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EDICION
179
NOVIEMBRE DE 2004
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LOS
ULTIMOS MOMENTOS DE URIBE URIBE
Por:
Luis Zea Uribe
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Tomado
de:
Revista
Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia).
Edición 179
Noviembre de 2004
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Uribe Uribe durante un viaje a Medellín em mayo de 1914. Fotografía de Benjamín De la
Calle, Medellín, 1914. Biblioteca Nacional de Colombia
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Alrededor de este crimen
no se ha podido hacer luz, porque quizá no conviene a los intereses políticos de los que
fraguaron en la sombra el plan y lo llevaron a la práctica. El país va convenciéndose
ya de que los verdaderos culpables son hombres astutos e inteligentes, que meditaron mucho
este crimen verdaderamente científico, del cual no quedará rastro alguno (Gil
Blas, diciembre 15, 1914, al cumplirse dos meses del asesinato)
15
de octubre de 1914. El hombre que había
participado en tres guerras civiles colombianas del finales del siglo XIX, derrotado en
todas ellas; que en la última, al deponer las armas, juró que jamás volvería a
empuñar ninguna, y que desde entonces dedicó su vida y sus esfuerzos al logro de la paz
entre los colombianos, convencido de que el proceso democrático no podía ser estorbado
con aventuras guerreristas, ese hombre cayó aquel día herido de muerte por los golpes de
hachuela que le asestaron a mansalva los sujetos Leovigildo Galarza y Jesús Carvajal. El
siguiente relato, de uno de los médicos que primero acudieron en su auxilio, describe el
conmovedor final del jefe del Partido Liberal colombiano, suceso que cambió para mal el
curso de nuestra historia al marcar el comienzo de una nueva etapa de violencia entre los
colombianos.
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Uribe Uribe a los 18 años, 1876. El Liberal Ilustrado, 1914
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Uribe Uribe en septiembre 25 de 1880 durante la ceremonia de iniciación masónica en la
Logia Estrella del Tequendama. Revista Estampa, 1939
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Ultima fotografía de Uribe Uribe, por Aristides Ariza, 1914. El Liberal Ilustrado
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El día 15 de los corrientes, cerca de
una la una y media de la tarde subía yo, como tengo de costumbre, a mi consultorio de la
carrera 6a, cerca del palacio de San Carlos. Al atravesar la plaza de Bolívar, por el
costado sur, frente al capitolio Nacional, alcancé a ver alguna agitación en la esquina
sureste de la referida plaza, en el punto en que la carrera 7a. corta con la calle 10. En
esa hora del día no es raro encontrar bastante concurrido este lugar, debido a que gran
número de gentes esperan la entrada a las sesiones del Congreso, y aguardan la
oportunidad de ocupar puesto en las barras del Senado o en las de la Cámara de
Representantes. En el momento de llegar a la susodicha esquina vi algunas personas que
corrían por el costado oriental del Capitolio, y oí la voz del señor Juan Bautista
Moreno Arango, quien me gritó: Corra, doctor, que acaban de asesinar al general
Uribe a hachazos y allá lo llevan para la casa.
Sin averiguar detalles emprendí la carrera hacia la casa del herido, y para evitar el
tumulto que obstruía el paso, crucé por delante de la Iglesia de San Ignacio; doblé al
sur frente a San Carlos y llegué a la calle 9a, desde donde vi, a la distancia de una
cuadra, la puerta de la casa del General, por donde entraban o salían atropelladamente
muchas personas. Las gentes se iban abriendo a mi paso, y aun me facilitaban el tránsito
diciendo a los de adelante: apártense que ahí va un médico. Crucé el
zaguán, ascendí rápidamente la escalera y hallé al General Uribe Uribe instalado en la
pieza que da frente al vestíbulo. Una gran multitud se apiñaba alrededor del lecho del
herido, de tal modo que al estrecharse para abrirme campo, se hizo presión contra el
catre de hierro que ocupaba y saltaron las barandas con estrépito. El lecho resistió
sólidamente.
