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Hernando Martínez Rueda poseía una personalidad original y fascinante.
No pertenecía a ninguna serie y no decía lugares comunes habituales en
las tertulias. La naturaleza lo dotó con dones variados y en parte
contradictorios. Conservador e iconoclasta. En primer término, el agudo
sentido del humor, que ofrecía deleites sorpresivos en la conversación,
la prosa y, sobre todo, en los poemas.
Manejaba con destreza el idioma y captaba risueñamente el estilo de sus
poetas favoritos y los rasgos esenciales de su inspiración. Dominaba una
docena de idiomas y tan sólo era superado por su íntimo amigo el
profesor Manuel José Casas Manrique, cuyo conocimiento de las lenguas,
las clásicas y las indígenas, era internacionalmente reconocido.
La conversación de Martínez Rueda era animada, con expresiones y salidas
insólitas, que concluían risueñamente con el tema. Su padre fue el
profesor Pompilio Martínez, en su tiempo el más prestigioso de los
cirujanos. Su hijo decidió estudiar la medicina para continuar la
tradición familiar y no pensaba en esos días en sustituir el bisturí por
la lira burlona.
En el camino profesional encontró la flor fantástica de la poesía. Tenía
el gusto, el paladar, la admiración por la belleza poética, con un
ingrediente imprevisto, el desenlace del humor.
Conocía los estilos, parnasiano, modernista, piedracielista, nihilista.
Escribió un soneto de alta lírica con el último terceto desviado hacia
el humor:
Apenas fue por el azul tocada,
tu blancura, de espuma humedecida,
un instante en el agua sumergida
y en la mitad del viento colocada.
Allí, cándida, inerte, desmayada,
de los brazos de lino suspendida
en el aire quedó como sin vida,
tu forma de mi cuerpo separada.
¿Quién eres? ¿Cuál jacinto? ¿Qué indecisa
nube? ¿Cúya paloma prisionera?
¿Ala de cuál arcángel en la brisa
persiguiendo su forma verdadera?
Nada de eso, no es más que mi camisa
que la colgó a secar la lavandera.
El presidente Rojas Pinilla eligió como residencia campestre a Melgar.
El río se despeña con estrépito. Los invitados dejan los temas políticos
y se sienten invitados a nadar y vestirse con la espuma. Martínez Rueda
tuvo el original pensamiento de escribir unos sonetos a la manera de
Guillermo Valencia, León de Greiff, Luis Carlos López, José Eustasio
Rivera, Juan Lozano y Lozano.
Guillermo Valencia hubiera reconocido como suyos los cuartetos
imaginados por Martinón. Así lo llamaban cordialmente sus amigos.
Trazaron sus artífices la vasta ciudadela,
para guardar incólume la pretoriana hueste,
desde la tierra dócil de la llanura agreste
hasta el soberbio monte donde el cóndor no vuela.
Desnuda allí su planta de la ferrada espuela,
laxo el nervudo puño dominador del Este
como el latino César, a comentar se apreste
tu gesto, oh legionario, mientras la guardia vela.
Y no furtiva epístola, ni estudiantil protesta
disturben los laureles sobre la calva testa
del que venció a Laureano y estranguló al binomio.
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Hernando Martínez Rueda y su hermana Elvira, Bogotá, hacia 1917.
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Fotografía tomada en 1976. Por iniciativa del autor de este artículo, el
Banco de Colombia
publicó una antología de poemas de Hernando Martínez Rueda en 1980, con
el título: “A la manera de...”
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León
de Greiff sonreía ante este poema escrito a la manera suya, sobre la ''melgareja
noche":
Para fablar con fusa y semifusa
la melgareja noche, noche blanca
tórrida, hórrida, estiva, estulta, estanca,
dáme el rabel, ilusa, abstrusa musa.
Dáme el lai de Villon, dame la lusa
órbita hueca de Camoens, la manca
grifa de Don Miguel, dame la zanca
de Lord Byron, maguer patidifusa.
Para fablar la noche, el ululante
mílite, el pululante pregón y la volante
luciérnaga, flamígero coleóptero
y el múltiple noctámbulo, el nocturno
glaciar absintio, el vale taciturno,
el general y el áptero helicóptero.
También cantó a Melgar a la manera del tuerto I.uis Carlos López :
Hoy sábado he salido de mi tambo
y me vengo a la plaza, cuánta tropa
y qué calor y en el hotel Europa
ese radio moliendo el mismo mambo.
Le endilgo a la estanquera un ditirambo
y me sirve una copa y otra copa.
Qué se va a hacer, alcémonos la ropa
en este pueblo polvoriento y zambo.
En silencio, qué raro, es que la gente
mira volar ese aparato horrible
con que juega al zancudo el Presidente.
Y la banda del pueblo, la imposible
banda municipal, solemnemente
entra a tocar: Oh gloria inmarcesible.
Originalmente pertenecía Martínez Rueda al partido conservador. Laureano
Gómez fue seducido por la parodia de un poema burlón, "La venganza de
don Mendo". Se adaptaba a las circunstancias del instante en que
figuraba un brillante candidato de ascendencia árabe. Uno de los
partidarios gritó: Por Alá Y el fanático exclamó: Por aquí. Y hundió en
el estómago un puñal arrabalero.
Fue tan intensa la simpatía de Laureano Gómez por Martinón, que lo
candidatizó a la suplencia suya en el Senado de la República. Lo vemos
entrar bajo la cúpula, después de haber dejado su bicicleta junto a la
estatua de Rafael Núñez.
Cuando se desataron el fanatismo y la violencia, Martinón se retiró para
siempre de la política, después de comunicar al presidente Ospina Pérez
que no estaba de acuerdo con determinados métodos políticos. Poseía
convicciones y no las disimulaba con humor.
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Toda la última etapa de su vida transcurrió entre la biblioteca de la
Universidad Nacional y su finca de Tabio, abundante en aguas termales. Y
en los paréntesis de la inolvidable tertulia en la casa de Eduardo
Caballero Calderón, uno de los primeros escritores del país. Eran
habituales en esas reuniones el profesor Casas Manrique, Enrique
CabaIlero Escovar, Gilberto Alzate Avendaño, Antonio Muñoz, José Umaña
Bernal. Nos leía sus producciones poéticas si encontraba el papel
extraviado en uno de sus bolsillos. Nos sorprendió un día con una
parodia de las Coplas de Jorge Manrique:
Recuerde el godo dormido,
avive el seso y despierte,
contemplando,
cómo se cae el partido
cómo se cambia la suerte,
tan callando.
Cuán pronto se va el poder
Cómo después de acabado
da dolor
cómo a nuestro parecer,
el gobierno de Laureano
fue mejor.
Su recuerdo es imborrable en quienes lo conocieron. Su noble corazón
estaba a la altura de su inteligencia. Las horas que se pasaron con él
están pobladas con su amistosa imagen y sus salidas sorpresivas. Lo
vemos entrar a la tertulia sin saludar, con el cigarrillo en la boca, la
ceniza en la solapa y bien escondido el último poema sobre Lumumba,
Jacqucline Onassis o el computador, hijo de fiera. Cuando el estado se
desnuca hay que jalarle al pandeyuca. Y el que repetía sobre su salida
de la Universidad de los Andes:
¡Oh Marta sola en el atardecer!
¡Oh soledad a costa de Samper!
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