Primero, Guillermo Wills fue un
caballero, un hombre de educación y cultura refinada. Hubo otros ingleses así, entre los
viajeros, diplomáticos y científicos y que pasaron por la región en el recurso del
siglo, pero la mayoría de los que se quedaron fueron comerciantes u hombres de visión
práctica. Su educación hizo de Wills un observador de una calidad poco común, con un
don de expresión que hace que todavía sean legibles sus polémicas económicas y
políticas. Su nacimiento le dio cierta confianza e incluso una versión burguesa del noblesse
oblige, que le permitio y aun le obligó a ofrecer sus opiniones y críticas sobre
asuntos que el extranjero típico soportaba en silencio. Esa con fianza fue reforzada por
su feliz matrimonio con Juana Pontón, hija de don Joseph Mariano Pontón, administrador
de la renta de correos de Medellín, hombre acaudalado; la ventaja de este matrimonio se
incrementó después, cuando su cuñada Sixta se casó con el entonces presidente de la
República, Francisco de Paula Santander.
Segundo, Wills fue escritor, y
escritor público. Son muy contados los ingleses residentes en cualquier país de América
Latina que tomaron parte en el debate público como lo hizo Wills. Desde sus Observaciones
sobre el comercio de la Nueva Granada, con un apéndice relativo al de Bogotá, de
1831 -que si no es la primera economía del país, es sin duda entre las primeras la más
sistemática, la más sutil y la mejor cuantificada-, hasta sus escritos sobre las
ventajas de desaguar la Sabana de Bogotá, publicados poco antes de su muerte, Wills, con
lo que modestamente llamó su «mal cortada Diurna» (escribía en español), opinó sobre
una amplia gama de temas en algunos de los principales periódicos de la época.
Su fuerte fueron los temas
económicos: el libre comercio, la gran apertura de su tiempo; la deuda pública, interna
y externa; el manejo del crédito público y su relación con la usura y el agiotismo, los
altos intereses y la falta de desarrollo; la necesidad de fundar bancos; el pésimo estado
de los caminos y las posibilidades de los ferrocarriles; el fomento de las exportaciones,
el tabaco y la quina... No dejó de lado los temas políticos: escribió como «liberal
moderado» sobre las elecciones y sobre los peligros del sufragio universal en un país de
extenso campesinado analfabeto y con fuerte presencia de una Iglesia para él retrógrada.
Deplora la perpetua incapacidad de los colombianos para «quedarse quietos». En su
correspondencia privada, que sobrevive principalmente en sus cartas al general Tomás
Cipriano de Mosquera, se muestra vigorosamente anticlerical y anticatólico.
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CABALERO INGLÉS
CON SOBRE DE CORREO DIRIGIDO A POWLES,
Illingworth, Wills, Co., problable retrato de William Wills. Acuarela de Joseph Brown, ca.
1830.
Biblioteca del University College, Londres.
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Sus escritos tienen para el historiador un valor especial. Wills, aunque fue un
hombre «de corto fusible», consciente siempre de sus derechos y de su dignidad, no
tenía tanta vanidad como escritor. Escribía, según su propia confesión, como un
divulgador, como un ciudadano que sentía la obligación de transmitir a sus nuevos
compatriotas, los habitantes de «la patria de mi esposa y de mis hijos», las luces del
siglo. el abecedario contemporáneo del progreso. Era un hombre muy leído -tuvo la buena
costumbre de citar de vez en cuando sus principales fuentes- y había tratado con «sabios
verdaderos» -recién llegado a Bogotá había compartido alojamiento con J.B.
Boussingault, a quien siempre menciona con mucho respeto-. Pero no se consideraba a sí
mismo sabio, y sus escritos en consecuencia forman un espejo particularmente fiel de los
rasgos principales de la ideología dominante en su tiempo. Por haber sido publicados
anónimamente, dispersos en varios panfletos, periódicos y gacetas, su obra no ha sido
apreciada hasta ahora en su verdadera calidad y versatilidad, obra que incluye el primer
libro sobre geología del país, elaborado para la instrucción de sus hijos.