El doctor Carlos Adolfo Urueta, hijo político del general, se hallaba sobre el lecho,
abrazaba amorosamente al herido y lloraba como un niño. Yo lo aparté, y al volver el
rostro vi al doctor José Tomás Henao, llegado unos segundos antes que yo, y en quien
tenía un colega habilísimo para afrontar las exigencias del momento.
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Doctor Luis Zea Uribe. El Liberal Ilustrado. Bibliotaca Nacional de Colombia
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Periodistas bogotanos: Rafael Uribe Uribe. Caricatura de Hernando Pombo, El Gráfico, 1912
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Uribe Uribe durante la guerra del 95
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Tanto el doctor Henao como
yo pedimos a las gentes enloquecidas que rodeaban al herido, gasas, agua hervida y
algodones. El general Uribe estaba recostado en las almohadas en desorden, y daba la
impresión de un hombre a quien se hubiese metido de cabeza en una tina de sangre.
Evidentemente no se daba cuenta de lo que le había pasado, y por un movimiento
automático se llevaba la mano a la región del cráneo, donde parecía hallarse la herida
principal. El aspecto del rostro, a través de los mil hilos de sangre, era inconocible,
con una palidez mortal de cera, por la abundante hemorragia. Tenía una contusión de
segundo grado, en el pómulo derecho, que hacía asimétrica la fisonomía y desfiguraba
la expresión; de una herida linear situada en el pómulo izquierdo y causada con
instrumento cortante, se desprendían varios chorros rojos que caían sobre el pecho e
impregnaban los vestidos. Sin cuello, desabrochado, con el borde de sus ropas de paño y
aun el de la casa retirados hacia los hombros, mostraba un busto vacilante y pálido; y
agitaba la cabeza de derecha a izquierda, como si no pudiese sostenerla. En la región
frontal izquierda, cerca del nacimiento del pelo, existía una contusión grande, en donde
la epidermis había sido dilacerada, lo cual hacía aparecer el punto herido como una
mancha roja. La cabeza era un solo coágulo sangriento. El General tenía sus cabellos
naturalmente ensortijados y de cada uno de esos bucles chorreaba sangre. Al explorarle la
cabeza para aplicarle la primera planchuela de algodón aséptico que llegó a nuestras
manos, se notó en la región en que los parietales se juntan, y a una distancia igual de
la coronilla o vértex y del nacimiento del pelo sobre la frente (bregma), una herida
circular causada con instrumento cortante, que llegaba hasta el cráneo sin herir el
hueso. Aquí la lámina afilada había tajado los tejidos blandos, exactamente como la
cuchilla de una navaja taja la parte carnosa de una fruta. Sobre la región parietal
derecha, llegando hasta la línea media, en esa parte en que el hueso toma un declive para
articularse al occipital, en la vecindad de la coronilla había una amplia herida de
bordes irregulares y gruesos, que era la que sangraba más.
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Recepción de Uribe Uribe en la estación de La Sabana a su regreso de Medellín, en julio
de 1914. El Liberal, 1914
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Uribe Uribe se dirige a los manifestantes. El Liberal, 1914
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Sin darnos cuenta exacta
por lo pronto de la magnitud de la lesión, se aplicó en este sitio una gruesa capa de
algodón aséptico y se comprimió fuertemente. El doctor José María Lombana Barreneche,
quien había ocurrido desde los primeros momentos y llevaba un estuche de cirujano, me
facilitó unas tijeras curvas, con las cuales empecé a cortar el pelo por su raíz,
alrededor de la herida. Ya había llegado agua hervida. El doctor Henao y yo nos lavamos
para hacer una exploración; la hemorragia se había contenido un tanto bajo el algodón
que se sostenía con fuerza, pero el general se agitaba, se movía a un lado y a otro, se
llevaba las manos a la cabeza y hasta trataba de incorporarse. Sábanas, colchas,
almohadas, todo lo que había tenido contacto con él, se hallaba teñido de escarlata. En
uno de esos momentos se enderezó sobre el lecho, como buscando algo con las manos; se le
adivinó el pensamiento y se le alargó un vaso de noche. Pudo ponerse en pie, pero se
notó entonces que tenía incoordinación en las manos y tambaleaba como quien va a caer.
