Tenía 37 años de edad, y nadie ha podido dar cabal explicación de
su muerte.
La importancia de Rendón como comentarista político de su época es
innegable. Si fue casi un ídolo popular en su tiempo, tan dado a la
efervescencia partidaria y al panfleto, el paso de los años ha
consolidado su lugar en la historia del arte y del periodismo
colombianos. Fue un detector constante y agudo de lacras y ambiciones,
un desnudador implacable de la feroz zarzuela política de aquel momento
de nuestra historia. Pero la lucidez de sus apuntes, el vigor de sus
síntesis gráfica y conceptual, hacen que hoy, a la distancia de seis
décadas, podamos mirar y estudiar su obra como una contribución
fundamental (por todo cuanto el humor más riguroso aporta a la visión
del mundo) a la comprensión de un largo período del acontecer político
de Colombia. Tampoco su calidad artística ha sufrido menoscabo, y
gracias a su dominio no superado de la caricatura como una forma (acaso
la mejor) del retrato, conservamos una iconografía quizá definitiva de
personajes tan nuestros y disímiles como Tomás Carrasquilla, Luis
Tejada, "Ñito" Restrepo, Fidel Cano, Guillermo Valencia o Alfonso López
Pumarejo. Lista que podría prolongarse con muchos nombres e imágenes
memorables.
Como hombre, fue secreto y silencioso, y pasó por incontables noches de
cafetín en medio del aprecio y el desconocimiento de los hombres. Los
testimonios póstumos de gentes que le fueron próximas, o creyeron serlo
(Edmundo Rico, César Uribe Piedrahíta, José Mar, Jaime Barrera Parra),
demuestran con patética elocuencia cuán lejana y hermética fue su vida,
y cuán inexplicable, (a pesar de muchas conjeturas y teorías), fue y
seguirá siendo su muerte. En un artículo publicado en 1976, dice de él
Alberto Lleras: "...Yo tuve una amistad estrecha con Rendón y tal vez de
los miembros de mi generación pocos estuvieron tan cerca de ese espíritu
enigmático y callado que, por razón de nuestro oficio, tenía que estar
en contacto conmigo, cuando emergía de su misterio. Jamás pretendí, y
estoy seguro de no haberlo intentado, aproximarme a su secreto, a su
personalidad íntima, a su vida, como lo hubiera hecho y lo hice con
todos mis compañeros. Le respeté su reserva infranqueable, y jamás le
pregunté a él, o a alguien, a dónde iba este ser que se desvanecía en la
oscuridad hacia un sitio desconocido, del cual emergía con su trabajo
completo, sin rastros de haberlo rehecho o corregido, uno o dos días
después. No supe con quién ni cómo vivió, y hoy, pasado tanto tiempo, me
maravillo de no haberlo sabido. Sé quiénes fueron sus amigos, pero
ninguno debió saber de Rendón más de lo que yo supe. Y el disparo que
sonó en la mañana brumosa de La Gran Vía me produjo tanto dolor como
sorpresa infinita".
Todo suicidio crea un hálito de leyenda y contribuye al mito. En el caso
de Rendón, su vida, su figura, su misterio y el contraste que todo ello
hacía con su humor despiadado y clamoroso, acrecientan esa forma un poco
enfermiza de inmortalidad. Pero la obra de Rendón vale por sí sola, y es
ella, y también la feroz independencia y honestidad vital que le dio
aliento, la que hace parte de nuestra historia.
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