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EDICION 173
MAYO DE 2004
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LA
GUERRA DE LOS MIL DIAS
Por:
Enrique Santos Molano
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Tomado
de:
Revista
Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia).
Edición 173
Mayo de 2004
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El
Siglo XX colombiano nació con la herencia de la guerra que
habíamos comenzado en la agonía del Siglo XIX
Declarémonos la Paz
Las
elecciones presidenciales de 1898 se realizaron después de
una campaña agitada por vientos de guerra. Desde Marzo de
1897, a nombre de los liberales, Nicolás Esguerra había
propuesto un frente nacional, con un Ejecutivo plural de liberales
y conservadores, que excluía del gobierno a los nacionalistas.
Rechazado por impracticable. El expresidente Aquileo Parra, uno
de los jefes naturales del liberalismo radical, en vías de
extinción, adelantó gestiones con el presidente Miguel
Antonio Caro para evitar una próxima guerra civil y procurar
que las elecciones se realizaran en paz. La decisión del
señor Caro de no presentar su candidatura al período
1898-1904 posibilitó el acuerdo.
El Partido Nacional, creado para sustentar los principios de La
Regeneración, llevaba quince años en el poder. Su
gestión económica desde 1884 había sido la
causa de dos rebeliones de los liberales radicales contra el régimen
regenerador, una en 1885 y otra en 1895, con victorias fulminantes
del gobierno en ambas ocasiones.
Para 1898 el partido radical se presentó por primera vez
a una elección presidencial desde 1884. Sus candidatos eran
el patricio Miguel Samper Agudelo, para Presidente, y Foción
Soto, para Vicepresidente. Los conservadores históricos,
ante la imposibilidad de ponerse de acuerdo sobre la candidatura
del general Rafael Reyes, les hicieron un guiño imperceptible
a los candidatos liberales; los conservadores nacionalistas propusieron
los nombres de Manuel Antonio Sanclemente y José Manuel Marroquín.
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Los
sucesores de Caro
Las
elecciones se efectuaron el dos de febrero. Una maniobra de última
hora entre los nacionalistas y los conservadores, permitió
el triunfo de la llave Sanclemente-Marroquín. El señor
Sanclemente se encontraba en su casa de Buga y, por su avanzada
edad y sus achaques, no podía viajar a tiempo para asumir
el mando. Lo hizo el Vicepresidente Marroquín, el 7 de agosto,
y sus primeros actos de gobierno, en materia económica, sorprendieron
a todos, a la inversa de lo que se esperaba: los liberales lo aplaudieron
y los nacionalistas se sintieron defraudados. Marroquín había
comenzado a desmontar la política proteccionista de La Regeneración
y a darle vía al libre cambio. El señor Caro le envió
mensajes de urgencia a Sanclemente para que viniera a posesionarse.
"La
Regeneración es...el ácido destinado a limpiar la
corrupción"
Miguel Antonio Caro
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La
situación política no mejoró, y en cambio empeoraron
la situación económica y la situación social.
Miguel Antonio Caro inició la oposición contra Marroquín,
y por el lado liberal Aquileo Parra produjo en el Partido una división
irreparable al acusar a Rafael Uribe Uribe de oportunista y ambicioso.
El 2 de septiembre hubo en Bogotá una manifestación
tumultuosa contra los nacionalistas, con gritos predominantes como
¡Abajo los nacionalistas! ¡Abajo los contratistas! El
ácido regenerador contra la corrupción no había
dado resultados. Acosado por las críticas de Caro, el 20
de septiembre renunció el Vicepresidente Marroquín.
El senado rechazó la renuncia al tiempo que los liberales
anunciaban su apoyo entusiasta a las reformas librecambistas, cuyo
paquete fue presentado por Marroquín en el senado el 26 de
septiembre, con gran júbilo por parte de los comerciantes
y críticas exasperadas de los industriales. El 4 de octubre
Marroquín ofreció en palacio una velada cultural a
la que fueron invitados los jefes liberales radicales. La paz parecía
consolidarse, a despecho de la objeción del grupo de Uribe
Uribe a la colaboración ofrecida al gobierno por el jefe
radical, expresidente Aquileo Parra.
