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En su libro
póstumo La taberna de la historia (Bogotá: Planeta, 2000) Germán Arciniegas (1900-1999)
pone a dialogar en Cartagena de Indias, en una taberna llamada Magallanes, a Cristóbal
Colón, Américo Vespucci y Vasco Núñez de Balboa. A la reina Isabel la Catolica, al
papa Borgia, Alejandro VI, y a una indígena americana.
Lo hace con ágil soltura y
su innegable erudición apenas si se percibe en una cita sabrosa. En una tesis imprevista.
Toda su carrera de escritor estuvo supeditada a las urgencias del periódico y ésto hace
que sus páginas se resientan de premura y esquematismo. Sólo que también dichas
páginas poseen una brillante capacidad de síntesis y una innegable fuerza imaginativa.
Viñetas de humor y poesía.
En ocasiones puede dar
demasiadas cosas por sobreentendidas, pero en realidad el siglo íntegro que dedicó a
hablar de las figuras antes mencionadas, y algunas pocas más, lo convirtieran en un
formidable divulgar y un pedagogo insustituible. Le daba vueltas a una misma materia,
analizándola desde todos los ángulos. Claro está, sus enfoques se afinaban con los
años, con los viajes, con las nuevas lecturas, con las efemérides conmemorativas --tal
el caso del quinto centenario del descubrimiento de América--, pero el motor central de
su tarea como escritor ya lo había trajinado desde su primer libro: El estudiante de la
mesa redonda (Madrid: Juan Pueyo, 1932). Era América como problema. La mejor forma de
contar su historia, desde una perspectiva propia. Fue fiel a tal anhelo y nunca claudicó
en su empresa.
Gracias a tal constancia
sucesivas generaciones de lectores, en español y en otras lenguas, han obtenido una
visión sencilla de asuntos complejos. El desfasaje por ejemplo, en el descubrimiento,
entre las utopías que lo impulsaron y los hechos que refutaron tales teorías. Entre las
ideas y los actos. Visto todo ello como un escenario teatral y en ocasiones
cinematográfico al cual se asoman, se confrontan y salen, para volver bajo un nuevo
avatar, los recurrentes Colón, Vespucio o la reina Isabel. Jiménez de Quesada o Nicolás
de Federmán.
Arciniegas logró así que las figuras resucitadas por el poder de la prensa abandonaran
una historia yerta y nos sorprendieran, una vez más, con la inmediatez concreta de sus
gestos o la capacidad evocativa de sus parlamentos. Un ingrediente de ficción
novelística dinamiza así su escritura y la encamina, como conclusión y para este
período inicial de nuestra historia, a la misma conclusión que formula Roger Chartier en
su reciente y útil libro El juego de las reglas: lecturas (Buenos Aires: Fondo de Cultura
Económica, 2000): "En el siglo XVI, para la mayoría de los hombres de Occidente, la
mirada asombrada sólo puede desembocar en el deseo de posesión. Los indios pierden con
ello su tierra y sus vidas. Los europeos dejan su alma".
De ahí las diferencias
abismales entre una visión eurocentrista del mundo y una incipiente pero necesaria
aproximación americana, que Arciniegas contribuiría a desarrollar, con ardor de
misionero. Por ello sus libros padecen de un mal que cuestiona sus méritos
"científicos" y pone en duda su importancia histórica. No fueron escritos para
cumplir con los requisitos académicos ni obtener una cátedra vitalicia. Por el
contrario: se hallan urgidos por la desazón de un testigo partícipe que pasea, en
principio, por cinco siglos de historia y acribilla a todos sus protagonistas con
acuciantes preguntas. Así lo hace Entre la libertad y el miedo (México: Ediciones
Cultura, 1952) obligándonos a desvelarnos por la perdurabilidad democrática del
continente americano en medio de la recurrencia inexorable de la intentona golpista y el
regimen militar. Por ello mismo se remonta, en la independencia, hasta las figuras
emblemáticas de Bolívar y Santander para intentar extraer de allí las raíces que aún
nos determinan: Bolívar y Santander, vidas paralelas (Bogotá: Planeta, 1995).
