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EDICION 155
NOVIEMBRE DE 2002
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MUERTE, SALUD Y
BENEFICENCIA
Los rituales mortuorios en Santafé de Bogotá
Por: María Himelda Ramírez
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Tomado de:
Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 155
Noviembre de 2002
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Entierro de un niño en el Valle de Tenza. Acuarela
de Ramón Torres Méndez, ca. 1850, grabado por Víctor Sperling, Leipzig, 1910.
Colección Banco de la República, Bogotá.
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La escritura
de los testamentos fue el ritual por excelencia que contribuía a preparar a los
moribundos y a sus familias para afrontar los decesos en el pasado colonial. En ese
documento se expresaba la última voluntad, se definían las preferencias sobre el atuendo
funerario y el ceremonial. Se disponía sobre la distribución de los bienes y la
cancelación de las deudas, el reparto de limosnas y la destinación de los recursos para
la celebración de los actos piadosos que contribuirían a la salvación del alma.
La proximidad de la muerte era además una ocasión para conciliar a
los antagonistas y saldar las deudas con la sociedad. Los matrimonios en artículo de
muerte, producían efectos espirituales y materiales, ya que no se moría en el pecado y
se legitimaba la descendencia procreada en uniones no sacramentalizadas. El inventario de
las deudas, implicaba un compromiso público con los acreedores. El hábito de San
Francisco fue una de las prendas predilectas en los usos funerarios. La iconografía de
las abadesas revela la costumbre de encargar el retrato del cadáver ataviado con lujo
para el encuentro con el esposo divino.
Las mujeres rodeaban y atendían a los enfermos y a los moribundos en
el ámbito familiar como parte de las funciones domésticas y a causa de la incipiente
atención institucionalizada a las enfermedades. El historiador Pablo Rodríguez menciona
que el cuidado de los enfermos y el alivio de los moribundos figuraban entre las funciones
de las beatas durante la Colonia (ver Credencial Historia, Nš 68, agosto de 1995).
Las mujeres también atendían la mayoría de los partos, acontecimientos que se
proyectaban hacia la recepción de la vida y representaban también una gran proximidad de
la muerte por los riesgos de las complicaciones en el momento del alumbramiento, tanto
para la madre como para la criatura. La morbilidad y la mortalidad infantil, tan
frecuentes en aquellos tiempos, concernía a las madres, a las nodrizas y a las criadas.
Las vigilias para observar las variaciones del estado de los enfermos, el mantenimiento de
la higiene, la aromatización de los espacios en los que yacían los enfermos, requerían
una gran dedicación. La preparación de los cadáveres, se realizaban también en la
casa.
Los registros parroquiales revelan la diferenciación social en el momento de la
muerte. Los de Las Nieves y Santa Barbara de Bogotá, informan que los difuntos enterrados
de limosna por causa de la pobreza eran numerosos. Entre 1755 y 1759, de 326 occisos
registrados en las Nieves, dato equivale al 85 por ciento del total del quinquenio, el 49
por ciento de los sepelios, es decir, los de 160 fallecidos, fueron celebrados de limosna,
tal como ocurrió en el caso de los sepelio de Antonia, sirviente en casa de Ana de
Orejuela, o en el de Francisca, criada de Isabel Bautista. El abandono de los cadáveres
en los altozanos de las iglesias fue una práctica más bien común, que se explica por
los costos económicos que exigían los funerales. En el año 1800, la joven María
Rosalía Pineda, criada libre de una mujer pobre residente en una pieza del barrio de La
Catedral, falleció en circunstancias oscuras después de unos azotes a los que la
sometió su patrona. Ésta huyó y sus vecinas abandonaron el cadáver de la joven en la
iglesia de La Candelaria.
Los registros parroquiales revelan el anonimato de
las gentes del común. El uso de los diminutivos, tales como "una indiecita",
"una chinita" o "una mulatica" era usual cuando se trataba de infantes
de los grupos sectores populares. A veces para referirse a ellos se utilizaba la
denominación "los angelitos".
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Velorio o baile del angelito. Grabado
en acero sobre un dibujo de M. Sainson. "Voyage pittoresque dans les
Amériques", de Alcide D'Orbigny, París: L. Tenre, 1886. Biblioteca Luis Angel
Arango, Bogotá.