La negativa del Senado (octubre 6) a aprobar la ley de elecciones,
que los liberales uribistas consideraban garantía indispensable
para la pureza del sufragio, fue una de las causas políticas
principales del conflicto que se conoce como Guerra de los Mil Días.
A partir de esta negativa los liberales de Uribe Uribe llegaron
a la conclusión de que por el camino de las urnas jamás
tendrían acceso al poder. Desde ese momento los liberales
se dividieron en pacifistas o directoristas, orientados por el jefe
del Directorio liberal, Aquileo Parra; y guerreristas, que seguían
a Uribe Uribe.
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Una
Hora de Tinieblas
Sanclemente
llegó a Bogotá el 3 de noviembre. Su presencia desvaneció
las esperanzas que tenían los liberales directoristas de
participar en el gobierno, restauró el nacionalismo, volvió
a los postulados económicos de la Regeneración y se
alió con el general Reyes. Los conservadores históricos,
los liberales radicales y los liberales uribistas coincidieron en
calificar el gobierno de Sanclemente como "un desgobierno".
Según Carlos Arturo Torres, liberal directorista, "para
la política esta es una hora de tinieblas y vacilaciones,
de desencantos, amenazas y temores".
Al
terminar el año reinaba la confusión. "Ha vuelto
ha hablarse en estos días, como de cosa inminente, de una
formidable revolución liberal", dijeron los periódicos
conservadores. Los liberales, tanto directoristas como uribistas
replicaron que esos eran rumores idiotas, que lejos de estar pensando
en la guerra, el general Uribe Uribe tenía una cena de Año
nuevo con el Presidente Sanclemente en su residencia campestre de
Anapoima, para hablar sobre la paz.
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Todos
se arman para la paz
De
la Conferencia de Anapoima no salió nada en claro. "Todos
los problemas de la república quedan para el año que
empieza planteados y amenazantes", escribe Carlos Arturo Torres
en su periódico La Crónica. Sanclemente, respaldado
por Caro, fortaleció al Partido Nacional y omitió
del gobierno a cualesquiera otras tendencias. Sin desmentir los
rumores persistentes de que los liberales se armaban para una próxima
revolución, Uribe Uribe declaró que "el desastre
del país es tan grave que se viene acercando el momento en
que no habrá persona de alguna honorabilidad que se encargue
de los asuntos de gobierno". Por su parte, el gobierno incrementó
un "activo y cruel" reclutamiento, suspendido por el Ministro
de Guerra, Jorge Holguín, ante las críticas de la
prensa liberal y conservadora. En un intento por atraer a los liberales
directoristas, el gobierno nombró a Nicolás Esguerra
como Comisionado para entenderse con la empresa del canal de Panamá,
y a Carlos Arturo Torres como su secretario.
Que era ponerle paños de agua tibia a un cáncer avanzado.
Los conservadores le exigieron a Sanclemente prescindir de toda
colaboración liberal y establecer la hegemonía conservadora,
a lo cual el Presidente se inclinó sin demasiada resistencia.
Un acuerdo entre
Sanclemente, Marroquín y Reyes configuró la hegemonía
conservadora, si bien los liberales estaban más preocupados
por la creciente intervención del gobierno en el mercado
del dinero, como en los tiempos aborrecidos de Núñez
y Caro.
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Hacia
abril era voz pública que tanto el gobierno como los liberales
estaban comprando armas en el exterior. El ministro de Guerra,
Jorge Holguín, dijo: "El gobierno no quiere provocar
la guerra...pero tampoco la va a esquivar". Enseguida preguntó
"¿Estaremos en vísperas de ser obsequiados
espléndidamente con algún festín de carne
humana semejante al que se ofreció al país en 1860?"
