Ficha bibliográfica
Titulo:
Arciniegas, escritor
Autor: Juan Gustavo Cobo Borda
Edición original: 2005-06-23
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: Juan Gustavo Cobo Borda
Notas:

 

Revista Credencial Historia


NOVIEMBRE 2000.



Arciniegas, escritor.
Por: Juan Gustavo Cobo Borda.

Tomado de: Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Noviembre 2000. No. 131

 


En su libro póstumo La taberna de la historia (Bogotá: Planeta, 2000) Germán Arciniegas (1900-1999) pone a dialogar en Cartagena de Indias, en una taberna llamada Magallanes, a Cristóbal Colón, Américo Vespucci y Vasco Núñez de Balboa. A la reina Isabel la Catolica, al papa Borgia, Alejandro VI, y a una indígena americana.

Lo hace con ágil soltura y su innegable erudición apenas si se percibe en una cita sabrosa. En una tesis imprevista. Toda su carrera de escritor estuvo supeditada a las urgencias del periódico y ésto hace que sus páginas se resientan de premura y esquematismo. Sólo que también dichas páginas poseen una brillante capacidad de síntesis y una innegable fuerza imaginativa. Viñetas de humor y poesía.

En ocasiones puede dar demasiadas cosas por sobreentendidas, pero en realidad el siglo íntegro que dedicó a hablar de las figuras antes mencionadas, y algunas pocas más, lo convirtieran en un formidable divulgar y un pedagogo insustituible. Le daba vueltas a una misma materia, analizándola desde todos los ángulos. Claro está, sus enfoques se afinaban con los años, con los viajes, con las nuevas lecturas, con las efemérides conmemorativas --tal el caso del quinto centenario del descubrimiento de América--, pero el motor central de su tarea como escritor ya lo había trajinado desde su primer libro: El estudiante de la mesa redonda (Madrid: Juan Pueyo, 1932). Era América como problema. La mejor forma de contar su historia, desde una perspectiva propia. Fue fiel a tal anhelo y nunca claudicó en su empresa.

Gracias a tal constancia sucesivas generaciones de lectores, en español y en otras lenguas, han obtenido una visión sencilla de asuntos complejos. El desfasaje por ejemplo, en el descubrimiento, entre las utopías que lo impulsaron y los hechos que refutaron tales teorías. Entre las ideas y los actos. Visto todo ello como un escenario teatral y en ocasiones cinematográfico al cual se asoman, se confrontan y salen, para volver bajo un nuevo avatar, los recurrentes Colón, Vespucio o la reina Isabel. Jiménez de Quesada o Nicolás de Federmán.

Arciniegas logró así que las figuras resucitadas por el poder de la prensa abandonaran una historia yerta y nos sorprendieran, una vez más, con la inmediatez concreta de sus gestos o la capacidad evocativa de sus parlamentos. Un ingrediente de ficción novelística dinamiza así su escritura y la encamina, como conclusión y para este período inicial de nuestra historia, a la misma conclusión que formula Roger Chartier en su reciente y útil libro El juego de las reglas: lecturas (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2000): "En el siglo XVI, para la mayoría de los hombres de Occidente, la mirada asombrada sólo puede desembocar en el deseo de posesión. Los indios pierden con ello su tierra y sus vidas. Los europeos dejan su alma".

De ahí las diferencias abismales entre una visión eurocentrista del mundo y una incipiente pero necesaria aproximación americana, que Arciniegas contribuiría a desarrollar, con ardor de misionero. Por ello sus libros padecen de un mal que cuestiona sus méritos "científicos" y pone en duda su importancia histórica. No fueron escritos para cumplir con los requisitos académicos ni obtener una cátedra vitalicia. Por el contrario: se hallan urgidos por la desazón de un testigo partícipe que pasea, en principio, por cinco siglos de historia y acribilla a todos sus protagonistas con acuciantes preguntas. Así lo hace Entre la libertad y el miedo (México: Ediciones Cultura, 1952) obligándonos a desvelarnos por la perdurabilidad democrática del continente americano en medio de la recurrencia inexorable de la intentona golpista y el regimen militar. Por ello mismo se remonta, en la independencia, hasta las figuras emblemáticas de Bolívar y Santander para intentar extraer de allí las raíces que aún nos determinan: Bolívar y Santander, vidas paralelas (Bogotá: Planeta, 1995).

