“Con el pavor con que se oprime el alma sólo al pensar en enterrados vivos cuando de noche, junto al camposanto se escucha algún gemido, debes temblar al escuchar el nombre de la prisión perpetua en donde gimo y orar por mí diciendo: ¡Desgraciado, si lo enterraron vivo!” (1923, 31)(3).
La obra de este fecundo escritor colombiano abarca todos los géneros de la literatura: poesía, fábula, teatro, cuento, ensayo, incluso se sabe que es autor de la zarzuela Nobleza obliga (4). También tradujo acertadamente El canto del gallo de Edmond Haraucourt. La actividad académica y política que mantuvo durante las últimas décadas del siglo XIX, lo hizo distinguirse en el Partido Liberal, al cual acompañó en muchas ocasiones, incluso en las guerras civiles que tuvo que afrontar el Partido para exigir las mínimas garantías democráticas a quienes ejercían la oposición. Fue un reconocido jurista y fogoso parlamentario que supo utilizar la tribuna de los periódicos y las revistas para hacer sus propuestas frente a los más importantes temas de la vida pública colombiana. Las academias fueron, por lo tanto, los centros fundamentales de su quehacer intelectual. Fue magistrado de la Corte Suprema , senador, presidente de la Academia Colombiana de Historia y de la Academia Colombiana de Jurisprudencia, regaló al Museo Nacional, el 6 de abril de 1911, la casaca del Tribuno del Pueblo, don José Acevedo y Gómez.
Fundó el periódico Sur América y fue colaborador asiduo de El Bogotano, El Pabellón Americano, Anales de Jurisprudencia y del Boletín de Historia y Antigüedades. Muchas son las páginas que dejó Adolfo León Gómez y sus actividades fueron múltiples. Autor de algunos “juguetes cómicos” como La política exaltada, Globos ilustrados, La comedia política, El título de doctor, y Un celoso y un miedoso . También escribió los dramas El soldado (que tuvo dos ediciones: 1892 y 1903), Luz y sombra y Sin nombre. Los libros Poesías (1890) y Nuevas poesías. Y a ellos se suman Intimidades, La caridad de la lengua, Crónicas, Pruebas judiciales, Diccionario de legislación y jurisprudencia de Colombia, entre los más señalados.
Las ideas liberales que profesó lo llevaron varias veces a la prisión. Precisamente en Secretos del Panóptico (5), relata el drama que vivió en compañía de personas muy destacadas del liberalismo y la sociedad bogotana en esa “tercera temporada de cárcel” que sufrió, y allí también recogió algo de lo que le habían contado “personas respetables”. No mencionó sino a los compañeros que recordó de esos difíciles días, pero al final, en el capítulo XXIII, que tituló “Nómina”, presentó la lista “de los individuos que estuvieron presos en el Panóptico durante la guerra civil que principió el 18 de Octubre de 1899 y se declaró oficialmente terminada por Decreto número 638 de 1 de Junio de 1903” (1905, 362). Dice en la Advertencia que “Todo cuanto se haga por hacer conocer del público [las iniquidades], que en general las ignora, para que abominándolas desde luego, trabaje porque se corrijan cuanto antes y se eviten totalmente en lo futuro, será prestar un eficaz servicio a la Nación entera” (1905, 1).
Esta especie de crónica es, pues, una dura acusación a los vejámenes cometidos por el tristemente célebre Arístides Fernández, quien el 3 de febrero de 1903, mediante el Decreto 127, reemplazó al general José Antonio Pinto, y se convirtió en el siniestro verdugo de los liberales que cayeron en prisión en aquellos difíciles tiempos. Tenía este oscuro personaje la misión de acabar la guerra, y no tuvo escrúpulos de ninguna clase, ni siquiera con intelectuales tan apreciados como el poeta Julio Flórez.