Y propuso a los liberales que si declaraban de manera pública
y precisa su propósito de no perturbar el orden público,
el gobierno renunciaría a la compra de armamento. Los liberales
directoristas respondieron que deseaban la reforma de las instituciones
y aseguraron al Presidente Sanclemente que no estaban pensando
en subvertir el orden; pero los rumores de una próxima
rebelión liberal seguían circulando y el Ministro
de Guerra tomó ciertas medidas preventivas, como las de
ordenar una vigilancia severa sobre los jefes principales del
liberalismo en sus dos versiones, y decretar el estado de sitio.
"El
gobierno no quiere provocar la guerra...
pero tampoco la va a esquivar"
Jorge Holguín
Más
gasolina para el fuego
La
inquietud económica se sumó a la ansiedad política.
Una ordenanza expedida por la Asamblea del Tolima, "que establece
una nueva monstruosa contribución directa sobre toda renta
proveniente ya de capital, ya de dinero a interés, o ya de
cualquier oficio o profesión", disparó las alarmas
y produjo una fuerte devaluación del papel moneda. Los analistas
económicos, como Miguel Samper y Carlos Martínez Silva,
exclamaron a mediados de mayo: "Cómo angustia la situación
del país! El cambio sube con rapidez aterradora. Si la situación
del cambio no mejora en el resto del año la catástrofe
será inevitable para el país", y declararon que
"la crisis que afecta al país no es política
sino económica".
"Cómo
angustia la situación del país! El cambio sube
con rapidez aterradora".
Carlos Martínez
Silva
Un
ingrediente externo se sumó a la hoguera colombiana: la revolución
liberal que había estallado en Venezuela a principios de
mayo, encabezada por Cipriano Castro, llenó de preocupación
al gobierno del doctor Sanclemente y fue aclamada por los liberales
con indisimulado regocijo.
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Rafael Uribe Uribe
Jorge Holguín
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El
primero de los mil días
Entre
junio y agosto se decidió la suerte de la paz en Colombia.
El 4 de junio el Presidente ofreció al Directorio Liberal
convocar al Congreso a fin de que expidiera la ley de elecciones.
Uribe Uribe recibió esa oferta con escepticismo y se declaró
partidario "de barrer con todo el régimen regenerador".
El 10 de junio el directorio liberal puso un telegrama al Presidente
Sanclemente, para declinar toda responsabilidad "por lo que
pueda suceder" si no se estudia y aprueba el proyecto de ley
electoral. Sanclemente respondió con un increíble
"no se sabe si será posible o no convocar el Congreso
a sesiones extraordinarias para estudiar el Proyecto de Ley Electoral".
En agosto liberales y conservadores ensayaron sin éxito un
acuerdo sobre Ley de Elecciones.
De
repente las nubes bélicas parecieron esfumarse, al punto
de que El Correo Nacional, vocero de los conservadores históricos,
escribió con euforia: "¿Y de la guerra qué?
nada en dos platos. No estalló la temida contienda civil
que tan cejijuntos y pensativos ha tenido a los colombianos durante
algunos días. Dios sea loado. Parece que nadie cree en ella".
También de repente fue removido del ministerio de guerra
(agosto 15) el general Jorge Holguín, sustituido por el general
José Santos. Liberales y conservadores pidieron que se levantara
el Estado de Sitio, pues "se promete un panorama halagüeño
de paz entre los partidos". El 21 de septiembre coincidieron
los diarios liberales y conservadores en afirmar que "hay tal
ambiente de tranquilidad, que los vientos de guerra parecen haberse
alejado de Colombia".
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Nicolás Herrera
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Zenón Figueredo
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Miguel Samper
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Era
una calma chicha. Los vientos regresaron cargados de hostilidad.
