|
EL MODELO
Según la definición
del fundador fray Cristóbal de Torres sobre lo que debía ser un Colegio Mayor (ver
María Clara Guillén, "Los Colegios Mayores". Credencial Historia Nš
154, octubre 2002), los colegiales habían de constituir una suerte de grupo selecto
especialmente preparado en la ciencia y en la virtud para cubrir cargos de importancia en
el gobierno civil y eclesiástico del Nuevo Reino. Según las Constituciones, la
puerta de las colegiaturas sólo se abría a representantes de "la nobleza
secular" neogranadina que reuniera determinadas cualidades. En primer lugar, limpieza
y nobleza de sangre (esto es, ser "cristiano viejo", hijo legítimo de padres
que no hubieran ejercido "oficios bajos", y no tener "sangre de la
tierra"). Luego, cumplir con el requisito de honestidad y buenas costumbres, que se
orientaba a rechazar a revoltosos, díscolos o inquietos, ineptos para convivir en
armonía con el resto de la comunidad, y a quienes carecieran de "buena
educación". Por último, en tanto debían ser varones "de grandes esperanzas
para el bien público", no se dejaba de lado la aplicación a los estudios, habida
cuenta de que, a iguales condiciones de suficiencia, debía ser escogido el más ilustre.
La conciencia de
minoría cualificada debía materializarse en una forma de vida propia, signo de identidad
que los diferenciara, intra y extra claustra, del resto de la sociedad a la
que estaban llamados a regir. Al igual que en los colegios mayores peninsulares, el
devenir rosarista reproduce, mutatis mutandi, una cotidianeidad semejante a la
monacal: por un lado, el acontecer de todos los días está sujeto a una estricta
regulación del tiempo; por otro, así lo diario como lo habitual se sustentan en rígidas
normas que suponen ajustar la conducta a los parámetros propios de una vida
"decente".
El sostenimiento de
este estilo de vida se apoyaba en una serie de condiciones que dependían no sólo de los
moradores sino también del Colegio. Como para el resto de la sociedad coetánea, las manifestaciones
de piedad eran parte de una vida diaria pautada a son de campana: a las siete, el rezo
matutino del rosario que, reiterado a las siete de la tarde, completaba el homenaje a la
Virgen, Patrona del Colegio; a las diez, la misa diaria. Buena parte del tiempo cotidiano
se dedicaba a las actividades intelectuales: entre las ocho y las diez, cátedra de
Prima y entre la dos y las cuatro, la de Vísperas. De once a doce y de cuatro a seis era
tiempo de estudio, durante el cual es lógico suponer que los colegiales hicieran uso
frecuente del rico acervo bibliográfico del Colegio celosamente custodiado entre los
muros de la Librería.
|
|
Desde el toque de las doce que llamaba al almuerzo hasta las dos de la tarde, se
prolongaba el tiempo de descanso diurno protegido con el cierre de la puerta
principal: salidos del refectorio, los colegiales platicaban entre ellos o se recreaban
con los juegos permitidos (ajedrez, damas o tablas). Tras el rezo vespertino del rosario,
volvían a congregarse para la cena y, aunque la puerta de entrada se cerraba,
podían conversar hasta las diez en que la campana indicaba el momento de recogerse a
sus cuartos.
La calidad de minoría selecta se
resguardaba celosamente tras la estricta guarda de la clausura. A fin de garantizar el
doble compromiso que el colegial asumía durante su estancia en el Colegio, celibato y
castidad, la puerta principal debía de cerrarse entre las ocho y media y el amanecer sin
que se pudiera entrar o salir del Colegio, a menos que mediara alguna razón extrema. A su
turno, como elementos sine qua non, el Colegio debía proporcionar a los colegiales
morada en austeros aposentos, sustento necesario y vestido acordes con un pasar moderado.
EL
ANTIMODELO
Pese a las rígidas
regulaciones, las transgresiones al "modelo" fueron frecuentes. A las faltas
contra los parámetros de la "decencia", característica del ideal cotidiano, se
sumaron, por una parte, enfrentamientos entre los integrantes del claustro cuyas
características no fueron, precisamente, la moderación o el decoro y, por otra, la
indisciplina colegial que, en especial durante la década de 1790, asumió visos de
desacato colectivo de perfiles particulares.