Así, Secretos del Panóptico cuenta todos los afanes y miserias que vivió en prisión . Y los últimos años de vida debió vivirlos en un obligado exilio en el leprocomio de Agua de Dios, y es cuando escribe su célebre libro La ciudad del dolor: ecos del presidio de inocentes . En el capítulo II, “Soledad”, cuenta como después del viaje que emprendió desde Bogotá tuvo que pasar una temporada en una casa de campo llamada San Rafael, en Tocaima, para hacer “un noviciado, viviendo como solitario y desterrado, para ir acostumbrándome poco a poco a la idea de ingresar al Lazareto y, sobre todo, para no causar a mis hijos de improviso inmensa pena con la noticia de haber caído allí, no obstante la decidida oposición de todos ellos” (1923, 11). Y en el capítulo III, “Descendí a los infiernos”, asegura “que nadie en la vida ha llegado a la ciudad enferma con más horror, más miedo, más repugnancia, más compasión y más tristeza que yo, ni nadie que haya sufrido con mayor intensidad al penetrar por primera vez en su temeroso cerco de alambre erizado. Dios me recompensó aquel heroico sacrificio, dándome la fuerza con que año y medio después ya penetraba impávido a los antros más horribles y me familiarizaba con el dolor humano en sus formas supremamente aterradoras” (1923, 15).
Dos obras reveladoras de las circunstancias que hubo de vivir el escritor de Pasca, escritas con casi veinte años de diferencia. Ambas son un doloroso relato de la atormentada vida que llevó y se constituyen en dos documentos excepcionales de una espinosa y complicada época. Iremos, por lo tanto, mostrando aquí algunos fragmentos de los dos libros que coinciden plenamente en su hondo y sentido significado.
Así en el capítulo V de La ciudad del dolor: ecos del presidio de inocentes, dice que “El dolor que tanto aterra al hombre, debiera ser apreciado en lo mucho que vale, como crisol purificador de la vida, como yunque donde se modelan las almas fuertes, como horno encendido donde se depuran los vicios y se aquilatan las virtudes” (1923, 22). Y agregaba luego “El dolor, lo mismo que el valor, es de dos clases: físico y moral. El dolor físico es común a hombres y animales. El dolor moral sólo es de hombres, y no de todos: las almas abyectas, estúpidas y materializadas lo sienten raras veces o no lo experimentan nunca” (1923, 21-23). Y asegura que “La queja es señal de debilidad y apocamiento. Los espíritus bien templados no se quejan nunca” (1923, 26).
En Secretos del Panóptico, fundado en las razones históricas, tiende “a conservar la memoria y a enaltecer el mérito de tantos distinguidos y valerosos caballeros que lograron fugarse del Panóptico o afrontar sus más terribles horrores por largo tiempo, y a servir de sanción, aunque benigna, contra los que abusando de su autoridad y confundiendo la energía con la dureza terca, fueron crueles hasta el exceso, no sólo con los revolucionarios sino con personas inofensivas de quienes querían vengarse, y, sobre todo, con la desgraciada muchedumbre de individuos del pueblo a quienes condenaron como políticos (!) a los tormentos del hambre, las enfermedades y el abandono absoluto, por largas temporadas sin oírlos ni juzgarlos” (1905, 2).
Es en el primer capítulo de los Secretos donde cuenta que “El 13 de Octubre de 1900 fui encarcelado por tercera vez durante la última guerra civil, por orden del Jefe Civil y Militar de Cundinamarca, General Arístides Fernández, y por pretextos políticos. Como en las ocasiones anteriores, me llevaron sin oírme, sin hacerme cargo alguno, sin explicarme la causa, la denuncia o la sospecha. Así entraban todos y así salían luego: sin que se les dijese nunca por qué. El capricho, la antipatía, el odio y las venganzas privadas de multitud de regeneradores que aprovechaban la oportunidad, eran la verdadera causa de muchas de las prisiones políticas” (1905, 5).