Lo valioso, en todo caso, es ver cómo tales temas adquirieron rostro humano y quedaron amonedados en perfiles inolvidables. Viven, también, gracias a una levedad expresiva y una picardía cómplice que hizo de su estilo uno de los más naturales y desenvueltos dentro de la secular rigidez colombiana. Era un viajero despierto anotando impresiones, como en su inolvidable Italia, guía para vagabundos (Buenos Aires: Suramericana, 1957) y era también un profesor desbordado de incitaciones, animando la cátedra con el fuego cordial de sus ideas apasionadas: El continente de siete colores. Historia de la cultura en América Latina (Buenos Aires: Sudamericana, 1965). Supo desde el principio que la literatura, el arte y la arquitectura habían conformado en América una continuidad creativa que nos compensaba de tanto fracasos propios y tantas malformaciones extranjeras. La cultura redimía una política que no garantizaba ni equidad ni justicia.

Era también un trabajador infatigable, que parecía dispersarse entre demasiados compromisos, pero hasta el final de sus días logró conservar un asombro juvenil y unas convicciones republicanas que le permitieron entender un mundo vertiginoso. Aquel mismo donde asistió al nacimiento de la luz eléctrica y la llegada del hombre a la luna. Releer cualquiera de sus páginas al respecto es sentirnos gratificados por la vigencia de las mismas, y por saber que la memoria colombiana se enriquece con el vivaz y honesto aporte de Arciniegas a nuestra conciencia.

Hay una suerte de coherencia testimonial, que le permitió asistir a momentos decisivos y dejar constancia de ellos. Trátese de la reforma universitaria, del retorno del liberalismo al poder, de la lucha contra las dictaduras en toda América, de los vaivenes de la guerra fria o de los inicios de la revolución cubana. Involuntariamente, terminó por convertirse en uno de nuestros grandes memorialistas.

Pero ahora, cuando bajan las acciones de la historia econométrica o las interpretaciones marxistas, cuando el estudio de las mentalidades sustituye la acumulación de estadísticas, el papel de Arciniegas como historiador se revalúa en importancia. Apuntó hacia la historia cotidiana, a la microhistoria, y dedicó pormenorizada atención a las mujeres y a grupos populares insurrectos como el de los comuneros. Además, reflexionó ampliamente sobre las mezclas siempre impredecibles entre historia y ficción y los mecanismos narrativos que conducen a configurar las versiones a través de las cuales la historia es contada y conformada según quien la cuenta.

Nada más valioso, en tal sentido, que la pluma de Arciniegas. Fue capaz, como en la Biografía del Caribe (Buenos Aires: Sudamericana, 1945), de resumir un mundo inagotable en un envolvente párrafo de largo aliento. No podría reprochársele, como ahora se hace con la escuela de los Annales, que se haya decidido sólo a "describir sociedades sin Estado y culturas sin política". Una lectura atenta nos demostraría cómo toda su obra se halla impregnada, hasta los tuétanos,de un liberalismo romántico y de un afán de autonomía siempre contradicho por las realidades de una economía dependiente como la del Tercer Mundo. Pero en el centro de esas tensiones alienantes supo hallar y construir un espacio para la libertad reflexiva. Y para enhebrar de nuevo el legendario hilo de una historia que se renueva cada día. En Italia, guía para vagabundos, el poeta que había en Arciniegas lo dijo, como en tantas otras ocasiones, de modo preciso y único. Al oírlo, escuchamos la voz ancestral que se hace una con lo que cuenta. Con la verdad de su estilo propio, y nuestro: "A veces callan las mujeres, porque sobra contar siempre el mismo cuento. A veces conversan las mujeres, porque siempre es bueno contar el mismo cuento. Con los hilos hacen los mismos angelitos de siempre, las mismas coronas de rosas, la misma geometría. Y llevan, cuando hablan, si es que hablan, el hilo de la historia. También la historia, siempre la misma".