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8 de agosto de 1934. Más de cien mil liberales colmaron la plaza de Bolívar, con mils de
banderas rojas al viento, para expresar su gratitud a la administración Olaya Herrera por
sus logros formidables que alcanzó en todos los órdenes de la vida nacional.
Julio de 1930. Entrada triunfal del presidente electo, Enrique Olaya Herrera, en Bogotá.
Recepción en la plazuela de los ferrocarriles.
1932. Aspecto interior del Edificio Nacional construido en Medellín durante la
administración Olaya Herrera.
1932.Moderno puente ferroviario de Girardot, sobre el río Magdalena, iniciado en la
administración Abadía Méndez y concluido en la de Olaya Herrera.
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Izquierda: Portada del libro sobre los cuatro años del primer gobierno liberal del siglo
XX. Dibujo de Scandroglio, que representa el trabajo y la libertad, como pilares de la
revolución liberal.
Vista del Palacio Nacional de Manizales, inaugurado por Olaya Herrera en 1934.
Vista general de los muelles de Cartagena, construdos por la República Liberal, y una de
las grandes obras de su género en Suramérica.
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D
espués
de veinte años de república liberal radical (1863-1884), entregó el Gobierno en
1884 el presidente Otálora al Presidente Núñez, quien asumió su segunda
administración, no como liberal, sino como jefe de un nuevo partido político, el Partido
Nacional, con la misión de adelantar en el Gobierno los postulados del régimen que se
conoció como La Regeneración (1884-1900). En los siguientes cuarenta y seis años, a
partir de 1884, gobernaron el país los partidos Nacional (1884-1900), Conservador
(1900-1909 y 1914-1930) y Republicano (1909-1914), mientras que los liberales cruzaron el
desierto, hasta regresar al oasis del poder con Olaya Herrera, en 1930. Es verdad que
tuvieron participación importante en el Gobierno de Rafael Reyes, a quien contribuyeron a
elegir, y también en el de José Vicente Concha; pero durante cuatro décadas el
liberalismo fue en esencia un partido de oposición.
Los tres Estadistas
Olaya Herrera, que había vivido los últimos ocho años, desde 1922, en
los Estados Unidos, como Ministro de Colombia ante el Gobierno de Washington, tenía el
conocimiento suficiente para saber que la estabilidad de su Gobierno combatido en el
interior por una férrea oposición que encabezaba Laureano Gómezdependía de las
buenas relaciones con los Estados Unidos, y por consiguiente, de mantener contentas a
empresas estadounidenses que, como la United Fruit Company, poseían el poder para hacerle
una zancadilla mortal a un régimen tan frágil como el bipartidista, con mayoría
liberal, que se inició el 7 de agosto de 1930 y que el Presidente Olaya denominó de
Concentración Nacional, en efecto integrado por liberales, y por conservadores opuestos a
Laureano Gómez.
Olaya Herrera heredó de las administraciones conservadoras que lo precedieron un país en
movimiento. Todavía dominado por la camarilla católica que se adueñó del poder desde
La Regeneración, sus Gobernantes (José Vicente Concha, Marco Fidel Suárez, Pedro Nel
Ospina y Miguel Abadía Méndez) tuvieron la independencia y el carácter para procurar un
buen desarrollo económico, sobre todo en materia de Obras Públicas, de infraestructura
de servicios básicos y de comunicaciones. Inclusive en materia social, aunque los
conservadores no avanzaron tanto como hubiese sido posible y deseable, si se compara la
situación desastrosa de principios de siglo con la prosperidad que había tres décadas
después, se debe reconocer como positiva la acción de la República Conservadora.
No obstante, la crítica principal que los liberales esgrimían contra el régimen
conservador era la del atraso social en que estaba el país con relación, no ya a las
naciones avanzadas del mundo, sino a otras de América latina, lo cual dejaba a Colombia
en lugar muy rezagado del concierto latinoamericano. En la Convención Liberal de Ibagué
de 1921, al proclamarse la candidatura de Benjamín Herrera para el período 1922-1926, se
aclamó la Reforma Social como la meta suprema del liberalismo.
La campaña liberal de 1930 fue la conjunción de tres mentalidades diferentes en su
estilo y semejantes en su genialidad y en su deseo de transformar de raíz las
instituciones colombianas. A su manera cada uno de los tres --Enrique Olaya Herrera, el
pragmático, Alfonso López Pumarejo, el visionario, y Eduardo Santos Montejo, el
analítico-- fue un revolucionario, y los cuatro Gobiernos que presidieron ejecutaron una
de las revoluciones democráticas y sociales más importantes en la historia de América
Latina: la República Liberal.
Concentración
Nacional
Olaya Herrera consideraba que entretanto
persistieran en Colombia el sectarismo político y el odio de partido, el liberalismo no
tendría capacidad operativa para ejecutar sus programas de Gobierno. Al aceptar la
candidatura liberal en 1929 puso como condición que sería a nombre de un movimiento de
Concentración Nacional, y no exclusiva del liberalismo, condición que Alfonso López y
Eduardo Santos acogieron sin vacilar. Divididos como estaban los conservadores entre las
candidaturas de Guillermo Valencia y de Alfredo Vásquez Cobo, fueron vencidos por el
candidato de Concentración Nacional. Al tomar posesión de la presidencia el 7 de agosto
de 1930, Olaya Herrera conformó su gabinete de siete ministros, con cuatro liberales y
tres conservadores, y en la misma proporción designó a los gobernadores de los
departamentos.