Allí hace una desnuda descripción del Panóptico que hoy, por fortuna para el país, es la sede del hermoso Museo Nacional de Colombia: “Se compone ese local de un patio sucio, largo, mal enladrillado y sumamente húmedo, en cuyo extremo norte está la alberca, en ese entonces casi siempre seca; y en el costado occidental, al pie del inmenso paredón que da a la calle, al excusado, que no era otra cosa que un agujero enrejado de hierro sobre el hediondísimo caño de desagües del edificio, y medio oculto por dos de sus lados por un montón de baldosas puestas unas sobre otras. Por el lado norte y por encima, ese foco de infección estaba completamente descubierto, de modo que el que allí se colocaba era visto de todos los habitantes del local, y tenía encima las inclemencias del cielo, y debajo el infecto vapor de tifus, viruelas, disenterías y demás miasmas de muerte que pueblan el Panóptico. Por los lados oriente y sur del patio están las piezas: las del piso bajo eran dos salones yertos, tétricos y húmedos, separados por un callejoncito cuyas paredes en su mitad superior son fuertes rejas de hierro. De esos salones el más cercano a la entrada era, según me dijeron, el locutorio donde antiguamente iban las familias de los reos a visitarlos; y el más lejano, donde éstos salían a recibir sus visitas, quedando separados de ellas por el callejoncito de las rejas. Como el primer salón no tenía antes más entrada que una puertecilla que da al patio grande del norte del Panóptico y que a la sazón estaba tapada con gruesas baldosas, abrieron, para hacerle entrada, un agujero o hueco en la pared o tabique de debajo de la reja, de suerte que los presos políticos que en esa cueva fuimos amontonados, teníamos que entrar doblando la columna vertebral y haciendo una inclinación hasta el suelo como saludo de intrigantes cortesanos.
“En la parte alta, a donde se subía por una escalerilla de piedra, había tres piezas sobre el lado oriental y otra al sur. Los presos políticos bautizaron todos esos cuartos con diversos nombres muy significativos: de los dos lóbregos salones de abajo llamaban El Coso al más cercano a la entrada, porque en él amontonó el Gobierno, como animales bravíos, a varios guerrilleros notables; y La Jaula al otro, porque tal parecía con su reja de hierro, su oscuridad melancólica, y su hueco que servía de puerta en la pared. De las piezas altas se llamó la más pequeña, que está al oriente, El cuarto de los Osos, porque, como tales, vivían durmiendo los caballeros que la habitaban; las siguientes eran La Culebrera y La Gusanera , porque eran tantos los presos acumulados allí y estaban tan juntas sus camas, que semejaban enjambres de gusanos los hombres que por la mañana aparecían tendidos en ellas. El cuarto alto del lado sur se llamó Rincón Santo , por la relativa comodidad que tenía. En mi prisión de Julio y Agosto me tocó habitarlo; en la de Octubre, fui a dar a La Jaula. Un cuartico muy pequeño que queda al entrar y en donde una vez estuvieron presos los Dres. Luis González Vásquez y Máximo González, fue bautizado el Castillo de Iff, en recuerdo del abate Faría y de Edmundo Dantés, como a ellos los llamaron por la larga barba que usaban” (1905, 8-10).
Es curioso incluso que en una de las detenciones que tuvo que sufrir Adolfo León Gómez, los presos “organizaron gobierno, y me parece que D. Eustasio de la Torre figuró como Gobernador de Cundinamarca, puesto que, sin ofender a nadie y sin desconocer méritos, merecía ese distinguido caballero mucho más que varios de los que lo han desempeñado”. (1905, 19).
“El estimable amigo José M. Pérez Sarmiento, siempre alegre, siempre entusiasta y sobre todo siempre periodista, fundó un periódico manuscrito en que se escribieron buenos artículos. Abel Camacho daba clases de inglés” (1905, 19-20).
Entre los presos por rebelión estuvo en ese pavoroso lugar el poeta Julio Flórez. Para celebrar el primer aniversario de la revolución el 18 de octubre de 1900, entre las muchas actividades que realizaron los detenidos “hubo velada literaria, que consistió en recitaciones primorosas de los poetas y literatos presentes, amenizadas con canciones, música y cohetes de los de mano. Entre las recitaciones recuerdo un discurso de Carlos Ordóñez Jaramillo, unos versos de Gabriel Díaz Guerra, y, sobre todo, unas espléndidas poesías de Julio Flórez, magistralmente hechas y declamadas, que nos arrancaron entusiastas, fervientes, interminables aplausos” (1905, 27).
