Revista Credencial Historia

 

 

 

 

EDICION 221
MAYO DE 2008
   

LA CIUDAD: UNA FORMA DE CONSTRUIR MUNDOS.

Por Fernando Estrada Gallego.
Magister en Filosofía, Universidad del Valle. Estudios de Doctorado en la UNAM de México. Docente e Investigador del Centro de Investigaciones y Proyectos Especiales, CIPE, de la Facultad de Finanzas, Gobierno y Relaciones Internacionales, Universidad Externado de Colombia.

 

Tomado de:

Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia).
Edición 221

Mayo de 2008

 

Las ciudades pueden contemplarse como obras de ingeniería (Le Corbusier), metáforas (Derrida), territorios estratégicos (Schelling), juegos del lenguaje (Wittgenstein), lugares abiertos (Salmona) o simplemente desde un café (Magris). La posición del observador puede cambiar nociones relativas al espacio, el tiempo, la distancia o el momento. La construcción de las ciudades es una forma de construir mundos. De modo que es posible aproximarnos al estilo modernista de Le Corbusier en el Sueño de Paris de la década de 1920, o comprender como Schelling adora las avenidas de Nueva York por sus espejismos gráficos; la Viena de Wittgenstein, Kraus, o Hermann Broch, la Bogotá de Rogelio Salmona o la Trieste de Claudio Magris. Estas ciudades comparten su particularidad al haberse convertido con el tiempo en ciudades universales.

Según el historiador Joel Kotkin, en la historia de las ciudades aparecen dos temas relacionados para explicarnos su evolución. El primero es la universalidad de la experiencia urbana, pese a las inmensas diferencias de raza, clima y ubicación geográfica. Antes de la existencia de las redes globales y los medios de transporte, fueron evidentes los rasgos comunes a las ciudades. Como lo anotaba el historiador francés Fernand Braudel: “Una ciudad es siempre una ciudad, se halle donde se halle ubicada tanto en el tiempo como en el espacio”.

El diario de Bernal Díaz del Castillo, escrito en el siglo XVI, revela este hecho de manera asombrosa. Díaz, soldado a las órdenes de Hernán Cortés, se encontró con un concepto urbano que le era totalmente ajeno –la gran ciudad de Tenochtitlan, la actual México-, y que, sin embargo, exhibía una serie de rasgos que podían también encontrarse en ciudades europeas como Sevilla, Amberes o Constantinopla.

Como todas las metrópolis europeas, Tenochtitlan, giraba en torno a un gran centro religioso, un espacio sagrado. Y se hallaba en un emplazamiento seguro y bien defendido, que permitía una intensa vida urbana. La gran capital azteca exhibía también grandes mercados que, al tiempo que ofrecían numerosos productos raros y exóticos, desempeñaban una función similar a la de sus equivalentes en las ciudades del otro lado del Atlántico.

Estos dos elementos pueden encontrarse también registrados en la historia de las ciudades de Colombia. Y han perdurado con el paso del tiempo. La fuerza pública, los centros comerciales y las instituciones religiosas, parecen funcionar análogamente en Asia Oriental, Inglaterra, en los inmensos barrios de Río de Janeiro o en Medellín. Las formas de representación arquitectónica, los trazados de sus calles y las avenidas, las rutas en medio de las cordilleras o la construcción de muros en los valles, cumplen la misma función. Las ciudades son una extensión de nuestra experiencia humana compartida. Con la finalidad de dar sensaciones a la identidad colectiva creamos rituales urbanos: la aglomeración en el mercado, el tránsito por las avenidas, el teatro o un encuentro dominical en la plaza principal. Los rituales urbanos hacen visible la concentración de grupos y clases sociales, dando colores a la vida en comunidad.

De acuerdo con la matriz analítica de Kotkin, el segundo tema relacionado con la evolución de las ciudades tiene que ver con tres funciones críticas distintas: crear un espacio sagrado, proveer una seguridad básica y albergar un mercado comercial. Todas las ciudades han mostrado estas características en mayor o menor grado. La historia de las ciudades en Colombia trasluce bajo diferentes formas que una mayor o menor prosperidad depende del equilibrio de estas funciones. Hasta el presente las ciudades con indicadores de mejor calidad de vida son aquellas que conservan una economía operativa y un orden político estable. A la inversa, la inestabilidad de la política pública y los bajos incentivos causados por el conflicto interno socavan las condiciones de prosperidad.

