Salvador
Camacho Roldán (1828-1900), fue un
eminente intelectual, jurista, periodista,
político y fundador de la sociología
en Colombia. En sus viajes fue un observador
cuidadoso de las costumbres del país
en la segunda mitad del siglo XIX. A su
paso por Ambalema, que había gozado
del auge en el cultivo y las exportaciones
de tabaco, dejó este testimonio de
la catástrofe que a esa población
causó el monopolio del tabaco y la
embriaguez de los trabajadores de esos cultivos.
El lector de Credencial Historia, Santiago
Soto, envió este relato::
"La
segunda es una enfermedad crónica
en casi todo nuestro país, pero que
en ninguna parte había presentado
caracteres tan agudos como en el Tolima,
y especialmente en Ambalema: la embriaguez.
El aguardiente de caña es la bebida
popular de nuestras poblaciones de tierra
caliente, y el abuso de ella alcanza ya
las proporciones de una cuestión
social de primer orden; pero en ninguna
parte ha presentado la intensidad que desplegó
en aquella comarca, de 1850 a 1870, cuando
la abolición del monopolio levantó
el precio del tabaco en rama, de $0-90 a
$5 o $6 la arroba. , y cuadriplicó
casi de un golpe la tasa de los jornales.
Ya no se bebía el aguardiente de
caña, sino coñac, ginebra
y otros licores extranjeros, a precios altos:
tampoco se le tomaba en dosis pequeñas
de cinco centilitros a lo más, como
de antaño, sino en vaso y aun en
totuma. La perversión del vicio fue
más lejos todavía: ya no se
quería beber el licor puro y sin
mezcla, sino una combinación extraña
de licores y vinos: de aguardiente, brandy,
vino tinto, de Málaga y de Oporto,
con el nombre calumnioso de matrimonio,
y después con el más expresivo
y verídico de tumbaga. La noche del
sábado presentaba en las calles de
Ambalema el teatro de la más espantosa
orgía. Por todas partes mesas de
juego: en gran número de casas bailes
de lechona, de esos que la tradición
ha bautizado con el nombre expresivo de
candil y garrote; en todas las esquinas,
corrillos de tiple y bandola, rodeados de
gran círculo de cosecheros y alisadoras,
que celebran con grandes risotadas canciones
obscenas. Recuerdo haber oído en
uno de ellos a un mecachifle o buhonero,
que por lo visto debía de ser casado
y padre de familia, algo más cargado
de alegría de lo necesario, cantar
con voz ya agonizante de caña rajada,
esta estrofa, fiel traducción del
sentimiento dominante en la multitud:
¡Quién
fuera libre y soltero,
Señor de su voluntá,
Pa tunar toda la noche
Al uso é Jatativá
La
fiesta duraba hasta el amanecer, para recomenzar
el domingo, después de misa, hasta
las cuatro o las cinco de la tarde, hora
en que los cosecheros tomaban la vuelta
de sus campos, provistos de un mercado semejante
al que un antiguo jefe de la Independencia
censuraba por demasiado gasto en pan, al
ordenanza, que le avisaba llevar para la
campaña nueve pesos y medio de aguardiente
y cinco reales en pan.
Toda
la labor de varios meses de trabajo asiduo,
era consumida en un día, y lo que
es más lastimoso aún, a las
veces en compañía de las mujeres
y los hijos. No hubo una Caja de Ahorros
que tratase de hacer siquiera menor el desastre,
ni una autoridad que persiguiese los juegos
y pusiese algún freno a la prostitución,
ni un ministro del Evangelio que levantase
la cruz e hiciese oír palabras de
temperancia y dominio sobre las pasiones
en medio de esa multitud desenfrenada! Nada
quedó de esa prosperidad pasajera
sino el dolor de haberla perdido. Era imposible
que, dadas esas condiciones iniciales, se
pudiese combatir contra un tropiezo en el
camino industrial.