Por un lado la adjudicación del monopolio de aguardientes
en el Tolima al millonario José María Sierra, agrió
las voluntades; y por otro la noticia de haber triunfado en Venezuela
la revolución de Cipriano Castro, alborotó las esperanzas
de los uribistas. El 7 de octubre aparecieron impresos en grandes
carteles sobre las esquinas de Bogotá dos telegramas. En
uno de ellos los generales Rafael Uribe Uribe y Zenón Figueredo
le escriben a Bucaramanga al general Paulo E. Villar para pedirle
explicaciones sobre un movimiento revolucionario que, encabezado
por él, estallaría el próximo 20. En el otro
telegrama, de respuesta, Villar asegura que semejantes rumores son
absurdos y que no hay ni señas de movimiento revolucionario.
A continuación, Uribe Uribe salió de Bogotá
con el pretexto de entrevistarse en Tame con el general Gabriel
Vargas Santos y acordar los detalles de su candidatura al senado
de 1900. Uribe Uribe, en lugar de ir a Tame, siguió para
Bucaramanga.
El
17 de octubre Juan Francisco Gómez y Paulo E, Villar se pronunciaron
en Santander y estalló la guerra civil que duraría
mil días y cien mil muertos.
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La
campaña militar de 1899
Para
los revolucionarios liberales la campaña militar de los primeros
meses de guerra trajo un desastre tras otro. El 24 de octubre en
el combate fluvial de Panamá fue derrotada y destruida la
flotilla liberal. El 28 de octubre las fuerzas del gobierno barrieron
con las liberales en Piedecuesta, y el 5 de diciembre hicieron lo
propio en Nocaima, donde cayó el general liberal Zenón
Figueredo. El ejército liberal tenía un singular poder
de recuperación, y no obstante las continuas palizas dio
un segundo combate en Piedecuesta donde triunfó. Uribe Uribe
no era un buen militar, o mejor, era un doctor que se había
metido a militar sin tener idea. Obnubilado por la victoria de Piedecuesta,
cometió el desatino tremendo de ponerle sitio a Bucaramanga,
defendida por un poderoso contingente, muy bien armado y apertrechado.
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Cadáver de un revolucionario del batallón
'Libres de Ocaña'. dibujo de Peregrino Rivera.
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El
11 de noviembre los liberales asaltaron Bucaramanga. Hubo derroche
de valor y de temeridad por parte y parte, en un combate épico
que duró casi cuarenta y ocho horas y del cual quedaron en
el campo más de mil muertos liberales y no más de
cien de conservadores, y salieron heridos Uribe Uribe y varios jefes
del ejército liberal.
No se dieron reposo después de la mortandad de Bucaramanga.
Los liberales fueron derrotados en Manta el 20 de noviembre, y se
desquitaron el 16 de diciembre en La Amarilla o Peralonso. La batalla
del puente de Peralonso hubiera podido decidir la guerra a favor
de los liberales, pues el ejército conservador huyó
en desbandada y le quedó a Uribe Uribe expedito el camino
hacia Bogotá. Nadie sabe por qué el jefe liberal vaciló
y dio tiempo a que el general oficialista Manuel Casabianca volara
con sus hombres para atajar cualquier intento de Uribe Uribe de
avanzar sobre la capital; pero Uribe Uribe ni siquiera hizo el intento.
Los conservadores históricos conspiraban contra Sanclemente.
Marceliano Vélez y Carlos Martínez Silva, máximos
líderes de esa corriente, escribieron cartas en que incitaban
a los conservadores a no respaldar al gobierno. A mediados de diciembre,
horas antes de llegar a Bogotá las noticias de la victoria
liberal en Peralonso, y favorecidas por un cielo soleado y despejado,
corrían en Bogotá bolas de lo lindo. Según
los radicales, el gobierno estaba a punto de caer; según
el gobierno, la guerra estaba a punto de terminar con la rendición
de los rebeldes. Conocido el desastre oficial de Peralonso, se tomaron
severas medidas de represión contra los liberales en Bogotá,
y a la cárcel fueron a dar, pacifistas o guerreristas, por
la menor sospecha.
Sin duda, la victoria de Peralonso no dejó satisfecho a Uribe
Uribe, horrorizado con la mortandad que se había causado
en sólo dos meses de guerra. El 22 de diciembre el jefe de
la rebelión solicitó al gobierno una tregua para tratar
de los términos de paz. El anciano señor Sanclemente
la rechazó de plano. Creía que los liberales en armas
debían aceptar la rendición incondicional.