Los problemas vigentes en ciudades como Bogotá, Medellín, Cali o Barranquilla, son producto de una formación histórica a la vez distinta y común. Las regiones en donde se encuentran han progresado desigualmente. Y la configuración urbana no siempre ha respondido a los flujos del desplazamiento poblacional interno. El crecimiento demográfico ha desbordado el tamaño razonable de su expansión geográfica. Las ciudades capitales reproducen parcialmente los problemas concomitantes a su diversidad regional. Ensanchándose desde el centro hacia la periferia, ciudades como Pamplona, Cúcuta, Buenaventura o Popayán, fueron ampliando también las posibilidades de encuentro entre sus habitantes. De modo que, contradictoriamente, la carencia de un sentimiento colectivo, se relaciona en parte con la desacralización de la experiencia religiosa y una desconfianza e inseguridad en las ciudades principales e intermedias.

Globalmente nada reproduce mejor esta desagregación anómica de las ciudades que la condición del estrato medio. El deterioro de aquella clase media acomodada de principios del siglo XXI se experimenta por igual en Paris, Nueva York, Lima o Bogotá. La demanda por ingresos es percibida mediante la oferta de planes turísticos o recreacionales para una clase emergente tipo yuppie . Las ciudades capitales e intermedias son habitadas por seres diferentes, desiguales y desconectados como bien lo señaló Néstor García Canclini. Una ciudad que se experimenta extraña para quienes han llegado empujados bajo la intimidación o la amenaza, o quienes habiendo nacido y crecido en ella ven hoy desmejorada su condición de vida.

Entre las representaciones históricas de las ciudades de la Nueva Granada y los conglomerados urbanos de la Colombia de hoy quedan, sin embargo, vínculos duraderos y estables. Relaciones encadenadas en redes sociales que tienen su asiento en el vecindario, y cuya forma de intercambio fue el trueque o una diversidad de pequeñas industrias que ofrecieron trabajo a familias enteras. Las redes sociales como mundos pequeños, identifican todavía una vertiente histórica en la evolución de las ciudades y explican mejor la movilidad ascendente de la unidad familiar. De modo que una ciudad puede verse como la evolución de una red en expansión, una compleja telaraña de urbanizaciones alrededor de concentraciones poblacionales formadas irregularmente.

SACRALIDAD, SEGURIDAD Y ACTIVIDAD

La formación histórica de las ciudades en Latinoamérica contiene episodios fundamentales para comprender la evolución de las ideas dominantes hasta nuestro tiempo, según la afirmación del sociólogo e historiador José Luis Romero. El 8 de noviembre de 1519, Bernal Díaz del Castillo al divisar Tenochtitlan contempló una visión que quedaría grabada en su memoria durante décadas. El soldado español, que entonces tenía veintisiete años, había encontrado signos cada vez más ostensibles de una civilización urbana cuando él y sus poco menos de cuatrocientos compañeros viajaban desde las llanuras de México a las altiplanicies volcánicas. Y como anunciando lo que le esperaba, anotó que había “montones de cráneos humanos”, apilados en ordenadas hileras, sobre los templos locales.

Luego apareció de repente una ciudad de un tamaño casi inimaginable, construida en lo alto de las montañas, en un lago coronado por un anillo de picos volcánicos. Vio allí amplias calzadas llenas de canoas, y avenidas en las que se comerciaba con toda clase de productos agrícolas, aves y utensilios. Contempló elaboradas casas adornadas con flores, grandes palacios y templos que se alzaban luminosos bajo el sol mexicano:

Y de que vimos cosas tan admirables no sabíamos que decir, o si era verdad lo que delante parecía, que por una parte en tierra había grandes ciudades, y en la laguna otras muchas, y veíamoslo todo lleno de canoas y en la calzada muchos puentes de trecho en trecho, y por delante estaba la gran ciudad de México…

Los recuerdos apuntan en dirección contraria al tiempo. En esta experiencia del descubrimiento, la asombrosa ubicación de lugares y los componentes de actividades ordinarias pueden colegirse con la comparación de tamaños y construcciones regulares en la geografía del Nuevo Mundo. Sin embargo, la experiencia memorable evoca un momento deslumbrante para la historiografía urbana cuyos caracteres son universales. Esta sensación, según Kotkin, “bien podía experimentarla un nómada semita frente a los muros de las pirámides de Sumer, un funcionario provincial chino que entrara en Luoyang en el siglo VII a.C. o un peregrino musulmán ante la puerta de Bagdad en el siglo IX de nuestra era”.


