Ficha bibliográfica
Titulo:
Nariño y la Gran Colombia
Edición original: 2005-06-02
Edición en la biblioteca virtual: 2005-06-02
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: David Bushnell

 

Revista Credencial Historia


EDICIÓN 47 - NOVIEMBRE 1993

 





NARIÑO Y LA GRAN COLOMBIA
Amarguras finales del Precursor
Por: David Bushnell

Tomado de: Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 47
Noviembre de 1993


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No cometía ninguna exageración don Antonio Nariño cuando advirtió a los miembros del Congreso Constituyente de la Gran Colombia, en la sesión inaugural del 6 de mayo de 1821, que él había "aparecido de repente en medio de vosotros como por una especie de prodigio". Hacía poco más de un año que había salido por última vez de la prisión, gracias a la revolución de Riego que derribó transitoriamente el absolutismo en España y estableció de nuevo un sistema constitucional. Sin ninguna confianza verdadera en los liberales españoles que lo excarcelaron, se trasladó primero a Gibraltar, y de allí a Londres y París, antes de emprender el viaje de retomo a la patria. Llegó a Angostura, en el bajo Orinoco, para después continuar el viaje en lancha fluvial, a lomo de mula y aun a pie, hasta llegar a Rosario de Cúcuta, sede del Congreso.

Nariño acababa de cumplir 56 años, más de los que cumplirían en vida Bolívar o Santander, y desde la época de su primer arresto no habían escaseado los sufrimientos. Su estadía forzosa en una cárcel de Cádiz, y ahora el agotador viaje en embarcaciones primitivas y por senderos apenas transitables, debilitaron más que nunca su salud. Ni siquiera todos sus compatriotas estaban dispuestos a darle la bienvenida. Fernando de Peñalver, confidente del Libertador, al saber que Nariño había recobrado su libertad, aconsejó a Bolívar que buscase la manera de mantener "a este emprendedor" en Europa, no sólo porque con sus dones de agitador podría "volver locos a los comerciantes de Cádiz", sino por temor de lo que pudiera significar su presencia "por acá". Siendo venezolano, Peñalver no había sido de los contrincantes de Nariño durante la Primera República, pero sí creía seguramente que su temperamento fuerte y lengua mordaz serían factores desestabilizadores en un momento en que la guerra no había terminado y cuando todavía faltaba consolidar el nuevo orden político.

De manera parecida, Santander, quien sí había sido enemigo de Nariño en las luchas intestinas de la Nueva Granada, según el relato del historiador José Manuel Groot exclamó: "Cuando Nariño entre a Bogotá por San Diego, salgo yo por Santa Bárbara". No iba a cumplir semejante promesa. Y en su calidad de vicepresidente de Cundinamarca le dirigió una nota a Nariño, al Rosario de Cúcuta, felicitándole por su llegada. Pero Santander y los suyos compartían -y de sobra- el mismo temor expresado por Peñalver.

 

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Claustro de la Casa de Nariño en Villa de Leiva (Boyacá).
Fotografía de Ernesto Monsalve.


 

En su viaje de regreso, Nariño pudo entrevistarse en Achaguas con el Libertador, quien acababa de nombrarlo vicepresidente provisional de la Gran Colombia. Poco antes había muerto el anterior vicepresidente, Juan Germán Roscio, y de hecho esa "aparición prodigiosa" de Nariño en tierras colombianas le brindó a Bolívar un candidato lógico para la posición vacante. El prócer santafereño tenía renombre más que suficiente, era neogranadino -lo que convenía, siendo Bolívar de Venezuela- y aunque existían al parecer motivos para cierta desconfianza, la posición misma de la vicepresidencia era en buena parte ornamental. Más importante era la de Cundinamarca ejercida por Santander, quien tenía el mando inmediato sobre la parte más poblada y de mayores recursos de la unión grancolombiana, sobre todo mientras Caracas y toda la Presidencia de Quito estaban en manos realistas. El vicepresidente de la unión casi no tenía sino que instalar el Congreso Constituyente y facilitarle en lo posible sus tareas: tenía poca latitud, para bien o para mal.

 

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Muerte de Antonio Nariño. Oleo de José María Espinosa.
115 X 83 cm. Casa Museo 20 de Julio, Bogotá.


 

Después de una espera prudencial, el vicepresidente Nariño quiso ayudar a los congresistas presentándoles un proyecto de Constitución que él mismo había redactado. Mas el Congreso no parece haberlo tomado en serio, lo que hirió naturalmente la sensibilidad de su autor. Sin duda el Congreso tenía sus razones, porque el documento adolecía de poca semejanza con una verdadera Carta constitucional: combinaba declaraciones generales de filosofía política con un esbozo incompleto de organización gubernamental. Sobre la cuestión más espinosa que afrontaba el Congreso de Cúcuta
--escoger entre federalismo y centralismo--, Nariño seguía siendo centralista como en la Primera República, aunque de manera menos contundente. Ya declaraba francamente que a largo plazo (y en tiempo de paz), a una nación del tamaño de la Gran Colombia podría convenirle más convertirse en una federación. En la Constitución que finalmente adoptó el Congreso Constituyente se tuvo en cuenta la misma posibilidad, estipulando que después de diez años se convocaría una gran Convención para hacer las reformas necesarias. Según el proyecto de Nariño, sin embargo, habría sido factible introducir la federación por una ley ordinaria que ampliase las facultades de los poderes regionales.

