Ficha bibliográfica
Titulo:
Ricardo Rendón: el humor hecho sátira. Centenario del nacimiento del mejor caricaturista colombiano del siglo XX
Edición original: 2005-06-01
Edición en la biblioteca virtual: 2005-06-01
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: Miguel Escobar Calle

 

Revista Credencial Historia


EDICIÓN 53 - MAYO 1994



RICARDO RENDON: EL HUMOR HECHO SATIRA, Centenario del nacimiento del mejor caricaturista colombiano del siglo XX
Por: Miguel Escobar Calle

Tomado de: Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 53
Mayo de 1994

 


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Ricardo Rendón, en el Hotel Metropolitano, Bogotá, 1919



En la obra de Rendón, nacido en Rionegro, junio 11 de 1994, hay dos épocas claramente definidas, tal como lo anotara Fernando González: «La juvenil, en Medellín, que consistió en crear tipos de una gente muy definida, lepra y porvenir colombianos a un mismo tiempo, admirables y repugnantes; y la época bogotana, en la que infundió vida a unos pocos años de lo que llamarán Historia Patria en las escuelas públicas». Esa primera etapa del maestro «de genio oteante y de lápiz buido» es bien interesante y casi desconocida hoy. Podría decirse que Rendón crea toda una geografía gráfica donde las situaciones, los espacios físicos y los personajes --tomados del color local-- se transforman en arquetipos caricaturescos, en soberbia tipología regional.

Su segunda época en Bogotá, de 1918a 1931, considerada en bloque, se caracteriza especialmente por la caricatura política, en la cual logra una impecable radiografía de nuestra fauna e historia política, que constituye su apoteosis popular. Lino Gil Jaramillo da testimonio de ello: «Sus caricaturas constituyen una crónica más duradera y elocuente que los relatos escritos. Una jornada electoral, un debate en el Congreso, una polémica en la prensa sobre política o literatura, o un incidente diplomático, no hallaban cabal interpretación para el público mientras Rendón no lo reducía a líneas de impresionante exactitud y claridad». La fama de Rendón y su inmensa popularidad radican en esta faena, que fue y sigue siendo inigualable. El caricaturista Horacio Longas ratificó esta apreciación cuando dijo: «BI fuerte de Rendón era la chispa política [...| Mi dibujo no era interior, pero yo no tenía esa gran cualidad de la chispa política: él dominaba el ambiente político».

 

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Ricardo Rendón, Dibujo de José Restrepo Rivera
Revista Pan, 1939


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Rendón en el café, Paradoja geométrica de Luis Tejada,
<Cromos>, julio de 1922


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Entrevista de los presidentes Marco Fidel Suárez de Colombia y Alfredo
Baqueriza Moreno de Ecuador en el puente de Rumichaca, abril de 1920.




Temperamento y humores

 

La caricatura pertenece, como todas las irónicas, a las artes antisociales. Pendón fue inmoralista.
Fernando González

 

Validos de semblanzas y testimonios de sus amigos y contemporáneos, se puede configurar una imagen de Ricardo Rendón. Horacio Franco lo describe «esquivo, introvertido, solitario hasta en medio de sus amigos [...| siempre había algo inasible, inlocalizable, que se escapaba, que huía, dejando en el propio ánimo cierto escozor, cierta sensación de angustia indefinible». Fernando González lo define por facetas: «Era idiota para la vida práctica y de sociedad. Poseso. Generosidad inconsciente de bienes y de persona. Inconsciencia de genio. Sonreía y expresaba todo con los ojos. Ojos boca. Producía sensación de lejanía. No podía familiarizarse. El genio como excepción monstruosa». Gabriel Cano le comparó con Luis Tejada: «La risa de Tejada era una risa saludable y cordial, y la de Rendón era una risa cerebral y amarga».

Pero, al decir de Eduardo Zalamea (Ulises), fue el poeta León de Greiff «quien acuñó su personalidad en síntesis feliz»:

 

Noches en las mesillas del café nocharniego:/cerca a mí, ante las copas. El Otro, mi «alter ego». /Cerca a mí su borrada sonrisa, su voz asordinada, su mente fulgurante, su corazón de Maquiavelo niño/ y el atormentado espíritu, sobre campos de armiño. Ese Maquiavelo niño «fue analizado por el panida José Manuel Mora Vásquez, quien plantea que en última instancia Rendón, por su acendrado idealismo, era un pesimista: «En la obra del maestro inolvidable no he encontrado el alegre humorismo con que la califican espíritus simplistas. Una especie de conceptismo satírico orienta las fórmulas redondianas y al estudiar sus revelaciones gráficas ataja la expresión de nuestra sonrisa el sentido doliente de muñecos-hombres vistos por un pesimista, que más que en la delineación de los cuerpos se detuvo en el descubrimiento y delación de los espíritus». Y añade: «Exceptuando algunos apuntes sociológicos, como los referentes al pueblo antioqueño, sus caricaturas dejan un sentimiento de malestar. Allí no está toda la verdad. La realidad fue vencida por la desolación, la inquietud y el análisis de un espíritu puro. Fanático de la perfección, olvidó la debilidad humana, y en la quimera de su idealismo fracasado dejó en la expresión gráfica de sus visiones las huellas digitales del desagrado que le produjeron casi todos los acontecimientos y los hombres que observó».