LOS CENSOS DEL SIGLO XIX

Una historia de nuestras ciudades desde la Nueva Granada buscaría comprender esta universalidad de la experiencia urbana. Lo que fueron ciudades fortificadas como San Sebastián de Urabá o Santa María la Antigua del Daríen, Santa Marta o Cartagena, reflejaron originalmente sencillos caseríos, las dos primeras desaparecieron, mientras que las otras evolucionaron dentro de condiciones rurales hasta mediados del siglo XX. La cohesión agrupada de comunidades mestizas acompañaba unas identidades híbridas, con formas de hablar, vestirse y relacionarse en una mezcla multicolor. Estas atribuciones locales también dieron cuenta de un aspecto compartido de producción e intercambio universal.

Viene al caso la ilustración cartográfica elaborada para representar la distribución poblacional y el ambiente físico que habitaban los chibchas en 1586 (Martínez, 154,155). En un mapa lo suficientemente detallado don Diego de Torres, cacique de Turmequé, dibuja este contexto. El plano corresponde a la provincia de Tunja y contiene una localización de la ciudad y rasgos geopolíticos de su vida social. La arquitectura diseña bohíos en espacios que agrupan clases y sectores de la población. Un paisaje urbano situado alrededor de la iglesia se extiende relacionado con una pequeña plaza de mercado y entre sus límites, levantándose, las majestuosas montañas andinas.

La complejidad relativa de estas ciudades durante la Nueva Granada nos deja entrever también aspiraciones de universalidad. Aunque la ubicación primaria en cada región a la que llegan los españoles va evolucionando con el tiempo. El historiador Juan López de Velasco en 1572 ofrece una idea del primer censo para Tunja: “seiscientos españoles con sesenta y cinco encomenderos, y 50.000 indios en las vecindades”. Medio siglo después, en 1622, el cronista Simón nos entrega detalles urbanos impregnados por un sentimiento de grandeza: “Las calles son muy anchas, largas y empedradas, muy buenos edificios por ser tanta la abundancia de materiales, maderas y demás”.

La evolución demográfica de otras regiones, tales como las de Santa Fe, Tunja, Velez, Pamplona, Cartago, Pasto y Popayán, expresa un aspecto relacionado. En estas zonas existían poblaciones sedentarias que habían alcanzado niveles altos de cohesión y organización poblacional, lo cual permitió una fácil sujeción al régimen de la encomienda, sistema de producción de buena parte de la era colonial. Pero junto a esos grupos existieron otros que mantuvieron su oposición y resistencia a la dominación española (Colmenares, 2007).

Una lámina de singular propiedad documental, Resumen del censo general de población de la Republica de la Nueva Granada , ofrece detalles demográficos y culturales sobre un período fundamental para la consolidación de la identidad urbana y rural de Colombia. Este censo fue levantado con arreglo a las disposiciones de “la lei de 2 de junio de 1834 en los meses de enero, febrero i marzo del año de 1835 en las diferentes provincias que comprende su territorio, i distribuido por provincias y cantones”.

Después de dos décadas y media de declarada la independencia del imperio español, la nueva República expande una geografía poblacional con representaciones comunes al resto de Latinoamérica. A este respecto, José Luis Romero, tiene una observación pertinente. Lo que comparten los procesos de independencia en la América colonizada es una lenta reestructuración del pasado y un proyecto para el futuro. Los primeros censos constituían las ideologías específicas con que cada una de las ciudades iba sustituyendo poco a poco la ideología genérica de la colonización, y al diferenciarse remodelaban el cuadro del imperio originario e insinuaban el nuevo ordenamiento que vendría más tarde.

El censo anterior realizado en 1825, según este documento, contemplaba una población total de “un millón, doscientas veintiocho mil, doscientas cincuenta i nueve”, comparado con “un millón, seiscientas ochenta i seis mil”, contadas por el censo de 1835. El crecimiento poblacional en una década fue de 457.779 habitantes. Una diferencia de crecimiento demográfico sin duda importante y significativo dentro de una década En este mismo período, ciudades como Londres, Paris y Lisboa, superaban ya el millón y medio de habitantes.

