Ficha bibliográfica
Titulo:
La vida cotidiana en el Colegio Mayor del Rosario. El modelo y el antimodelo en el periodo colonial
Edición original: 2005-06-02
Edición en la biblioteca virtual: 2005-06-02
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: Monica P. Martini

 

 

 

Revista Credencial Historia

 

 

 

EDICION 167
NOVIEMBRE DE 2003

LA VIDA COTIDIANA EN EL COLEGIO
MAYOR DEL ROSARIO

EL MODELO Y EL ANTIMODELO EN EL PERIODO COLONIAL
Por: MONICA P. MARTINI

Tomado de:

Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia).
Edición 167
Noviembre de 2003

 

 

n primer lugar, el conjunto de normas que rigen la vida colegial y la distinguen de la del resto del entorno social da las pautas del "modelo" al cual, según el imaginario colectivo, debe adecuarse la conducta de quienes aspiran a formar parte de ella. En segundo lugar, el examen de la realidad permite advertir que el "modelo" no siempre se observó y justipreciar hasta qué punto se transgredió. Procuraremos aproximarnos a los aspectos más significativos de la vida cotidiana de los rosaristas durante el período colonial, dentro del devenir de una comunidad que, integrada por hombres de carne y hueso, fue protagonista de una cotidianidad peculiar.

 

EL MODELO

Según la definición del fundador fray Cristóbal de Torres sobre lo que debía ser un Colegio Mayor (ver María Clara Guillén, "Los Colegios Mayores". Credencial Historia Nš 154, octubre 2002), los colegiales habían de constituir una suerte de grupo selecto especialmente preparado en la ciencia y en la virtud para cubrir cargos de importancia en el gobierno civil y eclesiástico del Nuevo Reino. Según las Constituciones, la puerta de las colegiaturas sólo se abría a representantes de "la nobleza secular" neogranadina que reuniera determinadas cualidades. En primer lugar, limpieza y nobleza de sangre (esto es, ser "cristiano viejo", hijo legítimo de padres que no hubieran ejercido "oficios bajos", y no tener "sangre de la tierra"). Luego, cumplir con el requisito de honestidad y buenas costumbres, que se orientaba a rechazar a revoltosos, díscolos o inquietos, ineptos para convivir en armonía con el resto de la comunidad, y a quienes carecieran de "buena educación". Por último, en tanto debían ser varones "de grandes esperanzas para el bien público", no se dejaba de lado la aplicación a los estudios, habida cuenta de que, a iguales condiciones de suficiencia, debía ser escogido el más ilustre.

La conciencia de minoría cualificada debía materializarse en una forma de vida propia, signo de identidad que los diferenciara, intra y extra claustra, del resto de la sociedad a la que estaban llamados a regir. Al igual que en los colegios mayores peninsulares, el devenir rosarista reproduce, mutatis mutandi, una cotidianeidad semejante a la monacal: por un lado, el acontecer de todos los días está sujeto a una estricta regulación del tiempo; por otro, así lo diario como lo habitual se sustentan en rígidas normas que suponen ajustar la conducta a los parámetros propios de una vida "decente".

El sostenimiento de este estilo de vida se apoyaba en una serie de condiciones que dependían no sólo de los moradores sino también del Colegio. Como para el resto de la sociedad coetánea, las manifestaciones de piedad eran parte de una vida diaria pautada a son de campana: a las siete, el rezo matutino del rosario que, reiterado a las siete de la tarde, completaba el homenaje a la Virgen, Patrona del Colegio; a las diez, la misa diaria. Buena parte del tiempo cotidiano se dedicaba a las actividades intelectuales: entre las ocho y las diez, cátedra de Prima y entre la dos y las cuatro, la de Vísperas. De once a doce y de cuatro a seis era tiempo de estudio, durante el cual es lógico suponer que los colegiales hicieran uso frecuente del rico acervo bibliográfico del Colegio celosamente custodiado entre los muros de la Librería.

 

Desde el toque de las doce que llamaba al almuerzo hasta las dos de la tarde, se prolongaba el tiempo de descanso diurno protegido con el cierre de la puerta principal: salidos del refectorio, los colegiales platicaban entre ellos o se recreaban con los juegos permitidos (ajedrez, damas o tablas). Tras el rezo vespertino del rosario, volvían a congregarse para la cena y, aunque la puerta de entrada se cerraba, podían conversar hasta las diez en que la campana indicaba el momento de recogerse a sus cuartos.

