En la obra de Rendón,
nacido en Rionegro, junio 11 de 1994, hay dos épocas claramente definidas, tal como lo
anotara Fernando González: «La juvenil, en Medellín, que consistió en crear tipos de
una gente muy definida, lepra y porvenir colombianos a un mismo tiempo, admirables y
repugnantes; y la época bogotana, en la que infundió vida a unos pocos años de lo que
llamarán Historia Patria en las escuelas públicas». Esa primera etapa del maestro «de
genio oteante y de lápiz buido» es bien interesante y casi desconocida hoy. Podría
decirse que Rendón crea toda una geografía gráfica donde las situaciones, los espacios
físicos y los personajes --tomados del color local-- se transforman en arquetipos
caricaturescos, en soberbia tipología regional.
Su segunda época en
Bogotá, de 1918a 1931, considerada en bloque, se caracteriza especialmente por la
caricatura política, en la cual logra una impecable radiografía de nuestra fauna e
historia política, que constituye su apoteosis popular. Lino Gil Jaramillo da testimonio
de ello: «Sus caricaturas constituyen una crónica más duradera y elocuente que los
relatos escritos. Una jornada electoral, un debate en el Congreso, una polémica en la
prensa sobre política o literatura, o un incidente diplomático, no hallaban cabal
interpretación para el público mientras Rendón no lo reducía a líneas de
impresionante exactitud y claridad». La fama de Rendón y su inmensa popularidad radican
en esta faena, que fue y sigue siendo inigualable. El caricaturista Horacio Longas
ratificó esta apreciación cuando dijo: «BI fuerte de Rendón era la chispa política
[...| Mi dibujo no era interior, pero yo no tenía esa gran cualidad de la chispa
política: él dominaba el ambiente político».
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Ricardo
Rendón,
Dibujo de José Restrepo Rivera
Revista Pan, 1939
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Rendón en el café,
Paradoja geométrica de Luis Tejada,
<Cromos>, julio de 1922
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Entrevista
de los presidentes Marco Fidel Suárez de Colombia y Alfredo
Baqueriza Moreno de Ecuador en el puente de Rumichaca, abril de 1920.
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Temperamento y humores
La caricatura pertenece,
como todas las irónicas, a las artes antisociales. Pendón fue inmoralista.
Fernando González
Validos de semblanzas y
testimonios de sus amigos y contemporáneos, se puede configurar una imagen de Ricardo
Rendón. Horacio Franco lo describe «esquivo, introvertido, solitario hasta en medio de
sus amigos [...| siempre había algo inasible, inlocalizable, que se escapaba, que huía,
dejando en el propio ánimo cierto escozor, cierta sensación de angustia indefinible».
Fernando González lo define por facetas: «Era idiota para la vida práctica y de
sociedad. Poseso. Generosidad inconsciente de bienes y de persona. Inconsciencia de genio.
Sonreía y expresaba todo con los ojos. Ojos boca. Producía sensación de lejanía. No
podía familiarizarse. El genio como excepción monstruosa». Gabriel Cano le comparó con
Luis Tejada: «La risa de Tejada era una risa saludable y cordial, y la de Rendón era una
risa cerebral y amarga».
Pero, al decir de
Eduardo Zalamea (Ulises), fue el poeta León de Greiff «quien acuñó su personalidad en
síntesis feliz»:
Noches en las mesillas
del café nocharniego:/cerca a mí, ante las copas. El Otro, mi «alter ego». /Cerca a
mí su borrada sonrisa, su voz asordinada, su mente fulgurante, su corazón de Maquiavelo
niño/ y el atormentado espíritu, sobre campos de armiño. Ese Maquiavelo niño «fue
analizado por el panida José Manuel Mora Vásquez, quien plantea que en última instancia
Rendón, por su acendrado idealismo, era un pesimista: «En la obra del maestro
inolvidable no he encontrado el alegre humorismo con que la califican espíritus
simplistas. Una especie de conceptismo satírico orienta las fórmulas redondianas y al
estudiar sus revelaciones gráficas ataja la expresión de nuestra sonrisa el sentido
doliente de muñecos-hombres vistos por un pesimista, que más que en la delineación de
los cuerpos se detuvo en el descubrimiento y delación de los espíritus». Y añade:
«Exceptuando algunos apuntes sociológicos, como los referentes al pueblo antioqueño,
sus caricaturas dejan un sentimiento de malestar. Allí no está toda la verdad. La
realidad fue vencida por la desolación, la inquietud y el análisis de un espíritu puro.
Fanático de la perfección, olvidó la debilidad humana, y en la quimera de su idealismo
fracasado dejó en la expresión gráfica de sus visiones las huellas digitales del
desagrado que le produjeron casi todos los acontecimientos y los hombres que observó».