A mediados del siglo XIX, como vemos, Colombia es todavía un país eminentemente rural. Por contraste, en Gran Bretaña se aprobaba la ley de Corporaciones Municipales y en Estados Unidos se fundaba la ciudad de Chicago. El urbanismo avanzaba vertiginosamente.Comparadas las relaciones, nuestro mundo era pequeño. Desde la provincia más poblada, la escala demográfica tenía la siguiente distribución en 1835: Bogotá 255.569; Tunja 235.982; Antioquia 158.017; Cartajena 130.324; Socorro 114.513; Pamplona 99.610; Velez 83.418; Mariquita 79.721; Neiva 77.452; Panamá 72.655; Pasto 58.589; Cauca 50.420; Popayan 48.236; Mompox 47.557; Santamarta 46.587; Veraguas 42.514; Buenaventura 31.920; Chocó 21.194; Casanare 15.948; Riohacha 14.801. Todavía dentro de este período, nuestra geografía poblacional estaba bastante ligada a patrones de mentalidad colonial. Aunque vemos que, con la excepción de Cartagena, la mayor concentración de habitantes estaba localizada en la zona andina y el centro de la República. Para una distribución de ciudades de acuerdo con los cantones, el lector puede consultar detalles en la lámina censal en cuestión.

Sin embargo, comparando cantidades y relaciones con la identidad de lugares y ciudades tropezamos con un problema metodológico que destacó brillantemente Germán Colmenares. “La falta de familiaridad con los órdenes arcaicos de magnitud, propios de sociedades precapitalistas”. Esta dificultad induce muy frecuentemente al anacronismo, es decir, a sustituir con nuestras propias nociones sobre el tamaño o el valor de las cosas, las nociones mucho más imprecisas de épocas pretéritas. Por ejemplo, el censo de 1835 nos indica que el Espinal tiene 22.663 habitantes, mientras Ibagué cuenta con 22.493 habitantes; la ciudad del Socorro 25.000 almas, mientras Cali tiene 13.727. Pero ¿qué nos enseñan estas diferencias de magnitud? Nuevamente Colmenares advierte: “un problema más radical se desprende del hecho de que los órdenes arcaicos expresaban, ante todo, relaciones”. Este factor podría explicarnos las razones por las que durante la campaña libertadora, la Provincia del Socorro (centro) tuvo una posición geográfica más estratégica que la Provincia de Buenaventura (periferia).

De acuerdo con Colmenares tendríamos que reelaborar nuestros datos bajo la premisa del espacio . Los movimientos colonizadores del siglo XIX condicionaron un desplazamiento violento de los antiguos ejes sociales coloniales. Este fenómeno acompañó la integración de un mercado por fuera de la influencia y el control inmediato de las ciudades que ocuparon los centros urbanos. Éstos tenían que competir con la influencia de algún centro que estimulaba la comercialización de la agricultura. De modo que las tensiones creadas iban dando ocasión a movimientos espaciales y poblacionales con efectos sobre las estructuras sociales.

EFECTOS DEL FRACASO DE LOS IMPERIOS IBÉRICOS

Parecería que los beneficiarios más probables de la expansión de la economía europea habrían de ser las ciudades que controlaban los imperios extranjeros más cercanos. Pero Lisboa, Sevilla y más tarde Madrid, no lograron desarrollar la pericia comercial que les había permitido cosechar plenamente lo que con tanto ímpetu habían sembrado. Las ciudades de Hispanoamérica bebieron el trago amargo de su desventura. Kotkin acredita este fenómeno a un problema de valores culturales.

Según este autor, hombres como Hernán Cortes, capitán de Bernal Díaz del Castillo y conquistador de Tenochtitlan, tenían más de caballeros medievales que de constructores de nuevas ciudades y economías. Al igual que otros conquistadores, Cortés luchaba por la gloria, por Dios y por los metales preciosos. Esta arrogante sensibilidad sería desastrosa en materia religiosa, pues en última instancia resultaría debilitadora. Aquello que para la evolución del comercio en Europa significó una trasformación económica fundamental, la inserción de la tradición protestante y católica al desarrollo de las ciudades en el Nuevo Mundo reflejaría un movimiento a la inversa con los alcances de la Inquisición y la Contrarreforma.

Pablo Neruda exponía quejumbrosamente la tragedia: “se llevaron el oro, nos dejaron el oro, se lo llevaron todo, nos dejaron todo, nos dejaron las palabras”. Las riquezas extraídas del Nuevo Mundo acabaron en manos de intermediarios y mercaderes italianos. Incluso los productos que se exportaban a las colonias españolas se producían, en su mayoría, fuera de España. El oro del Imperio hipotecado a los extranjeros para financiar las incesantes guerras y la adquisición de artículos de lujo por parte de la aristocracia, sería también su perdición. Esta situación depredadora se traduce en la crónica escasez de alimentos, la sangría constante de jóvenes enviados a morir en guerras extranjeras, la enorme deuda pública, la emigración y, finalmente, una epidemia a finales del siglo XVII, reducirían drásticamente el tamaño de las ciudades españolas.