Fue sostenido por algunos de los circunstantes y se colocó nuevamente en el lecho, con
los brazos a lo largo del cuerpo y en estado sincopal. Hasta estos momentos el aspecto del
General no era el de un hombre en estado comatoso; hablaba a veces, pero monosílabos,
frases inconexas, proposiciones sueltas, sin sentido completo. La cadena de su raciocinio
normal había sido rota y solo se mostraban aislados eslabones. Le oímos decir:
¡pero, hombre
!, ¡Sí, pues
.!, ¿Qué es
esto?, ¡Déjenme!. La mirada era vaga, un tanto inmóvil, como la
de una persona que bruscamente se encuentra en la oscuridad.
Al caer en el lecho, después del transitorio desmayo, con los ojos cerrados, estuvo unos
pocos instantes silencioso, pero empezó a agitarse nuevamente y a quejarse en alta voz.
El doctor Henao y yo exploramos la grande herida. Con el índice se recorrió toda la
extensión de la diéresis en los tejidos blandos; se recorrió el hueso y hallóse que el
cráneo había sido roto, en sección neta de dirección horizontal, lo que demostraba que
el agresor no había tirado el hecha verticalmente, sino que había buscado uno de los
lados de la víctima para herirla con mayor acierto y comodidad.
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Homenaje a Uribe Uribe al cumplirse los 25 años de su muerte. Revista Estampa, 1939.
Biblioteca Nacional de Colombia
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Gaceta Republicana. Edición publicada 2 horas después del atentado
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Los bordes de la sección ósea estaban
a diferente nivel, y parecía que el segmento superior era más saliente que el inferior,
sin poderse precisar cual de los dos era móvil. Esto nos hizo pedir por teléfono a la
Casa de Salud del señor Manuel V. Peña, que a la mayor brevedad posible, en el término
de la distancia, se trajese todo lo necesario para hacer una trepanación. Taponamos
cuidadosamente con gasas la herida, se aplicaron nuevas planchuelas de algodón y se
envolvió la cabeza del herido en vendajes de urgencia. El pulso del paciente había sido
al principio amplio y lento, pero desde hacía un rato se había tornado depresible y
aumentaba en rapidez. En cuanto a él, estaba muy poco tranquilo; se agitaba de cuando en
cuando para llevarse la mano a la cabeza, se quejaba ruidosamente con la sílaba
¡uh
uuuh!
y hablaba: Informes del Estado
Mayor
, Por el orden de los acontecimientos
se deduce
seguido
, Yo creo, señor Presidente
, etc. En ocasiones
parecía despertar de su atolondramiento, miraba en torno y trataba de volverse boca abajo
en la cama.. Se le ofrecía agua que pasaba a grandes tragos, con avidez. Se habló de
darle trozos de hielo o agua con Brandy, pero el dijo con voz fuerte y bien timbrada:
Agua pura para calmar la sed
. Se le incorporó un tanto, se le
presentó una vasija llena de agua fresca y apuró
apuró hasta saciarse. Luego se
dejó caer pesadamente sobre el lecho y continuó quejándose.
Entretanto la multitud había invadido la casa y las calles adyacentes. Guardias a la
entrada, guardias en la escalera y centinelas a las puertas del cuarto del herido,
impedían la afluencia de gentes que, no obstante tales medidas, colmaban las
habitaciones. El patio de la casa se hallaba lleno de hombres del pueblo; en la calle se
apretujaba la multitud conmovida y nerviosa y de tiempo en tiempo surgía gritos de
¡viva el general Rafael Uribe Uribe!, que contestaban las turbas a lo lejos.
Por la tarde, entre las cinco y las seis, se le inyectó por vía intravenosa una gran
cantidad de suero isotónico de Hayem, cerca de setecientos cincuenta gramos, y con esto,
y seguramente porque ya las otras aplicaciones estaban correspondiendo a su objeto,
empezó a dar señales de una reacción favorable.
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Volvió a quejarse; el
pulso se hizo perceptible y aun tornó a hablar. Lo que decía en tales momentos, indicaba
una incoordinación completa. Largas frases de palabras ininteligibles, terminadas a veces
por sílabas estoglósicas, la-rala-lara
que se ahogaban en su garganta en
un murmullo. De pronto llamó con voz fuerte a su señora esposa: ¡Tulia!
