|
|
|
|
Gerardo
Molina.
Oleo de Elvira Celis Cepero, 1984.
Máquina de escribir del maestro.
|
|
|
|
Gerardo Molina
(Gómez Plata, Antioquia, 1906 - Bogotá, 1991) fue un profesor, un escritor y un hombre
de la política. Enseñó en la Universidad Libre y en la Universidad Nacional y de ambas
instituciones fue rector y animador intelectual. Sus cátedras más queridas fueron el
derecho laboral, el derecho constitucional y la teoría política. Las dos primeras nunca
conocieron la publicación impresa, pero un resumen de sus "Conferencias" --de
su publicación oral en el salón de clase--, pasó de mano en mano a finales de los años
treinta y comienzos de los cuarenta entre su estudiantes más dedicados.
Las exposiciones de derecho
laboral, de "derecho social" como se lo llamaba en la época, examinaba las
transformaciones jurídicas que respondían a las demandas de un nuevo actor en la vida
nacional: la clase trabajadora. Si el derecho privado tendía a ver al hombre como
individuo abstracto, el derecho social lo estudiaba en sus relaciones concretas, esto es,
en el lugar que hombres y mujeres ocupaban el proceso productivo. Molina encontraba que la
mayoría de la población trabajaba por un salario de "carácter alimenticio" en
condiciones precarias de salud, educación y vivienda, pero su tratamiento jurídico era
igual al de las reducidas clases medias y al de las aún más restringidas e influyentes
clases altas.
Las enseñanzas de Molina
en la cátedra del derecho constitucional dejaban atrás los ritos exegéticos, el piadoso
comentario del articulado de la Carta, y centraba la mirada en el estudio de la evolución
y organización del poder del Estado. Su curso era una ciencia política jurídicamente
orientada. Como buen abogado sabía que aquella singular creación humana que llamamos
Estado no sólo era fuente de Derecho, sino también un producto jurídico. Era el
resultado de un acuerdo fundamental de la sociedad expresado en un texto escrito que el
mismo Estado debía salvaguardar, pero que a su vez coartaba su pretendido imperio sobre
la sociedad.
Sus lecciones de teoría
política partían de la herencia liberal afincada en las nociones de libertad, igualdad y
democracia. Su mejor resumen se encuentra en algunos pasajes de Proceso y destino de la
libertad (1955) y en todo el Brevario de ideas políticas (1981) un volumen que tenía
"el coraje de decir cosas elementales". En un capítulo especial de este,
"El socialismo posible", desarrolló su programa de cambio y transformación
social. Allí reiteró la meta de su vida, aquella de fundar una sociedad que superara las
desigualdades del capitalismo y defendiera las libertades políticas saqueadas por el
estatismo centralizado, jerárquico y autoritario de los socialismos reales inspirados en
el modelo soviético.
Estas faenas docentes se
nutrían de sus compromisos políticos, a la vez que enriquecían el marco de sus luchas
sociales. Los cursos de derechos laboral y constitucional tenían como antecedente el
trabajo en el Congreso en representación de las organizaciones obreras, instancia donde
había promovido debates sobre seguridad social y reforma constitucional. Las lecciones de
teoría política eran, por otro lado, un permanente arreglo de cuentas con el pensamiento
liberal y la vehemencia de los discípulos de Lenin y Stalin respecto de la teoría del
partido único y la dictadura del proletariado.
En medio de estas
inquietudes académicas y políticas surgió el investigador, una faceta tardía de Molina
que tuvo su afirmación inicial y más acabada en los tres volúmenes de Las ideas
liberales en Colombia (1970-77). A pesar de la mirada tradicional --afectiva y
complaciente--, es el mejor registro que se tiene en la actualidad del ideario de una de
las colectividades políticas más importantes de la historia del país. Las fuentes de
esta obra de gran aliento le sirvieron poco después para concebir Las ideas socialistas
en Colombia (1987), un tomo escrito con evidente simpatía por la causa de los sectores
populares que en varios pasajes repite el contenido del libro anterior.
Es evidente entonces que
una parte significativa de la vida activa de Molina transcurrió en los salones de clase y
en los ambientes retirados del gabinete del erudito. La fusión de estos papeles le hizo
merecedor del título de Maestro, una calificación que la evasiva cultura estudiantil
sólo concede a los profesores que además de la transmisión de conocimientos, dejan en
el corazón de sus discípulos una huella especial de compromiso y responsabilidad. A
pesar de sus inclinaciones políticas, tenía claro que la universidad no podía ser
instrumento de un partido, y que el docente falta a sus deberes cuando emplea su autoridad
para arrastrar a sus alumnos por el camino de sus adhesiones personales. En el aula se
podía estudiar la política, pero el campo natural de su ejercicio dirigido a cambiar la
sociedad eran las plazas públicas, las asambleas del partido y los recintos del Congreso.
|