Por eso, en la obra de
Rendón el humor no es su marca, sino la sátira. La sátira que equilibra en cuidadas
dosis de bilis y lápiz para obtener verdaderos panfletos gráficos de eficacia
demoledora: «Sabía dosificar el sarcasmo y la ironía, sin destruir nunca el equilibrio,
sin alterar las proporciones sabiamente estudiadas. Profundidad sí, mas no crueldad»
(Ulises). Esto lo ratificó el propio Rendón al afirmar que la caricatura debe ser el
equivalente gráfico de las sátiras horacianas que hacen sonreír y pensar: «La
caricatura es un verdadero epigrama, porque como los buenos epigramas tiene aguijón, pero
forrado en miel». Y reforzaba su convicción al señalar que «la caricatura es el
ridículo y el ridículo es la más terrible de las armas». Y por ello las suyas caían
«como una carcajada en un velorio».
Esa concepción de
Rendón es reafirmada por los estudiosos de su obra. Hernando Téllez, por ejemplo, anota:
«Rendón operaba sobre el único trozo de auténtica realidad que brindaba la vida
política del país: la zona del ridículo, donde podían florecer despiadadamente la
burla y la crítica». Por ello, aquí no cabe el humor a secas. Es campo abonado para la
sátira y la ironía, donde «el sujeto es desnudado dejándole sus vestiduras» (Fernando
González).
En el caso de Rendón
-dice Elkin Obregón- «las circunstancias políticas de ese periodo coincidieron con su
especial talento panfletario, terrible en denuncias y sarcasmos» (ver Credencial
Historia No 10, octubre 1990). Porque al interpretar un acontecimiento o un personaje,
a Rendón le interesaba penetrar «no en las deformaciones físicas, sino en las jorobas
del alma», como dijo Lino Gil Jaramillo, y para ello el bisturí apropiado es la ironía
aguzada o la sátira profunda.
El Rendón
desconocido
Casi siempre se olvida
que Rendón no fue sólo el genio de los monos políticos. Durante sus veinte años de
dibujante activo, alternó la caricatura política con trabajos de ilustrador gráfico y
de diseñador publicitario. Y son tal vez estas facetas las menos conocidas del estupendo
dibujante. En verdad, Rendón -junto con su amigo y condiscípulo Luis Eduardo Vieco- fue
pionero de la publicidad gráfica en Colombia. Y en el caso de Rendón, con una
característica bien original, como fue integrar plenamente lo caricaturesco al diseño
gráfico. En pocas palabras: caricatura publicitaria.
Ya desde 1915 en Panida,
El Correo Liberal y el suplemento La Semana de El Espectador (edición
de Medellín) comienza a realizar avisos publicitarios para industrias de cigarrillos, la
Sastrería Francesa y el Bleno-Radium, «el único específico que cura la blenorragia en
pocos días». En 1916 elabora las doscientas caricaturas del Album de cajetillas de los
cigarrillos Victoria y hace una serie de postales publicitarias coloreadas a mano. Pero es
en su época de Bogotá cuando su prestigio de dibujante publicitario adquiere también
trascendencia. En las páginas de Cromos y El Gráfico, en los almanaques de
las Ediciones Colombia que dirigía Germán Arciniegas, en Mundo al Día y El
Tiempo, en La República de Villegas Restrepo y en El Espectador de los
Cano -en fin, en toda la prensa de prestigio-, se publicaban sus avisos. Algunos de ellos
fueron bien famosos y populares, como los del Zarkol, las gaseosas de la Posada Tobón,
los cigarrillos de Coltabaco, la Compañía Colombiana de Seguros, los automóviles de la
Chevrolet, los Laboratorios CUP (de su amigo el científico y novelista César Uribe
Piedrahita) y los de algunos productos farmacéuticos o veterinarios como la Caaspiritus y
el Sanador Webbely.
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Auto
Caricatura, abril 20 de 1921
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Y así como había
hecho ilustraciones, carátulas, viñetas y orlas decorativas para Avanti (1912), Panida
(1915) y La Semana de El Espectador (1915-1916), en su época bogotana
vuelve a su tarea de ilustrador gráfico en Cromos (1918-1928), El Gráfico (1918-1927),
Sábado de Medellín (1921-1922) y durante las dos épocas de la revista Universidad
de Germán Arciniegas (1921 al 923 y 1927 a 1929). Esas labores alternas de ilustrador y
dibujante publicitario le servían a Rendón para reforzar sus ingresos, que luego
generosamente derrochaba en la bohemia bogotana.