Lo valioso, en todo caso,
es ver cómo tales temas adquirieron rostro humano y quedaron amonedados en perfiles
inolvidables. Viven, también, gracias a una levedad expresiva y una picardía cómplice
que hizo de su estilo uno de los más naturales y desenvueltos dentro de la secular
rigidez colombiana. Era un viajero despierto anotando impresiones, como en su inolvidable
Italia, guía para vagabundos (Buenos Aires: Suramericana, 1957) y era también un
profesor desbordado de incitaciones, animando la cátedra con el fuego cordial de sus
ideas apasionadas: El continente de siete colores. Historia de la cultura en América
Latina (Buenos Aires: Sudamericana, 1965). Supo desde el principio que la literatura, el
arte y la arquitectura habían conformado en América una continuidad creativa que nos
compensaba de tanto fracasos propios y tantas malformaciones extranjeras. La cultura
redimía una política que no garantizaba ni equidad ni justicia.
Era también un trabajador
infatigable, que parecía dispersarse entre demasiados compromisos, pero hasta el final de
sus días logró conservar un asombro juvenil y unas convicciones republicanas que le
permitieron entender un mundo vertiginoso. Aquel mismo donde asistió al nacimiento de la
luz eléctrica y la llegada del hombre a la luna. Releer cualquiera de sus páginas al
respecto es sentirnos gratificados por la vigencia de las mismas, y por saber que la
memoria colombiana se enriquece con el vivaz y honesto aporte de Arciniegas a nuestra
conciencia.
Hay una suerte de
coherencia testimonial, que le permitió asistir a momentos decisivos y dejar constancia
de ellos. Trátese de la reforma universitaria, del retorno del liberalismo al poder, de
la lucha contra las dictaduras en toda América, de los vaivenes de la guerra fria o de
los inicios de la revolución cubana. Involuntariamente, terminó por convertirse en uno
de nuestros grandes memorialistas.
Pero ahora, cuando bajan
las acciones de la historia econométrica o las interpretaciones marxistas, cuando el
estudio de las mentalidades sustituye la acumulación de estadísticas, el papel de
Arciniegas como historiador se revalúa en importancia. Apuntó hacia la historia
cotidiana, a la microhistoria, y dedicó pormenorizada atención a las mujeres y a grupos
populares insurrectos como el de los comuneros. Además, reflexionó ampliamente sobre las
mezclas siempre impredecibles entre historia y ficción y los mecanismos narrativos que
conducen a configurar las versiones a través de las cuales la historia es contada y
conformada según quien la cuenta.
Nada más valioso, en tal
sentido, que la pluma de Arciniegas. Fue capaz, como en la Biografía del Caribe (Buenos
Aires: Sudamericana, 1945), de resumir un mundo inagotable en un envolvente párrafo de
largo aliento. No podría reprochársele, como ahora se hace con la escuela de los
Annales, que se haya decidido sólo a "describir sociedades sin Estado y culturas sin
política". Una lectura atenta nos demostraría cómo toda su obra se halla
impregnada, hasta los tuétanos,de un liberalismo romántico y de un afán de autonomía
siempre contradicho por las realidades de una economía dependiente como la del Tercer
Mundo. Pero en el centro de esas tensiones alienantes supo hallar y construir un espacio
para la libertad reflexiva. Y para enhebrar de nuevo el legendario hilo de una historia
que se renueva cada día. En Italia, guía para vagabundos, el poeta que había en
Arciniegas lo dijo, como en tantas otras ocasiones, de modo preciso y único. Al oírlo,
escuchamos la voz ancestral que se hace una con lo que cuenta. Con la verdad de su estilo
propio, y nuestro: "A veces callan las mujeres, porque sobra contar siempre el mismo
cuento. A veces conversan las mujeres, porque siempre es bueno contar el mismo cuento. Con
los hilos hacen los mismos angelitos de siempre, las mismas coronas de rosas, la misma
geometría. Y llevan, cuando hablan, si es que hablan, el hilo de la historia. También la
historia, siempre la misma".
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