La obligación de
cerrar la puerta principal a ciertas horas, parece haber sido ignorada a menudo. Algunos
pasajes del Libro de Consultas dan idea de que las escapadas nocturnas de los colegiales
fueron más o menos corrientes: en 1683, por ejemplo, el colegial Francisco Ramírez
Floreano incurría por tercera vez en la misma falta; en 1694, se castigaba al colegial
formal Andrés Enciso, quien en más de una ocasión se había "ido graciosamente y
de su propia autoridad"; y en 1707, al numerario Feliciano de Mañas y Riopa, cuyas
ausencias se habían prolongado por "quince y veinte días".
En ocasiones, las
escapadas se vincularon con la violación de la guarda de la castidad, falta que llevaba
implícita la pena de privación de la condición de colegial. En 1718, el capitán Pedro
de Layseca y Alvarado informa haberse topado en distintas noches con algunos colegiales
del Rosario que, "con capotes" y "disfrazados" dice,
acuden a "casas de mujeres sospechosas". Ordenada la investigación, los
pesquisas dieron cuenta de la salida de tres individuos embozados y encapotados: el
colegial y catedrático de Instituta Pedro Flórez, quien fue hallado "en
cuerpo" con dos mujeres; y los manteístas Juan Corrales y Bernardo de Castro
Samaniego, quienes fueron encontrados en otra casa "a la vuelta" de la anterior,
en compañía de sendas mujeres. Sin contemplaciones, los tres reos fueron expulsados del
Colegio. El año siguiente, el propio virrey sorprendió a otro convictor, José Francisco
Tomás de Luna, quien corrió la misma suerte. Nada pudo saberse, en cambio, sobre las
andadas de Francisco Xavier de Caycedo, colegial mayor, acusado de frecuentar "la
casa de una mulata llamada la Mogollona".
Algunos datos revelan,
también, transgresiones en el vestido: en la década de 1790, el rector Martínez Caso
solicita se obligue a los colegiales a vestir con "honestidad, modestia y
decencia" y a evitar cualquier relajación o abuso, como traer el pelo largo o los
"vestidos interiores profanos". Dado que las exigencias de un vestir
"decente" se extendían a los externos, el rector Felipe de Vergara se quejaba,
en 1811, del atrevimiento de cuatro manteístas que no sólo pretendían ser admitidos
"de capa" sino que, además, se habían presentado en clase sin sotana y
vistiendo en cambio "calzonazos y demás utensilios de petimetres".
Para mantener el orden,
el rector contaba con un sistema de penalizaciones que podía aplicar contra
indisciplinados o irrespetuosos que atentasen contra la tranquilidad del claustro. Fuera
de los casos de transgresiones individuales castigadas con la pena correspondiente, no
faltaron las quejas de los superiores por desacatos de tipo colectivo, muchos de los
cuales se generaron en las votaciones donde los colegiales ponían en juego algo más que
la recta intención. Hasta tal punto hubo de ser así, que algunos rectores de fines del
XVIII consideraron que, quienes según las Constituciones estaban facultados para tener
voz activa, no contaban en la práctica con la madurez suficiente. Nos centraremos, a modo
de ejemplo, en los alborotos de la conflictiva década de 1790.
Para entonces la
Institución había tenido que aceptar reformas de no poca monta, probablemente vinculadas
a los cambios introducidos en los colegios mayores peninsulares. Escalonados a lo largo de
tres décadas, asoman, al menos, dos hitos significativos: la anulación del plan de
estudios elaborado por el criollo Antonio Moreno y Escandón y la vuelta a un programa
aristotélico-tomista flexibilizado, impuesto por la Junta de Estudios en 1779; y la
visita del oidor Mon y Velarde en 1783, destinada a contener algunos desbordes de
peligroso libertinaje tras el ocaso de la rebelión comunera.