Cuenta León Gómez en el quinto capítulo, titulado “Las humanas flaquezas”, que “Durante el tiempo que estuve en el Panóptico graduamos allí, de balde, a muchos más individuos que en aquél, ya lejano, en que siendo yo muy joven, obtuve con infantil alegría, tras penosas fatigas y grandes gastos, el hoy inútil grado. Pero, en fin, había razón, porque esos antiguos grados fueron en Derecho y Ciencias políticas, mientras que los del Panóptico se confirieron tan solo en politiquería , que es la suprema ciencia y arte del noventa y cinco por ciento de los colombianos. Con ella, bien manejada, puede uno ser legislador, sin saber qué cosa sea ley; Ministro de Hacienda, sin haber oído nombrar eso que llaman Economía política; Magistrado, sin tener cuentas con la ‘raigada virtud que da e comparte a cada uno su derecho egualmente'; y sobre todo, contratista con el Gobierno, que es la profesión más lucrativa entre nosotros, sin tener para qué pensar en las leyes que rigen los contratos” (1905, 67). Unas líneas después dice: “Pero si los doctores abundaban en el Panóptico, infinitamente mayor era el numero de Generales y Coroneles, por ser tiempo de cosecha. Lo general era ser allí General, y lo particular ser simple particular. Además, concedimos gratuitamente muchos ascensos, y habilitamos de militares a muchos individuos de la milicia togada” (1905, 68).
Torturas, humillaciones de toda laya, infamias, consejas y actos contra la dignidad de los prisioneros hubo de ver y soportar Adolfo León Gómez, que luego vivió, casi veinte años después en Agua de Dios. Habla en Secretos del panóptico, capítulo sexto, “La inquisición”, del terrorífico cepo , “un suplicio tan bárbaro, que aun a los hombres más esforzados y valientes hacia gritar y llorar, como los presenciamos muchas veces. Y no era para menos, porque consistía en dos maderos paralelos colocados horizontalmente sobre dos postes verticales a cierta altura del suelo. En esos maderos había agujeros para meter los pies del preso, que quedaba colgando con la cabeza contra los ladrillos”. Otro tormento era la picota: “Esta es un botalón o poste de hierro clavado en la mitad de un patio, a flor de tierra. De la cabeza de ese poste salen tres gruesas cadenas de hierro, y una de éstas la remachaba un herrero sobre el tobillo del preso, que permanecía allí, según su falta o la crueldad de sus verdugos, un día o dos, o tres o más, con sus noches, a la intemperie, girando alrededor del poste con desesperación horrible y satisfaciendo en el mismo lugar sus necesidades corporales”. Otro humillante suplicio era el mico, “consistía, según me refirieron, porque no lo vi, en un gran trozo de madera, que por medio de una gruesa cadena de hierro ataban sobre el tobillo del paciente, quien se veía forzado a permanecer en un solo sitio o a cargar su mico por dondequiera que iba, pues no era fácil ni cómodo arrastrarlo. Los condenados a sufrir el mico hacían una figura grotesca llevando en brazos, como a un niño enfermo, a todas horas y por todas partes, su inseparable y pesado compañero”. Y así otras torturas como la guillotina, los grillos y las cadenas (1905, 78-80). “De todos los horrores del Panóptico, ninguno, sin embargo, tan odioso y tan infame como el castigo del baño, que según me refirieron personas honorables, se aplicó varias veces a pobres seres desvalidos, de esos que no tienen medio alguno de defenderse, ni autoridades que los oigan” (1905, 87).