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Escudo de los liberales en armas.
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La
Campaña Militar de 1900
Los
liberales operaban en dos frentes. El ejército regular, bajo
el mando Supremo de Gabriel Vargas Santos y Rafael Uribe, y un Estado
mayor compuesto por Benjamín Herrera, Avelino Rosas, Juan
Mac Allister, Paulo E, Villar; y las guerrillas, que son el gran
fenómeno de esta guerra, y que surgieron en forma espontánea
y en todas partes, y no dependían ni de los jefes supremos
ni del Estado mayor. Quizá por eso el general Uribe Uribe
las descalificó y afirmó que eran "un atajo de
bandidos".
Se peleaba en todo el país. En Cundinamarca, en Boyacá,
en Antioquia, en el Cauca, en la Costa. Mientras el ejército
liberal sufría derrota tras derrota, las guerrillas rebeldes
mantenían en jaque al ejército nacionalista, que no
sería conservador hasta el 31 de julio.
Así, las fuerzas regulares del liberalismo sufrieron derrotas
sucesivas en La Salina, Cundinamarca (Ene. 1); en Riosucio, después
de tres horas de combate (ene. 7); en Cáqueza, donde cayeron
numerosos prisioneros (ene. 9); en el Alto de la Cruz, arriba de
Usme (ene. 9); en Vélez, Santander (ene. 11); luego de sostener
intenso tiroteo, los liberales fueron desalojados de la hacienda
San Jorge, en Melgar (ene. 13), y perdieron un combate de 48 horas
en Purificación, Tolima (ene. 28); pero ganaron en Arauca,
ocupada por las fuerzas del general Avelino Rosas; en Betulia, Antioquia
(ene. 22), en Gramolote (ene. 30), en Terán (feb. 2). La
simple enumeración de los combates sostenidos en 1900 ocupa
ocho páginas de letra condensada.
Las guerrillas de José Francisco Acevedo en Boyacá
y de Ramón Marín en el Tolima, las de la Costa y el
Cauca, las de Antioquia y La Guajira, eran el dolor de cabeza del
ejército gubernamental, y cometían "tropelías"
como la de secuestrar en Honda al Plenipotenciario español,
Manuel de Guirior, a quien devolvieron mediante un rescate de cien
pesos oro (Feb. 1)
Así continuó la guerra hasta que vino el enfrentamiento
decisivo de los dos ejércitos regulares, en Palonegro, Santander,
el 11 de mayo. Fue el combate más largo, cruento e importante
de la guerra. El ejército del gobierno estaba comandado por
el general Próspero Pinzón, y el liberal por los generales
Uribe Uribe y Vargas Santos. Se peleó durante 16 días,
desde el 11 hasta el 26 de mayo. Al tercer día de combate
ninguno cedía posiciones y las bajas eran numerosísimas
de bando y bando. El cuarto día (may. 14) el general Daniel
Ortiz dio una carga que ocasionó estragos entre los liberales.
Al sexto día de combate el fuego de los liberales era menos
intenso. Al noveno día Próspero Pinzón comunicó
al Presidente que la batalla de Palonegro se inclinaba a favor del
gobierno. Los liberales resistían y se luchaba cuerpo a cuerpo.
El día doce no se sabe de donde hubo reparto de cerveza y
bebidas embriagantes entre los liberales, que se emborracharon sin
dejar de disparar; pero en el día trece de combate, comenzó
la retirada. El 26 de mayo terminó la batalla de Palonegro,
con un saldo de más de ocho mil muertos, cinco mil de ellos
liberales, y más de seis mil heridos entre ambos bandos.
El médico legista Carlos E. Putnam hizo una descripción
escalofriante del espantoso paisaje de Palonegro, anegado en sangre
y cubierto de cadáveres y de heridos.
