Un
siglo atrás, en 1829, comenzaron los conflictos con el
Perú, o mejor, los conflictos entre Colombia y Perú
provocados por los intereses de algunas familias de la oligarquía
peruana que extraían sus fortunas de suelo colombiano y
que en su provecho particular intentaban anexar al Perú
las tierras fronterizas con Colombia.
Durante el siglo XIX las relaciones colombo peruanos marcharon
fraternales y tranquilas, y al socaire de esa fraternal tranquilidad
en las dos últimas décadas, debido a la constante
demanda mundial del caucho como materia prima, la casa comercial
Arana del Perú fue tomando posiciones en el Putumayo y
comenzó la explotación de las zonas caucheras en
territorio amazónico colombiano.
EL CONFLICTO AMAZÓNICO
Hacia agosto de 1902, próximo el final de la Guerra de
los Mil Días, un artículo en El Nuevo Tiempo
denunció cómo se habían efectuado el año
anterior inmensas exportaciones de caucho, explotado en las plantaciones
colombianas del Putumayo y del Caquetá por la Casa Arana,
del Perú, sin permiso de nuestro Gobierno y sin que a la
nación colombiana se le diera ningún beneficio.
Por primera vez se planteó en público el asunto
de nuestros derechos en la Hoya del Amazonas y del Putumayo. Al
año siguiente las denuncias fueron más concretas
y alarmantes. Se demostró que los peruanos dominaban por
completo las plantaciones de caucho en el Caquetá y que
era un hecho la usurpación de territorio colombiano por
parte del Perú. En julio, con datos suministrados por el
general Rafael Reyes y Rafael Uribe Uribe, se denunció
por parte de Enrique Olaya Herrera, en su periódico El
Comercio, que el Perú había establecido una
dominación militar sobre nuestros ríos Napo y Putumayo,
con amenaza a la soberanía colombiana en el río
Javari. Antes de que el país digiriera estas informaciones
que lo habían tomado por sorpresa, se supo, por despachos
enviados a El Relator, que los colombianos en Loreto
eran cazados como fieras, y que en el Caquetá los indígenas
vivían en calidad de esclavos de la casa Arana, todo a
ciencia y paciencia del Gobierno colombiano (presidido por José
Manuel Marroquín) que no se preocupaba por dar protección
a nuestros compatriotas. En cambio la Casa Arana contaba con firme
apoyo militar y económico de su Gobierno. Justiniano Espinosa,
provisto de testimonios y documentos irrefutables, denunció
sin ambages que Colombia había sido invadida por el Perú;
el ministro colombiano de Relaciones Exteriores, Luis Carlos Rico,
fue citado por el Senado para que explicara la situación,
pero sus explicaciones resultaron poco convincentes y no tranquilizaron
a nadie.
Para 1904 ya se hablaba de “conflicto amazónico”.
El Gobierno de Marroquín en sus últimos meses se
esforzó por superar las tensiones y consiguió que
Clímaco Calderón, sucesor de Rico en el ministerio
de Relaciones, concertara con el gobierno peruano un tratado de
amistad y límites, firmado el 16 de septiembre por los
cancilleres de ambos países y por el ministro colombiano
en Lima, que se denominó tratado Calderón-Velarde-Tanco,
y ratificado en septiembre de 1905. Por este tratado Colombia
y Perú se comprometían a retirar todos sus efectivos
militares de la frontera y a establecer un modus vivendi aceptable
para las dos naciones y que en la práctica se traducía
en un reconocimiento por Perú de la soberanía colombiana
en las zonas en disputa, siempre que la explotación de
caucho siguiera, como hasta entonces, a cargo de la Casa Arana.
Hubo júbilo en el país por el restablecimiento de
las relaciones fraternales con el Perú y por el anunciado
retiro de las fuerzas peruanas de la orilla colombiana sobre el
Putumayo.
Más adelante se demostró que tanto las relaciones
fraternales como el retiro de las tropas no eran sino una estratagema
peruana para apaciguar los ánimos colombianos. El conflicto
amazónico estaba lejos de haberse resuelto.
Los
apaleados héroes de La Pedrera
Despertaron los colombianos el 27 de enero de 1911 con la noticia
de que un fuerte contingente de tropas peruanas, muy bien armadas
y entrenadas, había ocupado el Caquetá, en una operación
propiciada y dirigida por los ejecutivos de la Casa Arana.
El país ardió en patriotismo. Se organizó
la Junta de Defensa Nacional, la Junta Patriótica de Clubes
y clubes de tiro al blanco, en todas las capitales, donde podrían
entrenar los futuros héroes que marcharían al Caquetá
a lavar con sangre peruana la ofensa inferida a Colombia. El Gobierno
de Carlos E. Restrepo y su ministro de Relaciones, Enrique Olaya
Herrera, despacharon con rapidez una expedición al Caquetá,
comandada por los invictos generales Gabriel Valencia e Isaías
J. Gamboa, de la que en marzo se tuvo noticias de hallarse en
serias dificultades de todo orden y expuesta a ser liquidada por
los soldados peruanos dueños de una superioridad abrumadora
en organización y en número, no en valor, pues en
valor nadie podía superarnos, pregonaba en las calle de
Bogotá, con cierto tufillo irónico, el doctor Eduardo
Arias en unos panfletos que él mismo redactaba, imprimía
y repartía, como hizo en los días de Panamá,
episodio doloroso y todavía muy sensible en la epidermis