A los tormentos citados había que sumarles los morales que eran muy humillantes para un caballero: la contada, la requisa, el espionaje, la delación y la mutua desconfianza. “Jamás en mi vida me sentí tan humillado como cuando los esbirros de la Regeneración, que me quitaron de mi oficina mi máquina de escribir y mi revólver, y de la casa una montura aperada y otros valores, esculcaban en público mis bolsillos en busca de un reloj y la cartera que robaron a mi hermano Anselmo y otras cosas que perdieron diversos individuos. Jamás en mi vida odié más estas infames guerras de partido como cuando presencié la misma afrenta, hecha ante tanta gente, a caballeros tan honorables como los que allí había, entre los cuales estaban el Dr. Juan Félix de León, los Araújos, los Escobares, los Jaramillos, los Pabones, los Blancos, los Flórez, los Abellos, los de la Torre, los Montes, los Posada, los Acebedo, los Murillos, los Tirados, los Espinosas, los Gálvez, los Rodríguez, los Rey, los Perdomos, los Gaitanes, los Olarte C., los Ponce y otros muchos” (1905, 93).
Entre las anécdotas que cuenta está una muy curiosa: “Una vez que había subido el precio de las botellas en la fábrica de cerveza Bavaria, ocurrió, por rara coincidencia, una requisa en el Panóptico, y aconteció que cuando los presos volvieron a sus puestos, vieron que de sus esculcados baúles habían desaparecido todas las botellas que tenían para el alcohol, el agua y la leche. ¡Oh policía!” (1905, 94).
Otra hace referencia al espionaje que había montado el gobierno para detectar a los enemigos que veía en toda parte, y en ocasiones “causó sorpresa el hecho de que palabras vertidas descuidadamente o conversaciones tenidas entre personas al parecer seguras, las supieron al punto el Director o cualquiera de los carceleros”. Y relata la memorable sesión de la Cámara de Representantes ocurrida el 28 de agosto de 1904, cuando se denunció “que el espionaje y la delación fueron el objeto, la misión y el oficio de la funesta institución de la Policía secreta, llamada de Seguridad, que tanto ha rebajado el antes hidalgo carácter colombiano y tanto ha pervertido las clases humildes de la sociedad”. (1905, 95). Precisamente el doctor Diego Mendoza Pérez, “ofreciendo pruebas, dio informe de varios peculados de los gobernantes, y entre otras cosas dijo que en el Ministerio de Guerra existía una caja de fondos reservados para gastos secretos, que no se sabía para qué fueran ni qué se hubieran hecho.
“Los Representantes Dres. José Vicente Concha y José Joaquín Casas, que fueron, entre otros varios, Ministros de Guerra de la Administración Marroquín durante la revolución, protestaron en vehementes y acalorados discursos de su inocencia personal, -de la cual nadie duda- pero no negaron los hechos denunciados al país por el Dr. Mendoza; y antes bien, el Dr. Concha declaró ser cierto que existía la caja de gastos secretos, y agregó, poco más o menos, estas palabras: “Las partidas de gastos tienen todas sus comprobantes; pero los nombres están en blanco, porque son de liberales que iban a denunciar y a vender a sus copartidarios que luchaban en los campos de batalla”.
“¡Oh vergüenza! ¡oh infamia!” (1905, 95-96).
Podríamos comentar otras muchas historias, pero queremos que nuestros lectores puedan conocer algunas que cuenta en La ciudad del dolor: ecos del presidio de inocentes. Un dolorosa sucedió tres días después de la instalación en San Rafael, “al amanecer tras de una noche insomne y espantosa, [exclamé] aterrado viéndome lleno de ronchas ý con una comezón insoportable, dirigiéndome a mi hermana:
“ – ¡Ahora sí! ¡Ya estalló la enfermedad de un modo horrible! Vea cómo estoy...
“ – ¡Por Dios! ¡Por Dios!, dijo ella, que tampoco estaba acostumbrada a las calamidades de las tierras calientes, al verme las manos y la cara llenos como de grandes barros amoratados.
“ – Estalla el mal. ¡Empezó el martirio!