Por eso, en la obra de Rendón el humor no es su marca, sino la sátira. La sátira que equilibra en cuidadas dosis de bilis y lápiz para obtener verdaderos panfletos gráficos de eficacia demoledora: «Sabía dosificar el sarcasmo y la ironía, sin destruir nunca el equilibrio, sin alterar las proporciones sabiamente estudiadas. Profundidad sí, mas no crueldad» (Ulises). Esto lo ratificó el propio Rendón al afirmar que la caricatura debe ser el equivalente gráfico de las sátiras horacianas que hacen sonreír y pensar: «La caricatura es un verdadero epigrama, porque como los buenos epigramas tiene aguijón, pero forrado en miel». Y reforzaba su convicción al señalar que «la caricatura es el ridículo y el ridículo es la más terrible de las armas». Y por ello las suyas caían «como una carcajada en un velorio».

Esa concepción de Rendón es reafirmada por los estudiosos de su obra. Hernando Téllez, por ejemplo, anota: «Rendón operaba sobre el único trozo de auténtica realidad que brindaba la vida política del país: la zona del ridículo, donde podían florecer despiadadamente la burla y la crítica». Por ello, aquí no cabe el humor a secas. Es campo abonado para la sátira y la ironía, donde «el sujeto es desnudado dejándole sus vestiduras» (Fernando González).

En el caso de Rendón -dice Elkin Obregón- «las circunstancias políticas de ese periodo coincidieron con su especial talento panfletario, terrible en denuncias y sarcasmos» (ver Credencial Historia No 10, octubre 1990). Porque al interpretar un acontecimiento o un personaje, a Rendón le interesaba penetrar «no en las deformaciones físicas, sino en las jorobas del alma», como dijo Lino Gil Jaramillo, y para ello el bisturí apropiado es la ironía aguzada o la sátira profunda.

 

El Rendón desconocido

Casi siempre se olvida que Rendón no fue sólo el genio de los monos políticos. Durante sus veinte años de dibujante activo, alternó la caricatura política con trabajos de ilustrador gráfico y de diseñador publicitario. Y son tal vez estas facetas las menos conocidas del estupendo dibujante. En verdad, Rendón -junto con su amigo y condiscípulo Luis Eduardo Vieco- fue pionero de la publicidad gráfica en Colombia. Y en el caso de Rendón, con una característica bien original, como fue integrar plenamente lo caricaturesco al diseño gráfico. En pocas palabras: caricatura publicitaria.

Ya desde 1915 en Panida, El Correo Liberal y el suplemento La Semana de El Espectador (edición de Medellín) comienza a realizar avisos publicitarios para industrias de cigarrillos, la Sastrería Francesa y el Bleno-Radium, «el único específico que cura la blenorragia en pocos días». En 1916 elabora las doscientas caricaturas del Album de cajetillas de los cigarrillos Victoria y hace una serie de postales publicitarias coloreadas a mano. Pero es en su época de Bogotá cuando su prestigio de dibujante publicitario adquiere también trascendencia. En las páginas de Cromos y El Gráfico, en los almanaques de las Ediciones Colombia que dirigía Germán Arciniegas, en Mundo al Día y El Tiempo, en La República de Villegas Restrepo y en El Espectador de los Cano -en fin, en toda la prensa de prestigio-, se publicaban sus avisos. Algunos de ellos fueron bien famosos y populares, como los del Zarkol, las gaseosas de la Posada Tobón, los cigarrillos de Coltabaco, la Compañía Colombiana de Seguros, los automóviles de la Chevrolet, los Laboratorios CUP (de su amigo el científico y novelista César Uribe Piedrahita) y los de algunos productos farmacéuticos o veterinarios como la Caaspiritus y el Sanador Webbely.

 

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Auto Caricatura, abril 20 de 1921



Y así como había hecho ilustraciones, carátulas, viñetas y orlas decorativas para Avanti (1912), Panida (1915) y La Semana de El Espectador (1915-1916), en su época bogotana vuelve a su tarea de ilustrador gráfico en Cromos (1918-1928), El Gráfico (1918-1927), Sábado de Medellín (1921-1922) y durante las dos épocas de la revista Universidad de Germán Arciniegas (1921 al 923 y 1927 a 1929). Esas labores alternas de ilustrador y dibujante publicitario le servían a Rendón para reforzar sus ingresos, que luego generosamente derrochaba en la bohemia bogotana.