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Los niños desamparados. Grabado
de Ricardo Moros urbina sobre dibujo de Alberto Urdaneta. "Papel Periódico
Ilustrado", No. 86, marzo 1 de 1885. ............................
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El 23 de
noviembre del año 1756, el párroco de Santa Bárbara anotó: "... di sepultura
eclesiástica a una moza llamada María, no supe su apellido, murió en casa de las
Amésquitas. Se hizo entierro de limosna por ser pobre". El 20 de agosto de 1775, se
sepultó "...una mujer mosa la que encontraron a las orillas de la Sequia de Fucha
que no hubo quien la conociera, ni quien dixera cómo se llamaba, haogada...". El 19
de enero de 1779 se registró el deceso de "... una negra que dixeron se llamaba
Juana, la que murió en el camino trayéndola a curar en el convento de
hospitalidad...". El 2 de febrero del año 1752, se registró: " Una india que
se halló muerta en la Sabana; no se supo del nombre ni de donde era". En dos de
Diciembre de mil setecientos y sinquenta y tres, di sepultura...al cuerpo difunto de una
tullida pobre que murio en casa de Rosalía viuda de Molina...". Durante las
epidemias aumentó la cifra de los cadáveres de abandonados "...En 1 de Noviembre
del 756 di sepultura eclesiástica a una muger forastera, me digeron era de Velez, no supe
si era casada, o soltera, murio en la esquina de Belen en la primera tienda. Se hizo de
limosna porque no se hallo cosa alguna". Numerosos hombres y mujeres fueron
registrados sin mención del apellido. Sin embargo, se anotaron con precisión los datos
de las personas a las que estaban ligadas por lazos de servidumbre o de esclavitud e
inclusive por parentesco: el 4 de junio de 1750 murió María Agustina "esclava de
Juan de Mendoza, a quien bauticé en caso de necesidad por ser esclava Bozal... ". En
junio 15 de 1759 murió María, esclava de doña Catharina Ramírez. El 22 de abril de
1760 murió Francisca, mulata esclava de Isabel Flores. En junio 12 de 1756, murió una
hija o entenada de Felipe Rico. Las muertes repentinas y ciertos accidentes como el
ahogamiento fueron las causas de muerte anotadas como dato excepcional. El 15 de junio de
1751, "Ignacio y su muger ambos murieron de repente", lo mismo que María Bravo
y Elena en el año 1752. Esa misma circunstancia se anotó en el registro de María,
párvula de seis años, hija legítima de Matías de Silva y Thomasa López, fallecida en
el año de 1758. En 1750, murió Alfonsa Castiblanco casada con Marcelo Gomez: "Se
hallo haogada en una poso de la casa". En el mes de noviembre del año 1752, María
Teresa, india soltera del pueblo de Tabio se ahogó en el río de Fucha. La misma suerte
corrió Antonia Villarraga, viuda de Simón de Arévalo, ese mismo mes y año. En junio
del año 1757, en el acta de defunción de Juana Ardila, se informa que se cayó de un
caballo en Fucha. Las muertes por causas violentas aparecen anotadas de manera eventual.
Por lo regular hacen referencia a hombres asesinados en la calle o en el monte, como le
ocurrió a Juan de Dios Herrera a quien: "...se le administró el Sacramento de la
Extrema Unción por aber sido la muerte aselerada de puñaladas que le dieron...".
A finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, se intensificaron las campañas de
higiene pública para la prevención de las diversas enfermedades que afectaban a la
población. La prevención de las viruelas se privilegió en la ciudad de Santafé con
diversas medidas. Renán Silva, en su obra Las epidemias de viruela de 1782 y 1802 en
la Nueva Grananda, al referirse a la Real Expedición Filantrópica de la vacuna,
trata la organización y la significación de las campañas de inoculación. La fundación
de hospitales como el de Las Aguas, en los que se atendía a los que padecieron las
viruelas, muestra el desarrollo de unos espacios aislados para tratar esa enfermedad que
tantos estragos causaba. Los legredos, unos sitios de reclusión de las gentes procedentes
de las provincias antes de su ingreso a la ciudad, pretendian proteger a los habitantes de
la ciudad de los contagios. Por aquella época el hospital cambiaba una tradición
milenaria que acogía para el bien morir y se proyectaba a la curación. Los hospicios
aspiraban a erradicar la pobreza.
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