“ – No se afane, doctor, eso no es nada, exclamó riéndose el buen labriego de la casita contigua, que había acudido alarmado. Es que se lo han comido los mosquitos porque se estuvo ayer toda la tarde junto a la quebrada leyendo debajo de los naranjos. Además, las garrapatas, chinches y demás plagas lo han desconocido también, porque tiene picaduras de todas” (1923, 20).
Lo hacía sufrir entonces el olvido de sus allegados: “antes de que llegara la resignación que vino después, era el abandono, el olvido de mis antiguos amigos de la infancia y del colegio; de mis numerosos discípulos de jurisprudencia; de los colegas del foro y de la literatura, y de los titulados copartidarios. De muchos de ellos, aun de los que yo había ensalzado con entusiasmo en Sur América publicándoles retrato y biografía, no recibí jamás ni siquiera una tarjeta de recuerdo. Otros cumplieron escribiéndome una sola carta de pesar y de eterna despedida, temerosos sin duda de recibir la ‘peligrosa' correspondencia de un enfermo, porque ante el miedo y el prejuicio de nada sirve el autoclave. Y muy contados me manifestaron verdadero y cariñoso interés” (1923, 21-22).
En veinte meses a León Gómez no se le realizaron exámenes, ni se le prescribió ningún régimen de vida, ni se le practicó ningún tratamiento, ni le llegaron desinfectantes, nada. Fue inscrito “en la lista de enfermos, en el rol de presidiarios, en la nómina de mendigos a quienes en cambio de los derechos individuales y sociales, el porvenir, y todo, da la amorosa Patria treinta centavos diarios, reducidos a veces a la mitad por el cambio de la repugnante moneda especial, para que con eso atiendan a la alimentación, el vestuario, los medicamentos, el lavado de ropa, los servicios de agua y luz, los sirvientes, las limosnas ineludibles, los gastos extraordinarios incontables, etc. Quedé pues matriculado y herrado con el fierro candente e indeleble del leprosorio” (1923, 30).
Luego hubo “de servir de conejo de laboratorio por algunos días, a causa de que con inmenso bombo y precedido de inaudita fama se anunciaba otro tratamiento infalible: el ginocordato. Todo el mundo esperaba la redención con la misma fe vivísima con que años atrás según cuentan, había esperado el Lazareto el tratamiento también infalible del charlatán Ángel García, quien, con otro caballero industrioso, sacó de allí un dineral y no curó a nadie . ¡Ojalá hubiera curado a alguno, si no de la enfermedad, siquiera de la manía de creer en explotadores de remedios infalibles!” (1923, 31).
Y el tratamiento en el Hospital Carrasquilla “Fue un desastre. En un sucio y desmantelado salón, única pieza no vacía de ese abandonado y ruinoso edificio que costó un dineral a la República, desfilaban uno tras otro multitud de enfermos, agravados unos, en buen estado otros, viejos, niños y de todas clases y categorías (pues a muchos les había llegado medicamento por pedido directo y pago personal), ante el practicante enfermo que, con no pocos pinchazos les iba poniendo sucesivamente la inyección, ante el médico que, a prudente distancia, no hacia sino mirar. De brazo en brazo y con la misma aguja ya roma y sangrienta, con la misma venda, sin examen, sin estudio, sin considerar las diversas condiciones y circunstancias de los pacientes, se les introducía el ginocordato en las venas, que a poco quedaban obstruidas. Nada más anticientífico, más repugnante, más rudimentario. Además resultó, según informe escrito que envió el doctor Montaña de Bogotá al señor Evaristo Quijano, que el polvo, disuelto quién sabe cómo, que nos estaban introduciendo por las venas, era el que debíamos tomarnos por la boca a falta de las tabletas que el tratamiento prescribía y que los leprólogos de Agua de Dios no conocían aún, pues quien se las hizo conocer después fue la señora de Matéus, porque se las había recibido directamente. De modo que al que no tenía la enfermedad, allí se la suministraban de otros brazos y al que la tenía, fácil era que le proporcionaran otra por añadidura” (1923, 32).
