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Cementerio, visión romántica. Grabado
de Alexandre de Bar para el libro "Poesías", de Rafael Nuñez. París:
Hachette. 1889.
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Estudiantes de medicina en clase de disección
anatómica. Fotografía de Melitón Rodríguez, Medellín, 1892. Museo de Arte
Moderno de Bogotá.
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El concepto
de muerte cambia con la cultura y con el transcurrir histórico de las sociedades. La
muerte no está aislada del modo de vida de los seres humanos, está relacionada con la
ecología, el sistema socioeconómico, el tipo de familia, las creencias y prácticas
mágico religiosas.
Los estudiosos del tema de la muerte la han considerado como "la
gran ruptura", como rompimiento doloroso; nunca más volveremos a estar con la
persona que "se ha ido". La sensación de pérdida definitiva y el gran dolor
que causa la muerte de los seres cercanos ha generado en el hombre de todas las épocas y
culturas la elaboración de ritos fúnebres con los cuales el ser humano busca poder
controlar el gran dolor que causa la pérdida. La riqueza etnográfica de los ritos
fúnebres así lo demuestra.
Cuando se habla de la muerte no se puede dejar de mencionar el miedo
universal a la misma. Vincente Thomas ha hablado de tres miedos: 1) Miedo a mi propia
muerte, miedo universal, no sólo a la propia muerte sino a lo que sigue después de
ésta. Ese miedo que los hombres de todos lo tiempos sólo han podido explicar a través
de las creencias religiosas. 2) El miedo a la muerte de los seres cercanos afectivamente.
El dolor que implica la perdida definitiva de los que amamos. 3.) El miedo a que regresen
los muertos. Miedo que el hombre ha contrarrestado a través del culto a los muertos, en
forma de oraciones y ritos, festejos de aniversario, día de culto a los difuntos.
Importante considerar el paso de la muerte "tradicional" a la
muerte "en el mundo actual": cómo el comportamiento humano se modifica por
procesos de cambio en el desenvolvimiento de las sociedades: más que el paso del siglo
XIX al XX, lo que hay que analizar es el desarrollo tecnológico-económico, motivado por
la industrialización, la urbanización y el crecimiento de las ciudades y los cambios que
éstos generaron en el modo de vida y costumbres de las gentes. Antes de la
industrialización se moría en familia, rodeado de amigos y vecinos que se despedían de
la persona que iba a morir. Se moría en público. El arte ofrece un buen testimonio de
ello.
En el área rural colombiana sobrevive la práctica de despedirse de la persona que va
a morir; son varias las personas que acompañan el momento de la muerte. Todavía se
conserva la práctica de enviar con el difunto mensajes a los seres queridos en la otra
vida. También es frecuente colocar papeles en los ataúdes con mensajes a los muertos del
"otro mundo".
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Delia Zapata en cámara ardiente. Acrílico
sobre lienzo de Enrique Grau, 2001. 81.5 x 139.5 cm. Colección del artista.
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En el siglo
XIX y parte del XX, en los entierro se lloraba a los muertos, el llanto era bien visto y
por la cantidad de lágrimas se media el dolor de las personas. Desde fines del siglo XX,
se evita el llanto, principalmente en los sectores altos de población; esta práctica no
se considera de "buen gusto". Por lo general a la gente se le dan
tranquilizantes. Sin embargo, en los sectores populares de la población urbana, todavía
se observa el "llanto descontrolado" de los familiares.
En la zona negra, no sólo los familiares lloran intensamente a sus
deudos, sino que hay personas especializadas que cantan "alabaos", cantos
fúnebres tradicionales que entonan durante todo el velorio mujeres mayores especializadas
en este oficio. En Guambia, Cauca, no se llora cerca del cadáver: si alguien quiere
llorar, lo llevan lejos del difunto, "para que no entorpezca el viaje al más
allá".
Antes de la urbanización, en las ciudades se velaba a los muertos en
sus viviendas, donde parientes, amigos, vecinos y conocidos iban a saludar a los deudos, a
"despedirse" del difunto y a acompañar por un rato a la familia. Se pasaba la
noche en vela y el velorio podía durar dos o tres días. En zonas campesinas de tierras
altas se extiende hasta por cinco días, se despide al muerto con abundante comida y
bebidas alcohólicas.
Las crecientes complicaciones que trae la vida urbana hicieron que la
práctica de la velación se llevara a cabo en la funeraria. El velorio se redujo al
máximo, se lleva acabo de un día para otro, nadie amanece con el cadáver. Las
funerarias se cierran a las 10 p.m. y se reabren a las 8 a.m.: "los muertos duermen
solos".
La idea de un velorio largo no es solamente para dar tiempo a que los
deudos mitiguen un poco la pena, sino también ¡para estar seguros de que el muerto esté
bien muerto! Son muchas las historias y anécdotas de cadáveres que se levantaron
en medio de un velorio, causando pánico entre los asistentes. El cortejo fúnebre hacia
el cementerio varía con la cultura y con la historia. En el campo se hace a pie y para
llevar el ataúd se van turnando los asistentes. Es frecuente observar que se hacen
paradas para tomar un aguardiente y luego continuar.
Los sectores altos de población llevaron a sus muertos en carrozas fúnebres, coches
de caballos muy engalanados para la ocasión, que los acompañantes seguían a pie. El
cambio de esta tradición lo introduce por un lado la vida urbana y por otro los coches
fúnebres seguidos por familiares y acompañantes, quienes en sus automóviles iban en
desfile fúnebre muy despacio hacia el cementerio. En los últimos años, y más aún con
la existencia de parques cementerio fuera de las ciudades, el cortejo fúnebre debe ir a
la misma velocidad del tráfico.
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La Muerte y la doncella. Plumilla de
José Restrepo Rivera, ca. 1936. 16.2 x 13 cm. Colección particular, Bogotá.
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La Muerte. Óleo de Guillermo Wiedemann,
1955. 99 x 60 cm. Colección Banco de la República, Bogotá.
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En la
década de 1960 se fundan los primeros parques cementerios, modalidad en que el entierro
es uniforme: el mismo prado, floreros, cruces y una misma administración encargada del
cuidado y de la limpieza. El problema de un espacio para los muertos cambia nuevamente la
costumbre de entierro y en la década de 1980 se introducen los hornos crematorios,
práctica que cada día toma más fuerza, no sólo por economía, sino por el hecho que
nos permite poder disponer de las cenizas del difunto.
La solución dada por la población a la pequeña caja con los restos calcinados bien
vale la pena una investigación; hay osarios en iglesias y cementerios, mucha gente los
dispersa en el aire o en el agua, otros los entierran, o finalmente terminan por hacer
parte de la decoración de alguna sala de la vivienda, al lado de una fotografía y una
veladora encendida.
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