El tácito rechazo del Congreso al proyecto de Nariño empeoró unas relaciones ya tirantes por unos pequeños roces cotidianos sobre el pago de sueldos y gastos de los congresistas, y cosas por el estilo. Pero las relaciones entre el vicepresidente y el cuerpo constituyente tocaron fondo a consecuencia de un incidente digno de telenovela. Había llegado a Cúcuta la señora María English, viuda de un oficial británico desertor del ejército patriota, para reclamar los salarios de su difunto esposo. Ella era una persona atractiva y tenía amigos en Cúcuta. Pero Nariño, en su calidad de vicepresidente, no tenía ni la posibilidad (por la escasez de fondos), ni al parecer mucho deseo de satisfacerla. Según ella, la irrespetó "vilmente", y alrededor del asunto surgieron insinuaciones no muy verosímiles, hasta llegar a la especie de que el viejo y achacoso general habría buscado unos favores sexuales a cambio de atender las reclamaciones de la dama.

No se sabe en realidad lo que pasó entre Nariño y la viuda inglesa, pero sí que otro oficial británico, el general Juan D'Evereux, se erigió en defensor de su honra. En una nota a Nariño, le acusó de un comportamiento atroz y hasta le retó a duelo. Acto seguido, Nariño redujo a D' Evereux a prisión por haber irrespetado al Gobierno Nacional. Lo mantuvo incomunicado y en condiciones poco acordes con su rango, hasta el punto que el Congreso trató de intervenir a su favor. Nariño rechazó de plano que el Congreso tuviera derecho a inmiscuirse, pero al fin quiso salir del problema que había creado enviando el preso al cuartel del Libertador.

 

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"Al autor del Patriota". Polémica de Nariño con Santander en
primera plana de "Los Toros de Fucha", marzo 5 de 1823.



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"Segunda Corrida", suplemento de "Los Toros de Fucha",
publicado en la Imprenta de Espinosa.


 

En medio de semejantes disputas, y sufriendo todavía de fiebres, no es nada sorprendente que Nariño presentase su renuncia de la vicepresidencia y que el Congreso la aceptara con alacritud. Llama por lo tanto la atención el hecho de que el mismo Congreso, después de concluidas sus labores constituyentes, haya necesitado ocho votaciones para escoger entre Nariño y Santander como primer vicepresidente constitucional de la Gran Colombia. Por fin ganó Santander, mas cuando el Congreso se arrogó también el derecho de elegir a los primeros miembros del Senado, resultó Nariño el candidato más votado para senador por Cundinamarca.

Entre el caso English/D'Evereux y la ronda de elecciones, claro está, habían llegado más congresistas, entre ellos algunos amigos y admiradores del Precursor. Sin duda otros habían moderado sus opiniones en su contra. Pero no todos. El diputado Diego Fernando Gómez objetó formalmente la elección de Nariño como senador, por haber sido deudor fallido del ramo de diezmos, por haber traicionado a la República con su entrega "voluntaria" en Pasto y por no satisfacer el tiempo mínimo exigido de residencia en el país anterior a su elección. El primer cargo fue una vieja acusación que se fundamentaba en el mejor de los casos en un tecnicismo y los otros dos eran manifiestamente absurdos, en especial el último, habiendo sido Nariño sacado del país a la fuerza como prisionero. Pero el Congreso de Cúcuta no quiso juzgar sobre la validez de los argumentos, sino que dejó la calificación del elegido en manos del mismo Senado, cuando se reuniese.

 

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Monumento sepulcral a Antonio Nariño.
Catedral Primada, Bogotá.


 

La moción de Diego F. Gómez fue un presagio de las tormentas que girarían alrededor del Precursor durante los dos años que le quedaban de vida. En efecto, él era adicto al grupo político de Santander, cuyos integrantes veían en Nariño a una figura gastada, reliquia de otra época, pero así y todo un jefe potencial de oposición a quien valdría la pena neutralizar de antemano. El mismo Santander, aunque no había salido por Santa Bárbara al regresar Nariño, le dio un trato correcto, aunque desprovisto de toda cordialidad. De un lado, su gobierno ordenó devolverle una casa incautada por los españoles y, de otro, le conminó fríamente al pago de un empréstito forzoso. Lo nombró comandante de armas de Cundinamarca y presidente de la Comisión de repartimiento de bienes nacionales, pero Nariño no entró ni de lejos a formar parte del círculo de asesores del vicepresidente. En cambio, formaban parte de él su acusador Gómez y otros jóvenes profesionales, muchos de ellos provincianos, que habían absorbido las ideas liberales de moda: la ciencia de la legislación según Jeremías Bentham, un discreto anticlericalismo y una devoción por las libertades individuales, siempre que no se esgrimiesen en detrimento de la estabilidad del régimen.