En marzo de 1928 El
Tiempo lo contrata como caricaturista con exclusividad remunerada, «pagándole cada
trabajo a treinta pesos -cuenta Fraylejón-, aunque la mayor parte de las veces su paisano
Fabio Restrepo las subía a cincuenta». Rendón, entonces, pasó a ser el dibujante mejor
pagado del país, pues sus entradas -sumados los contratos extras por publicidad,
ilustraciones y diseño de carátulas de libros-, en ocasiones ascendían a más de mil
doscientos pesos mensuales, «en esos tiempos en que el presidente de la República se
ponía mil quinientos duraznos y los congresistas, quinientos». Por eso en épocas en que
el peso estaba a la par del dólar, Rendón se dio el lujo de rechazar jugosas ofertas de The
New York Times y de la revista Caras y Caretas de Buenos Aires. En ambas
ocasiones argüyó que estaba dispuesto a pagar el doble con tal de quedarse en Bogotá:
«Yo gano aquí mil y pago otros mil por no tener que vivir en Nueva York», fue la
respuesta que dio a Samuel H. Piles, embajador de Estados Unidos en Colombia.
Lo que sí hizo fue
dasalojar su tradicional buhardilla del tercer piso en el Hotel Metropolitano de la Calle
Real, buhardilla que ocupaba desde su llegada a la capital, y alquilar una amplia casa
llamada «La Gioconda», en la calle 18 con carrera 5a, y traer de Medellín a sus padres
ya ancianos. Pero sin abandonar su bohemia, de café en café, con amigos y camaradas, y
eventuales enredos de faldas.
Rendón y el esqueleto
La muerte de Rendón
desató un alud de conjeturas sobre sus causas. Ninguna concluyente. Sin embargo, para
contribuir a la confusión, vale la pena anotar la extraña obsesión necrofílica que le
acompañó los últimos años. Al fin y al cabo, Rendón «era un hombre que se embriagaba
de sombras más que de licor», al decir de Alfonso María de Avila.
Al revisar el album de
dos tomos que publicó El Tiempo en 1930, se encuentran más de treinta caricaturas
en que los esqueletos y la muerte juegan papel protagonice. Existe, además, el boceto
inédito de una de sus últimas caricaturas, donde un despavorido personaje es perseguido
por una gigantesca y terrorífica osamenta. A ello se suma que en diciembre de 1925
Rendón tuvo un extraño sueño sobre un esqueleto, y al despertar le quedó la terrible
impresión de que el esqueleto del sueño lo tenía por dentro. Ese sueño le impactó de
tal manera que se repitió con cierta persistencia, hasta el punto que, venciendo su
reserva y laconismo, un día lo narró con detalle a Luis Eduardo Nieto Caballero.
Periodista al fín y al cabo, LENC convirtió la confidencia en artículo y lo publicó en
El Diario Nacional. Lo recurrente del sueño obsesionó en tal forma al
caricaturista, que quince días antes de su suicidio le solicitó a LENC «con cierta
ansiedad, con cierta vehemencia» le consiguiera una copia del artículo. El caso es que
el 28 de octubre de 1931, en un reservado de la trastienda de La Gran Vía, se disparó en
la boca con un Colt de relojera, después de dibujar en la mesa esmaltada una cabeza con
la trayectoria de la bala y de escribir en el charol de Bavaria: «Suplico que no me
lleven a casa».
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Dibujo
tinta, 1916
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Caricatura
sobre la «huída»del general Carlos Cortés Vargas.
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Un verbo en
acción, Aviso publicitario de 1927
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¿Por
qué se mató? Es una pregunta que cumple más de sesenta años sin respuesta: soltero, en
plena juventud (37 años), gozaba de perfecta salud, tenía dinero para derrochar, un
prestigio que había desbordado las fronteras, el reconocimiento por su obra artística
(el maestro Francisco A. Cano, por ejemplo, afirmaba: «Rendón es único y formidable. Es
un maestro de la composición, que haría honor a cualquier Escuela de Bellas Artes, en la
cátedra»); tenia la admiración incondicional de todo el país y la ciudad capital
rendida a sus pies; el respeto de sus enemigos, la compañía y complicidad de sus amigos,
el afecto de sus padres, el amor de una morena con la que se encontraba por las tardes en
el Bosque de la Independencia, y el encantamiento con Sixta Tulia Arias, una bellísima
bogotana que tenía una legendaria taberna en el sector de San Agustín. ¿Por qué se
mató? Nunca lo sabremos. Quizá la mejor hipótesis sea la de Fraylejón: «Rendón -el
pálido maestro en fondo negro- vivió ricamente las más bellas y alegres horas de la
alta bohemia bogotana, y en un momento se hastió de la fiesta y, según las normas
gentiles, se voló sin despedirse».
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