Estas restricciones estructurales se verán reflejadas en la evolución de los movimientos comuneros y las manifestaciones de insurrección criolla que recorrieron toda la América Hispánica durante la última mitad del siglo XVII y principios del siglo XVIII. Las desigualdades obraban políticamente como choques geográficos desde el centro hacia la periferia, y de la clase aristocrática a los artesanos. El descontento generalizado por estas diferencias comenzaba a desahogarse en movilizaciones sociales de inconformes artesanos.

Si la conquista socavó fundamentos comunitarios exponiendo los bienes culturales a un mercado de comerciantes depredadores, la colonia dejaría un complejo legado de conflictos y dilemas no resueltos. La decadencia imperial de España terminaría por lanzar al abandono aquellas lejanas tierras y poblaciones de la América mestiza. Ciudades como Bogotá, Popayán o Pamplona, han tenido que luchar con los problemas de una herencia colonial destorcida. Porque lo que perdieron estas ciudades como experiencia acumulada intergeneracionalmente, fueron también sus riquezas intangibles. La imposición de rituales religiosos que consagraban la identidad y el poder del conquistador se traduciría hasta la primera mitad del siglo XX en una forma de concordato entre la iglesia y el estado. El mismo fenómeno puede observarse en la formación del estilo político y la dinámica histórica de la economía.

Veamos como ejemplo, el tipo de clasificación y los diferenciales cuantitativos que registra el censo general de la población de la Nueva Granada en 1870. Una clasificación que, de acuerdo con la sabiduría convencional de entonces correspondía al sexo y la actividad económica (Urrutia, Arrubla). Este registro identifica 1.410.143 hombres y 1.506.560 mujeres, para un total de 2.916.705 habitantes. La distribución laboral, en su orden, es simpática: Primero están los agricultores, segundo los infantes sin oficio y siguen, la administración doméstica, los artesanos, sirvientes, estudiantes, mineros, comerciantes, vagos, ganaderos, fabricantes, artistas, propietarios, arrieros, pescadores, empleados, marineros, militares, institutores, ministros de culto, reos rematados, legistas, religiosos, médicos, ingenieros, y por último los literatos.

Mientras que la población de agricultores sumaba los 666.893 entre los hombres y 135.589 mujeres, los propietarios eran 11.196 hombres y 3.177 mujeres. Los ingenieros sumaban 275, todos varones. Esta forma de categorizar resulta bastante curiosa, y muestra las dificultades para la obtención de los datos y los criterios de clasificación ocupacional de la época. Aunque ofrecen un valor relativo como índices de magnitud se quedan cortos para describir el contexto general de desarrollo y de cultura experimentada.

RUPTURA EN LA HISTORIA URBANA

Como lo observa Kotkin, la enorme expansión de ciudades se produjo sin el correspondiente incremento de riqueza o poder, lo que representa “una trágica y desafortunada ruptura en la historia urbana”. Este relación desigual entre crecimiento demográfico y generación de bienestar, lo encontramos en la historia de las ciudades en Colombia y, por consiguiente, en el contexto comparado de su desarrollo regional.

¿Qué nos explica en la historia de las exportaciones y precios de tabaco y café (1874 – 1956) que Antioquia, Caldas, Norte de Santander y Santander, superen la producción regular del promedio de Magdalena, Nariño o Boyacá? Sin duda, fenómenos incorporados a su geografía y la formación cultural diferenciada en las regiones. La economía del café generó condiciones de desarrollo local que no siempre trasladaba sus ganancias a todos sus habitantes.

En estas circunstancias, los flujos poblacionales que se van desplazando desde el campo hacia las ciudades fueron procreando un verdadero nudo gordiano, o bien que la gente encontraba trabajo en unos sectores de la producción igualmente en crecimiento, o bien explotaba la generosidad derivada de las clases mejor situadas socialmente. Este fenómeno, contemplado dentro de un período histórico relativamente largo, nos describe además cómo se han desbordado habitacionalmente nuestras ciudades sin resolver los problemas de estancamiento, y su correspondiente disfunción social y económica.