Allá en Agua de Dios, en la casa de su “excelente amigo y afamado artista don Luis A. Calvo”, asistió a reuniones con personas muy distinguidas: “el doctor Arístides Vargas, el General Lino Correal y su señora, el doctor Nicolás Aristizábal, las señoritas Correal, Josefina Páez y Rosa Restrepo; dos hermosas niñas sanas, Carmen Rosa y Francisca N., que cantaban muy bien; los señores Alcibíades y Aristóbulo Botero y sus señoras; la señora Olimpia de Matéus, el señor Salomón Peña y muchos más que no recuerdo o que omito por respeto al silencio en que desean ocultar sus nombres y residencia. Había allí más personas sanas que enfermas; había bellas señoritas y caras terribles que aún me impresionaban; había un conjunto raro, unos contrastes extraños y una alegría lastimosa” (1923, 36).
Todos los enfermos que llegaban a Agua de Dios querían ocultar su residencia y esconderse en el olvido, “aunque bien debía comprender que el caso era ‘secreto a voces, no sólo por lo que había propalado la prensa, sino por lo que decían médicos que no me habían visto ni de lejos, y más aún por los cuchicheos de víbora con que la lengua humana difunde, con rapidez de relámpago, pero recomendando siempre inviolable sigilo, cuanto perjudica al prójimo y cuanto sacia la malévola y cruel curiosidad de sensaciones y de escándalo”. “Descubierto oficialmente” León Gómez fue presentado en Agua de Dios por “el estimable caballero señor doctor don Alejandro Herrera Restrepo, Director General de Lazaretos” quien le ofreció, “con la mayor fineza y espontaneidad, un destino en el pueblo”. “Yo, sin dejar de agradecer su buena voluntad, le dije verbalmente y, además, en carta que le deje abierta con la Reverenda Madre Pilar, que aunque toda la vida había detestado los destinos, tal vez la desgracia me obligaría a acabar mi existencia en uno de ellos; pero que no aceptaría ninguno mientras estuviese sin casa y viviendo como huésped y no se calmasen mis angustias y preocupaciones, por lo cual rogaba que aplazara eso para más tarde; pero él sin embargo, desechando mi ruego, hizo -y publicaron muchos periódicos- un nombramiento para mí, de miembro de no sé qué Junta con veinte pesos de sueldo, en el Lazareto de Agua de Dios” (1923, 80).
También la Academia Nacional de Historia “aprobó y publicó una bondadosísima y honrosa proposición a favor mío, por la cual dispuso editar algunas de mis obras (lo que aún no habrá podido hacer), para proporcionarme así un auxilio monetario en mi desamparado destierro. Yo en el acto, para empezar esas publicaciones, envié un trabajo histórico-literario sobre los poetas de La Lira Nueva, ya muertos, que leyó mi hijo Ernesto como conferencia, en solemne sesión celebrada por la Academia en el Salón de Grados, en honor mío, según manifestó ella noblemente, recordando, sin duda, que yo fui uno de sus fundadores, su Presidente en el año del Centenario de la Independencia y el autor y sostenedor en el Congreso de la ley que le dio a esa Corporación carácter oficial” (1923, 81).
En el capítulo XIX de la primera parte de La ciudad del dolor, “El amigo X y otros consoladores del infortunio”, agradece a sus amigos de antes, fieles y adictos en la adversidad, y a los nuevos, las manifestaciones de solidaridad. Recuerda, entonces al “General don Rafael Reyes, que olvidando gallardamente toda queja contra el único periodista de oposición a su gobierno, me envió un magnífico libro y una carta tan bella como su magnánimo corazón”. Y allí en esa lista, entre otros, están Alfonso Robledo, Arturo Quijano, Ricardo Nieto, Hernando Holguín y Caro, el padre Daniel Restrepo, Juan Bautista Jaramillo Mesa, José Joaquín Casas y José Eustasio Rivera (1923, 106-107).