¡Tulia!. A mí me parecía que éstas eran voces automáticas, inconscientes,
y aun fui de opinión que no llamaran a la pobre señora, que se moría de dolor en una
alcoba apartada; pero alguna persona intervino, y la esposa del general, loca de pena,
ahogada por las lágrimas, entró a poco momento: ¡Hijo querido, aquí estoy!
¡Yo soy! ¿Cómo te sientes? ¿Qué deseas? El General vaciló un instante y
luego exclamó con voz sonora: ¡Yo que voy a saber!!. La señora fue
retirada discretamente del cuarto.
Tres mil gramos de suero en inyecciones subcutáneas e intravenosas: inyecciones macizas
de aceite alcanforado, cafeína, estricnina, pituitrina, agua con Brandy, más los
cuidados de multitud de médicos y de practicantes que estaban al pie del lecho, no
habían logrado mejorar la situación. La hemorragia estaba virtualmente contenida, pero a
pesar de ello la herida de la masa cerebral y la abundante pérdida de sangre anterior,
habían determinado la inhibición de los centros que regularizan la contracción
cardíaca, y el pulso volvía a perderse, sobre todo en la radial izquierda, pues en la
radial derecha se conservó por algún tiempo más sensible. Después de practicada la
operación y probablemente a consecuencia de la compresión que determinaban las gasas
aplicadas sobre el cerebro, se notaron convulsiones fuertes, especialmente en los miembros
inferiores, lo que hacía que siempre hubiese a cada lado del herido cuatro o cinco
personas conteniéndolo. La noche se había entrado hacía rato, y el General iba cayendo
de modo continuo.
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El general Uribe Uribe con su esposa y sus dos primeras nietas Luisa e
Isabel Urdaneta. El Liberal Ilustrado, 1914. Biblioteca Nacional de Colombia
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De pronto largas tiradas de
frases inconscientes, quejidos largos, ruidosos y lastimeros. En uno de estos momentos el
doctor Putnam, que se hallaba a la cabecera del lecho, le dijo: ¿Sientes
dolores, Rafael?, y él contestó con voz timbrada todavía: ¡Figúrate
si no!.
Cerca de las once de la noche entraron junto al lecho del general dos miembros de la
Compañía de Jesús; se me dijo que el uno era el reverendo padre Jáuregui, y el otro, a
quien conozco personalmente, era el hermano don Manuel Gaviria, natural de Medellín. El
sacerdote le ofreció sus servicios con gran cariño y bondad, y el herido, como si se
diese cuenta de lo que pasaba, respondió: Gracias.
Hacía rato que se había presentado el vómito. Devolvía el agua ingerida, mezclada a
glerosidades sanguinolentas, seguramente provenientes de sangre de las vías aéreas
superiores, que perdiera por la herida que recibió en el pómulo izquierdo, debajo del
ojo. A veces se escapaban hilillos de sangre de las ventanas de la nariz, que empapaban
los mostachos, antes de guías erectas y triunfales, y ahora caídos, impregnados de
fibrina y humedad. Un sudor frío y abundante empapaba y enfriaba la piel, y a pesar de
hallarse rodeado de botellas con agua caliente, la temperatura entre 35 a 36 grados. El
pulso, imposible de apreciarse ya en las arterias de uno y otro antebrazo, ni en las
temporales, era sensible únicamente en las carótidas, donde podían contarse hasta
ciento sesenta latidos; pero menos que pulsaciones, era aquello un rapidísimo vaivén
oscilatorio. Y sin embargo el herido se agitaba, se sacudía con repetidas convulsiones y
hacía movimientos amplios que imponían la necesidad de sujetarlo. El quejido se había
hecho largo, y tan fuerte, que era oído de toda la casa. Un ¡uh
uuuhuhuuuh, en crescendo lastimero hasta donde le alcanzaba la respiración.