Tome usted la urbanística de ciudades como San Juan de Girón en Santander, Barichara o San Gil, recorra Popayán en el Cauca o Cartagena de Indias, ¿Qué puede observar un contemporáneo que haya sido visto de manera semejante por un habitante de mediados del siglo XIX? Seguramente una conservación de apariencia occidental, heredada de la Colonia. En algunas de ellas podrá apreciar contrastes, por ejemplo, encontrará hoteles cinco estrellas con servicios de casino y cajeros automáticos cada 300 metros. Pero en realidad, la mayoría de estas ciudades se han quedado reciclando procesos residuales de desigualdad y pobreza. Con su comercio local a la espera del forastero que quiera invertir o comprar sus artesanías, su estancia turística o sus cosechas. Un poco más ambiciosamente, empresarios locales que esperan bendiciones con la aprobación extranjera de un tratado de libre comercio con los Estados Unidos.

Ciudades como Pereira, Bucaramanga, Pasto o Ibagué, soportan difíciles condiciones culturales y económicas que hacen complejo su crecimiento en un largo plazo. Regiones como el pacífico chocoano o la costa Caribe carecen de los medios necesarios para mantener, y no digamos expandir, su infraestructura básica. De modo que un comercio que estuvo limitado por medios de transporte durante el período Neogranadino, sigue atado a problemas con sus carreteras principales y secundarias en la actualidad. Las ciudades se están muriendo en medio de la expansión incontrolada de sus basuras y desperdicios. Bogotá, Cali, Medellín y Barranquilla, están al borde de experimentar un colapso generalizado de salud pública. Hoy en Colombia tenemos un 65% de municipios y localidades sin agua potable. Y la contaminación derivada de químicos y desechos tóxicos ha convertido los ríos y quebradas en verdaderas cloacas.


CIUDADES Y SUBURBIOS

En un trabajo imponente de sociología urbana, dirigido por Pierre Bordieu, La Misère du monde , encontramos claves importantes para comprender las transformaciones de las ciudades que han sobrevenido con el siglo XXI. Se trata de un esfuerzo conjunto de investigación que explora las estructuras sociales de la economía prestando atención a poblaciones marginales: desplazados e inmigrantes, mujeres, ancianos y niños, desempleados y gentes de estratos bajos.

En los países con precario desarrollo y elevada desigualdad social y económica hay al menos seiscientos millones de personas que sobreviven en asentamientos suburbiales, a los que se designa con diferentes nombres, como barriadas, bidonvilles, katchi, adabis, favelas o chavolas. Según un estudio de Naciones Unidas, dichos asentamientos representan el grueso de todo el crecimiento urbano de los países en vía de desarrollo. Muchos de los habitantes de estos barrios o favelas que se gastan más de las tres cuartas partes de sus ingresos en comida, subsisten en los márgenes de la economía formal.

En nuestro caso este panorama contiene grados extremos de calamidad. Ciudades capitales como Bogotá, Cali, Medellín o Barranquilla, deben afrontar diariamente problemas relativos a los masivos desplazamientos de familias y unidades poblacionales enteras. La calamidad arrastra consecuencias difíciles, no sólo para quienes han sido directamente afectados por el conflicto interno, sino para los gobiernos locales que cuentan con pocos recursos destinados a resolver estructuralmente el problema. Ahora no son únicamente las ciudades grandes las que padecen esta calamidad, también ciudades intermedias como Palmira, Cartago, Sincelejo, Apartadó o Quibdó.

El desplazamiento constituye un auténtico dilema poscolonial heredado de conflictos sin resolver en nuestra historia política. Siendo un drama humanitario con efectos devastadores para las nuevas generaciones, también representa uno de los mayores desafíos en política urbana. La precaria información y una política de gobierno asistencialista, se conjuga con el temor de las familias a reclamar sus tierras. La concentración de la propiedad y la titulación a testaferros de extensiones de tierra productiva, conforman un obstáculo para el retorno de las poblaciones y familias desplazadas.

El fenómeno del no retorno de las comunidades rurales desplazadas obedece, además, a nuevos incentivos hallados en las capitales políticamente influyentes. Estas ofrecen como mínimo algunos servicios públicos básicos, acceso a la ayuda alimentaria, escuelas y la posibilidad de un empleo, aunque informal. Como sucede en los desplazamientos poblacionales hacia Buenaventura, la ciudad ve incrementada la tasa de sus conflictos locales en razón a la generación de problemas emergentes. O en casos como Palmira, la ciudad que presenta el más alto indicador de crímenes en el año 2007, ha sido receptora del mayor desplazamiento en la región del occidente colombiano.

