UNA DE LAS actividades que más han despertado
pasiones a través del período
republicano son los juegos de azar. Para
comprender el indiscutible arraigo de esta
práctica en la vida cotidiana, se
hace indispensable remontarnos a los detalles
de su desarrollo histórico en donde
se puede develar todo un trasfondo social,
económico y moral.
Desde el momento mismo en que arribaron
a tierras americanas, los españoles
traían consigo una inocultable inclinación
por estos juegos. Personas provenientes
de los más diversos sectores sociales
y étnicos asimilaron y difundieron
de una manera extraordinaria estas destrezas
en el nuevo territorio. En campos y ciudades,
en la intimidad de las casas o en mesas
autorizadas de juego, en tiendas y chicherías,
se dio rienda suelta a esta afición
que se hacía más notoria en
los concurridos días de mercado o
en el marco de las celebraciones religiosas
y en las fiestas en honor al poder monárquico.
El desborde y proliferación de estas
diversiones y el hecho de estar asociadas
a la vagancia, la ruina económica
y el desorden, fueron factores que obligaron
a los gobernantes a establecer rigurosos
correctivos que iban desde rondas nocturnas
hasta topes en las apuestas. Los castigos
incluían multas, cárcel, trabajos
forzados e incluso el destierro. Los dados
eran prohibidos en tanto que los naipes
eran objeto de ciertas restricciones aunque
no por eso ambos elementos dejaron de ser
preferidos por la facilidad para portarlos
personalmente.
En los archivos coloniales se puede rastrear
un sinnúmero de expedientes alusivos
a las medidas disciplinarias. Comerciantes,
labradores, mineros, artesanos, esclavos,
ociosos y otras gentes del común,
conformaban la extensa lista de habituales
apasionados a estos entretenimientos. Pero
resulta verdaderamente curioso observar
cómo algunos funcionarios, militares
y hasta religiosos flaquearon también
ante el atractivo del placer lúdico,
pese a los estrictos controles que regían
las investiduras y fueros de sus oficios.
La
afición entre militares y religiosos
Históricamente,
la institucionalidad eclesiástica
y la militar se han caracterizado por la
disciplina y la estructura jerárquica.
Por principio, sus miembros debían
dar muestras de aplicado comportamiento
y solvencia moral. En cierto sentido, eran
un referente de buen ejemplo para la sociedad.
Por eso, era motivo de escándalo
y marcada censura cuando algunos de ellos
incurrían en juegos de suerte proscritos
debiendo por esa circunstancia someterse
no solo a las sanciones estipuladas por
el gobierno virreinal sino también
a las contempladas al interior de sus respectivos
estamentos.
Como
bien se sabe, la Iglesia ejerció
una acentuada influencia en la sociedad
colonial. Sus máximas jerarquías
debieron fijar rigurosos controles a estas
inclinaciones profanas con la implementación
de penas materiales y hasta castigos divinos.
El primer sínodo de Santa Fe convocado
en 1556 bajo el arzobispado de fray Juan
de los Barrios, instó al estamento
clerical a no practicar en público
o en secreto juegos de dados y naipes. A
futuro, no podrían propiciar estas
actividades en sus casas ni prestar dinero
para tal efecto, o de lo contrario, debían
restituir el monto apostado so pena de seis
pesos por la primera vez y doce por la segunda.
Por último, se les extendió
un vehemente llamado para que abandonaran
esas banales diversiones, y en cambio, buscaran
una mejor alternativa de gastar sus rentas
y emplear su tiempo en “obras virtuosas
y buenos ejercicios”1 .
En
la constitución sinodal expedida
medio siglo después por el prelado
Bartolomé Lobo Guerrero nuevamente
se les advirtió a los clérigos
del impedimento que tenían para dedicarse
a los dados aún cuando fuere por
mero goce, y si participaban de otro juego,
la apuesta no podría superar los
dos pesos. A los que fueran sorprendidos
jugando en pulperías o tiendas abiertas
estarían sujetos a pena de excomunión
mayor2.
En Popayán también se delató
el desorden entre los eclesiásticos
y las constantes indecencias en que se veían
inmiscuidos, señalándose incluso
algunos “vencidos por el vicio”.
Al parecer, aquí las medidas disciplinarias
no habían surtido efecto. Estas circunstancias
persuadieron al obispo provincial a recalcar
a los integrantes de su institución
las restricciones de permanecer en sitios
públicos entretenidos en juegos ilícitos
so pena de prisión por cuatro días
y dos libras de cera para el Santísimo
Sacramento3.