En “Arando en el mar” -primer capítulo de la segunda parte- dice que “Desde que se descubrió al público el confinamiento a Agua de Dios del Fundador de Sur América , él resolvió que tal periódico, fundado en 1903 para defender la integridad, la dignidad y el honor de la República, sin dejar ese su tema principal y el de la unión hispana americana, emprendiese una nueva campaña a favor de los desgraciados habitantes de los leprosorios. Así como en otras épocas, sin descuidar aquellos grandes ideales, luchó tenazmente contra la dictadura, los monopolios, el amordazamiento de la prensa y toda clase de abusos e ilegalidades y en pro de los principios republicanos, las libertades ciudadanas, la instrucción pública, los derechos del pueblo, la paz, el orden y el bien general, así quiso hacer también algo por los infelices” (1923, 135).
Hace un dramático relato en “Vía dolorosa”: “De ocho en ocho días generalmente, desfila la dolorosa y miserable caravana. Bajo un sol de fuego que calcina el cerebro, con una sed devoradora, con dolores en el cuerpo que acrecientan la tortura del alma, por un camino desierto, cuya arena asoleada quema los pies, y ente una escolta de polizontes, avanza la caravana infernal. Tal así como en otros tiempos las de los reclutas, cazados violentamente para las guerras civiles. Son los enfermos de ínfima clase social, que perseguidos como fieras por los Alcaldes de los pueblos y encerrados en montón en el infamante carro donde tremola la fatídica bandera amarilla, bajan del tren en Tocaima, y a pie, sin recursos, tristes y llorosos, emprenden su horrible ‘vía crucis' hacia Agua de Dios. Son los condenados por la sociedad, aterrada por el ponderado contagio, que no teme de otros males, a presidio perpetuo, lejos del hogar, de la familia y del mundo. Son los parias y los desheredados de la vida, marcados para siempre con un baldón más oprobioso que el del crimen. Son los muertos que lloran y sufren.
“Nada más triste y más horrible que ver avanzar por aquel camino desolado mujeres, ancianos y niños enfermos agonizando de fatiga, sin que haya nadie que les ofrezca un pan o un vaso de agua, y que antes bien suelen ser maltratados, insultados y amenazados cuando se atreven a acercarse a alguna casucha a pedir un auxilio” (1923, 140-141).
“Una dictadura incrustada en una República”, se titula el capítulo XII de la segunda parte. Una dura denuncia hace de esa que llamó “dictadura: “Eso y no otra cosa es la pintoresca y populosa, pero atormentada Ciudad del Dolor. Allí todo es anómalo, todo es extraño, todo es arbitrario. Allí rigen la Constitución y las leyes nacionales en cuanto obliguen, graven u opriman a los habitantes; pero ninguna rige y todas son violadas en cuanto puedan favorecerles, porque por encima de ellas está la omnipotente voluntad de los funcionarios encargados de ser carceleros y capataces de ese presidio titulado irónicamente sanatorio. Ella impera sobre todo y es inapelable. No hay ante quién reclamar ni ante quién quejarse” (1923, 157).
Con alguna frecuencia los enfermos que estaban en Agua de Dios “Acosados por la más espantosa necesidad”, iban a “mendigar favor a poblaciones siempre generosas para con ellos, como Girardot y La Mesa”. “Huyeron de su cárcel vitalicia porque les debían ocho de las miserabilísimas raciones que la Nación les da para vivir, en cambio de todos los derechos, todas las libertades, todos los bienes y todas las garantías que les quita para siempre. Huyeron, porque además del alimento, les faltaba el agua indispensable aun para las más premiosas necesidades. Huyeron, porque careciendo de todo recurso para sostenerse, no tienen obligación de dejarse morir de hambre” (1923, 194).
He ahí, pues, amigos lectores, estos testimonios de la misma pluma, pero separados uno de otro por veinte años. Al final, unas pruebas que nos permiten ver una época, un hombre, un país. La obra de Adolfo León Gómez espera ser editada de nuevo, como esperan otros tantos libros de estas épocas difíciles de la vida republicana. Ahí, posiblemente, están algunos argumentos que nos permitirán entender los avatares de estos días, a veces tan tormentosos…