El ejército liberal estaba deshecho y sus restos se retiraron
en medio de inmensas penalidades, internándose en la montaña
de Los Leones, según informó el general Próspero
Pinzón, a quien se preparaba en Bogotá una recepción
de héroe. Los jefes liberales Gabriel Vargas Santos, Foción
Soto y Uribe Uribe se escabulleron por el monte. Con las fuerzas
que pudo reagrupar Uribe Uribe se atrincheró desde Flandes
hasta Los Angeles en el camino que conduce a Ocaña, con intención
de marchar sobre Cúcuta para reforzar las fuerzas liberales
que defendían esa ciudad, pero el general Ramón González
Valencia le cerró el paso. El sitio de Cúcuta por
los conservadores comenzó el 6 de julio, con furiosos combates
y bajas impresionantes en los dos ejércitos. La superioridad
numérica de los conservadores, el bloqueo a la introducción
de víveres, doblegaron a los defensores de Cúcuta,
que se rindió el 16 de julio al vencedor de Palonegro.
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Gabriel Vargas Santos
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Próspero Pinzón
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José Vicente Concha
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El
31 de Julio
La
victoria de Palonegro hizo creer al gobierno que los liberales rebeldes,
agotados militar y políticamente, incapaces de sostener por
más tiempo la campaña militar, no demorarían
en rendirse. Las victorias de las armas del gobierno en casi todas
partes, en la Costa, en Panamá, -donde Carlos Albán
les había asestado a los liberales golpes contundentes-;
en la Guajira, en Boyacá, en el Tolima y en Cundinamarca,
eran más que suficientes para creer ganada la guerra por
parte del gobierno. Empero, la guerra seguía con igual intensidad
y después de Palonegro brotaron guerrillas liberales debajo
de los árboles, en cada mata de monte, e incluso en las ciudades.
La conspiración conservadora se adelantaba con precisión
y método. El 18 de febrero los liberales pacifistas divulgaron
una carta del jefe del Ejército, Manuel Casabianca, que pintaba
negra la situación de las tropas del gobierno, lo cual originó
malestar en los círculos oficiales. El 7 de marzo, un telegrama
atribuido al general Casabianca, provocó honda sensación
y obligó al Presidente Sanclemente a llamar al general Casabianca
a conferenciar (abr. 20) y de la entrevista que tuvieron salió
destituido el Ministro de Guerra, general José Santos, y
nombrado en su reemplazo el general Casabianca. No fue suficiente
para calmar los rumores, que dos meses más tarde hablaban
de la posible remoción del general Casabianca.
Cuando se ofreció la recepción triunfal a los vencedores
de Palonegro, el 28 de junio, el Vicepresidente José Manuel
Marroquín se excusó de participar como orador y ocupó
un puesto muy discreto en la tribuna. Los liberales, que criticaban
el trato infame aplicado a los más de cinco mil prisioneros
civiles en el Panóptico de Bogotá, hicieron elogios
del vicepresidente Marroquín. El 28 de julio varios dirigentes
conservadores históricos, entre ellos Carlos Martínez
Silva y José Vicente Concha, visitaron al Ministro de Guerra,
Manuel Casabianca, y el 31 de julio el Presidente Sanclemente fue
depuesto por el Ejército y asumió el poder Ejecutivo
el Vicepresidente José Manuel Marroquín.
Excepto
las personas del mandatario y del Ministro de Guerra, nada cambió.
Ahora el Presidente era José Manuel Marroquín y el
Ministro de Guerra el general Próspero Pinzón; pero
la guerra, de que estaban hastiados los conservadores y los liberales,
continuaba. El ejército liberal quedó liquidado, y
en su lugar siguieron la lucha las guerrillas, inspiradas por la
figura legendaria de Ramón Marín. Por parte de los
liberales se hicieron algunas gestiones de paz, inútiles.
El 8 de octubre el general próspero Pinzón dejó
el Ministerio de guerra para asumir la dirección de las operaciones
militares en el Atlántico y lo reemplazó José
Domingo Ospina Camacho. El 17 de octubre la guerra de los mil días
cumplió sus primeros trescientos sesenta y cinco.