El ambiente intelectual
de los años 90 puso sobre el tapete el choque frontal entre las ideas del "rancio
peripato" y los principios de la nueva filosofía que pugnaba por imponerse. Desde
principios de 1791, los rosaristas dieron muestras de inquietud. Extramuros había llegado
la noticia de que, además de burlarse de su rector Santiago Gregorio de Burgos, a quien
juzgaban celoso partidario de la filosofía peripatética, se habían propuesto quemar
solemnemente los escritos de Antonio Goudin, cuyo texto, fiel a la enseñanza
aristotélico-tomista, había implantado la Junta de Estudios al derogar en 1779 el plan
del fiscal Moreno y Escandón. La formación tradicional del rector no se acomodaba
fácilmente a los vientos de modernidad que corrían de la mano del caleño Manuel
Santiago Vallecilla, catedrático de Filosofía. El primer motivo de oposición parece
harto trivial: Burgos exige que los discípulos de Vallecilla preparen un acto de
sabatinas para el 30 de octubre, apenas cumplida una semana de estudios. El catedrático
se niega, e inicia un largo pleito de año y medio en cuyo trasfondo se observa el choque
entre escolásticos y novadores.
Poco más tarde, en
1794, varios colegiales se ven implicados en el llamado "motín de los
pasquines": Ignacio Sandino, José Angel Manrique, Sinforoso Mutis, José María
Durán, Pablo Uribe y los catedráticos Pedro Pradilla y Miguel Valenzuela son acusados de
simpatizar con las peligrosas ideas del "sistema de libertad" de la Francia
revolucionaria, y algunos de ellos reciben condignos castigos.
Durante el primer
semestre de 1796, los alborotos contra el rector Antonio Nicolás Martínez Caso ofrecen
un claro panorama del choque generacional que se traduce en indisciplina colectiva. El mar
de fondo comienza en abril, cuando el rector recién asumido acusa al catedrático de
Filosofía y segundo consiliario, Juan Francisco Vásquez Gallo, de proponer para
sabatinas asertos sobre el sistema de Copérnico rechazado por el texto oficial de Goudin.
Declarada la guerra entre el rector y el catedrático, Santiago Vallecilla, vicerrector,
primer consiliario y encargado de la cátedra de Derecho Real, hizo causa común con su
colega, junto con el tercer consiliario José Gabriel Peña y la mayoría de los
colegiales ansiosos por sacudirse tanto peripato.
Durante la noche del 8
de abril, los colegiales aprovechan un festejo de conclusiones públicas para mezclar
entre los gritos y la música de timples, olletas, platillos y pandereta, quejas sobre que
"se morían de hambre". En dura reprimenda, Martínez Caso los tilda de
"pícaros" y de "palenque de alzados". Al veterano rector no le
faltaban motivos de enojo: en reiteradas ocasiones había sido objeto de papeles anónimos
donde se le acusaba de haberse robado "las rentas del Colegio en cantidad de 6.000
pesos", parte para levantar su casa, parte para pretensiones en España y parte
"para su manceba". Finalmente, incapaz de contener la situación, el 1° de
julio redacta una dramática renuncia, rechazada por el virrey Ezpeleta; el 20 la reitera,
y presa de un desafortunado arrebato sale de la Casa por su propia autoridad y deja
acéfalo al Colegio.
En airada misiva, el
virrey ordena a Martínez Caso reintegrarse inmediatamente al claustro. Pese a asegurar
que "iría más gustoso a la cárcel con prisiones y a un presidio que al
Colegio", el rector dice haber retornado al Instituto. Los informes recogidos
entonces dejan entrever, por fin, los verdaderos entretelones de una trama que, más allá
de los problemas cotidianos, se enlaza con distintas maneras de concebir métodos y
contenidos de estudio y que enfrentan a un rector misoneísta con tres defensores de la
"nueva filosofía": Vallecilla, Peña y Vásquez Gallo. Dada la gravedad de un
conflicto que amenazaba con un escándalo de proporciones, el virrey acepta la renuncia
del rector y nombra a Santiago Gregorio de Burgos, al final de cuyo interinato fue electo
Fernando Caycedo y Flórez: gracias a su política progresista que supuso, entre otras
cosas, el restablecimiento de la cátedra de Medicina y el impulso de la de Matemáticas,
las "nuevas ideas" que con tanta dificultad se habían abierto camino a lo largo
de los años 90 comenzaron a dar sus primeros frutos.
El Colegio había
sabido capear el temporal y, por la vía de la indisciplina y del desacato colectivo
característicos de la última década del setecientos -en rigor, de la transgresión al
"modelo"-, el pensamiento moderno lograba anidar definitivamente en el pensum
rosarista: un grupo de hombres a quienes hemos visto batallar contra las ideas del
"peripato", impondrán las nuevas y formarán en ellas a buena parte de la
generación gestora de la independencia.
|