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EDICIÓN
63 - MARZO 1995
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CIEN AÑOS DE LA GUERRA CIVIL DE 1895, con arcos de triunfo celebró Rafael Reyes la
victoria de la Regeneración
Por: Mario Aguilera Peña
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Tomado de:
Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 63
Marzo de 1995
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Arco triunfal de la batalla de
Enciso en la Calle Real de Bogotá.
Fotografía de Henry Duperly, 1895.
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La guerra de 1895 estalla el 23 de
enero de ese año, durante el gobierno del vicepresidente Miguel Antonio Caro, que logra
controlarla fácilmente en apenas 53 días. Su corta duración se explica porque la
facción liberal que dirigió el alzamiento lo que preparó fue un complot contra el
gobierno de Bogotá, que sería apoyado por liberales de Cundinamarca y de otros
departamentos. En ningún momento los alzados pretendieron sostener un conflicto
prolongado, porque no existían los recursos ni tampoco las condiciones para hacerlo, por
lo menos al interior del partido liberal.
Causas y
motivaciones
Una tensa
situación política antecedió a la revuelta de 1995: la desavenencia entre el gobierno y
el Congreso, el ahondamiento de la división entre los conservadores históricos y los
nacionalistas, los nuevos entendimientos entre aquellos y el liberalismo, las polémicas
periodísticas, y el vacío generado por la muerte de Rafael Núñez. No obstante
reconocer la concurrencia de los anteriores factores, creemos que fueron determinantes los
hechos sociales que se habían presentado en Bogotá los dos años anteriores, que le
permitieron creer a una facción del liberalismo que podría recoger la inconformidad
popular y dirigir un alzamiento contra el gobierno.
Por aquellos
años la administración de Caro estaba atravesando su momento más crítico, debido a las
expresiones de protesta ocurridas en la capital, primero por el motín popular ocurrido
entre el 15 y el 17 de enero de 1893, que derrotó al recién reorganizado Cuerpo de
Policía y que dejó un saldo aproximado de 50 muertos y 54 heridos, entre amotinados y
policías. Posteriormente, en abril de 1894 fue descubierto un plan guerrillero para
apresar al presidente y sus ministros, organizado exclusivamente por artesanos que
alentaban la idea de alcanzar algunas reivindicaciones económicas y sociales y conformar
un nuevo gobierno de carácter bipartidista.
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Rafael Reyes
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Ante esos sucesos, un sector del liberalismo creyó haber encontrado la oportunidad
de convertir la protesta social en el levantamiento liberal y desplazar de paso a la
dirigencia de su partido. La fracción guerrerista, que estimaba inútil insistir en un
triunfo en las elecciones, estaba conformada por varios jefes regionales veteranos de
anteriores conflictos y por algunos jóvenes ansiosos de realizar una carrera política
utilizando antiguos procedimientos de liderazgo. Su dirigencia denominada como Comité o
Junta liberal estaba compuesta por Juan Félix León (abogado y profesor de derecho),
Liborio D. Cantillo (abogado), Eustaquio de la Torre Narváez (hacendado cafetero), Rafael
Uribe Uribe (abogado, socio del anterior), el general y ex presidente Santos Acosta,
Tomás E. Abello (comerciante) y Manuel Muñoz (agente comisionista). Los pacifistas
liderados por Aquileo Parra, Luis A. Robles, Salvador Camacho Roldan y Nicolás Esguerra,
no estaban por principio en contra de la guerra, sino que les parecía que el partido
debía superar su desorganización y mostrar una vigorosa oposición al gobierno a través
de la prensa y las elecciones.