Todos querían que la guerra terminara. Ninguno sabía
cómo darle fin, tal vez porque ninguno quería quedar
de vencido; tal vez porque la guerra tenía su propia dinámica
a cuya merced estaban los unos y los otros. De regresó a
Bogotá murió el héroe de Palonegro, Próspero
Pinzón, como consecuencia de unas fiebres malignas, y se
le honró con un funeral apoteósico.
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Foción Soto
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El
médico legista Carlos E. Putnam hizo una
descripción escalofriante del espantoso paisaje
de Palonegro, anegado en sangre y cubierto
de cadáveres y de heridos.
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La
Campaña Militar de 1901
El primer paso importante para amainar el conflicto lo dio el general
Pedro Nel Ospina, quien luego de una rápida campaña
victoriosa, firmó el tratado de La Alicia por el cual se
declaraba terminada la guerra en la Costa, y ocupó Ríohacha.
El general Víctor M. Salazar obtuvo triunfos definitivos
en las campañas de Bolívar y el Magdalena, que salieron
de la guerra. El Presidente Marroquín aplicó todos
sus esfuerzos a perseguir las guerrillas y ofreció garantías
y salvoconducto para los revolucionarios que depusieran las armas.
El 18 de enero cayeron las posiciones liberales de Altoviento, en
Santander. El principal frente en 1901 fue el Tolima, donde la indomable
y escurridiza guerrilla de Ramón Marín correteó
al ejército por todo el Departamento. En Cundinamarca, Boyacá
y Santander hubo combates casi diarios entre las guerrillas y el
ejército que, ahora sí, podía denominarse conservador.
En el curso del año, combate tras combate, se fue agotando
la energía de la guerrilla, y al terminar 1901 la campaña
de Fusagasugá dio por resultado el fin de la guerra en Cundinamarca.
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Pedro Nel Ospina
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Carlos Martínez Silva
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A
bordo del Wisconsin
Decidido
a terminar la guerra con toda la mano dura que fuere necesaria,
y tras reprimir una conspiración encabezada por el Ministro
de Guerra Pedro Nel Ospina, Marroquín nombró en el
Ministerio de Guerra, primero a José Vicente Concha, que
trató de suavizar la situación de los presos políticos,
y después al general Arístides Fernández, quien
arreció la represión de los prisioneros del Panóptico,
entre ellos el poeta Julio Flórez. Bajo el influjo de un
violento dolor de muela, Flórez escribió una serie
de sonetos contra el general Fernández, titulados Al Chacal
de mi Patria.
El Ministro de Guerra ordenó fusilar a todos los jefes liberales
que cayeran prisioneros, previo juicio sumario, o sin juicio alguno,
de ameritarlo el caso.
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Fueron
pasados por las armas, cuando ya la guerra estaba por concluir,
más de treinta generales que trabajaban con la guerrilla,
entre ellos Antonio Suárez Lacroix, Cesáreo Pulido,
Gabriel Calderón, Rogelio Chávez y el general Avelino
Rosas, rematado después de estar herido. Y concluida la contienda
continuaron los fusilamientos de jefes liberales, como en el caso
de Victoriano Lorenzo en Panamá, en 1903, ejecutado por orden
del general Pedro Sicard Briceño, cuatro meses después
de firmados los tratados de paz.