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Una multitud como jamás se había visto, colmó la Plaza de Bolívar para asistir, en un
acto de dolor colectivo, a los funerales de Uribe Uribe en la Catedral Primada. Museo de
Arte Moderno de Bogotá
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Cerca de las dos de la mañana, y
cuando aquella situación de angustia inenarrable parecía sostenerse todavía, se agitó
un instante y gritó tan recio que pudieron oír desde apartadas alcobas: ¡Lo
último! ¡Lo último!
¡Lo último!. Sobrevino una regurgitación y luego
un estertor traqueal; poco después expiró.
Envuelto en sábanas, limpio de sangre, con la cabeza ceñida por blancas telas, se le
colocó en su ataúd, y entre blandones se instaló el túmulo en la sala principal de la
casa. Parte de los miembros de la familia fueron llegando, deshechos en llanto, y dando
lugar a escenas conmovedoras. En una rincón unas Hermanas de caridad estaban orando en
voz baja; la multitud rompía en sollozos, y muchos de los amigos del esclarecido muerto,
lloraban, abiertas las ventanas, y como si quisieran desahogar sus pulmones en el aire de
la noche.
Así murió este paladín colombiano, que llenó con su nombre durante treinta años la
historia de la república. Hombre de energías incomparables, de una voluntad que no
flaqueaba, metódico y disciplinado en todos los momentos de su existencia, poseía las
virtudes que conducen a los más altos destinos y aseguran el éxito de las empresas.
Dotado de privilegiada inteligencia, estudioso sin tregua ni descanso, entendía a fondo
todos los problemas administrativos y políticos de su país. Había recorrido palmo a
palmo el territorio de Colombia, conocía a todos y a cada uno de sus hombres, y era
centro de un colosal movimiento de voluntades, orientadas francamente hacia el progreso de
la Patria. (Fragmentos)
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Caricatura publicada unos meses antes del
asesinato en el periódico bartolino Sansón Carrasco con la leyenda "para que se
inspire el bobo Galarza"
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El 16
de octubre de 1914 el colombiano Manuel Pinzón Uscátegui, residente en Caracas escribió
a El Tiempo de Bogotá: Desde hace tres días se habla aquí de que ha muerto
trágicamente en Bogotá el general Uribe Uribe. Si así fuera sería una gran vergüenza
para esa tierra. La carta de Pinzón Uscátegui llegó a Bogotá a principios de
noviembre y ocasionó un gran revuelo. ¿Cómo era que en Caracas se hablaba de la muerte
del general Uribe Uribe tres días antes de que ocurriera?
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El 1 de octubre del mismo año Rafael
Uribe Uribe escribió a un ciudadano antioqueño una carta para agradecerle otra en la
cual aquél le advertía que se planeaba asesinarlo y le pedía que tomara las debidas
precauciones. La carta autógrafa de Uribe Uribe fue vista en Bogotá por varias personas.
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Interrogantes desde afuera sobre el asesinato de Uribe Uribe
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Las
Novedades, diario de Nueva York, publicó en su edición del 10 de diciembre de 1914
el siguiente artículo:
La muerte del General Rafael Uribe Uribe permanece envuelta en el misterio más
profundo. Colombia no le ha dicho al mundo, clara y terminantemente, qué móviles
siniestros pusieron en las manos de los verdugos el hacha infame que suprimió en breves
horas una vida tan útil y tan buena.
La prensa colombiana que nos ha llegado últimamente se concreta a lamentar el hecho;
a rezar las oraciones de la libertad cerca del féretro del gran hombre
desaparecido; a tributarle los tesoros de su cariño y de su admiración al
ilustre patriota, al apóstol de la Democracia, al émulo de los genios y pesadilla de
histriones y de enanos; a decir, en fin, palabras, palabras y palabras, literatura
barata, y nada sobre el hecho en sí, nada, absolutamente nada que le diga a América y al
mundo por qué se ha suprimido esa vida; qué causas políticas movieron las manos de los
desgraciados que a mansalva asesinaron al honrado colombiano que en todo momento vivió
consagrado a la alta labor cívica de sembrar en los surcos de América los gérmenes
saludables de las santas máximas de libertad humana. Nada, absolutamente nada nos dice la
prensa colombiana. Y la causa del crimen espantoso permanece envuelta entre los pliegues
de la sombra; y solo un periódico de los que hemos recibido, El Heraldo, da a entender
que la razón del crimen se encuentra en el fanatismo político. ¡El
fanatismo político!