El complot
Los guerreristas
tuvieron la pésima idea de insistir en un plan guerrillero que le había fracasado a los
artesanos al año anterior, debido a la actividad de la policía secreta que recorrió
exitosamente las chicherías en busca de información y logró que uno de los
comprometidos delatara a sus compañeros por doscientos pesos. El plan guerrillero
consistía en asaltar sigilosamente el Palacio de San Carlos y las casas de los ministros
para detener a éstos y al vicepresidente Caro. A la misma hora, 12 a.m. del 23 de enero,
serían atacados los cuarteles de la capital, para lo cual se contaba con el apoyo del
pueblo bogotano y con el respaldo de tropas provenientes de los pueblos vecinos a la
capital, que serían comandadas por el general Ramón Soto R., quien estuvo encargado de
la misma misión en el plan el año anterior. Para estas fuerzas, la cita era en el Puente
del Común, donde se esperaría la señal para entrar a Bogotá o para proteger la
retirada de sus compañeros; a ese sitio debían concurrir los rebeldes de los pueblos de
Sesquilé, Tocancipá, Guasca, Sopó, Suesca, Guatavita y Zipaquirá. El golpe de la
capital sería secundado por pronunciamientos en otras regiones de Cundinamarca y en la
mayoría de los departamentos de la República.
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Recepción de Rafael Reyes en el
Capitolio Nacional.
Fotografía de Henry Duperly.
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Desde el anochecer del 22 de enero, los jefes guerrilleros de la capital de acuerdo
con las instrucciones esperaron inútilmente la gente que debían comandar. Los pocos que
salieron fueron acorralados por la policía y el ejército; hubo intercambio de disparos y
persecución hasta la una de la madrugada. Los que no cayeron en manos de las autoridades
debieron salir precipitadamente de la ciudad rumbo a Facatativá, para incorporarse a las
fuerzas del general Siervo Sarmiento. ¿Qué había sucedido? La ausencia de los
conspiradores en los sitios acordados podría explicarse por la desconfianza que produjo
repetir un plan conspirativo que había sido debelado unos meses antes; por los rumores
que corrían en la ciudad sobre el inminente estallido de un movimiento revolucionario;
por el estado de alerta de la policía, que vigilaba las casas de los sospechosos; por la
inspiración partidista del movimiento y el abandono de las consignas sociales. La
dirigencia liberal se equivocó cuando creyó que el motín de 1893, el fallido complot
artesanal de 1894 y los tumultos que rodearon la instalación del Congreso en julio de ese
año, eran precedentes suficientes para esperar un respaldo masivo y popular en su
operación militar contra el gobierno. El incumplimiento de los conspiradores provocaría
una dura imprecación de Rafael Uribe Uribe, quien al ser interrogado por las autoridades
sobre los hechos explicó que el plan había fracasado por «la incalificable cobardía
del pueblo bogotano y acaso también por las malas disposiciones de los directores del
movimiento».
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El general Rafael Reyes.
Fotografía de Julio Racines.
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Los sucesos militares
Pese al fracaso
de la conspiración capitalina, se presentaron pronunciamientos contra el gobierno en
varios lugares del país, debido en buena medida a que la insurrección fue alimentada por
comunicados de guerra, en los que se vinculaba a las figuras más prestantes del
liberalismo pacifista y se daba parte de victoria de las tropas insurrectas. Según el
Boletín No 2 de los revolucionarios liberales, difundido al tiempo que
fracasaba la conspiración, Aquileo Parra informaba que los cuarteles habían sido tomados
a las tres de la mañana, que Miguel Antonio Caro estaba preso, que el presidente
provisional era el general Santos Acosta y que la rebelión se extendía por las
provincias colombianas.
Los primeros en
claudicar fueron los rebeldes del departamento de Cundinamarca, firmantes de la
Capitulación de Beltrán, que se dieron cuenta del desbarajuste de la conspiración y
fueron perseguidos y vencidos por las fuerzas legitimistas el 29 de enero en el combate de
La Tribuna, cerca de Facatativá. En Tolima, Boyacá y Santander, el alzamiento liberal
fue significativo, pues se logró constituir ejércitos (que no sobrepasaron los 2.000
combatientes) y movilizarlos con la esperanza de salir victoriosos en algún combate que
pudiera cambiar el curso de la rebelión. En otros departamentos como Bolívar, Magdalena
y Cauca, los alzados no lograron unificarse y configurar mandos centralizados con
objetivos específicos; se conformaron con desempeñarse como fuerzas guerrilleras en
actitud expectante.