Hasta mayo de este año la guerrilla se pudo sostener, aunque
su decadencia era ostensible. Ya no aparecía como una ilusión
el fin de la guerra, se levantó la censura de prensa y pudieron
circular de nuevo libremente los periódicos. El 23 de mayo
los liberales antiuribistas de Bogotá, agrupados en El Nuevo
Tiempo, que dirigían Carlos Arturo Torres y José Camacho
Carrizosa, le reiteraron al gobierno su disposición para
colaborar en la terminación de la guerra, y la guerra debía
terminar porque así como en 1899 el ánimo colectivo
era de pelea, en 1902 lo era de paz. El 16 de junio los liberales
pacifistas de Bogotá enviaron un mensaje a los liberales
en armas para pedirles que cesara el ruido de los fusiles, bien
que para ese momento ya casi no se escuchaban disparos sino de cuando
en cuando. El 23 de junio miles de bogotanos salieron a la calle
para manifestar su respaldo a la actitud de los liberales pacifistas,
y lo mismo ocurrió en Medellín, Cali, Barranquilla
y demás capitales de la República. "Hay que atropellar
la guerra con la paz", escribió Carlos Arturo Torres
en El Nuevo Tiempo.
Pero el general Arístides Fernández seguía
atropellando a los liberales, pacifistas o guerreristas, en una
fiebre persecutoria, que impulsó a varias personalidades
conservadoras, encabezadas por Carlos Martínez Silva, a producir
una ruidosa protesta contra el cadalso político. Arístides
Fernández, en respuesta, ordenó confinar en Gachalá
a los protestantes conservadores.
Todos dieron por terminada la guerra cuando, el 10 de septiembre,
el general Ramón Marín capituló en el Tolima
y circuló un manifiesto patriótico, un llamado clamoroso
a detener el derramamiento fratricida de sangre y a sellar la paz
y la unidad de los colombianos. Dos días después el
general Benjamín Herrera le envió una carta al Gobernador
de Panamá, Víctor M. Salazar, con las bases para un
armisticio sustentadas en la famosa frase "la Patria por encima
de los Partidos". El general Gabriel Vargas Santos avaló
la propuesta de Benjamín Herrera y viajó a Panamá.
Arístides Fernández seguía fusilando, y mandó
ejecutar en la plaza de La Palma, Cundinamarca, al jefe liberal
(civil) Tomas Lawson, al comandante Salustiano Herrera y al Corneta
Segundo Quijano.
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Vapor Wisconsin, de la Armada de los Estados Unidos, sede
de la firma del tratado del 21 de noviembre de 1902
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Como
un aporte para facilitar las conversaciones, el 9 de octubre el
comandante de la flota estadounidense en Panamá, Silas Casey,
ofreció el vapor Wisconsin para que los comisionados colombianos
adelantaran a bordo las gestiones de paz en terreno neutral. El
15 de octubre el general Benjamín Herrera dirigió
una nueva carta al general Víctor M. Salazar, con propuestas
concretas de paz, y el 18 aceptó adelantar las conversaciones
a bordo del Wisconsin. Las negociaciones estuvieron a punto de fracasar
por la intransigencia del Ministro de Gobierno, general Nicolás
Perdomo, que insistía en la rendición. El general
Salazar logró aplacar al Ministro y convino en dialogar en
el Wisconsin. El general Rafael Uribe Uribe apoyó el proceso
de paz iniciado por Benjamín Herrera y el 24 de octubre firmó
con el general Florentino Manjarrés el tratado de paz de
Neerlandia, tras lo cual escribió al general Herrera para
asegurarle que su voluntad de paz era inalterable y como prueba
de ello el 30 de octubre ordenó a sus hombres deponer las
armas. En Santa Marta los ciudadanos en grandes manifestaciones
expresaron su respaldo al tratado de Neerlandia.
En
Bogotá ardían los últimos rescoldos del incendio
extinguido, la situación se había puesto tensa entre
los liberales pacifistas y los uribistas, sin pasar a mayores. El
país comenzó a recuperar la normalidad política.
El gobierno convocó elecciones parlamentarias y se reactivó
la economía con un vigor admirable. Foción Soto firmó
la paz en Chinácota el 21 de noviembre de 1902 y ese mismo
día se reunieron a bordo del Wisconsin los comisionados liberales
con los conservadores, y sin mayores discusiones se firmó
la que se conoció como Paz del Wisconsin. Benjamín
Herrera comunicó en un telegrama a Bogotá: "Firmada
paz nacional. Tratado republicano honroso".
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