En
la segunda década del siglo XVIII
don Nicolás de Vergara y Azcárate,
provisor del arzobispado de Santa Fe, halló
que algunos ministros de la iglesia catedral
no concurrían con puntualidad al
desempeño de sus devotos quehaceres
por andar disipados en los juegos de truco.
Ante esto, amonestó a los truqueros
para que no volvieran a admitir personas
de esas dignidades en sus mesas so pena
de hacerse acreedores a una multa de doce
pesos4.
Los
controles pretendían abarcar todos
los rincones en los que se desenvolvían
rutinariamente los miembros de la clerecía.
Dentro de las instrucciones dictadas en
1731 por el obispo de Cartagena, se impuso
la mácula de la excomunión
a quienes acomodaran las sacristías
como escenarios para naipes u otros envites.
Dos décadas más tarde y a
varias millas de allí, el cabildo
de la villa de Honda hizo público
su inconformismo por el controvertible comportamiento
del párroco Agustín Escobar
de vagar por otros curatos “…solo
destinado en el juego que es su mala propensión”5.
En
unas pesquisas llevadas a cabo en Santa
Fe, fueron señalados los eclesiásticos
Jaime Navarro y Juan de San Martín
de andar sumidos en los dados y naipes llegando
a embolsarse este último la abultada
suma de más de 4.000 pesos. Al ordenarse
la reclusión y multas respectivas,
solo pudieron ubicar a Navarro puesto que
San Martín optó hábilmente
por extraer de su casa los bienes de valor
para después refugiarse en el convento
de Santo Domingo de donde se evadió
sin que se supiera su paradero6.
Integrantes
de la institución militar también
se vieron entrometidos en líos. En
la villa de Mompós el alcalde sorprendió
en 1782 a más de seis personas en
juegos ilegales. Dentro de los detenidos
estaban Pedro Cárdenas y Gabino Viloria,
dos milicianos a quienes de inmediato se
les aplicó los rigores de la Pragmática
Real de 1771 a lo que se interpusieron las
intenciones del Comandante de Armas de querer
también juzgarlos pero a través
de los mecanismos previstos por la corte
militar7.
En una de sus habituales rondas, el sargento
mayor de la plaza de Cartagena pasó
en la noche del 2 de octubre del año
1817 por un billar y halló entretenidos
en el juego de barajas a un capitán,
un teniente, tres subtenientes de marina
y otro de artillería, a quienes se
les decomisó veintisiete pesos de
apuestas. Por su misma calidad de servidores,
se les aplicó con mucha más
severidad las normas y fue así como
se les impuso prisiones y gravosas multas,
a la vez que se notificó a sus superiores
para garantizar el fiel cumplimiento de
estas penas8.
Funcionarios
tahúres
La
actitud de los funcionarios ante este asunto
fue en algunas ocasiones muy ambivalente
por cuanto se batieron entre el control
y la trasgresión. Así las
cosas, era muy poca la autoridad moral que
les quedaba para fiscalizar los abusos cuando
ellos mismos se encargaban de violar la
regla. Desde muy temprano, en la metrópoli
se recibieron quejas que precipitaron la
inmediata adopción de correctivos
tendientes a conjurar la desparpajada simpatía
de estos servidores por los juegos de azar.
El ámbito coloquial de aquella época
contribuía para delatar fácilmente
a los infractores
Desde las primeras épocas se vieron
enredados desde presidentes hasta los más
bajos cargos a escala local. El mismo conquistador
Gonzalo Jiménez de Quesada fue acusado
de jugar naipes públicamente en momentos
en que adelantaba una misión oficial
en Cartagena9.
Una
cédula real promulgada en 1594 censuró
categóricamente la conducta de los
oidores que, debiendo corregir excesos en
los juegos, los cometían y consentían
en sus propias casas. En consecuencia, se
les previno para que en lo sucesivo no toleraran
estas actividades so pena de ser relevados
de sus oficios. A esta disposición
se le sumó la del 10 de abril de
1609 que nuevamente reprobó los múltiples
delitos, ofensas a Dios, muertes, pérdida
de haciendas y otros excesos ligados a los
juegos que tenían lugar en los domicilios
de los gobernadores, corregidores, alcaldes
mayores y otras justicias. Así entonces,
se pidió castigar “con particular
ejemplo y demostración” a los
patrocinadores de esas juntas ilícitas10.
