Con este número de Credencial Historia se inicia la serie sobre “Anécdotas en la Historia de Colombia”. La anécdota, en palabras de Manuel Serrano Blanco ayuda a conocer los “pequeños detalles que forman la persona, que la definen y que nos la presentan, unas veces engrandecida como un dios y otras veces amenguada como un lacayo. La anécdota es el espejo del alma, es la visión de la inteligencia, es el reflejo del espíritu, que no siempre queda impreso en las obras trascendentales de la existencia, sino en el fuego vivaz y pasajero, que cae sobre los circundantes con una ligereza y fugacidad de relámpago”. La anécdota es entonces, como bien la definió Pedro Alejandro Gómez Naranjo, “la sal de la historia”.
Invitamos a los lectores de Credencial Historia a enviarnos sus anécdotas históricas, recogidas de sus experiencias, de su tradición familiar, de sus lecturas, para seleccionar aquellas que el Comité Editorial considere apropiadas para ser publicadas en esta contraportada. Deben enviarlas a credhistoria@revistacredencial.com
Un clásico ejemplo de anécdota relacionada con el origen de los partidos políticos en Colombia, es el siguiente:
Después del regreso de Santander a Bogotá en octubre de 1832, continuó sus relaciones con doña Nicolasa y no era para menos, no sólo porque la fidelísima y apreciable señora le había manejado abnegadamente, junto con don Juan Manuel Arrubla, sus intereses, sino porque, además, había sido durante los cuatro últimos años, su fervorosa defensora contra los atropellos de la dictadura a sus bienes y a su honra, por lo cual había sufrido cárcel y confinamiento, a más de que había sabido mantener constantemente la llama de ese amor.
¿Y hasta qué época se mantuvo el idilio? Claro es que no tiene por qué existir correspondencia entre ambos en aquellos subsiguientes años, porque los dos vivían en la misma ciudad de Bogotá. En 1835, según relato que al autor de este libro le hiciera el historiador y jurista eminente, doctor Eduardo Rodríguez Piñeres, persona de insospechable rectitud y veracidad, el idilio continuaba. Referíamos el doctor Rodríguez Piñeres que en el año de 1905 viajaba en el mismo buque con el General Carlos Cuervo Márquez, nieto del doctor José Ignacio de Márquez, rumbo a Europa. Un día de navegación preguntó Rodríguez Piñeres a su amigo Cuervo Márquez si él sabía por qué se habían roto las íntimas relaciones políticas y personales entre el Presidente Santander y su ilustre antepasado el entonces Vicepresidente Márquez. Cuervo le refirió, según tradición de su familia, que cierto día de 1835, cumpleaños de doña Nicolasa, el doctor Márquez, a quien le impresionaban la belleza y señorío de doña Nicolasa Ibáñez, ya viuda, la pretendió de amores, pese a su amistad con el General Santander. Relataba el General Cuervo que su abuelo Márquez se encontraba de visita en la casa de doña Nicolasa, cuando Santander llegó a cumplimentar a su antigua amada. Indignado por la presencia allí de quien en ese momento consideró como un intruso y poseído de incontrolables celos, alzó en vilo al doctor Márquez, que era de pequeña estatura, y pretendió lanzarlo por la ventana del segundo piso hacia la calle. Doña Nicolasa, con energía propia de su carácter, tomó .del saco levita a Santander y con decisión le estorbó lo que pretendía hacer. Santander, sin pronunciar palabra, se retiró de aquel, para su espíritu dolorido, sorpresivo escenario. Desde entonces se cavó un abismo entre los dos altos personajes, que mucho incidió en la historia de Colombia.
Y se preguntan los historiadores que no saben de este episodio. ¿Por qué Santander que hasta entonces mantuvo tan estrecha amistad con Márquez, se opuso a su candidatura para sucederlo y luego fue su empecinado enemigo? La escena anterior es la mejor respuesta. Cabe aquí recordar una copla española, muy antigua, que es a manera también de una de las tantas interpretaciones del discurrir de la historia:
Válgame Dios no hay remedio,
en todo humano litigio
a no obrar Dios un prodigio
habrá faldas de por medio.
La división del santanderismo, iniciada entonces, entre los bandos que se llamaron liberales exaltados partidarios. De Azuero y Obando y liberales moderados partidarios de Márquez, en la lucha electoral para suceder a Santander en el mando supremo, terminó a la postre con la fundación, años después, de los partidos políticos liberal y conservador que desde entonces han venido haciendo la historia del país.
Tomado de: Horacio Rodríguez Plata. Santander en el exilio. Editorial Kelly, Bogotá, 1976, págs 306-307.