¿Quién o quiénes fueron, pues, los autores intelectuales de
ese crimen? ¿Qué figuras políticas lo prepararon en la sombra y armaron el brazo de los
dos autómatas que lo consumaron?
Toca al Gobierno del doctor Concha hacer luz en el misterio; descargar de sus espaldas la
responsabilidad que pueda caberle ante la mirada serena e inflexible de la historia. La
América espera se le dé una satisfacción, se determine la incógnita de ese terrible
crimen, y nadie más que el Gobierno colombiano está en el deber de hacerlo y en las
condiciones de arbitrar los medios conducentes al esclarecimiento del crimen.
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¿Ostentación para encubrir la farsa?
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El cuartel de la
central estuvo anoche [5 de noviembre, 1914] en completa animación. Una baraúnda se
formó en las calles adyacentes. Se prohibió el tránsito de coches y se hizo cerrar las
cantinas.
Todos los jefes de División estaban a caballo, y la Policía, formada en dos alas en la
carrera 13. Las gentes asustadas se preguntaban el porqué de tanto aparato y algarabía.
Unos suponían que se había capturado a los principales responsables [intelectuales] del
asesinato del General Uribe; otros, que Galarza y Carvajal iban a ser fusilados en Paiba.
Un curioso se atrevió a preguntar a uno de los agentes que hacían la guardia, lo que
acontecía. El policial, mostrando un carro de prisión, contestó enfáticamente:
--Ahí llevan para el Panóptico a Galarza.
Efectivamente, en dicho vehículo fue conducido a la Penitenciaría central Leovigildo
Galarza, a quien se le instaló en la parte alta del edificio, en el sitio que ocupó la
capilla, con dos centinelas de vista
A Jesús Carvajal se le dejó en el calabozo número 7 de la Central, que es la celda que
ha ocupado desde el día del crimen.
Tan flamante mise en scene para una cosa tan trivial como es trasladar un preso, ya más
que seguro en el carro, sólo se le ocurre al señor director de la policía. La actividad
desplegada anoche ha debido emplearse en citar a todos los testigos que aun no han sido
llamados a declarar en el proceso.
Es ridículo, supremamente ridículo, hacer creer al público que porque trescientos
policías y cuarenta jinetes hicieron guardia a Galarza para impedir que se fugue, ya se
descubrió todo el crimen.
La ostentación es a veces el principio de la farsa (Gil Blas)
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Galarza (derecha) y Carvajal en la comisaría central, al día siguiente
del crimen. Gaceta Republicana, 1914. Biblioteca Nacional de Colombia
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El entierro del Sol
Uribe Uribe
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Por Julio Flórez
I
Ya cediendo su campo a
las estrellas
todo sangriento el sol rueda al Caribe;
y ósculo inmenso, al expirar, recibe
del mar que lame el oro de sus huellas
Y el mar se incendia, y
se alborota y canta
un himno funeral, un miserere,
que en los soplos etéreos se levanta
y envuelve al sol
mientras que el sol se muere.
El paño negro de la
noche baja
sobre el difunto rey que en ígnea fosa
el mar con sus espumas amortaja;
n tanto que, desde el
azul desierto,
los astros, con su llama temblorosa,
alumbran las cenizas del gran muerto.
II
Así te desplomaste; así
caíste
--sol de la democracia verdadera
en el brumoso mar de un pueblo triste
que hoy llora ante el rescoldo de tu hoguera.
Mas
¿qué suceso
anticipó tu ocaso?
¿qué poder infernal, qué torvo guía
de hombres sin ley, tu luminoso paso
mandó parar
en la mitad del día?
Némesis, ya, sobre los
velos rojos
de tu puesta triunfal, en las tupidas
sombras sepulta el rayo de sus ojos
Mientras que con sus
rosas encendidas,
colmadas de perdón, en tus despojos
se desangra el rosal de tus heridas.
Usiacurí, octubre, 1914
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