colombiana. ¿Sería Caquetá otro Panamá?
Podría sospecharse que la enconada oposición adelantada
por el Partido Liberal contra el gobierno republicano de Carlos
E. Restrepo, llevó al director de ese partido, Rafael Uribe
Uribe, y a sus más importantes seguidores, a denunciar
la forma cómo se había improvisado la expedición
al caquetá, y a pronosticar un desastre inminente. Uribe
Uribe fue calificado por Olaya Herrera, y por la prensa republicana,
de enemigo de la Patria y de colocar sus intereses políticos
por encima de los sagrados intereses nacionales; pero lo cierto
es que la expedición al Caquetá fue un desastre.
El 7 de julio la tropa expedicionaria colombiana se encontró
de frente con los invasores peruanos. El 10 trabaron combate en
La Pedrera 50 valientes colombianos, al mando de los generales
Valencia y Gamboa, contra 480 peruanos desalmados que dirigía
el teniente coronel Oscar Benavides. Los colombianos recibieron
una paliza sin atenuantes, no obstante el coraje con que pelearon.
El general Isaías Gamboa logró ponerse a salvo con
parte de sus hombres y el general Valencia fue capturado por los
peruanos, que unos días después lo dejaron en libertad,
sano y salvo.
La derrota de La Pedrera, al tiempo que avivó los ánimos
guerreros del país, puso a tambalear al canciller Olaya
Herrera sobre quien cayeron las culpas del desastre. Olaya Herrera
se tenía bien sabido que por el lado militar carecíamos
de preparación para enfrentar a una nación como
Perú con poderosa tradición militarista y con un
ejercito probado en varios conflictos internacionales. Colombia
no era una potencia militar, ni cosa que lo pareciera, y el gobernante
partido republicano lo integraban intelectuales que sentían
horror ante las armas y execraban el uso de la fuerza para dirimir
las diferencias internas o externas. Los liberales decían
la verdad al acusar a Olaya Herrera de improvisar la expedición
al Caquetá y todo hace creer que Olaya lo hizo a propósito.
Decidió jugarse a fondo para evitar que el país
se enfrascara en una guerra ruinosa que iba a costar miles de
vidas. Mientras que los héroes de La Pedrera eran zurrados
por los peruanos, Olaya trabajó para zanjar el conflicto
por la vía diplomática.
Hasta
la próxima
El 15 de julio –cinco días después de la derrota
y antes de que la noticia se conociera en Bogotá—Colombia
y Perú acordaron suspender hostilidades. La mala nueva
de la derrota en La Pedrera sacudió al país y las
gargantas de los ciudadanos clamaban venganza. El general Gamboa
fue aclamado como un héroe, Olaya Herrera vilipendiado
y acusado por Uribe Uribe en el Senado, donde el canciller y el
jefe del liberalismo sostuvieron una de las polémicas más
famosas de nuestra historia. Dijo el doctor Arias –a quien
apodaban el loco—que sólo por escuchar a aquellos
dos magnos oradores bien valía la pena una guerra con el
Perú. Así es que al compás con las vociferantes
manifestaciones que pedían marchar hasta Lima –como
si fuera un paseo veraniego—y los relatos espeluznantes
sobre las crueldades cometidas por la Casa Arana contra los indígenas
del Caquetá y del Putumayo, Olaya Herrera logró
un acuerdo de modus vivendi con el Perú, cuyo primer efecto
fue la orden de la cancillería peruana de poner en libertad
inmediata a los soldados colombianos capturados en La Pedrera
y prestar atención a los enfermos. Los ánimos, demasiado
exaltados, no prestaron atención a ese detalle y continuaron
pidiendo guerra. Olaya Herrera, que contaba con la plena confianza
del presidente Carlos E. Restrepo, manejó el asunto con
mano de hierro y desoyó las voces de sirena que incitaban
al Gobierno colombiano a embarcarse en una carrera armamentista
peligrosa e inútil. Para ablandar al Perú le salió
a Colombia un aliado con el que no contaba.
Una epidemia de beriberi se desató entre las tropas peruanos,
que tuvieron cerca de treinta víctimas diarias. Lo que
no pudieron los menguados soldados colombianos, lo consiguieron
entre el beriberi y la fiebre amarilla, a tal grado que la hecatombe
de las tropas peruanas provocó una crisis política
en el Perú. Ese revés gratuito del enemigo le facilitó
a Olaya las cosas, si bien tuvo momentos ásperos, por ejemplo
cuando grupos de manifestantes que recorrían las calles
en manifestación contra el Perú, el 4 de octubre,
apedrearon la casa de la Legación peruana y pisotearon
la bandera del hermano país. El Gobierno del Perú
reaccionó con prudencia e informó que se habían
dispuesto medidas de protección que garantizaran la seguridad
de la Legación colombiana en Lima. Laureano Gómez
acusó a la prensa republicana –El Tiempo y Gaceta
Republicana—de favorecer los intereses del Perú
con sus editoriales pacifistas, y la oposición dijo que
el canciller Olaya Herrera manejaba el conflicto de una manera
“extraña”. Sin duda. Y más extraños
parecen los resultados que alcanzó la gestión diplomática
de nuestro canciller. El 16 de octubre las tropas peruanas desocuparon
La Pedrera y regresaron a territorio del Perú, la casa
Arana cayó en desgracia, Colombia reasumió su soberanía
en el Caquetá y el 6 de noviembre se declaró terminado