Ciudades de la Amazonía como Leticia, el Encanto o Puerto Santander, han sobrevivido con dificultades a la deforestación, junto con el descenso del precio de los productos autóctonos o la progresiva sustitución del cultivo familiar por la siembra de coca. Con una economía agrícola dependiente del monocultivo cocalero la devastación ambiental ha tenido efectos perversos para el desarrollo. Puede aplicarse a casos como estos el proverbial sentido común de los habitantes brasileros que se encuentran al otro lado de la frontera: “o te quedas a morir o te vas a sufrir”.

FUTURO DE LAS CIUDADES

El surgimiento, desarrollo, auge y decadencia de las ciudades se halla arraigado en la historia del tiempo que es modificado por ella. En zonas urbanas de Santander, Boyacá, Nariño o Arauca, resuenan todavía los antiguos fundamentos de las ciudades: su carácter de lugares sagrados, seguros y activos. Esto era cierto durante la formación colonial (1600 – 1740) o durante el virreinato (1740 -1810) o durante la lenta ruptura con el pasado colonial (1810 – 1850). Las ciudades entonces se confundían como pequeños nudos en una inmensa telaraña verde de montañas y cordilleras. Tan cierto como que el siglo XX se constituyó en el primero de la historia en el que la mayoría de la población colombiana vive en las ciudades.

Según los datos registrados por el Dane con respecto a la urbanización del país entre 1930 y el año 2005 la tendencia de este fenómeno ha presentado cambios de consideración. En las cabeceras municipales hemos pasado de 29,12% en 1930 a 75,98% en 2005. La creciente masa de residentes urbanos se enfrenta a un entorno que ha experimentado inmensos cambios y en el que incluso la zona urbana más poderosa debe competir no solo con otros lugares de similar envergadura, sino con un abanico cada vez más amplio de ciudades más pequeñas, periferias residenciales y pueblos. Los flujos migratorios, según datos del Dane, se han incrementado en tan sólo dos décadas (1985 – 2005) en 3 millones 331 mil habitantes. Una cifra que coincide aproximadamente con datos actualizados por el alto comisionado de la ONU para los refugiados, que cita a Colombia como el segundo país del mundo después de Sudán, con 4 millones de desplazados ( El Tiempo , 18/04/08). Esta puede considerarse como una tragedia silenciosa e impregnada de contrasentidos, porque querría decir que los flujos migratorios contabilizados oficialmente, corresponden a una creciente victimización de las poblaciones urbanas.

Finalizando su ensayo La ciudad, una historia global , Joel Kotkin trae un argumento de notable importancia para nuestro último comentario. Afirma el autor que “con el tiempo, ningún sistema urbano acaba por sobrevivir a un caos persistente”. Esta unidad es un breviario revelador de nuestra época. En Colombia una mayoría de ciudades afronta la tensión entre orden y autoridad. Y preferiblemente han escogido, con el presente gobierno, sobredimensionar la segunda línea tensa del arco. Más seguridad se relaciona con una mayor prosperidad. Los ciudadanos deben sentir cierta seguridad personal. Y así mismo tienen que poder confiar en una autoridad responsable, capaz de supervisar el cumplimiento constitucional e imponer la aplicación de códigos básicos de comportamiento comercial.

A favor de esta argumentación cabe advertir que el mantenimiento de un régimen de seguridad fuerte puede hacer mucho para revitalizar un área urbana. Ciudades como Medellín o Bogotá pueden ilustrarlo. La primera estuvo sometida durante un largo período de su historia reciente a los graves desequilibrios causados por las violencias del narcotráfico, la segunda, a una evidente avalancha de desplazamiento rural asociada al conflicto armado interno. En ambos casos, la inseguridad social y económica fue predominante en las décadas del 80 y 90. Los métodos de seguridad y cultura ciudadana implementados por los gobiernos locales, más la determinación generalizada de hacer de éstas cuestiones el tema en la agenda, resultó clave. De hecho, durante estos años de la primera década del siglo XXI, la reducción de los niveles de homicidio y delincuencia en Bogotá y Medellín son afirmativos.