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Noticia sobre la
batalla de Enciso.
"El Correo Nacional", marzo 20 de 1895.
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En el norte del
Tolima la demostración contra el gobierno había comenzado con la concentración de los
alzados, principalmente en el puente de Espinal, en Honda y en Ambalema. Del primer lugar
los desalojó el general Casabianca, el 29 de enero. Luego de reorganizarse en Gualanday y
de nombrar como jefe a Rafael Camacho, se dirigieron a Ibagué, en cuyas cercanías los
sorprendió la hueste del gobernador; la tropa se dispersó, pero la mayoría alcanzó a
refugiarse en Ambalema, donde encontraron a una parte de los derrotados de La Tribuna. En
Honda, el 24 de enero, lograron apoderarse del vapor Venezuela y posteriormente,
cuando se sintieron fuertes, regresaron para adueñarse del puesto; sólo lo hicieron
durante pocas horas, porque con la noticia de la derrota de los liberales de Cundinamarca
vinieron tropas conservadoras, el 31 de enero. Ambalema albergaba a 1.300 hombres cuando
se aceptó el convenio de Beltrán, el cual contempló la entrega de armas en el sitio de
Chumbamuy. En el sur del Tolima se integró un grupo de 700 combatientes a través de un
recorrido que remontó la cordillera y tomó la vía del Llano; acosados al mismo tiempo
por el ejército gobiernista del sur y por una partida enviada a su encuentro desde
Villavicencio, decidieron aceptar el sometimiento por medio de las Capitulaciones de
Güejar.
En Boyacá,
Pedro María Pinzón aglutinó las fuerzas del occidente de departamento, aproximadamente
unos 1.600 hombres que marcharon el 13 de febrero en dirección a Tunja a encontrarse con
los provenientes del norte del departamento. Antes de lograrlo, la tropa del occidente
obtuvo una victoria más o menos importante en el combate de Soto, el cual dejó abierto
el camino para la ocupación de Tunja; sin embargo, tal hecho no logró concretarse por la
impericia y desánimo del general Pinzón. Este ejército se reunió en Duitama con el del
norte, compuesto por unos 1.400 hombres de los pueblos liberales de las provincias de
Sugamuxi y Tundama, parte de la del norte y Gutiérrez. De allí marcharon a unirse a las
tropas santandereanas, pero por el camino se devolvieron hacia El Cocuy, desgastándose y
colocándose en la mira del enemigo. El 16 de marzo, conociendo la noticia de la derrota
de los rebeldes de Santander y ante la inminencia de un ataque conservador, se rinden en
Capitanejo.
En Santander la
rebelión fue débil en el sur y en el centro del departamento. La mayor beligerancia de
la campaña liberal en Santander se desplegó en la zona fronteriza con Venezuela. En
Rubio, vecina localidad de esa república, los refugiados colombianos organizaron una
guerrilla que fue engrosada por los alzados venidos de ese país y por los comprometidos
de Bochalema, Pamplona, Silos, Chitagá, Labateca y Chinácota. El 29 de enero invadieron
la provincia de Cúcuta y una semana después derrotaron a fuerzas gobiernistas en el
sitio de Bagalal. Días más tarde, el 8 o 9 de febrero, una tropa de más de 500 alzados
tomó el ferrocarril desde Puente Villamizar hasta El Salado; el 12 del mismo mes
aumentarían las fuerzas con liberales enganchados en Salazar. Todos ellos avanzarían
victoriosamente sobre las poblaciones del Rosario y de Cúcuta; un intento gobiernista de
recapturar el primer poblado dejó un saldo de más de 120 muertos, de una y otra milicia.