Ha sido también posible
reconstruir el contrapunto entre su vida y sus escritos. Llegó al país en medio de la
anglomania y del optimismo de mediados de los anos veinte del siglo pasado. La Colombian
Mining Association fue en sus inicios una especulación de moda, aun exquisita: entre sus
accionistas figuraron John Murray, el editor de Byron, y el joven panfletista, dandy y
extravagante Benjamín Disraeli; otro de sus agentes en Colombia fue Robert Stephenson,
hijo del famoso ingeniero George Stephenson, constructor del primer ferrocarril de
locomotora del mundo. Aunque la asociación arruinó a muchos, facilitó a Wills una
entrada espléndida a la alta sociedad bogotana. Señorito de buena figura, amigo de todo
el mundo, de Manuela Sáenz, e íntimo de Santander, Azuero y Soto, alcanzó cierta fama
con sus tertulias y recepciones musicales. Cazaba patos al estilo inglés y en una de las
extensas lagunas de la Sabana hizo construir el primer yacht de la historia
nacional, «botecito estilo europeo» para dar algunos paseos.
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JUANA PONTÓN
PIEDRAHITA, esposa de William Wills y cuñada de Francisco de Paula Santander.
Colección Roberto Wills, Bogotá.
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Después de casarse compró la
hacienda de Cune, en Villeta, y el monopolio de licores de gran parte de Cundinamarca.
Fabricaba aguardiente en gran escala, introduciendo un trapiche movido por agua, y de su
habilidad en este negocio, y del humo de su alta chimenea, vino su apodo de «brujo de
Cune». Vivía allí y, en frase de un admirador colombiano, fue «el primero en enseñar
la vida campestre civilizada». Durante un cierto tiempo le fue bien, pero sobrevinieron
litigios sobre el monopolio, y su apreciable fortuna aparece ya mermada a mediados de
siglo. Se hizo entonces más político. De José Hilario López recibió varios
nombramientos, inclusive el de agente financiero de la República en Londres, aunque no
desempeñó ninguno. A fines de los años 1850, se lanza como periodista en abierta
oposición al gobierno de Mariano Ospina Rodríguez, y renueva su vieja amistad con Tomás
Cipriano de Mosquera, con quien sostiene correspondencia hasta el fin de su vida.
Su abierto compromiso con la
política del país fue entonces la causa de una amarga disputa entre Wills y el sufrido
representante diplomático de la Gran Bretaña en Bogotá. Philip Griffíth. Wills, a
quien con sobrada razón el gobierno de Ospina -Wills lo trata de «viejo jesuíta»- le
había negado pasaporte para regresar Villeta, entonces a punto de ser ocupada por las
fuerzas de Mosquera, insiste en el derecho nato de cualquier inglés, en cualquier parte y
en cualquier momento, a expresarse y moverse como le venga en gana. Griffith deplora la
arrogancia, la falta de tacto, la «neogranadización» de su compatriota: frente a las
interminables cartas en que Wills se queja de su falta de apoyo, Griffith escribe a sus
jefes en Londres citando el dicho del señor Canning según el cual ningún inglés debe
ausentarse por más de cinco años de su país, para no contaminarse irremediablemente con
hábitos y pasiones ajenos.
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JOSEPH MARIANO PONTÓN Y FRANCISCA PIEDRAHITA MARACA, suegros de William
Wills.
Colección Roberto Wills, Bogotá.
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Salen a la luz, como sucede casi
siempre cuando se examina la mayoría de las vidas, las contradicciones en su modo de
pensar y entre su pensamiento y su vida, contradicciones típicas de su época. Wills, que
predica la libertad de industria, trabaja como monopolista. Gran admirador del
librecambista y pacifista Richard Cobden, al mismo tiempo rinde culto a la bete-noirede
Cobden, es decir, al agresivo Lord Palmerston, protector de los derechos de los ciudadanos
ingleses de comportarse en cualquier parte al estilo Wills, esto es, impunemente.
Salen a la luz también oscuras
interacciones entre vida y pensamiento. Fue reconocido en el siglo pasado, y ha sido
repetido por los historiadores, que Wills fue uno de los pioneros en la exportación del
tabaco, ramo principal del comercio exterior del país desde fines de los años cuarenta
hasta fines de los setenta . Ello es cierto, aunque no se note que los experimentos de
Wills no tuvieron un pronto éxito, como tampoco se ha notado el verdadero interés de
Wills en el desestanco, una especie de privatización de la época. Su interés en la
exportación fue más bien indirecta: Wills actuaba como agente de los tenedores de bonos
de la deuda exterior, y buscaba un modo de aumentar las cuentas del país para darle la
capacidad de pagar sus deudas. Las aperturas de ese entonces abarcaban más de una
similitud con las aperturas de hoy en día...