Sin embargo, este no ha sido el caso con Cali o Barranquilla. La primera ciudad del suroccidente colombiano, Cali, experimenta ahora los niveles más calamitosos de violencia y delincuencia común. Según datos del Dane, el desempleo bordea un porcentaje del 17,3% y las tasas de subempleo o empleo informal llegan hasta el 53%. Las poblaciones desplazadas del pacífico (Dagua, Buenaventura) están coronando las laderas en los barrios de Siloé y las agrupaciones armadas en los barrios de Aguablanca, tienen prácticamente en estado de cuarentena a los habitantes de la ciudad. Del Cali pachanguero quedan pocas luces, ahora la ciudad intenta reordenar sus condiciones generales de seguridad y vida colectiva.

Los efectos derivados de la guerra paramilitar y los carteles mafiosos tienen azotada a Barranquilla. Según el observatorio del programa presidencial para los derechos humanos, los homicidios entre el 2003 y el 2004 variaron entre 483 y 423 al año. El surgimiento de las nuevas bandas emergentes, pandillas de grupos delincuenciales y el desplazamiento de las poblaciones de Sucre, Córdoba y Valledupar, condensan una verdadera bomba social difícilmente desarticulada por los gobiernos locales. Indudablemente, tal erosión de la seguridad básica socava la vida urbana.

En la historia de las ciudades, Colombia expone rasgos comunes de espacio y tiempo con el resto del Nuevo Mundo. Durante el largo período de la Nueva Granada , la identidad rural de las poblaciones tenía una explicación trazada por el impacto del colonialismo y las revoluciones de independencia. La evolución de las ciudades del centro y la periferia ha estado relacionada también con la disparidad geográfica y el desarrollo regional. Este argumento tiene importancia. Pero deberíamos tomarnos en serio que los problemas urbanos mencionados, han estado integrados a una tradición de conflictos heredados a los cuales se han agregado factores tan determinantes como la economía del narcotráfico y el paramilitarismo. Sin embargo, más allá de los costos del narcotráfico, los de la violencia han sido elevados. Y este costo es uno de los más significativos para comprender nuestro lugar en el mundo contemporáneo. José Antonio Ocampo destaca que entre los costos urbanos de la violencia, se cuentan las pérdidas de capital humano, la destrucción de infraestructura, el exceso de gasto público y privado en seguridad y las distorsiones generadas por las trasferencias de riquezas (por ejemplo, la concentración de la propiedad rural en manos de narcotraficantes y paramilitares). Sin embargo, aunque la violencia puede constituir un nexo causal explicativo, no puede considerarse el único factor para proponer mejor los problemas de las ciudades, ni para darles una adecuada solución.


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Santa fe de Bogotá por Felipe Guaman Poma de Ayala en : El primer nueva corónica y buen gobierno (1615/1616).

 


Plano del gran templo de México, 1769. Historia de Nueva España por Hernán Cortés.

 


Terra Firma et Novum Regnum Granatense et Popayan. Amsterdam, 1647. Archivo General de la Nación, mapoteca 4, ref. x61.

 


El mapa de Cholula, México 1579. Obra de un pintor criollo anónimo.

 


Adaptación del plano de la provincia de Tunja, elaborado por don Diego de Torres, cacique de Turmequé, 1586.

 


 


Mapa de curso del río Magdalena desde Jagua hasta Honda por Francisco José de Caldas. Tomado de La obra cartográfia de Francisco José de Caldas, Mauricio Nieto et.al. Bogotá, 2006

 


Mapa de los partidos de las Villas de Socorro y San Gil, entre la margen izquierda del río Suárez y el Alto de las Cabras, 1776. Archivo General de la Nación, mapoteca 4, ref. 451A.

 

Mapa del partido de Quilichao y sus vecinos, comprende la zona entre el río Cauca y la montaña de Monchique, 1803. Archivo General de la Nación, mapoteca 4, ref. 373A.

 

Ocaña, Papel Periódico Ilustrado, 1881.

 

Cartago, Papel Periódico Ilustrado, 1881.

 

Cargero del Quindio, Viaje a la Nueva Granada, Charles Saffray, 1869.

 

Feligresías del Socorro, de Confines y Oiba. Mapa que señala el lugar donde se fundará la nueva parroquia. (S/F). Archivo General de la Nación, Mapoteca 4, ref. 688A.

 

Chia, acuarela de Edward Mark Walhouse. 12.5 x 17 cm, 1846. Biblioteca Luis Ángel Arango.

 

Mompox, acuarela de Edward Mark Walhouse. 17.2 x 25 cm, 1845. Biblioteca Luis Ángel Arango.

 

Bogotá vista desde occidente grabado de J. Harris sobre dibujo de C. Austin, Litografía Rudolf Ackermann, Londres, ca. 1851. Quinta de Bolívar, Bogotá.