La calidad de minoría selecta se resguardaba celosamente tras la estricta guarda de la clausura. A fin de garantizar el doble compromiso que el colegial asumía durante su estancia en el Colegio, celibato y castidad, la puerta principal debía de cerrarse entre las ocho y media y el amanecer sin que se pudiera entrar o salir del Colegio, a menos que mediara alguna razón extrema. A su turno, como elementos sine qua non, el Colegio debía proporcionar a los colegiales morada en austeros aposentos, sustento necesario y vestido acordes con un pasar moderado.

 

EL ANTIMODELO

Pese a las rígidas regulaciones, las transgresiones al "modelo" fueron frecuentes. A las faltas contra los parámetros de la "decencia", característica del ideal cotidiano, se sumaron, por una parte, enfrentamientos entre los integrantes del claustro cuyas características no fueron, precisamente, la moderación o el decoro y, por otra, la indisciplina colegial que, en especial durante la década de 1790, asumió visos de desacato colectivo de perfiles particulares.

La obligación de cerrar la puerta principal a ciertas horas, parece haber sido ignorada a menudo. Algunos pasajes del Libro de Consultas dan idea de que las escapadas nocturnas de los colegiales fueron más o menos corrientes: en 1683, por ejemplo, el colegial Francisco Ramírez Floreano incurría por tercera vez en la misma falta; en 1694, se castigaba al colegial formal Andrés Enciso, quien en más de una ocasión se había "ido graciosamente y de su propia autoridad"; y en 1707, al numerario Feliciano de Mañas y Riopa, cuyas ausencias se habían prolongado por "quince y veinte días".

En ocasiones, las escapadas se vincularon con la violación de la guarda de la castidad, falta que llevaba implícita la pena de privación de la condición de colegial. En 1718, el capitán Pedro de Layseca y Alvarado informa haberse topado en distintas noches con algunos colegiales del Rosario que, "con capotes" y "disfrazados" —dice—, acuden a "casas de mujeres sospechosas". Ordenada la investigación, los pesquisas dieron cuenta de la salida de tres individuos embozados y encapotados: el colegial y catedrático de Instituta Pedro Flórez, quien fue hallado "en cuerpo" con dos mujeres; y los manteístas Juan Corrales y Bernardo de Castro Samaniego, quienes fueron encontrados en otra casa "a la vuelta" de la anterior, en compañía de sendas mujeres. Sin contemplaciones, los tres reos fueron expulsados del Colegio. El año siguiente, el propio virrey sorprendió a otro convictor, José Francisco Tomás de Luna, quien corrió la misma suerte. Nada pudo saberse, en cambio, sobre las andadas de Francisco Xavier de Caycedo, colegial mayor, acusado de frecuentar "la casa de una mulata llamada la Mogollona".

Algunos datos revelan, también, transgresiones en el vestido: en la década de 1790, el rector Martínez Caso solicita se obligue a los colegiales a vestir con "honestidad, modestia y decencia" y a evitar cualquier relajación o abuso, como traer el pelo largo o los "vestidos interiores profanos". Dado que las exigencias de un vestir "decente" se extendían a los externos, el rector Felipe de Vergara se quejaba, en 1811, del atrevimiento de cuatro manteístas que no sólo pretendían ser admitidos "de capa" sino que, además, se habían presentado en clase sin sotana y vistiendo en cambio "calzonazos y demás utensilios de petimetres".

Para mantener el orden, el rector contaba con un sistema de penalizaciones que podía aplicar contra indisciplinados o irrespetuosos que atentasen contra la tranquilidad del claustro. Fuera de los casos de transgresiones individuales castigadas con la pena correspondiente, no faltaron las quejas de los superiores por desacatos de tipo colectivo, muchos de los cuales se generaron en las votaciones donde los colegiales ponían en juego algo más que la recta intención. Hasta tal punto hubo de ser así, que algunos rectores de fines del XVIII consideraron que, quienes según las Constituciones estaban facultados para tener voz activa, no contaban en la práctica con la madurez suficiente. Nos centraremos, a modo de ejemplo, en los alborotos de la conflictiva década de 1790.

Para entonces la Institución había tenido que aceptar reformas de no poca monta, probablemente vinculadas a los cambios introducidos en los colegios mayores peninsulares. Escalonados a lo largo de tres décadas, asoman, al menos, dos hitos significativos: la anulación del plan de estudios elaborado por el criollo Antonio Moreno y Escandón y la vuelta a un programa aristotélico-tomista flexibilizado, impuesto por la Junta de Estudios en 1779; y la visita del oidor Mon y Velarde en 1783, destinada a contener algunos desbordes de peligroso libertinaje tras el ocaso de la rebelión comunera.