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GUILLERMO,
ALFREDO LUIS Y ALEJANDRO WILLS PONTÓN,
tres de los trece hijos de William Wills. Daguerrotipo, fotografía anónima y fotografía
de Demetrio Paredes (1875). Colección Germán Wills Figueroa, Bogotá.
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Leyendo a Wills, la sensación
de su actualidad, de lo persistente de los problemas del país, hace que inclusive un
historiador inglés empiece a suscribir esa vaga noción francesa de la longue durée, de
la larga persistencia de los patrones de la historia en cualquier país. Wills se exaspera
por los malos caminos, y aún más por el fatalismo con que se tolera y acepta que
imposible hallar suficientes ciudadanos honrados y con espíritu cívico con quienes
completar una junta para la reparación de los mismos. Con desesperado humor y con una
sofisticada matemática de muías muertas y mercancía demorada, de número de bultos
embarrados y del gasto de su lavandería, demostró cuántos millones cuesta a la sociedad
de Cundinamarca la incapacidad de gastar unos miles de pesos en e! mantenimiento oportuno
del camino a Honda. Se desespera también de vez en frente al abuso de los pobres por los
poderosos y protesta en público y en privado contra el reclutamiento forzoso, que
considera incompatible con la República. Reacciona contra los destinos onerosos y contra
la ley que obligaba a ciudadanos pobres a servir en los puestos públicos menos
apetecibles de provincia. Defiende a los pobres en contra de las expropiaciones
arbitrarias del gobierno.
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CHISMORREO
BOGOTANO (Damas de la familia Wills). Dibujo de Joseph Brown y acuarela de
J.M. Castillo sobre posible original de Jose Manuel Groot. 28.1 x 36.5 cm. Royal
Geographical Society, Londres. Al pie de la lámina, Brown escribio: "Entrese a
cualquier casa de Bogotá ocupada por una familia colombiana y uno será siempre testigo
de esta escena, pero con mayor afecto en la oscuridad del anochecer, luego que se ha
servido el chocolate". William Wills agregó: "Protesto en contra de esta
condena indiscriminada, en mi propio nombre y el el de la señora W."
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Romántico, patriota,
visionario, percibió la inmensa potencialidad de su país adoptivo, siempre que sus
ciudadanos lograran algún día «quedarse quietos», es decir, pelear menos, o por lo
menos pelear al estilo inglés, con puño pero sin puñal. Definitivamente habría
aprobado el «esquema gobierno-oposición». Vivió sus últimos años en la Sabana de
Bogotá, en Serrezuela, en condiciones modestas, cultivando papas, cebando ganado,
soñando con especulaciones mayores en quinas y en desagües, más allá de sus propios
recursos, pero todavía con ganas y energías. De vez en cuando le llegaba el Times de
Londres. Se le veía en Facatativa, pero ya evitaba ir a Bogotá, porque «la gente
nueva» le daba asco. Un par de días antes de morir de un infarto, la presencia del
arzobispo en el municipio le inspiró escribir una buena carta anticlerical a Mosquera en
Popayán. La nota necrológica publicada en El Diario de Cundinamarca destacó su
«carácter de una dulzura extraordinaria». Como crítico golpeaba duro, y no siempre
mostró esa dulzura. Quizás merece mejor ciertos calificativos como «hombre mui
intelijente [...] escritor ameno i muy ilustrado, ejemplar [...] como hombre de progreso i
de espíritu público». Además de dejar familia numerosa - todos los Wills del país
descienden de él-, fue un verdadero pionero. Con aprobación citaba «la sabia reflexión
que me hizo el doctor Gual en 1831: lo que importa es empezar. Esa fue su fe, y la frase
también puede servirle de epitafio.
NOTA BIBLIOGRAFICA
Vida y opiniones de Mr. William
Wills, 1805-1875 será publicado próximamente por el Banco de la República y Ediciones
Tercer Mundo en dos tomos: el primero, su biografía por Malcom Deas; el segundo, una
amplia selección de sus escritos.
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GUILLERMO WILLS: "Consideraciones
sobre el estado de la moneda y la minería de plata"
(Bogotá, N. Lora, 1833) y "Compendio de geología" (Bogotá, Imprenta de Ortiz,
1857).
Bibioteca Nacional, Bogotá.
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