Le tocó enfrentar una época de tremendas dificultades. La crisis mundial, que afectó la
economía del país con la insolencia
devastadora de un tsunami; la
guerra con el Perú, que nos obligó a desviar de las cosas urgentes cuantiosos recursos
en armamentismo; y la oposición de Laureano, peor que la crisis económica y que la
guerra juntas. Visto a distancia, no parece que ninguna de estas dificultades hubiese
existido, tales fueron los prodigios que adelantó Olaya Herrera en su cuatrienio. Para
enfrentar la crisis mundial llamó al ministerio de hacienda al abogado y economista
conservador Esteban Jaramillo, cuya gestión sacó al país del atolladero y le permitió
a Olaya hacer obras a granel en todos los frentes, de modo que hasta sus enemigos más
enconados hubieron de reconocer que en los cuatro años de 1930 a 1934 la república
había avanzado hacia el progreso con las botas de siete leguas. Y si bien el Gobierno de
Olaya se esmeró en dejar sentado que el trabajo de los colombianos, y el bienestar de las
clases trabajadoras, eran el cimiento de los nuevos tiempos, e inició una intensa
desclericalización de Colombia, no le alcanzó la cuerda para plasmar en leyes aquellos
programas, a los que tanto la oligarquía liberal como la conservadora, y la Iglesia
Católica, se oponían incluso con amenazas de guerra civil, atemorizadas con un fenómeno
que hasta 1930 era desconocido en el país: la presencia del pueblo en las plazas y en las
calles, en inmensas manifestaciones multitudinarias, que pregonaron a los cuatro vientos
que la democracia en Colombia había encontrado su lugar.
La Revolución en Marcha
Olaya despertó y levantó la conciencia de las masas de trabajadores a un
nivel tan alto que su sucesor, Alfonso López, podría profundizar y llevar a término la
reforma social y la revolución liberal. López no se amedrentó ante las advertencias,
veladas o abiertas, de la oligarquía, y la desafió. A diferencia de Olaya prescindió
del Gobierno bipartidista e integró el suyo con mayoría casi absoluta de liberales, y
unos pocos conservadores; bautizó su gobierno como La Revolución en Marcha, y en 1936
efectuó una reforma constitucional cuyo contenido principal fue el de establecer una
serie de derechos y de garantías para la clase trabajadora que convirtieron a Colombia en
la nación más progresista del continente en materia social. Las reformas revolucionarias
de López Pumarejo no se inspiraron en Marx, ni en el economicismo soviético, sino en las
excelentes recetas de John Maynard Keynes. López creía, como Uribe Uribe, que el
liberalismo colombiano tenía dos opciones: beber en las fuentes del socialismo o
suicidarse. Y optó por la primera.
El Gobierno de La Revolución en Marcha, que todavía está por estudiarse, será juzgado
en el futuro, por donde quiera que se le mire, como una de las grandes hazañas
administrativas de todos los tiempos y uno de los más benéficos ejercicios de Gobierno
para cada uno de los ciudadanos que tuvo la oportunidad de vivir en esa época venturosa,
así como para las siguientes generaciones por más de cuatro décadas, hasta que la ola
neoliberal se dio mañas para desmontar las conquistas sociales logradas en el segundo
cuatrienio de la República Liberal.
La Pausa que refresca
Algunos historiadores dicen, y corre como creencia común, que el sucesor
de López, el periodista Eduardo Santos (1938-1942) se ocupó en hacer el papel de freno
de la Revolución en Marcha, y denominan su Gobierno como la gran pausa.
Concepto que a la luz de los hechos resulta equivocado. El Gobierno de Santos no sólo no
frenó la Revolución liberal, ni le dio pausa, sino que tomó las medidas para que
siguiera avanzando, continuó los programas iniciados desde el Gobierno de Olaya, creo
instituciones de acuerdo con las necesidades, suministró nuevo impulso a la cultura, a la
educación, a la vivienda popular y campesina, y supo manejar con tino la difícil
situación creada por la Segunda Guerra Mundial, que comenzó un año después de haber
tomado posesión del Gobierno el presidente Santos.
La caída de la República Liberal
Laureano Gómez había amenazado conque
sería invivible la república si Alfonso López se presentaba para un segundo
período en 1942 y resultaba reelecto. López venció a sus opositores por abrumadora
mayoría y tomó posesión del cuarto gobierno liberal el 7 de agosto de 1942. La
oposición de la oligarquía liberal conservadora contra el segundo Gobierno de López
Pumarejo fue encarnizada y la violencia verbal de los enemigos de López alcanzó tonos
aterradores. No hubo escándalo al que no apelaran en su empeño de desacreditar y de
tumbar al Presidente López. El asesinato de un instructor de Boxeo de la Policía, y
periodista, apodado Mamatoco, se quiso mostrar como obra del Presidente, sin ninguna
evidencia para ello. Una negociación lícita y sin misterios como la de la Handel, se
presentó en el Congreso como una muestra de la corrupción que destruye al
país, solo porque en ella participaba un hijo del ejecutivo. Los
antilopistas llevaron su acción intrépida hasta patrocinar un golpe militar, en julio de
1944, cuando un grupo de militares mandados por el coronel Diógenes Gil, apresó en Pasto
al Presidente López y quiso obligarlo a firmar un documento por el cual renunciaba a la
presidencia, a lo que López, con el valor civil indomable que lo caracterizaba, se negó.
Todos estos hechos desdichados e injustos, más la enfermedad de su esposa, minaron la
confianza del Presidente y abatieron su ánimo. López renunció un año después del
fallido cuartelazo de Pasto y entregó el gobierno al Primer Designado, Alberto Lleras
Camargo. Dividido el liberalismo en las elecciones presidenciales de 1946, se precipitó
el fin de la revolucionaria República Liberal y de una época dorada de Colombia.
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