Lo estricto de las normas contra los funcionarios
era en parte por el inminente peligro de
que recurrieran a recursos del erario para
saldar sus deudas personales.
Algunos
integrantes de la Real Audiencia cayeron
en el mismo vicio que debían erradicar.
A uno de ellos, Diego de Baños Sotomayor,
se le imputaba haber tenido en 1660 tablaje
de juego público en su casa sacando
a menudo barajas nuevas que le reportaban
un beneficio superior a 2.000 pesos. A solicitud
de él acudían varios tahúres
que tenían pleitos pendientes con
el máximo tribunal a quienes además
les prestaba dinero. Muchos perdieron allí
sus fondos, siendo motivo de gran escándalo11.
No
era extraño ver cómo los perseguidores
terminaron de perseguidos. Hacia 1627 el
oidor Antonio de Obando, el mismo que años
antes aparecía combatiendo los abusos
relacionados con el juego, se vio enfrascado
en una cuantiosa deuda de 1.348 pesos causada
por sucesivas partidas de naipes durante
los días de pascua y otros feriados.
Esta vez el demandante era el depositario
general de bienes de difuntos, a quien el
mismo Obando había castigado. El
apreciable caudal hacía parte de
una obligación mayor de 3.408 pesos
a la cual el oidor le fue abonando en dinero
y en barras de oro y plata12.
En 1675 fueron el oidor Juan Larrea y el
fiscal Fernando Prado los protagonistas
de nuevos escándalos tras convertir
sus domicilios en garitas de dados y naipes.
Ambos se aferraron premeditadamente a estos
juegos para “desplumar” a los
litigantes que se atrevían a perder
sus patrimonios con tal de salir airosos
en sus pleitos. Para tal efecto, contaban
con el apoyo de un afamado tahúr
limeño que apostaba en nombre de
los dos, imponiéndose en sucesivas
partidas y esquilmando a muchos. Para mayor
descaro y asombro, los magistrados se valieron
de su autoridad para obligar a la Real Audiencia
a pagar de preferencia las deudas contraídas.
Otro
oidor, don Antonio de Pallares, acrecentó
el descrédito. A fin de sanear una
deuda de más de 120.000 pesos que
trajo consigo al momento de posesionarse,
no tardó mucho tiempo en instalar
mesas de naipes en su casa aliándose
con Larrea y el fiscal Prado para continuar
sacando provecho de sus cargos en desmedro
de la proba gestión de justicia.
Se llegó a tal extremo que los tahúres
con líos pendientes se refugiaban
en la morada de aquellos ministros con tal
de no ser aprehendidos por otros jueces
imparciales. Al final, su colega Mateo Mata
tuvo el coraje de denunciar estos hechos
bochornosos ante el Consejo de Indias. Sin
embargo, Pallares no tuvo empacho en refutar
todas las imputaciones creando no poca confusión
entre las altas instancias ibéricas13.
Incluso la máxima auoridad española
en este territorio sucumbió también
ante la tentación. Don Diego de Villalba,
presidente del Nuevo Reino, fue cuestionado
por haber colocado tres mesas de juego en
palacio. Allí le prestaba dinero
a sus contendores pero a la postre era él
quien se alzaba con las ganancias. Muchos
acudían voluntariamente a estos encuentros
aunque unos cuantos lo hacían intimidados
por el llamamiento perentorio del alto funcionario,
cuya notable investidura y poder presionaba
a los perdedores a deshacerse de todos sus
bienes con tal de no quedarle mal en cuentas
pendientes. Para estos juegos se gastaron
7.216 barajas, de las cuales obtuvo Villalba
4.536 al valor de cuatro reales cada una
lesionando al estanquero quien las había
adquirido en remate público y las
ofrecía a ocho reales. Hasta los
mismos criados del presidente las revendían
a menor costo.
Le desagradaba mucho que los asiduos jugadores
dejaran de visitar su casa para ir a otras
de la capital. Por ello, expidió
un auto en el cual erradicaba terminantemente
los juegos pero su vigencia se hizo extensiva
solo hasta el momento en que volvieron a
colmarse de nuevo las mesas de palacio.