Los santanderistas no tuvieron que esperar mucho para ver realizados en parte sus temores. Desafectos ciertamente había en Bogotá, entre ellos algunos conservadores que desconfiaban de los santanderistas por motivos doctrinarios, y otros que deploraban el predominio de un "kinder" de advenedizos en menoscabo de la honra y prerrogativas de Bogotá. Tanto unos como otros -y muchas veces eran los mismos- no podían tener un campeón más idóneo que Nariño. No es fácil decir hasta qué punto buscó él semejante papel, pero lo ejerció por lo menos de hecho, así que el primer periódico de oposición en la capital de la Gran Colombia, El Insurgente, fue un vocero netamente nariñista que ridiculizaba al vicepresidente y sus amigos, mientras daba a entender que la organización constitucional de la nueva República pecaba de excesivo centralismo. Después de unos pocos números se suspendió la publicación, dizque por la fuerte animadversión oficial. Pero la tregua no duró mucho tiempo.

El vicepresidente, por su parte, había fundado un órgano de propaganda popular llamado El Patriota, cuyo propósito principal se suponía que era fulminar contra elementos realistas, pero que de paso enfiló sus dardos contra los nariñistas, por haber puesto en tela de juicio el régimen político adoptado en Cúcuta. La respuesta la dio Nariño mismo en el folleto Los Toros de Fucha (así llamado por su quinta campestre de Fucha) y en unos suplementos denominados Corridas, en que explicaba de nuevo su convicción de que el federalismo era la forma de gobierno más conveniente a largo plazo -no precisamente para la época de guerra vivida entonces- y en general daba rienda suelta a su genio crítico y satírico.

 

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"El Patriota", Nš 13, enero 26 de 1826.
Periódico orientado por F. de P. Santander.


 

Aunque Nariño dejó muy claro que todavía no era el momento oportuno para adoptar la federación, tampoco aceptaba explícitamente el plazo de diez años fijado en Cúcuta para reformar la Constitución, y por esto, ajuicio de Santander, sus veleidades federalistas olían a subversión. En todo caso éstas parecen paradójicas a la luz de su anterior y reconocido centralismo, pero lo mismo puede decirse del acendrado centralismo de Santander. A fin de cuentas, el cambio de posición no hace sino confirmar la ley política de la atracción del centralismo para quienes detentan el poder en cualquier instante, y del federalismo para los que se encuentran en la oposición.

Faltaba que se reuniera el primer Congreso ordinario para resolver sobre la validez de la elección de Nariño como senador. Finalmente, en la sesión del 15 de mayo de 1823, pudo Nariño presentar su propia defensa, lo que hizo con lujo de documentados detalles y con igual lujo de insultos contra Diego F. Gómez, de cuya "inmunda boca", decía el Precursor, habían salido las acusaciones. Hubo insultos también contra el jurista Vicente Azuero, quien había repetido los mismos cargos, y los dos fueron acusados ahora por Nariño de graves irregularidades a expensas del patrimonio nacional. No fue una sesión edificante, pero el resultado fue un triunfo para Nariño, ya que un solo senador. Francisco Soto (que, como Gómez y Azuero era miembro selecto del grupo político de Santander), votó en su contra. Sus enemigos lograron únicamente que se tacharan en las actas los pasajes ofensivos de la defensa que Nariño había leído, a lo cual él dio su consentimiento. Pero no destruyó el texto original, que se publicó íntegramente años después...

El senador Nariño participó en las actividades legislativas durante el resto de las sesiones de 1823, sin sobresalir, pero en general con inteligencia y moderación. Desafortunadamente, su salud seguía deteriorándose y perdiendo su vista, de modo que después de las sesiones emprendió el viaje final que lo llevó a Villa de Leiva en busca de clima más suave. Allí encontró la muerte el día 13 de diciembre.

Ni siquiera el fallecimiento de Nariño puso fin a su querella con el partido de Santander. No se emitió ningún decreto de honores, y el canónigo Francisco J. Guerra de Mier, que iba a pronunciar la oración fúnebre en el aniversario de su muerte, aseveró que tenía que desistir del intento por temor a la reacción de las autoridades. Quizás haya tenido razón, porque un clérigo, bajo el régimen de patronato eclesiástico todavía vigente, era un virtual empleado del gobierno. O quizás el peligro haya sido imaginario. Pero, aunque lo fuera, la actitud de Santander para con Nariño no es ni de lejos la fase más admirable de su vida pública. Tampoco fue la etapa grancolombiana la más gloriosa en la vida de Nariño, por su irascibilidad y negativismo. Nariño, no obstante, se había ganado ya el derecho a cierto grado de indulgencia; Santander todavía lo estaba ganando.