El ambiente intelectual de los años 90 puso sobre el tapete el choque frontal entre las ideas del "rancio peripato" y los principios de la nueva filosofía que pugnaba por imponerse. Desde principios de 1791, los rosaristas dieron muestras de inquietud. Extramuros había llegado la noticia de que, además de burlarse de su rector Santiago Gregorio de Burgos, a quien juzgaban celoso partidario de la filosofía peripatética, se habían propuesto quemar solemnemente los escritos de Antonio Goudin, cuyo texto, fiel a la enseñanza aristotélico-tomista, había implantado la Junta de Estudios al derogar en 1779 el plan del fiscal Moreno y Escandón. La formación tradicional del rector no se acomodaba fácilmente a los vientos de modernidad que corrían de la mano del caleño Manuel Santiago Vallecilla, catedrático de Filosofía. El primer motivo de oposición parece harto trivial: Burgos exige que los discípulos de Vallecilla preparen un acto de sabatinas para el 30 de octubre, apenas cumplida una semana de estudios. El catedrático se niega, e inicia un largo pleito de año y medio en cuyo trasfondo se observa el choque entre escolásticos y novadores.

Poco más tarde, en 1794, varios colegiales se ven implicados en el llamado "motín de los pasquines": Ignacio Sandino, José Angel Manrique, Sinforoso Mutis, José María Durán, Pablo Uribe y los catedráticos Pedro Pradilla y Miguel Valenzuela son acusados de simpatizar con las peligrosas ideas del "sistema de libertad" de la Francia revolucionaria, y algunos de ellos reciben condignos castigos.

Durante el primer semestre de 1796, los alborotos contra el rector Antonio Nicolás Martínez Caso ofrecen un claro panorama del choque generacional que se traduce en indisciplina colectiva. El mar de fondo comienza en abril, cuando el rector recién asumido acusa al catedrático de Filosofía y segundo consiliario, Juan Francisco Vásquez Gallo, de proponer para sabatinas asertos sobre el sistema de Copérnico rechazado por el texto oficial de Goudin. Declarada la guerra entre el rector y el catedrático, Santiago Vallecilla, vicerrector, primer consiliario y encargado de la cátedra de Derecho Real, hizo causa común con su colega, junto con el tercer consiliario José Gabriel Peña y la mayoría de los colegiales ansiosos por sacudirse tanto peripato.

Durante la noche del 8 de abril, los colegiales aprovechan un festejo de conclusiones públicas para mezclar entre los gritos y la música de timples, olletas, platillos y pandereta, quejas sobre que "se morían de hambre". En dura reprimenda, Martínez Caso los tilda de "pícaros" y de "palenque de alzados". Al veterano rector no le faltaban motivos de enojo: en reiteradas ocasiones había sido objeto de papeles anónimos donde se le acusaba de haberse robado "las rentas del Colegio en cantidad de 6.000 pesos", parte para levantar su casa, parte para pretensiones en España y parte "para su manceba". Finalmente, incapaz de contener la situación, el 1° de julio redacta una dramática renuncia, rechazada por el virrey Ezpeleta; el 20 la reitera, y presa de un desafortunado arrebato sale de la Casa por su propia autoridad y deja acéfalo al Colegio.

En airada misiva, el virrey ordena a Martínez Caso reintegrarse inmediatamente al claustro. Pese a asegurar que "iría más gustoso a la cárcel con prisiones y a un presidio que al Colegio", el rector dice haber retornado al Instituto. Los informes recogidos entonces dejan entrever, por fin, los verdaderos entretelones de una trama que, más allá de los problemas cotidianos, se enlaza con distintas maneras de concebir métodos y contenidos de estudio y que enfrentan a un rector misoneísta con tres defensores de la "nueva filosofía": Vallecilla, Peña y Vásquez Gallo. Dada la gravedad de un conflicto que amenazaba con un escándalo de proporciones, el virrey acepta la renuncia del rector y nombra a Santiago Gregorio de Burgos, al final de cuyo interinato fue electo Fernando Caycedo y Flórez: gracias a su política progresista que supuso, entre otras cosas, el restablecimiento de la cátedra de Medicina y el impulso de la de Matemáticas, las "nuevas ideas" que con tanta dificultad se habían abierto camino a lo largo de los años 90 comenzaron a dar sus primeros frutos.

El Colegio había sabido capear el temporal y, por la vía de la indisciplina y del desacato colectivo característicos de la última década del setecientos -en rigor, de la transgresión al "modelo"-, el pensamiento moderno lograba anidar definitivamente en el pensum rosarista: un grupo de hombres a quienes hemos visto batallar contra las ideas del "peripato", impondrán las nuevas y formarán en ellas a buena parte de la generación gestora de la independencia.