La oscura muerte de uno de los jefes notables del liberalismo, el doctor Ezequiel Cuartas,
apresado en El Rosario, generó una serie de represalias como saqueos y ajusticiamiento de
la mayoría de los prisioneros. El 18 de febrero, la tropa rebelde, aproximadamente 2000
soldados, abandona Cúcuta rumbo hacia el sur, bajo el mando de los generales José María
Ruiz y Pedro Soler Martínez; tomaron la vía de Pamplona, Cácota de Velasco, Silos,
Guaca, San Andrés y Málaga, con el propósito de salir al encuentro de sus compañeros
de Boyacá. El 15 de marzo, los rebeldes fueron alcanzados por los ejércitos del gobierno
comandados por el general Rafael Reyes, quien había organizado varios contraataques en su
marcha por Honda, Puerto Berrío, la Costa, Puente Nacional, Ocaña, Cáchira y Arboledas,
para luego tomar la misma ruta del general Ruiz. La batalla de Enciso fue el último
capítulo de la guerra. Reyes, con cerca de 3.000 soldados, derrota a los rebeldes en un
sangriento enfrentamiento que arrojó 1.005 muertos, sin contar con los que quedaron en
las malezas, a donde los caballos no pudieron penetrar.
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Rafael Reyes Prieto.
"El correo Nacional",
abril 27 de 1895. Biblioteca Nacional
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El epílogo
El gran
triunfador de la guerra fue el general Reyes. La prensa le prodigó elogiosos epítetos y
le dedicó poesías, reseñas biográficas y narraciones sobre los sucesos militares en
que había tomado parte. A su regreso a la capital fue recibido como un héroe. En la
Estación de la Sabana fue saludado por el vicepresidente Caro y sus ministros,
posteriormente hubo un desfile por las calles principales de la ciudad adornadas con arcos
de triunfo y finalmente se ofreció un baile en su honor.
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El general
Rafael Reyes es recibido triunfalmente en San Victorino.
Fotografía de Henry Duperly, 1895.
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Pese a la facilidad con que dominó la revuelta, el gobierno no creyó conveniente reducir
el pie de fuerza -6.158 hombres entre 1888 y 1894, y 10.000 entre 1896 y 1898-; más bien
optó por fortalecer el aparato militar, por causa de los anuncios de nuevas agitaciones
en el Casanare, la ocupación de la población de Arauca por un supuesto grupo de
«malhechores», la guerra civil en el Ecuador, la tentativa revolucionaria en Venezuela y
la celebración en 1896 de una nueva jornada electoral. Aparte de evitar el licenciamiento
de tropas, de mantener el estado de sitio durante casi todo el año -hasta la
promulgación del decreto 499 del 9 de noviembre de 1895-, se dieron pasos en busca de la
profesionalización del ejército con la creación de la Escuela Militar, el 18 de
noviembre de 1896; se estableció el servicio militar obligatorio, el último día de ese
mismo año; y se contrató con Francia una misión militar, el 22 de julio de 1897.
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Arco triunfal de las
batallas de la Tribuna y de Enciso en el Parque Santander.
Fotografía de Henry Duperly, 1895
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Plan de combate de la
batalla de Enciso.
«El Correo Nacional», abril 22 de 1895.
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Al
menos sobre el papel, la modernización del ejército buscaba romper la tradición del
reclutamiento forzoso y ocasional sobre los sectores populares, para asegurar el ingreso
de los ciudadanos hábiles, todo ello con el fin, en palabras del ministro de Guerra, de
«hacer amar de todos el Ejército, tomándolo verdaderamente nacional». La fundación de
la Academia Militar -el segundo intento durante la Regeneración-, también tenia una
perspectiva innovadora, por cuanto introducía el estudio en «la ciencia y en el arte de
la guerra» a unas milicias acostumbradas a confiar casi que exclusivamente en el valor
personal y colectivo; se quena que dicho establecimiento tuviera categoría universitaria
y que los oficiales fueran los «jóvenes más distinguidos» de la sociedad.
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General Siervo
Sarmiento, jefe rebelde derrotado en La Tribuna.
Fotografía de la Colección J.J. Herrera. Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.
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