En marzo de 1928 El Tiempo lo contrata como caricaturista con exclusividad remunerada, «pagándole cada trabajo a treinta pesos -cuenta Fraylejón-, aunque la mayor parte de las veces su paisano Fabio Restrepo las subía a cincuenta». Rendón, entonces, pasó a ser el dibujante mejor pagado del país, pues sus entradas -sumados los contratos extras por publicidad, ilustraciones y diseño de carátulas de libros-, en ocasiones ascendían a más de mil doscientos pesos mensuales, «en esos tiempos en que el presidente de la República se ponía mil quinientos duraznos y los congresistas, quinientos». Por eso en épocas en que el peso estaba a la par del dólar, Rendón se dio el lujo de rechazar jugosas ofertas de The New York Times y de la revista Caras y Caretas de Buenos Aires. En ambas ocasiones argüyó que estaba dispuesto a pagar el doble con tal de quedarse en Bogotá: «Yo gano aquí mil y pago otros mil por no tener que vivir en Nueva York», fue la respuesta que dio a Samuel H. Piles, embajador de Estados Unidos en Colombia.

Lo que sí hizo fue dasalojar su tradicional buhardilla del tercer piso en el Hotel Metropolitano de la Calle Real, buhardilla que ocupaba desde su llegada a la capital, y alquilar una amplia casa llamada «La Gioconda», en la calle 18 con carrera 5a, y traer de Medellín a sus padres ya ancianos. Pero sin abandonar su bohemia, de café en café, con amigos y camaradas, y eventuales enredos de faldas.

 

Rendón y el esqueleto

La muerte de Rendón desató un alud de conjeturas sobre sus causas. Ninguna concluyente. Sin embargo, para contribuir a la confusión, vale la pena anotar la extraña obsesión necrofílica que le acompañó los últimos años. Al fin y al cabo, Rendón «era un hombre que se embriagaba de sombras más que de licor», al decir de Alfonso María de Avila.

Al revisar el album de dos tomos que publicó El Tiempo en 1930, se encuentran más de treinta caricaturas en que los esqueletos y la muerte juegan papel protagonice. Existe, además, el boceto inédito de una de sus últimas caricaturas, donde un despavorido personaje es perseguido por una gigantesca y terrorífica osamenta. A ello se suma que en diciembre de 1925 Rendón tuvo un extraño sueño sobre un esqueleto, y al despertar le quedó la terrible impresión de que el esqueleto del sueño lo tenía por dentro. Ese sueño le impactó de tal manera que se repitió con cierta persistencia, hasta el punto que, venciendo su reserva y laconismo, un día lo narró con detalle a Luis Eduardo Nieto Caballero. Periodista al fín y al cabo, LENC convirtió la confidencia en artículo y lo publicó en El Diario Nacional. Lo recurrente del sueño obsesionó en tal forma al caricaturista, que quince días antes de su suicidio le solicitó a LENC «con cierta ansiedad, con cierta vehemencia» le consiguiera una copia del artículo. El caso es que el 28 de octubre de 1931, en un reservado de la trastienda de La Gran Vía, se disparó en la boca con un Colt de relojera, después de dibujar en la mesa esmaltada una cabeza con la trayectoria de la bala y de escribir en el charol de Bavaria: «Suplico que no me lleven a casa».

 

 

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Dibujo tinta, 1916


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Caricatura sobre la «huída»del general Carlos Cortés Vargas.


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Un verbo en acción, Aviso publicitario de 1927


 

¿Por qué se mató? Es una pregunta que cumple más de sesenta años sin respuesta: soltero, en plena juventud (37 años), gozaba de perfecta salud, tenía dinero para derrochar, un prestigio que había desbordado las fronteras, el reconocimiento por su obra artística (el maestro Francisco A. Cano, por ejemplo, afirmaba: «Rendón es único y formidable. Es un maestro de la composición, que haría honor a cualquier Escuela de Bellas Artes, en la cátedra»); tenia la admiración incondicional de todo el país y la ciudad capital rendida a sus pies; el respeto de sus enemigos, la compañía y complicidad de sus amigos, el afecto de sus padres, el amor de una morena con la que se encontraba por las tardes en el Bosque de la Independencia, y el encantamiento con Sixta Tulia Arias, una bellísima bogotana que tenía una legendaria taberna en el sector de San Agustín. ¿Por qué se mató? Nunca lo sabremos. Quizá la mejor hipótesis sea la de Fraylejón: «Rendón -el pálido maestro en fondo negro- vivió ricamente las más bellas y alegres horas de la alta bohemia bogotana, y en un momento se hastió de la fiesta y, según las normas gentiles, se voló sin despedirse».

 

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El suicidio de Ricardo Rendón. Dibujo de Héctor Osuna.