Dentro de las personalidades que vieron
socavado su peculio figuraron el oidor Diego
de la Puerta quien murió en la completa
inopia y el deán Juan Bernal. Villalba
no fue el único implicado. También
a uno de sus sucesores, Dionisio Pérez,
se le acusó de mantener en su casa
juego de naipes por cuyos cargos el Consejo
de Indias lo sometió al pago de 500
pesos.
En
los niveles inferiores de la administración
fue más abrumador el número
de denuncias, con el inconveniente de que
las penas impuestas fueron casi siempre
insignificantes además de la usual
confabulación entre los mismos empleados
para desconocer sus pecados.
En desarrollo de un bando impuesto en 1761
por el virrey Mesía de la Zerda,
se adelantaron diligencias en la capital
señalándose la casa del antioqueño
Francisco Quijano en la calle del Chorro
como sitio de preferencia en torno al cual
se aglutinaban vecinos y funcionarios jugadores
entre quienes se identificaron a un tal
Victorino, ensayador de la casa de la moneda,
don Juan de Chávez, segundo director
de la casa de la moneda y don Joseph Groot,
fiel ejecutor de la ciudad “y otras
personas que por su estado se omitió
sus nombres”.
Periódicamente
estas jornadas llegaban hasta el amanecer
en las que se renovaba el entusiasmo por
los dados, la “ropilla” y el
“cacho” sorteándose objetos
de valor como un reloj, una joya de diamante
avaluada en 150 pesos y crecidas cantidades
de plata pesada. Las apuestas eran exorbitantes
pues se supo que Groot derrochó no
menos de 2.000 pesos y Chávez ganó
1.000. Un negro esclavo de Quijano servía
de portero para impedir la entrada de “mirones”
aunque al final decidieron trasladar las
mesas prevenidos de la postura avizora de
las autoridades.
Los implicados fueron condenados a prisión
en sus casas o en cárceles cercanas
para que no faltaran en sus empleos y para
no perjudicar la atención al público.
Asimismo, se determinó el embargo
de sus bienes y parte de sus salarios aunque
muchos reconocieron no tener con qué
responder. Por ser reincidente, Groot fue
objeto de una ejemplar penitencia al ser
condenado a la fuerte suma de 600 pesos
y destierro a veinte leguas por cinco años
advirtiéndosele además que,
si seguía obstinado en su afición,
sería enviado a uno de los presidios
de África14.
Cansado
ya de ver cómo las innumerables cédulas
emitidas para contener el vicio del juego
no habían logrado la enmienda deseada,
el Rey decidió en 1768 levantar cualquier
prerrogativa oficial, militar o eclesiástica
que se pudiera reclamar. Por ende, cualquier
funcionario sin importar su rango o distinción
quedaba en adelante supeditado al fuero
de la justicia ordinaria y a las penas contenidas
en la ley15.
Con esto se pretendía alcanzar una
recta administración de justicia
que englobara a todos uniformemente. Pese
a esto, las evidencias muestran que esta
medida no logró amilanar las ansias
por el juego.
Los pobladores mismos también se
mostraban atentos para exigir transparencia
e idoneidad en las personas responsables
de regir sus destinos. Hacia 1776, un grupo
vecinos objetó la reelección
de Antonio Orjuela como alcalde de Coloya.
La principal causa era que este mandatario
local había fomentado juegos prohibidos
por cuyas incidencias ya se le había
investigado y multado. En consecuencia,
los peticionarios propusieron una lista
de postulantes que llenaban los requisitos
necesarios para suplir el cargo al tiempo
que exhortaron al cabildo de Tocaima examinar
cuidadosamente las calidades morales de
los próximos gobernantes16.
Una
vez entrada la era republicana, se puede
hablar de un progresivo relajamiento y de
un mayor margen de tolerancia frente a este
tipo de diversiones, tanto de la sociedad
como de las mismas autoridades. Lo anterior
obedece al hecho de que en estos tiempos
más recientes se acentuó la
línea que separaba al ámbito
público del privado de manera que
ahora funcionarios, religiosos y militares
podían efectuar sus partidas dentro
de la esfera de lo privado sin tantas prevenciones
pero siempre y cuando no se afectara el
normal ejercicio de sus funciones. Este
ha sido apenas un breve recuento histórico
de la propensión de nuestros antepasados
por los juegos de azar, una irrefrenable
pasión que aseguraría con
creces su perdurabilidad con el paso de
las generaciones.