En la Nueva
Granada, en el Archivo General de la Nación, reposan documentos y planos que dan cuenta
de proyectos, que no necesariamente se concretaron en esas fechas, para la construcción
de varios cementerios en las afueras de Mompox (1793), Barranca del Rey (1794), Cartagena
(1798), Novita, Popayán, Girón, Piedecuesta y Bucaramanga (1800), Socorro (1809) y
Coello (1810), entre otros.
En Bogotá, las instrucciones reales fueron acatadas por el virrey
José de Ezpeleta, quien mandó a construir, por decreto del 11 de abril de 1791, un
cementerio para esta ciudad y encomendó para esta tarea al comandante de artillería
Domingo Esquiaqui (¿1737?-1820), quien había llegado a Bogotá procedente de Cartagena
para hacerse cargo de los trabajos de reconstrucción de la ciudad a raíz del terremoto
de 1785 y con la excusa del diseño del cementerio aprovechó para dibujar el primer plano
que se conoce de la ciudad. El sitio escogido estaba situado al occidente de la ciudad,
sobre el costado sur del camino que conducía a Fontibón, a la altura de la actual
estación de La Sabana, como se puede observar en las copias que se conservan del mismo.
Debido a la imposibilidad de seguir realizando enterramientos en el
Hospital de San Juan de Dios, éste terreno fue adecuado con rapidez y e inaugurado en
noviembre de 1793 por el arzobispo Baltasar Jaime Martínez Compañón. Este cementerio
fue conocido como "La Pepita", y no duraría por muchos años. Al tener una
connotación popular, las personas de mayor solvencia económica se negaron a ser
enterradas en él y por este motivo, el señor Buenaventura Ahumada, quien en 1822 se
desempeñaba como alcalde ordinario de segunda nominación de la ciudad, le solicitó al
Cabildo que designara un nuevo terreno para la construcción de otro cementerio. Ahumada
sería la primera persona enterrada en el cementerio Central.
Una experiencia semejante se vivió en la ciudad de Medellín. El
primer cementerio que funcionó desde 1808 en el barrio de San Benito, fue luego
trasladado al cerro de la Asomadera en las afueras de la población, cerca al camellón de
Guanteros, y fue denominado de San Lorenzo. Bendecido en 1828 y concebido para sepultar
pobladores de cualquier condición social, nunca pudo evitar que su apariencia física y
sus usuarios se relacionaran con las clases populares. La lentitud en el desarrollo del
cementerio de San Lorenzo y sus constantes problemas de mantenimiento terminaron por
incidir en la creación de un cementerio privado, el de San Vicente de Paúl, hoy conocido
como San Pedro y que fue inaugurado en 1844. Desde ese momento, San Lorenzo al igual que
la Pepita en Bogotá, pasó a ser conocido como cementerio de los pobres.
Aquí es interesante contar brevemente la experiencia del cementerio de
San Pedro, que a diferencia de la mayoría de los cementerios católicos del país, nació
por iniciativa privada. Pedro Uribe Restrepo, quien tenía bajo su cargo el hospital de
San Juan de Dios, convocó a cincuenta de las familias más representativas de esa ciudad
para fundar una sociedad, obtener recursos económicos y construir un cementerio dedicado
y puesto bajo los auspicios de San Vicente de Paúl.
Para 1827, el Cementerio Central de Bogotá no había comenzado aún a
construirse y el cura de la catedral, José Antonio Amaya, le recordó al Consejo
Municipal que la solicitud hecha por Ahumada no había sido tenido en cuenta. Por lo
tanto, el gobierno nacional decidió actuar y Simón Bolívar firmó un decreto el 15 de
octubre de ese año, en que prohibió nuevamente el entierro de cadáveres en templos,
capillas o bóvedas y ordenó la construcción de cementerios en las afueras de las
poblaciones que aún no contaban con ellos. Ese mismo día, el entonces intendente
interino de Cundinamarca, coronel Pedro Alcántara Herrán, firmó otro decreto en que
ordenó la construcción inmediata del cementerio de Bogotá, en un lote de terreno
aledaño al otorgado a los subditos ingleses. A fines de 1836, se dio definitivamente al
servicio público el cementerio, a pesar que venía funcionando como tal desde 1832, en
parte, gracias al empeño que puso en esta empresa Rufino Cuervo, quien al retirarse como
gobernador de Bogotá dejó concluidas las paredes del contorno, más de doscientas
bóvedas en "estado de prestar servicio" y la portada, que se conservó hasta
1904, cuando fue remplazada por la actual, diseñada por Julián Lombana.
Con todo, la gente aún era reticente a permitir que sus muertos fueran
enterrados en el cementerio, por cuanto "el espacio ocupado por el cementerio en
campo abierto no se consideraba sagrado, por lo cual resultaba que sepultar a los deudos
en necrópolis era desprotegerlos en su paso hacia el mas allá y profanar el cuerpo del
muerto". Por esta circunstancia, Cuervo tuvo que dar el ejemplo y compró la bóveda
marcada con el número 1, que posteriormente heredó su hijo Ángel María.
El tiempo terminó por convencer a los feligreses sobre las bondades de
los campos santos y ésto se aprecia en el auge arquitectónico y estético que tuvieron
los cementerios católicos desde finales del siglo XIX hasta mediados del siglo XX. Es
importante mencionar que, como no era permitido el enterramiento de protestantes, suicidas
y niños que habían muerto sin haber sido bautizados en los cementerios católicos,
algunas ciudades del país plantearon alternativas como la del cementerio Universal de
Barranquilla. En 1864 Eusebio de la Hoz y otras personas, fundaron la Sociedad de Hermanos
de la Caridad que, con capital privado como en el caso de San Pedro en Medellín,
decidieron emprender la edificación de un campo santo en donde se permitía el entierro
de personas excluidas del cementerio católico, cuya construcción se remonta a 1809. Esto
fue posible gracias a las reformas que al respecto se tomaron durante el gobierno de
Tomás Cipriano de Mosquera en 1862, y que permitieron quitarle el control temporal de los
cementerios a la Iglesia.
La convivencia entre la ciudad de los muertos y la de los vivos
también presentó un conflicto a nivel urbano, que radica en el impacto que los
cementerios tuvieron sobre el desarrollo físico de su entorno; sobre el particular, se
puede mencionar el caso de Cartagena de Indias: en esta ciudad, al igual que en las otras
descritas, se enterraron personas en iglesias y conventos hasta cuando se tomó la
decisión de construir un cementerio en la isla de Manga. Esta decisión retrasó su
desarrollo y favoreció la urbanización a finales del siglo XIX de sectores como El
Cabrero, Pie de la Popa y Espinal. El cambio se logró en buena medida gracias a que Luis
Henrique Román, siendo alcalde de la ciudad en 1904, mejoró el cerramiento del
cementerio, aislándolo de su entorno y construyendo el puente que lo comunicó con la
isla de Getsemaní. Así se le dotó de las condiciones propicias para convertirse en una
próspera urbanización en los años siguientes. Situaciones semejantes se pueden
verificar en Cali, Medellín y Bogotá.
La información que se conserva sobre los cementerios católicos de Colombia está
dispersa y hace falta aún un trabajo extenso de búsqueda y clasificación para poder
obtener un panorama más completo sobre su evolución y la influencia que su presencia
ejerció sobre sus inmediatos entornos urbanos. Por ahora, sólo resta apoyar el creciente
interés patrimonial que han despertado en los últimos años y que permitirá que se
conserven a pesar del olvido al que muchos han sido relegados.