el incidente y se normalizaron las relaciones entre Colombia y
Perú. No hubo, pues, miles de muertos, miles de hogares
destruidos, ni miles de madres que lloraran a sus esposos o a
sus hijos, ni miles de niños en orfandad repentina, ni
ciudades, invadidas, ni desolación, ni sufrimiento. Extraño,
muy extraño; pero si así se manejaran los conflictos
la historia de la humanidad no sería la historia del hombre
contra el hombre. Consolidada la paz, Olaya herrera renunció
a la cancillería y fue nombrado ministro plenipotenciario
de Colombia en Chile.
La
Casa Arana
Una comisión inglesa, presidida por Sir Roger Casement,
elaboró un informe en el que detalló una por una
las atrocidades cometidas por la Casa Arana contra las indígenas
de la región amazónica. Asesinatos, torturas, despojos,
persecuciones, desplazamientos y trabajos forzados. No hubo iniquidad
que los caucheros peruanos no perpetraran en su propósito
de obtener mano de obra, no ya barata, sino gratuita, para exprimirle
el caucho a los árboles del Amazonas. A raíz del
informe Casement la Casa Arana se declaró en quiebra y
el prefecto de Iquitos dicto orden de prisión contra todos
los jefes de esa empresa, a los que acusó de autoría
y complicidad en los crímenes y asesinatos denunciados
en el Libro Azul de Sir Roger Casement. El tribunal de
Iquitos expidió otra orden de prisión contra todos
los empleados de la Casa Arana, cuyo jefe evadió el cerco
endeble de las autoridades y huyó a Europa.
SEGUNDA
PARTE: DIECINUEVE AÑOS DESPUÉS
Quizá no pensó nunca Enrique Olaya Herrera que la
crisis bélica que hubo de sortear en 1911 colmo Ministro
de Relaciones Exteriores, tendría que repetirla diecinueve
años después como Presidente de la República.
Su Gobierno había dado un manejo magistral a la gran crisis
económica mundial que se desató en octubre de 1929.
Gracias a las medidas atinadas de Olaya Herrera y de su ministro
de hacienda, Esteban Jaramillo, --tuvieron el acierto de darle
al enfermo de depresión la medicina que necesitaba para
reactivarse-- los colombianos padecieron los efectos del invierno
económico con mucho menor dureza que en los demás
países.
Por esta razón se acostaron sin mayores angustias la noche
del 2 de septiembre de 1932, y despertaron el tres con una preocupación
insospechada. “Trescientos comunistas peruanos” se
habían apoderado de Leticia, según titular del matutino
El Tiempo. El vespertino El Espectador fue más
prudente e informó que nada se sabía sobre los autores
de la invasión a Leticia. Y nadie podía explicarse
cómo se reunieron trescientos comunistas peruanos para
cometer semejante locura, si se sabía de sobra que en Perú
no alcanzaban a contarse ni cincuenta comunistas; ni nadie se
atrevía a suponer que el gobierno del general Sánchez
Cerro estuviera detrás de la inicua aventura, en abierta
violación de un tratado internacional suscrito en la década
anterior por Colombia y Perú, y conocido como tratado Salomón-
Lozano.
Lo impensable resultó ser lo real. Un agudo editorial de
la revista Cromos (ver recuadro) empezó a sembrar
las dudas respecto a que la toma de Leticia hubiese tenido inspiración
o autoría comunista. ¿Por qué el Gobierno
peruano no la condenaba, ni tomaba medidas contra los supuestos
comunistas? En poco menos de quince días se conoció
la verdad. Los trescientos invasores de Leticia no era alocados
comunistas sino miembros del ejército peruano y la operación
se había efectuado de acuerdo con lo dispuesto por el Gobierno
de Sánchez Cerro. Frente a las evidencias no le quedó
al presidente Olaya otra alternativa que declarar el estado de
guerra con el Perú y adoptar las disposiciones militares
para recuperar el territorio usurpado. Como en 1911, el país
olvido sus diferencias políticas y dio muestras de solidaridad
impresionante y de apoyo al Gobierno. El jefe de la oposición
conservadora, Laureano Gómez, declaró “paz
en el interior y guerra en la frontera”. El doctor Gómez,
con su elocuencia tribunicia, defendió en el Senado el
empréstito de emergencia para sortear los gastos de guerra.
Miles de damas en Bogotá, y en las distintas ciudades del
país, hicieron cola en las oficinas públicas para
donar sus joyas y bienes al Gobierno colombiano, con el fin de
contribuir al sostenimiento de nuestros soldados. Con el empréstito
de emergencia y los aportes extras de los ciudadanos, el Gobierno
compró aviones, barcos, armas, y envió un bien preparado
ejército a Leticia. Los colombianos, esta vez, no sufrieron
derrotas calamitosas como en La Pedrera, pero la solución
del conflicto tampoco fue militar.
Una vez más la vía diplomática posibilitó
el arreglo. El dictador Sánchez Cerro fue asesinado en
1993. Le sucedió el general Oscar Benavides, el mismo oficial
que en 1911 comandó las tropas peruanas en La Pedrera.
Benavides coadyuvó a las gestiones de paz, y en el protocolo
de Río de Janeiro firmado el 24 de mayo de 1934, se zanjó
el problema de límites entre Colombia y Perú. ESM.
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Batería de ametralladoras peruanas durante el combate
de Güepi, ganado por los soldados colombianos

