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La última
cena.
Xilografía de Alfonso Quijano, 1971 .
La maestra.
Oleo de Alipio Jaramillo, ca. 1950.
150 x 200 cm.
Colección Quinta Galería, Bogotá.
Masacre.
Oleo de Alipio Jaramillo, ca. 1950.
90 x 120 cm.
Colección Quinta Galería, Bogotá.
Coro social o El tumulto.
Acuarela de Pedro Nel Gómez, 1940.
107 x 72 cm.
Casa Museo Pedro Nel Gómez, Medellín.
"7 notas para la
excelencia".
Cartel anti-corrupción,
Dirección de Impuestos Nacionales, 1990.
La bandeja de Bolívar
(tráfico de coca).
Video instalación de Juan Manuel Echavarría.
Exposición "Arte y violencia en Colombia",
Museo de Arte Moderno de Bogotá, 1999.
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El inventario
de problemas, y a veces podría dicirse de seudoproblemas, que han ocupado a los
colombianos en este siglo podrían ser muy extenso. Los que han estado presentes a lo
largo del siglo son, casi por definición, los que se redefinen permanentemente, aquellos
cuyas soluciones generan nuevos desafíos. Sin embargo, hay dos temas, discutidos en este
número de Credencial Historia, que los colombianos hubieran querido ver separados en
forma clara, como ha ocurrido en otros países: el de la corrupción y sobre todo el de la
violencia.
Colombia comenzó el siglo XX en medio de una guerra civil que condujo a la pérdida de
Panamá, y lo terminará en medio de otra guerra civil, que según los más pesimistas
puede llevar a una nueva fragmentación nacional. Hubo una paz relativa entre 1902 y 1947
o 48 (con algunas breves interrupciones) y se dio una caída drástica en los niveles de
violencia como resultado del pacto entre liberales y conservadores, entre 1959 y 1970, que
se frustró por cuenta de la guerrilla, el narcotráfico y discutibles estrategias
estatales y paraestatales entre 1978 y 1991, cuando volvió a crecer aceleradamente el
número de homicidios.
Muchos caminos se han propuesto y ensayado desde 1947, con escasos resultados. El país no
confía en la capacidad de derrotar la violencia por la represión, generalmente inepta, y
tampoco cree que las negociaciones, que muchos ven como concesiones a quienes han hecho la
violencia y como preludios de nuevas violencias, funden la paz. Eso explica quizás que en
los últimos tiempos la solución se busque en gestos teatrales, en declaraciones y
plebiscitos, en hechos simbólicos, en que los colombianos pacíficos muestren que todo,
hasta el comercio y la misma guerra, se hace a nombre de la paz.
Entre los problemas que se redefinen constantemente están en primer lugar los
económicos: se ha discutido bastante en el país acerca de las relaciones entre
desarrollo económico y equidad; los defensores del primero han insistido, a todo lo largo
del siglo, en que el desarrollo reducirá la desigualdad, mientras que los enemigos de lo
que hace veinte o treinta años se llamó el "desarrollismo" han defendido
distintas formas de acción del Estado para redistribuir la riqueza o luchar con la
pobreza o la desigualdad. Los planes de desarrollo, desde cuando se pusieron de moda, han
ofrecido distintas combinaciones de desarrollo y guerra a la miseria, pero cualquier
evaluación de resultados, en cuanto al segundo término, sería deprimente: ni el
crecimiento ha reducido la desigualdad, ni las medidas estatales redistributivas han sido
muy eficientes.
Quizás los únicos factores igualitarios a lo largo del siglo hayan sido culturales (que
abrieron el camino a la mujer y a las minorías étnicas) y la extensión de la educación
básica. La ampliación del acceso a la escuela fue tema parte del siglo, mientras que los
problemas de la educación superior, muchas veces en medio de una nube retórica que los
hace casi indescifrables, fue elobjeto de los argumentos y debates desde 1960 a hoy, en
competencia en años recientes con la discusión acerca de la calidad de la educación y
los impactos de las nuevas tecnologías, de la imagen y el computador, sobre el salón de
clase.
Volviendo a los asuntos económicos, el debate entre apertura y proteccionismo se ha
realizado insistentemente a lo largo del siglo. Desde finales de la Segunda Guerra Mundial
hasta mediados de los ochenta el discurso dominante fue proteccionista, pero en la última
década la voz cantante , como a comienzos del siglo, la llevan los defensores del
liberalismo económico internacional, ahora redefinido como "neoliberalismo"
(ver Jesús Antonio Bejarano, " ¿Qué es neoliberalismo?", Credencial Historia
No. 91, julio 1997, pp. 9-11) Igualmente eterno ha sido el problema de la
"carestía", como se llamaba antes, o de la inflación término que se volvió
de uso común hacia finales de los sesentas.
La organización política, las instalaciones, han sido también objeto de amplio debate y
de múltiples reformas.
En la primera década del siglo el problema del centralismo se discutió con energía, y
la Constitución de 1910 fue un primer hito en un proceso lento de descentralización,
retomado en casi todas las reformas constitucionales, y que llego a un nivel insospechado
en la de 1991: ahora las dificultades encontradas hacen que muchos quieran retornar a un
control mayor de las localidades, al menos en asuntos económicos y fiscales.
El funcionamiento del sistema electoral, los mecanismos para hacerlo transparente, los
sistemas que llevan a una mejor representación de los intereses nacionales, regionales
sociales, etc., han preocupado sin cesar, y se ha buscado en ellos el remedio para muchos
de los llamados "vicios de la política", denunciados también, con la
politiquería y el clientelismo (el termino manzanillo se impone en los treintas, con la
obra de Luis Enrique Osorio, pero probablemnete se usaba desde mucho antes, como el de
gamonales, ya usual en el siglo pasado; (ver "Caciques y gamonales", Credencial
Historia No. 104, agosto 1998).
Los partidos políticos, si creemos las polémicas públicas, han estado siempre en
crisis, y el sistema del bipartidismo, al menos en los enfoques más izquierdistas, lleva
treinta o cuarenta años al borde de la crisis final, para que los desborde un
multipartidismo que, contra lo que se esperaría, nunca ha logrado el apoyo de la
población. El cambio de estructura de los partidos tradicionales, su conversión en
"federaciones" de jefes regionales, se ha discutido y condenado mucho, pero el
debate no ha llevado a ideas muy claras sobre el asunto.
A comienzos del siglo el pensamiento dominante señalaba la existencia de una clara
identidad nacional, basada en la comunidad de religión, idioma e incluso, tema muy
discutido entonces, de raza (aunque esto se hacía extrañamente compatible con una
diagnóstico de la pobreza racial de los colombianos, que había que enriquecer con sangre
europea). Bajo este lenguaje integracionista se ocultó un país de una diversidad mayor
de la que se presumía, que comenzó a aflorar (tras algunos brotes indigenistas
tempranos) con las dificultades institucionales reveladas por la larga violencia de la
segunda mitad del siglo. Esto ha llevado a que el país se pregunte, en años recientes,
por su "identidad" o su "diversidad", por los rasgos que nos
identifican, por el proceso cultural que permita reconocer y aceptar la diversidad
cultural o regional y al mismo tiempo mantener cierta unidad nacional, cierta identidad,
erosionada o enriquesida por las imágenes cambiantes de Colombia, por la industria
cultural internacional y en general por la llamada globalización cultural. El debate es
complicado y muchas veces abstruso, pero se apoya en una incertidumbre, una equidad que
viven algo incómodante, algo reivindicativamente muchas veces, todos los colombianos.
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