Hidroaviones "Hawk" de caza, que formaban parte
de la fuerza aérea colombiana |
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Carlos Gaviria Uribe, ministro de guerra |

Destroyer Antioquia, una de las unidades de la marina
de guerra colombiana

Guillermo Valencia, Roberto Urdaneta Arveláez y Luis
Cano, mienbros de la delegación colombiana que negoció
en Río el protocolo con el Perú |
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Manifestantes
se reunen en la Plaza de Bolívar
de Bogotá para escuchar al presidente
Enrique Olaya Herrera. Cromos, 1932

Cañonera colombiana en la boca
del río Atacuari en el Amazonas, que separa a Colombia
del Perú.
Cromos, 1932

La
región amazónica límites de Colombia con
Perú y Brasil
Miembros de la Comisión Colombiana de Límites, en
un lago del Amazonas. Cromos, 1933

General Isaías Gamboa

El doctor Eduardo Arias, "el Loco", reparte sus panfletos
satíricos sobre el conflicto con el Perú.
El Gráfico 1911

Leticia, en la zona ocupada por los peruanos, sobre el río
Amazonas
José María González Valencia marcha a pulverizar
al ministro Olaya Herrera.
Dibujo de Hernando Pombo, El Gráfico
Generales preocupados con las noticias de La Pedrera. Dibujo
de Hernando Pombo, El Gráfico
Sir Roger Casement

Enrique Olaya Herrera

El presidente Olaya Herrera y la primera dama reciben a las enfermeras
y médicos que ofrecieron prestar sus servicios en el frente

Manifestación en Medellín contra la invasión
peruana

El senador Laureano Gómez pronunció su discurso
de apoyo al empréstito de emergencia

Los senadores Felipe Lleras Camargo y Julio Holguín presentan
el proyecto de empréstito patriótico

Alumnas del colegio Leguizamón hacen cola en el Banco de
la República para donar sus joyas al gobierno
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